lunes, 28 de junio de 2010

Un viaje inesperado

A media mañana Carlos me llama al teléfono móvil desde el hotel cercano al cámping donde pasa unos días de campamento. Me dice que se encuentra mal, que le duele la tripa, que ha vomitado durante toda la noche, que vaya a buscarlo. Salgo del trabajo, subo al coche y enfilo la carretera que lleva a las montañas. Kilómetro a kilómetro voy dejando atrás viñedos, campos de cebada y olivos. Los embalses están llenos y las copas de los árboles asoman en el agua. Pronto el verdor de los pinos y los abetos da paso a congostos de roca negra rezumante de humedad, tras los cuales se abren pequeños valles surcados por ríos a cuyas orillas florecen negocios turísticos de rafting y piragüismo. Localidades poco pobladas, algunos restaurantes a pie de carretera, bellísimas casas de piedra, prados con vacas y caballos. En algunas zonas de las cumbres todavía brilla la nieve. Atravieso Benasque, dejo atrás el desvío a Cerler y las estaciones de esquí, continúo en dirección a los Llanos del Hospital y me desvío en el Hotel Turpi, junto al cual está instalado el campamento donde mi hijo lleva una semana. Él, muy pálido y con gesto serio, me espera en la recepción. «¿Qué tal estás, cariño mío?», le digo. Se acerca a mí, sus ojos azules brillando no sé si de emoción o de fiebre, y nos abrazamos. Comunico a los monitores nuestra partida, les doy las gracias, subimos el equipaje al coche y emprendo el viaje de vuelta. El adolescente-niño de trece años se duerme enseguida, agotado por una gastroenteritis común, y yo conduzco dejando atrás los deliciosos dieciséis grados de temperatura para acercarme kilómetro a kilómetro a los treinta y tres terribles grados del lugar donde vivimos.

18 comentarios:

José Luis Ríos dijo...

¡Qué bien lo cuentas, Jesús! No será nada, seguro. Treinta y tres, casi todo el día.

Un abrazo

Portorosa dijo...

No hay mal que por bien no venga.

Un abrazo.

NáN dijo...

Pobrecico. Una gastroenteritis en un campamento de montaña debe producir una sensación horrible.

Fuiste rápido. Todos estamos orgullosos de ti.

Elvira dijo...

Sí señor, eso es lo que hace un padre. También se durmió rápido en el coche al sentirse "en casa" contigo. Bien. Que se le pase rápido.

Un beso

Miguel Ángel dijo...

Esas cosas se curan, que yo lo sé. La solución me la dio una veterinaria: un día entero bebiendo agua de borrajas. En realidad era suero oral de facturación casera, y ningún acampado, bebiéndolo, pasaba a mayores.

Si te lo traes a casa, se dormirá, claro; pero no aprenderá que el mal de muchos, entre todos y sin salir de allí, se combate y se vence de todas de todas.

Yo, con perdón, no habría consentido que te lo hubieras llevado, si hubiera estado en mi campamento. Claro que eran otros tiempos, y los padres se aguantaban las dolencias de sus hijos. Y los hijos también confiaban mucho más en los responsables y monitores, voluntarios por supuesto, a tiempo completo.

Aquí me quedaré... dijo...

Si hubiese sido alguna de mis hijas, también me la hubiera llevado para casa.
A un campmento se va a disfrutar y no a sufrir.
Mi madre decía algo muy bonito:

"Incluso yendo bien cuando somos mayores, ya se encarga la vida de darnos penas y tristezas suficientes para sentirnos solos y abandonados más de una vez”

Hay que ser padres para saber..

Saludos y felicidades.

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo no soy madre y también me lo llevaría a casa.

Y, al hilo de tu respuesta, Aquimequedaré,ese "Hay que ser padres para saber...", esos puntos suspensivos tan significativos, te diré que creo que no hace falta tener descendencia para entender ciertas cosas o formarse una opinión coherente. A veces los que tenéis hijos sois pelín injustos y talibanes con los que no tenemos. Nos cerráis la boca, como si fuesemos medio lelos y nuestras opiniones no sirvieran para nada por no ir avaladas por una entrada en "hijos" en el libro de familia.

Me parece bastante hiriente e injusto, y sobre todo, demasiado frecuente.

Perdón, Jesús, por polemizar en una entrada tan bonita. Pero tenía que decirlo.

Jesús Miramón dijo...

Carlos Miramón ya está bien, de hecho me ha pedido que mañana lo retorne al campamento -al campamento de vacaciones, Miguel Ángel, no de la legión. Tiene trece años, ya no es ningún niño pequeño, pero el problema de Carlos es que las gastroenteritis le hacen vomitar muchísimo, no se purga por abajo sino por arriba y lo pasa fatal, es su principal punto débil. Quien no lo conozca puede llegar a asustarse. Pero bueno, ya está mucho mejor, hoy podremos ver juntos el partido entre España y Portugal y mañana por la tarde, si no hay ningún problema, volveré a repetir el viaje que hice ayer.

Gracias por todos vuestros comentarios y un abrazo.

Portorosa dijo...

Teresa de Jesús (Miramón), creo que tienes razón, aunque con matices:

Creo que ser padre enseña cosas, sobre todo (pero no exclusivamente) relacionadas con los sentimientos, que, por nuevas, por distinas, y por intensas, son difíciles de valorar cuando no se sienten. Sinceramente creo que hay aspectos de ser padre que no son comparables con nada. Así, creo que, aunque cada uno la viva de un modo diferente, es verdad que una persona sabe, cuando es padre o madre, cosas que antes no sabía.
Y que, desde luego, hay cosas que ya siempre verá de otro modo. De un modo a veces difícil de entender desde fuera (ojo, y no siempre para bien: cuántos tíos preclaros y ecuánimes acaban siendo padres consentidores, etc.).

Sin embargo (y aquí salgo por ti), somos tan distintos, y hay personas tan inteligentes y sensibles, y otras tan melonas y pedazos de carne con ojos, que ni mucho menos se puede trazar una línea divisoria: hay gente sin hijos que se dará cuenta de qué es eso mil veces mejor que padres alcornoques que pasan por la paternidad como quien pasa por Medina del Campo en el tren, sin comprender nada y casi sin mirar.

Por otra parte, a veces el "tú no sabes, que no tienes hijos" se convierte, creo yo, en la frase comodín para no escuchar, para callar a alguien, o para no cuestionarse.

Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Totalmente de acuerdo con Porto (y con cómo lo cuenta).

Por cierto, me ha hecho mucha gracia lo de ser una persona melona porque es una expresión muy aragonesa: ¡no me seas melón!

:-)

Fàtima T. dijo...

Que tu hijo te haya pedido que le devuelvas al campamento, es la mejor señal de que eso ha sido una nube pasajera, un pequeño inconveniente que ya quedó atrás. Me alegro mucho por los dos.

Ofelia dijo...

Un gustazo hacer este pequeño viaje contigo y una gran alegría sentir tu serena paternidad.
Besos**

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Fàtima, sí que se ha recuperado, ya sabes, estas cosas duran dos o tres días como mucho. Mañana por la tarde volveré al Pirineo. Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Hola, Ofelia, cuando escribí la anécdota lo que me interesaba desde el punto de vista literario era describir el viaje, el paso del llano a la alta montaña. Vivo a hora y media de lugares a los que acuden viajeros de todas las regiones de España y aún del extranjero y, sin embargo, no lo valoro suficientemente. Un beso.

Portorosa dijo...

Bueno, Jesús, leyéndote yo diría que sí lo haces, que los valoras. Distinto es que vayas menos de lo que tal vez te gustaría.

Pues yo lo de melón lo uso mucho, al menos de un tiempo a esta parte. Me hace mucha gracia.

Buenos días.

NáN dijo...

Dos cosas:

No es lo mismo ser un padre mimosón, que ante la menor dificultad del hijo lo rescata, que saber que está en una circunstancia que requiere el rescate. Fue mi confianza en Jesús lo que me hizo pensar que iba por buen camino. LA prueba, que el propio hijo ha pedido el "reingreso".

En cuanto a lo que enseña ser padre, creo que no es necesario serlo para conocer tanto o más sobre lo que son los niños. La experiencia "directa" no es el único camino al conocimiento.
Es más, soy padre y estoy convencido de que solo le he enseñado aquello que él ha visto por su cuenta. Y lo mismo al revés: tener un hijo te enseña a conocerte a ti mismo porque te pones a prueba. Podrías aprenderlo de otro modo.

Jesús Miramón dijo...

El protagonista de esta entrada ya está de nuevo en las montañas, donde el termómetro del coche señalaba hoy veinte grados de temperatura. En la puerta de mi casa había treinta y cuatro. Ahora estoy absolutamente agotado y me retiro a dormir (si el calor me lo permite, ¡dios, cómo odio el verano!). Buenas noches.

Miguel Ángel dijo...

Por mi falta de olfato no comprendí que se trataba de un relato de viajes. Por no leer con atención, tampoco aprecié la tensión del escritor/conductor. Por tener mala memoria, no recordé que hay un congosto temible si hay tormenta y preocupante en cualquier caso. Porque ansío volver a recorrer ese mismo camino, me sobraron mieses y viñedos incluso olivos.

Y porque hace más de veinte años que no monto un campamento de verano, no caí, mechachis, en el tiempo que ha pasado, y que me ha dejado noqueado, pasado de rosca, vamos, para el desguace.

Pues por supuesto que sí, que el jovencito no debía seguir allí. Nosotros éramos los temerarios que aguantábamos el tipo, sin serlo, como auténticos legionarios. Eran otros tiempos e hicimos muchas burradas. Dios nos perdone y gracias a él nunca se dieron situaciones irreversibles.

He de decir, sin embargo, que la chavalada disfrutaba. Ahora siguen recordándolo, y con sus parejas y retoños vuelven y reviven aquello. Fue, sin dudarlo, ellos y ellas lo dicen, lo mejor de su infancia/adolescencia.

No jugamos, lo juro, a ser mejores padres y madres. No lo éramos, tampoco suplantamos. Dimos lo mejor que teníamos a quienes más lo necesitaban.

Ignoro si ahora sucede lo mismo. De algunas personas y grupos he oído hablar muy bien.

Un saludo y mi parabién para el acampado. Me alegro de su restablecimiento.