domingo, 26 de septiembre de 2010

Otoño


Una flor de hace casi cincuenta millones de años.

6 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Si se acerca uno mucho, aún parece oler...

Jesús Miramón dijo...

Sin embargo, el detalle más emocionante por su simplicidad era la minúscula corona de flores colocada alrededor de estos símbolos y, según gustamos de imaginar, la última ofrenda de despedida de la joven reina viuda a su esposo, el joven representante de los «Dos Reinos». Entre todo aquel regio esplendor y aquella magnificencia —había oro por todas partes— no había nada tan hermoso como aquellas flores marchitas que aún conservaban un toque de color. Ellas eran testigos de lo poco que realmente son tres mil trescientos años y de la poca distancia que hay entre el ayer y el mañana. De hecho, aquel toque de realismo hermanaba aquella antigua civilización con la nuestra.

Howard Carter, La tumba de Tutankhamon. (Traducción de Rosa Portell)

Teresa, la de la ventana dijo...

Ayer estuve en la exposición de Tutankamon, Jesús. Y justamente eso, los pequeños detalles cotidianos que se encontraron en la tumba, son los que más me impresionaron.

Voy a empezar a creer en esa sincronicidad de la que habla últimamente NáN...

NáN dijo...

Portorosa, sacó el tema, Teresa. Yo solo constato que se da.

Quebradiza memoria, la nuestra. Menos duradera que una flor.

Jesús Miramón dijo...

¡Qué casualidad, Teresa! Leí el libro de Carter hace muchos años en una edición de Destino que todavía conservo y ese párrafo fue uno de los que más me conmovió. El comentario de Miguel me hizo recordarlo e ir a buscarlo. Entre todo el oro de la tumba no había nada más hermoso que aquellas flores marchitas. No puede decirse mejor. Por cierto, el libro es maravilloso, lo recomiendo con los ojos cerrados, no sé si todavía estará en circulación... ¡He descubierto una copia en internet, el libro entero, la misma versión aquí. La red nunca deja de sorprenderme.

Jesús Miramón dijo...

La memoria es quebradiza y poco duradera pero se me acaba de ocurrir que, en realidad, cuando se deposita entre los folios de un libro en forma de palabras o imágenes, no deja de ser idéntica a los fósiles que esconden los estratos de piedra.