miércoles, 23 de junio de 2010

Casa de guardacostas

Mientras guardo las cosas de la compra en la despensa de la galería echo un vistazo al otro lado de la calle y veo a nuestra vecina de enfrente poniendo la lavadora al tiempo que habla por teléfono, el aparato sujeto entre la cabeza inclinada y el hombro derecho. Es una chica muy joven que se instaló a mediados del año pasado. Tiene la costumbre, como nosotros, de no bajar la persiana, así que es frecuente, aún sin querer, ver su mesa de la cocina dispuesta con los platos de la cena, normalmente para ella sola, en ocasiones para sus amigos, algunos de los cuales salen al balcón a fumar. Supongo que también ella nos habrá mirado sin querer alguna vez, yo en la cocina atareado entre ollas y sartenes, Maite corrigiendo exámenes y trabajos, mi hijo conectado al messenger en el ordenador del salón.

Hoy mi joven vecina estaba poniendo la lavadora mientras hablaba por teléfono; hace unos meses la sorprendí colocando en la barandilla un macetero con flores que al cabo del tiempo murieron por falta de riego; el otro día vi cómo extendía con cierta dificultad un tendedero plegable para secar la ropa, y juro que a punto estuve de llamarla para ofrecerle mi ayuda.

Es curioso pero, no sé, creo que he desarrollado cierta inexistente e invisible relación con esa chica que no me conoce. Me recuerda a mí mismo cuando con veintipocos años fui a vivir a Gerona y tuve que aprender a toda prisa los rigores cotidianos de la supervivencia: cocinar, poner lavadoras, limpiar, tratar de que creciera alguna planta a mi alrededor, ordenar los libros en unas estanterías recién compradas, colgar en la pequeña sala aquella lámina de Edward Hopper en la que aparecía una casa de guardacostas junto al mar.

14 comentarios:

añil dijo...

Inspira ternura la escena. Seguro que ella agradecería un poco de ayuda.

Siempre le puedes mandar un cesto de magdalenas, como en las pelis americanas,jajaja

Un beso

Elvira dijo...

Me gusta tu mirada, Jesús. Ya lo sabes, me repito, pero igualmente quería decírtelo.

Ya me habría gustado a mí en mis días de exámenes que alguien hubiera estado preparando la cena mientras yo corregía. Hacéis un buen tándem. :-)

Un beso

Jesús Miramón dijo...

No, no, Añil, todo debe seguir así, probablemente si me diera a conocer se asustaría, pensaría que soy un psicópata o algo parecido.

Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Bueno, a mí me agrada igual que me lo digas, Elvira. De hecho me gusta que hables de mirada porque al final se trata de eso. Claro que apellidándome Miramón parto con cierta ventaja, ¿verdad?

:-D

Un beso.

José Luis Ríos dijo...

Me recuerda, guardando las distancias, "La ventana indiscreta".

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Es que todas las ventanas son indiscretas, parecen hechas para eso, para mirar qué se esconde en su interior. Un abrazo.

Anniehall dijo...

El salón de mi casa, con sus visillos permanentemente recogidos, da a un patio como el de la ventana indiscreta y conozco perfectamente lo que tan bien describes. Yo veo a una opositora (supongo), a tres hermanos jubilados (imagino), una joven pareja recién instalada que habitualmente cena bastante tarde...

Jesús Miramón dijo...

Hola, Anniehall, ¿te acuerdas de la 13, rue del percebe, aquella página de Francisco Ibáñez?

:-)

Bienvenida a las cinco estaciones.

Fàtima T. dijo...

Saludos, Jesús.
Leo tu blog desde hace algún tiempo, aunque es la primera vez que dejo un comentario, y es que me gusta mucho lo que escribes pero, sobre todo, cómo lo escribes, sabes transmitir.
La imagen de esta casa del guardacostas me ha encantado. Me ha transportado a una época en la que compartía juegos con mi hermana en la galería que había en casa de mis padres, abierta a un patio de manzana, y nuestros juegos consistían muchas veces en mirar a través de los ventanales y descubrir fragmentos de vida en los hogares ajenos. Así fue cómo me hice amiga de una niña de mi edad que vivía en el edificio colindante al mío, y así fue también cómo descubrí el maravilloso sonido de la flauta travesera que tocaba un vecino al que apenas alcanzaba a ver, pero cuya música lo llenaba todo de belleza.
Aquella galería se parecía mucho a la de la película "La ventana indiscreta", creo que por eso me ha gustado siempre tanto.
Seguiré viniendo por aquí.
Un abrazo.

Luis Rivera dijo...

Es que hay algo obvio, Jesús. Toda ventana invita a asomarse, y de ahí a descubrir lo que sea: es el espíritu de una cierta aventura.

Jesús Miramón dijo...

Hola, Fàtima, gracias y bienvenida a mi blog.

Jesús Miramón dijo...

Lo mejor de las ventanas es que son ventanas y, a veces, espejos.

Teresa, la de la ventana dijo...

Y que se puede mirar de dentro a fuera y de fuera a dentro...

Jesús Miramón dijo...

Desde luego, Teresa, de dentro afuera y de afuera adentro. Me recuerdo paseando por las calles de preciosos pueblos marineros, las fachadas de las casas cubiertas de buganvillas, sin poder evitar echar un vistazo furtivo al interior de las ventanas abiertas, envidiando desde la ignorancia la suerte de sus propietarios al vivir tan cerca del mar.