domingo, 17 de abril de 2011

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El redoble de los bombos y tambores de Semana Santa sobrevuela los tejados y se cuela en mi buhardilla. Después, poco a poco, su eco se aleja hasta ser sustituido por los gritos de los niños que juegan en el parque que hay detrás de mi casa.

4 comentarios:

giovanni dijo...

Otra vez he aprendido algo... Parece ser o mejor dicho, es sin fin: buhardilla. Divertido lo que encontré en internet:

Sus principales inconvenientes son la falta de espacio delimitado por el techo inclinado que forman las vertientes, y la escasez y mala orientación de la luz situada en ocasiones a nivel del suelo.

Aún así, multitud de antiguas buhardillas usadas como trastero se han convertido hoy en día en coquetas estancias dentro de la vivienda.

Creo que el español (el hombre y la lengua) es mucho más preciso y rico en detalles y elocuente que el holandés, aunque tus entradas, Jesús, destacan por ser breves, concisas y evocativas.

Me sorprende esa ‘mala orientación de la luz’. Por qué mala? También me sorprende el adjetivo ‘coqueta’. El español está lleno de sorpresas (para un holandés como yo).

No he sido muy conciso.

Jesús Miramón dijo...

La orientación de la luz suele ser un poco mala en las buhardillas, como sucede también en la mía, porque al ser un ático debajo del tejado, con el techo inclinado, no suele haber ventanas, sólo alguna claraboya.

A mí me gusta mucho mi idioma, disfruto utilizándolo y aspiro a que mi brevedad no esté reñida con la elocuencia.

Aroa dijo...

mucho mejor los niños
que los bombos


la semana santa, en algunos lugares, me parece tétrica

Jesús Miramón dijo...

A mí de pequeño las procesiones me daban mucho miedo. En mi pueblo, en la ribera de Navarra, salían los alabarderos (soldados romanos) con sus lanzas, los penitententes descalzos arrastrando cadenas en los tobillos... y eso que allí no existe la tradición de bombos y tambores que hay en Aragón.

Eso sí, recomiendo a todo el mundo asistir al menos una vez a la «rompida de la hora» en cualquiera de los pueblos del Bajo Aragón. Yo estuve una noche de jueves santo en La Puebla de Híjar y no lo olvidaré nunca. Cuando el silencio, un silencio absoluto a pesar de la presencia de la multitud, es roto por el sonido trepidante de miles de tambores y bombos, todos tocando al mismo tiempo, el estruendo se mete en tus huesos y hace temblar los edificios... Uf, es una experiencia totalmente sensorial, primitiva, ancestral. La recomiendo encarecidamente.