jueves, 27 de agosto de 2009

Jueves de agosto

Amanece a las siete menos cuarto. Luz pálida, los colores duermen todavía. Alguien camina enérgicamente por la calle: clok, clok, clok. La calma de la noche va quedando atrás. Durante un rato refrescará y después el calor se pondrá en pie dispuesto a recordarnos que el verano no ha terminado aún. Últimos días de vacaciones. Hoy iremos a pasar el día en la playa. Qué ganas tengo de bañarme en el mar y comer una paella en un chiringuito. Los colores empiezan a despertar.

7 comentarios:

Elvira dijo...

"los colores duermen todavía"

Preciosa frase. Te deseo un magnífico baño en el Mediterráneo. :-)

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Elvira, ufff, yo diría que he estado horas en el agua. Cuánto echaba de menos el sabor salado y el movimiento de las olas. La playa de Calafell, a 153 kilómetros de casa según el GPS, estaba invadida de sombrillas (entre ellas la nuestra). Y bueno, ya me he quitado el mono, como se suele decir. Ahora, ya en casa tras hora y media de autopista, que tampoco es tanto, toca descansar y untarme la cara y la espalda de after-sun, que me he quemado. Es lo que tiene.

NáN dijo...

Hiciste bien en quedarte en casa, imaginando el lento cambio del color del amanecer. El último verano que pasé en mi ciudad mediterránea, la casa familiar ya deshecha en tres cuartas partes y sin electricidad, mi madrina me cedió un pequeño piso que tenía encima del suyo, en la Rambla. Todas las mañanas, de noche aún, una amiga y un amigo me despertaban tocando el timbre. Me levantaba, me lavaba la cara y bajaba. Comprábamos bollos recientes en una panadería y nos íbamos a la playa, a ver amanecer. Era algo instantáneo, de la oscuridad a la luz cegadora en los dos minutos que tardaba el sol en salir por el horizonte del mar. Sin cambios paulatinos que se pudieran registrar.
Solo cuando me vine a Madrid pude entender lo que eran los matices de colores.

Jesús Miramón dijo...

Hola, Nán, siempre he oído que quienes habéis nacido junto al mar lo echáis de menos toda la vida. Yo lo creo a pies juntillas, ¡cómo no creerlo si a mí me pasa lo mismo y nací a muchos kilómetros de una playa! Hay algo, a pesar de las sombrillas y los vendedores de refrescos, muy primitivo y sustancial en la presencia del mar, una influencia que sólo comparten el fuego o la lluvia.

Portorosa dijo...

Pues te aseguro, Jesús, que si vienes vas a verlo aun mejor. Y que me perdonen los mediterráneos; pero no puedo evitar pensarlo.

(Sé que te debo un correo. Es que aún estoy aterrizando)

Jesús Miramón dijo...

Bueno, el atlántico y el mediterráneo son tan distintos que no pueden compararse.

A mí de siempre me ha gustado muchísimo el Norte, me atrae su naturaleza salvaje, esa atmósfera celta, verde, boscosa, húmeda, los helechos, los cielos grises, las enormes mareas, la lluvia.

Pero también disfruto del mediterráneo, a pesar de lo mucho que lo hemos degradado; ya sabes que yo viví unos cuantos años en Gerona y puedo asegurarte que allí todavía quedan lugares preciosos. Del mediterráneo me fascina la huella de las distintas civilizaciones que pasaron por allí, su paisaje romano y griego hecho de olivos, pinos, trigo, viñas, amapolas, cipreses, su luz de sol radiante (sobre todo en octubre y noviembre), la hospitalidad de la temperatura del agua, los cielos azules.

Eso sí, mi ilusión sería retirarme en el Norte, en Asturias, por ejemplo, de la que estoy enamorado. Soy incompatible con este calor mediterráneo que cada año dura más tiempo.

Un abrazo.

Portorosa dijo...

Sí, sí, sin duda. El Mediterráneo es todo eso que dices.
Además es una soberana estupidez entrar en esas comparaciones; ¿para qué?

Pero, en fin, no sabes cuánto me gustaría hacer de guía para ti por aquí, alguna vez.

Un abrazo.