miércoles, 2 de febrero de 2011

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Me conmovieron las fosas comunes de guerreros griegos muertos hace dos mil quinientos años, jóvenes que cayeron combatiendo contra los cartagineses en la batalla de Himera, al norte de Sicilia, a finales de septiembre del año 480 antes de Cristo. Algunos de los cuerpos conservaban las puntas de flecha y lanza que habían acabado con ellos. Recordé un epitafio dedicado a los atenienses caídos en la batalla de Queronea un siglo y medio antes: «¡Oh, Tiempo, que ves pasar todos los destinos humanos, dolor y alegría; la suerte a la que hemos sucumbido, anúnciala a la eternidad!»

4 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Lo que más conmueve es pensar dónde están ahora la Helade y Cartago por la que pelearon. O donde estará dentro de cientos de años el Occidente qye hoy estamos tratando de organizar.

Jesús Miramón dijo...

Se dice que Julio Cesar llegó a afirmar que los habitantes de los grandes bosques de Germania jamás alcanzarían el desarrollo de Roma, que siempre serían primitivos, toscos y sucios.

¿Cómo podría haber imaginado Jenofonte que Grecia acabaría siendo uno de los países más pobres de Europa?

Por no hablar del Egipto de los faraones y lo que allí está sucediendo ahora mismo.

Quién sabe qué papel ocupará Asia o incluso África en el futuro de nuestro mundo, qué papel ocupará USA, Europa.

Los antiguos tenían razón: el tiempo que ve pasar todos los destinos será testigo del futuro cuando de nosotros no quede ni la sombra de una sombra. Carpe diem (sin olvidar nuestro planeta).

NáN dijo...

Y sin embargo, qué iguales todos los desenterrados de las fosas, con independencia de la época, color, religión, sexo y cultura...

Jesús Miramón dijo...

Es cierto, Nán, qué buena observación. En las fosas desaparecen todas las diferencias, lo que añade significado al adjetivo comunes.