domingo, 19 de septiembre de 2010

Alas invisibles

Salgo de Barcelona cuando el tráfico en sentido contrario comienza a crecer, es domingo por la tarde y los viajeros del fin de semana vuelven a casa. Por la mañana llevé a Paula al colegio mayor donde residirá durante su primer curso de estudios universitarios. En el viaje no paraba de hablar, qué entusiasmada, qué feliz y radiante estaba de salir al mundo, de iniciar un nuevo camino, nuevas experiencias y exploraciones. Yo también me sentía feliz, feliz por ella. Después de dejar las maletas en la habitación hemos cruzado la ciudad y los dos nos hemos ido a comer al Port Vell. Tras dar un paseo contemplando los barcos y los turistas hemos regresado a la residencia y la he dejado en la puerta. «Cuídate mucho, cariño», le he dicho. «No te preocupes, papá, estaré bien», ha dicho ella, sonriente. Nos hemos dado un beso y me he ido.

De Innisfree [5/2004 - 5/2005]:

Viernes 17 de septiembre de 2004

SIN TÍTULO

Forro los libros del nuevo curso con plástico autoadhesivo. El proceso es semejante a una pesadilla. Si me descuido por aquí la esquina se pega sobre sí misma por allá, y cuando acudo presto a despegarla, en otro lugar del libro, que ahora parece inmenso como un continente, lo mismo vuelve a suceder. P. me observa con cara de sueño, ligeramente sorprendida de mi torpeza. Su hermano duerme desde hace un rato. Yo mascullo maldiciones en voz baja pero al cabo de lo que parecen interminables horas la pila de volúmenes ya ha sido forrada, por llamarlo de algún modo. Con las burbujas de aire que han quedado atrapadas en la chapucería podría sobrevivir durante un mes una estación espacial. Mientras me sirvo un whisky mi hija las pincha con una aguja de coser. "Lo he hecho lo mejor que he podido, cariño", le digo. "Bah, está muy bien, papá", dice ella deshaciendo las ampollas con minuciosidad de cirujana. Observo la cola de caballo de su cabeza, sus delgados codos apoyados en la mesa, los delicados omoplatos donde asoman las alas invisibles que un día la alejarán de mí.

27 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Es tan emocionante, lo has contado tan bien, que no sé qué decir.

Así que no digo nada, y lo vuelvo a leer.

NáN dijo...

No la has dejado en la puerta, Jesús. La has dejado donde su vida de mujer estudiosa se va a colmar.

Digamos que, esta vez, "forrarle los libros" ha sido una acción que has desempeñado de manera perfecta, incluido el arroz, es un suponer, en el port.

Ahora, prepárate. Porque va a llegar a lugares muy lejanos a los que tú no podrías llegar sin ella. Y uno de sus objetivos será enseñártelo todo.

Prepárate, viejo haragán, porque te va a hacer saltar todas las neuronas.

Portorosa dijo...

Qué emoción, Jesús, ¿verdad? Qué alegría que todo vaya tan bien; pero supongo que del pequeño nudo en la garganta no te ha librado nadie.

Y qué bien lo has contado. Y qué bien lo contaste hace seis años.

Un abrazo enorme.

(Te echamos de menos, y esperamos verte la próxima vez)

Elvira dijo...

Me has emocionado.

Ya sabes dónde estoy, por si tu hija necesita algo en esta ciudad. De verdad.

Un beso a los dos (y que vuele alto)

Jesús Miramón dijo...

Sí que ha sido emocionante, Teresa, pero se trataba de una emoción tranquila, serena, feliz. Creo que ser o intentar ser consciente de las cosas es importante porque te prepara -más o menos- para lo que ha de llegar de modo natural (sólo del modo natural: para lo inesperado, para lo que no debería llegar ni tiene sentido nada puede prepararnos).

Os voy a contar algo que tal vez pueda espantar a mucha gente pero es absolutamente cierto: cuando el 9 de diciembre de 1992 nació mi hija escribí una pequeña nota que todavía guardo por ahí. Dice así: «Esta tarde ha nacido mi hija. Esta tarde ha nacido mi hija, que también morirá». Lo escribí cuando ella apenas llevaba unas horas en este mundo y era verdad, la pura verdad. Podría haber escrito: «Esta tarde ha nacido mi hija y cuando tenga diecisiete años se irá de casa para iniciar su propio camino» pero no, fui más allá, fui directamente al final con la elegancia de una granada de mano.

Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Nán, tus dos últimos párrafos han detonado directamente a la izquierda de mi esternón, detrás de las costillas, en la sombra que palpita. Ojalá, ojalá llegue a lugares muy lejanos para enseñármelos. Tú ya sabes algo de eso.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Hubo nudo en la garganta y algo más pero, bah, nada, todo bajo control cuando nadie me veía. Yo sólo lloro viendo películas de dibujos animados donde el hijo se va a la universidad abandonando a sus juguetes. Jé.

Escribir un diario te hace ser consciente, como le decía a Teresa, de que llevas preparándote para algunas cosas desde siempre. Las alas han crecido y aquella niña de once años ya vuela sola.

Un abrazo.

(Espero poder estar la próxima vez).

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Elvira, te escribiré.

Un beso.

enric batiste dijo...

Estoy aquí al lado, todavía
en época de forros y burbujas
a tu lado, al lado de tu hija
al lado de mi hija que está a punto
de extender y extenderse al crecer
sus alas libres alas para el vuelo.
Sepas que también tienes, me tenéis
en esta Barcelona al lado vuestro,
aquí dejo mi email a disponer:

enricbatiste@gmail.com

y un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Muchas gracias, Enric. ¿Época de forros y burbujas? Disfrútala, aunque estoy seguro de que no hace falta que te lo diga. Un abrazo.

NáN dijo...

Ay, Jesús. Lo que escribiste cuando nació tu hija me ha sobrepasado.

Solo una conciencia muy viva puede ser como tú.

molinos dijo...

Otra vez...emocionada hasta el infinito y más allá.

Y no digo más..solo que yo no sé forrar libros...

Diva Gando dijo...

Nacer es es un largo adiós.

José Luis Ríos dijo...

Hola, Jesús. Sólo saludarte y decirte que me ha gustado mucho lo que has escrito.

Saludos

PD Tenemos que quedar.

Jesús Miramón dijo...

Yo, aunque me ha tocado forrar unos cuantos, tampoco sé forrar libros, Moli.

:-)

Jesús Miramón dijo...

Diva, que siempre sea un largo, muy largo, larguísimo adiós.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, José Luis. Nos llamamos cualquier día de estos y tomamos algo por ahí.

Ofelia dijo...

Hola Jesús,
lo que me provoca tu precioso texto es una inmensa alegría, porque tu hija tiene el espacio suficiente para extender sus bellas alas.
Y también siento un silencio en forma de reverencia ante el máximo acto de amor que recibió el día de su nacimiento: libertad para morir.
Ella vino con grandes regalos y dones, cómo no alegrarse¡!¡
Te amo*

A filla do mar dijo...

:-)
Felicidades!!

añil dijo...

Las etaas se van sucediendo y es inevitable que crezcan. Veo que compartimos la experiencia de dejar volar los polluelos del nido.
Seguro que todo irá bien.

Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Hola, Ofelia, es verdad, todos venimos, como mínimo, con el don de la vida, un don efímero pero vibrante y lleno de misterios por descubrir.

Un beso.

:-)

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Filla. Un beso.

Jesús Miramón dijo...

¿Tú también, Añil? Son etapas, claro, y, como suele decirse, qué fortuna la nuestra al poder experimentarlas. Claro que todo irá bien, seguro que sí. Un beso.

Diva Gando dijo...

Por añadir algo más liviano al tema diré que los libros de pollito, este año se han triplicado. Para evitar que los niños lleven peso han dividido cada libro por trimestres, así que cada libro se convierte en tres que hay que forrar con el aironfix de quita y pon. No ha sido nada poético la verdad...

Jesús Miramón dijo...

¿Nada poético, Diva? Pues a mí la expresión «libros de pollito» me parece poética y misteriosa, ¿qué son?.

Diva Gando dijo...

Tengo dos pollitos: Nina con 6 años y pollito (Nombre por definir y pendiente de dedicar una entrada en el blog) de 9. Así que los libros de pollito se refieren a los libros de mi hijo de 9 años.
Es que yo estoy como una clueca con ellos...

Jesús Miramón dijo...

Seis y nueve: qué gozada. Me ha encantado lo de pollito, mi hijo (13) también es un poco pollito, de hecho le escribí un poema cuando era muy pequeño y parecía un pajarico, dice así:

AL FINAL DEL VERANO

Debajo del árbol cubierto de pequeños pájaros
he dado un grito, y todos han salido volando
en un jaleo de alas bulliciosas.
Yo pensaba que Carlos reiría pero se ha asustado.
El cielo sobre el árbol era inmenso
y del color de los melocotones.
He cogido a mi hijo en brazos
y he retrocedido sobre la hierba:
“mira”, le he dicho, “no pasa nada”.
Después de unos instantes
los pájaros han vuelto a las ramas.
Él miraba con sus ojos grandes
sobre su pequeño cuerpo de pájaro
-todavía se agitaban sus pequeñas costillas,
sus labios manchados de uva.
El cielo era inmenso sobre el campo,
y un avión diminuto dejaba claramente
una línea blanca sobre la piel amarilla.
“Mira”, le he dicho, “un avión, allí arriba”.
Y él ha levantado su cabeza dorada, su cuello de pájaro,
su boca manchada de uva.
Qué poco pesaban en mis brazos su corazón, sus riñones,
su ombligo pequeño contra mi pecho.

Felicidad pequeña y quieta sólo un momento,
al final del verano.