sábado, 19 de junio de 2010

Descalzos

El fallecimiento de José Saramago trae un inmenso alud de epitafios, panegíricos, elegías y artículos. Entre los que he leído hay uno que narra un viaje que el escritor hizo por Portugal el año pasado. Saramago tenía ochenta y seis años y, en un momento dado, le cuenta al periodista lo siguiente:

«El recuerdo más dulce de mi vida es el del momento de volver a mi pueblo cuando se acababa el curso en Lisboa. Tomaba el tren de las 5,55 horas en el Rossio y, a mediodía, estaba en Mato do Miranda. En el mismo salto que daba para salir del tren, me descalzaba, y no volvía a ponerme los zapatos hasta que volvía a Lisboa».

Estas frases me han conmovido. Tengo la intuición de que en los últimos días eran ese tipo de imágenes las que resucitaban en su memoria, por encima de premios, condecoraciones y reconocimientos. He recordado algo que el abuelo Antonio comentó cuando ya estaba muy enfermo, pocos meses antes de morir, algo que escribí en «Innisfree» el 21 de agosto de 2004:

Esta semana le daban la tercera sesión al abuelo. El martes se fueron los dos, padre e hija, a Zaragoza, y el jueves fui a buscarlos después del trabajo para traerlos a casa en el coche. Regresábamos a Binéfar por la carretera a través de los campos amarillos. De vez en cuando yo echaba un vistazo al espejo interior: el hombre miraba a través de la ventanilla con ojos perdidos. Maite ponía su mano izquierda en mi pierna derecha, contenta de volver a verme, contenta de regresar. También yo estaba contento de volver a estar con ella. Junto al arcén corría el agua de una acequia. El abuelo dijo: «Cuántas veces no me habré bañado yo en una acequia». Volví a echar un vistazo al retrovisor: Antonio seguía mirando con sus ojos muy azules a través de la ventanilla. Durante unos segundos sentí que había escuchado sus pensamientos, pero abrió levemente la boca para continuar: «En verano, cuando el calor apretaba como hoy, me bañaba en las acequias, así me refrescaba. Me desnudaba y me metía en el agua». El coche ronroneaba a cien kilómetros por hora. «Yo entonces era un crío». Lo pronunció sin ninguna entonación especial, impertérrito, mientras en un segundo regresaba a su infancia de pastor, su niñez única e irrepetible, lejana, insólita, inimaginable; un tiempo anterior a la supervivencia, al festejo, al traslado a Zaragoza en busca de mejores oportunidades; un tiempo anterior a los días felices de la madurez, la paternidad, los nietos; una época anterior a los tristes días de la enfermedad y la muerte de su mujer, y ahora su propia decadencia. El agua de la acequia fluía bajo la luz del sol junto a la carretera. «Yo entonces era un crío», dijo, y no volvió a decir nada más durante el resto del viaje.

Dicen que al final de la vida recuerdas con más exactitud cómo era la cocina de tu niñez que el menú que comiste ayer. Las frases de José Saramago y Antonio Puértolas, uno escritor galardonado con el premio Nobel y otro jubilado de la Red Nacional de Ferrocarriles, enlazan directamente con la nota que se encontró en la cartera de Antonio Machado tras su muerte, aquella tan famosa que decía:

Estos días azules y este sol de la infancia.

Descansen en paz todos ellos como descansaremos nosotros, descalzos para siempre, los pies sumergidos en el agua clara de las acequias bajo el sol.

20 comentarios:

estrella dijo...

Siento tanto que, a poco, pero sin parar, se me estén yendo las voces y las manos que me han ayudado a comprender y caminar por la vida... No sabes cómo lo siento y cómo me siento.

Gracias por tus palabras, Jesús. Es lo único que te puedo y quiero decir.

Teresa, la de la ventana dijo...

Debe ser difícil tener que empezar a despedirse de uno mismo...

José Luis Ríos dijo...

Recuerdo haberlo leído entonces, con emoción, la tuya también, y volverlo a leer hoy, atenuada, pero presente. Yo creo que escribes rematadamente bien.

Un abrazo

francisco dijo...

Saramago ha dicho que su vida ha sido afortunada y plena. Hasta su muerte, vivió enamorado. Siempre supo cual era el sitio que él elegía. El de los más pobres. Con sus contradicciones (Cuba, por ejemplo) él siempre fue "Jaramago", uno de la familia de los pobres de su pueblo. Leí eso en algún lugar, que Saramago era apodo familiar. Y me gusta, sea o no cierto. Luego, su literatura me ha resultado tediosa. Pero no su vida: su vida es clara y limpia de trayectoria. Incólume tras el Nobel. No se movió un centímetro. Fué el mismo con premio y sin él. Un ejemplo de cordura. Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Gracias a ti, Estrella. Lo único malo de ir cumpliendo años es que quienes nos precedieron se alejan antes que nosotros. Debemos ser valientes. Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Sí que lo debe de ser, Teresa, pero en general las cosas después suelen suceder de una manera lógica y más natural de lo que nunca hubiésemos pensado. Mi suegro murió en esta casa y recuerdo que esa misma mañana, cuando me asomé a su habitación para ver qué tal estaba, me dijo textualmente: «¡Ay, Jesús, cuánto cuesta morirse!», a lo que yo le contesté que no tenía que pensar esas cosas y que si quería que lo levantara para ver un rato la televisión. Sonrió y dijo que no. Ambos sabíamos la verdad pero todos necesitábamos cierto orden, cierta rutina. Esa tarde murió, yo le di la mano mientras se iba. Ojalá alguien tome la mía cuando llegue el momento.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, José Luis, un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Estoy de acuerdo contigo en todo, Francisco, incluso cuando hablas de su literatura, que a mí tampoco me alcanzaba, nunca pude terminar un libro suyo. Pero su compromiso ético, el coraje con el que siempre dio la cara sin esconderse, eso sí me alcanzaba.

Un abrazo.

NáN dijo...

Haces bien en unir al nóbel con el empleado del ferrocarril. Al final solo hay dos grupos: los de las personas buenas y los que no.

Anónimo dijo...

Tu escrito, Jesús, es el mejor homenaje que he visto para este gran hombre. Ni los premios ni los medios de comunicación reflejarán la sensibilidad hacia él y su obra como lo has expresado tú .A mi me gustan sus libros aunque al leer por ejemplo "ENSAYO SOBRE LA CEGUERA", TUVE SENSACIÓN DE HORROR Y VACÍO, A LO MEJOR VA BIEN PARA MEDITAR SOBRE MI VIDA...
Un abrazo

Portorosa dijo...

Jesús, porque te lo he dicho muchas veces y por mi fidelidad a tus blogs, debes de saber que me gusta mucho lo que escribes; mucho.
Pues creo, Jesús, que este texto de hoy, y el de entonces sobre tu suegro (que yo no conocía) han sido de lo mejor que te he leído. De lo que más me ha gustado; de lo que más me ha emocionado, sin duda.

Este texto, Jesús, te confirma como el gran escritor que eres.
Y seguro que como la gran persona...

Un fuerte abrazo.

Elvira dijo...

Como dice José Luis, escribes rematadamente bien, Jesús. Y no es sólo habilidad, me gusta el fondo tanto como la forma.

¡Ojalá alguien tome mi mano mientras me vaya! Es importante.

Un beso

Diva Gando dijo...

Me ha gustado mucho tu pequeño homenaje a Saramago. Además me encantan las acequias...

Jesús Miramón dijo...

Muchas gracias.

:-)

Miguel Baquero dijo...

Esos recuerdos tan sencillos de los zapatos y la acequia son los que, al final, tienen más valor, como huella de los tiempos en que veíamos la vida alrededor con asombro, como un milagro y no como una carga

Miguel Ángel dijo...

Coger de la mano al que se está yendo debe ser muy importante para él, no tenemos ni idea cuánto.

Ramón estuvo esperándome todo el día, y cuando llegué a su lado, cogido de mi mano terminó su partida.

No tuve esa suerte ni con mi madre ni con mi padre. No tengo ni idea cómo será conmigo.

Pilar no le falló a Saramago.

Jesús Miramón dijo...

Miguel, la cuestión es que nunca deberíamos dejar de ver la vida como un milagro porque verdaderamente lo es, y de eso uno se da cuenta ante los niños pequeños y ante las personas muy mayores -ante el nacimiento y ante la muerte. La vida es un milagro, una oportunidad inesperada, absurda si se quiere, pero absolutamente fascinante.

Jesús Miramón dijo...

Hola, Miguel Angel, yo nunca imaginé que viviría una experiencia semejante pero me di cuenta de que, en realidad, llevamos dentro de nosotros el instinto necesario para afrontarla. Finalmente todo es más natural, y por eso humano, de lo que uno pueda imaginar.

Ofelia dijo...

Hola Jesús,
...el viaje de ida y vuelta....tan incomprensible que tan sólo nos queda ejercitar el músculo de la aceptación.
Besos**

Jesús Miramón dijo...

Y también el de la exploración, Ofelia, ese es uno de los más importantes. Un beso.