jueves, 21 de abril de 2011

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Corroboro que mis vínculos con Zaragoza, más allá del hecho de que aquí viven dos de mis hermanos, han desaparecido con el paso del tiempo. Poco a poco, a medida que voy cumpliendo estaciones, aprendo que, a pesar de la importancia que nos podamos conceder, no dejamos rastro en los escenarios de nuestra vida, pues así como nuestras huellas ocultan las de quienes pasaron por allí antes que nosotros, en cuanto nos hemos ido otras huellas nuevas rompen y difuminan las nuestras. Hace algunos años, durante una de nuestras visitas a esta ciudad, quise pasear por el barrio donde vivimos y pude constatarlo una vez más: allí estaba la parada de autobuses urbano a cuyo tráfico y sonido de apertura y cierre de puertas neumáticas llegamos a acostumbrarnos, allí estaba la bodega donde compraba vino y whisky, allí la tienda de chuches, los árboles del paseo Fernando el Católico que veíamos desde nuestras ventanas, la plaza de San Francisco donde tomábamos el vermú cada fin de semana; los lugares permanecían, sí, pero no quedaba nada de nosotros en ellos, y esto era algo que yo podía sentir, con cierta tristeza, en el tuétano de mi imaginación.

7 comentarios:

José Luis Ríos dijo...

Viví en Zaragoza de los nueve a los veintinueve años, Jesús, y me pasa, cada vez más, lo mismo que a ti, y también lo siento con cierta tristeza.

Un abrazo

Teresa, la de la ventana dijo...

Uno es de donde pace, está claro. No por nada, sino porque los lugares que abandonas, cambian, y tú también. Por eso los regresos son tan traumáticos.

NáN dijo...

Como los perros, que marcan sus territorios, hay algo de nosotros que el tiempo va borrando... salvo a veces, cuando una tragedia o una felicidad infinita nos llevan a crear un doble mental de ese espacio, que permanece.

Jesús Miramón dijo...

José Luis, Teresa, Nán, disculpadme pero ahora mismo tengo que salir pitando sin tiempo a contestaros como merecéis. A ver si puedo esta noche, cuando volvamos del pueblo. Lástima de lluvia, la comida en el huerto tendremos que hacerla a cubierto... Un abrazo a los tres.

Jesús Miramón dijo...

José Luis, Zaragoza se ha hecho tan grande que no la reconozco. A cambio ahora es más moderna, más cosmopolita. Ayer había muchos turistas haciendo fotografías en el casco antiguo y al paso de las procesiones, algo insólito (los turistas) cuando tú y yo vivíamos aquí. Sí que la recuperé un poco al pasear por las estrechas calles del Tubo, pero ahora Zaragoza es para mí una ciudad casi nueva, lo cual tampoco deja de tener su interés. Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Teresa, por pacer en diferentes sitios yo ya no me siento especialmente de ninguno. Ni siquiera de Binéfar, donde vivo ahora. Me gusta imaginar que terminaré mis días en el Norte, junto al mar.

Jesús Miramón dijo...

Los lugares permanecen en nuestra memoria, pasan de ser físicos a ser, sí, mentales, y a menudo los recuerdos los deforman y los amoldan tanto que acaban siendo sitios muy distintos a los que uno se encuentra al regresar a ellos. Nuestra capacidad para sustituir la realidad por nuestra interpretación de la realidad es prodigiosa. Un abrazo, Nán.