jueves, 31 de marzo de 2011

90

Esperando en la consulta de mi otorrino leo en una revista que el escritor John Cheever decidió alistarse en la Armada tras el ataque japonés de Pearl Harbour. Casualmente un comandante había leído alguno de los relatos de aquel soldado raso, publicados en el Harper’s Bazaar o el New Yorker, y decidió ponerlo a escribir para una revista del ejército, salvándole así, seguramente contra su voluntad, de una más que probable muerte en combate en la playa Utah durante las primeras horas del desembarco aliado en Normandía, el fatal destino de muchos de los compañeros de barracón de Cheever. Leo esta información y me recuerdo paseando con mi familia por esa playa en agosto de dos mil siete, preguntándome cuántos futuros músicos, carpinteros, profesores, panaderos, conductores, científicos, albañiles, pescadores, cuántos futuros escritores y granjeros murieron allí sin haber tenido tiempo de intentarlo, víctimas todos ellos, como los supervivientes, como Cheever, como yo mismo sentado en esta sala de espera, del azar.

9 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Estremece pensar qué hubiera pasado si aquel hombre, sencillamente, hubiera leído otra revista, o hubiera pasado de largo por esos cuentos... o un millón de cosas que hubieran llevado a Cheever a la playa de Utah

Jesús Miramón dijo...

Exacto, Miguel, si aquel mando no hubiese reparado en él John Cheever hubiese ido a Europa, hubiera salido de la lancha de desembarco frente a las costas de Normandía, tal vez una MG42 alemana le hubiera saltado los sesos antes de poner un pie en la orilla y ya está, fin. Nada más. Fue lo común. Yo he caminado entre las miles de cruces blancas. Nadie conocería al escritor John Cheever, ni sus relatos ni sus diarios ni su alcoholismo ni su bisexualidad; su talento no hubiera logrado nada, roto en mil pedazos por un trozo de plomo, o tal vez se hubiera desarrollado de modo muy distinto como superviviente y testigo de los avatares de la guerra. Quién sabe. Todo eso es lo que me fascina.

molinos dijo...

Menos mal que aprovechaste la espera para leer algo mejor que mis tonterias.

Me molan estas cosas..hablo de la segunda guerra mundial, tú me enlazas tu post de Normandía, te sientas en la sala de espera, hablan de Cheever y su papel en la guerra y vuelves a recordar Normandía.

Jesús Miramón dijo...

Eso suele suceder: sale un tema, una cuestión, y durante días aparece por todas partes, como Normandía en este caso. De nuevo el azar (y los hipertextos) haciendo de las suyas.

giovanni dijo...

Supongo que algunos de ellos ya eran músicos, carpinteros, profesores, panaderos, conductores, científicos, albañiles, pescadores, escritores y granjeros. Y supongo que poca gente conoce su nombre si no haya sido o hecho famoso.

Habrá carpinteros famosos? Y panaderos famosos?

Sí, conozco a un panadero famoso sobre quien hablé una vez con un chileno en Chile. El panadero se llama Hartog (se pronuncia hartoj) y su pan tiene fama hasta en Chile.

PD: El chileno con quien hablé sobre el pan Hartog había vivido un par de años como refugiado político en Holanda (Amsterdam). Él iba caminando todos los días al panadero Hartog porque le gustó mucho su pan. Creo que era una caminata de 20 o 30 minutos.

Jesús Miramón dijo...

De acuerdo, Giovanni, vale, es verdad, muchos ya tenían su profesión, pero yo trataba de hablar del futuro que hubieran podido tener, que hubieran seguido teniendo, sin detenerme en más nombre famoso que el del escritor de quien leí la anécdota. De hecho mencioné todos esos oficios con toda la intención. Intentaba escribir sobre la fuerza del azar.

giovanni dijo...

Jesús, te entendí perfectamente y me gustó tu escrito! Lo usé solamente para soltar otro micrísimo cuento (sobre el panadero famoso). La fuerza del azar a veces es grande o tiene efector grandes.

Laura Baliñas dijo...

Hace muchas noches que leo este blog y nunca me atreví a escribir nada, esta noche me atrevo a hacerlo y a ser optimista.El azar también hubiese podido decidir que Cheever no hubiese muerto en el Día D.

Jesús Miramón dijo...

Es cierto, Laura, muchos sobrevivieron, es posible que el azar hubiese convertido a Cheever en un superviviente de semejante experiencia, y es posible también que eso hubiese afectado a sus decisiones futuras, incluida la de ser escritor, y de haberlo sido tal vez hubiera escrito de otra manera y de asuntos diferentes... La potencia del azar es indescifrable.

Bienvenida a las cinco estaciones, Laura, y ¿por qué nunca te atreviste a escribir nada? ¿Tan mal trato a mis visitantes? Es broma, es broma. Bienvenida.