domingo, 2 de enero de 2011

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Por la mañana nos acercamos en coche a Laredo, una localidad cuyos encantos originales fueron sepultados en algún momento del siglo pasado por el desarrollismo urbanístico vinculado al veraneo de playa. El día es gris y el paseo marítimo ofrece un aspecto desolado y triste, apenas vencido por los gritos de nuestros niños que corren persiguiéndose. Compramos pan y regresamos a la casona. Qué agradecimiento siente la mirada cuando dejamos atrás los suburbios y la autopista y nos adentramos en la carretera del valle, rodeados de prados, bosques y peñascos de cimas envueltas en niebla.

2 comentarios:

NáN dijo...

Defendamos los valles de las carreteras fáciles. Lo bueno debe costar, para que solo lleguen quienes lo desean. Esos, nunca molestan.

Jesús Miramón dijo...

Carreteras serpenteantes, estrechas, mal asfaltadas, sin arcén. Llevan a Shangri-La.