miércoles, 23 de febrero de 2011

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A veces sueño despierto con lugares donde nunca he estado ni probablemente estaré: los grandes bosques azules de Australia, los prados cuajados de flores de las altas mesetas tibetanas, la banquisa antártica azotada por el viento, el mar de los sargazos, las junglas de Borneo. La culpa la tienen mis padres y su generosidad a la hora de adquirir enciclopedias ilustradas, algo que nunca podré agradecerles bastante. El mero recuerdo de la Enciclopedia Uteha Juventud hace que mi cerebro se estremezca de placer.

5 comentarios:

la luz tenue dijo...

Nosotros, en la repisa más alta del mueble del salón teníamos la Enciclopedia Temática Argos Vergara y la Enciclopedía Familiar de la Sexualidad, con cuyos dibujos y diagramas sigo soñando a veces, después de tantos años.

Creo que los de nuestra edad somos el producto de aquellas enciclopedias compradas a plazos, de los cines de sesión continua, de los tigretones y panteras rosas, igual que ahora los adolescentes se educan con internet, con las pizzas y los centros comerciales.

Teresa, la de la ventana dijo...

Yo tenía una que se llamaba "Lexis 22". Comprábamos los fascículos semanalmente en el kiosko. Y era horrible que te tocara consultar algo de la "R" cuando todavía tenías sin encuadernar la "L". Angustioso.

Para cuando quisimos terminarla, ya me había acostumbrado a buscar los sinónimos de lo que necesitaba consultar en las letras de los tomos que ya tenía. ¿Me sirvió para hacerme más hábil y capaz de buscar las vueltas a las cosas? Es posible. Ya se sabe que lo que no mata, engorda...

Jesús Miramón dijo...

Tienes razón, José Manuel, creo que todos nosotros les debemos mucho a aquellas enciclopedias. Bueno, en el caso de Teresa tener que buscar las palabras por el sinónimo cuya letra tuvieran es una preparación intelectual de primer orden.

A mí me gustaban las enciclopedias temáticas: Geografía, Naturaleza, Historia de la Biblia, todo eso. Al pensar en ellas mi cabeza se llena de imágenes: un esquimal en su kayak en blanco y negro persiguiendo a una ballen, los manuscritos del Mar Muerto, niños rubios norteamericanos alrededor de la mesa de una gran cocina donde la madre prepara una tarta de manzana, los enormes murciélagos comedores de fruta colgados boca abajo en lo alto de los árboles de la selva, la esfinge de Keops, un submarinista inmóvil junto a un banco de coral, un inmenso rebaño de capibaras en los llanos de Venezuela, etcétera. Aquellas enciclopedias eran nuestro preludio de internet.

Alice se perdió dijo...

Mis padres compraron, cuando yo era niña, una enciclopedia que se llamaba Geographica. ¡Cuántos sueños le debo! Todavía la hojeo cuando voy a su casa a comer aunque ahora, más que soñar, los tomos de la Geographica me hacen recordar. ¡Qué distinto era el mundo hace 30 años!

Besos,

Jesús Miramón dijo...

El mundo era distintinto, es verdad, ¡entre otras cosas había menos países que ahora! Y ya que hablas de Geographica, recuerdo cuando jugaba a girar el globo terráqueo y ponía el dedo sobre su superficie con los ojos cerrados. Casi siempre me hundía en el océano, como bien saben los ingenieros espaciales, pero a veces caía directamente en selvas o desiertos o cordilleras de nombres impronunciables. Sí, cuántos sueños les debemos...