sábado, 30 de abril de 2011

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Un pajarico se posa en una de las delgadas ramas del hibisco que veo desde aquí, en el interior de mi casa, al otro lado de la puerta de la terraza, mis ojos humanos ocultos en la oscuridad. Su corazón envuelto en suaves plumas canta confiado. Pienso que si tuviera en mis manos una escopeta de perdigones podría acabar con él en un instante. Levanto los brazos y dibujo en el aire el escorzo de lo que acabo de imaginar. Apunto a su cuerpo más pequeño que una pelota de tenis. El dedo índice de mi mano izquierda es mayor que él. Disparo. El pájaro canta todavía durante un rato, mira a la izquierda, mira a la derecha, y con un golpe de alas sale de mi campo de visión. No he cambiado la postura: mi brazo izquierdo recto, el derecho en posición de apretar el gatillo. El vello de mis antebrazos, a contraluz, parece hecho de hilos de oro.

6 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Qué bien lo cuentas, pero aún así, qué poco pajarera soy... El impacto de la película de Hitchcock me hizo un daño irreparable. Las aves me dan repelús, hasta un gorrión mínimo e inofensivo no termina de gustarme, y creo que viene de ahí.

Pero tú, como siempre, lo cuentas tan bonito...

Jesús Miramón dijo...

Jó, a mí también me impresionó esa película, pero veo que no tanto como a ti.

A mí me gustan mucho los pájaros, sobre todo los pajarillos pequeños y silvestres, siempre que estén en libertad. Y, por supuesto, salvo en casa de pura necesidad de subsistencia, sería incapaz de dispararles de verdad.

Buenos días de domingo, Teresa.

NáN dijo...

Pregunta espantosa en una noche indormible: ¿a quién, más debil que yo, le habré hecho daño?

Jesús Miramón dijo...

Sí que es una pregunta espantosa, y vivir muchos años aumenta el número posible de respuestas. ¿A quién habremos hecho daño sin merecerlo? Ojalá siempre fuese tan inofensivo como disparar con el dedo haciendo «bang» con los labios para después seguir disfrutando de la vida que permanece.

José Luis Ríos dijo...

Tenemos en casa, desde hace unos cuatro años, un periquito, dentro de una jaula. Creo que lleva una semana que va de mal en peor: vomita lo que come, no canta, hace ruidos al respirar, tiembla, esconde la cabeza como si durmiera aunque sea de día o denoche... mi hija lo observa, ya que el periquito es de ella, y me lo cuenta. Le he propuesto, en vista de que no mejora y probablemente muera, soltarlo en un campo y, al menos, sus ultimas horas o días que viva en libertad, aunque también puede acabar en la boca de cualquier gato, esa es la verdad. Por ahora no la he convencido. Veremos en qué acaba todo esto. Tampoco he insistido mucho. La salud del periquito es, desde hace unos días, tema habitual cuando llegamos a cada.

Un abrazo, Jesús

Jesús Miramón dijo...

José Luis, ese tipo de pájaros seguramente nació y se ha criado toda la vida en cautividad, así que si lo liberaseis duraría horas, probablemente ni siquiera sepa alimentarse por sí mismo, aunque, ahora que lo pienso, en Zaragoza ha prosperado una comunidad cada vez más grande (y ruidosa) de cotorras que en su día fueron liberadas.

Un abrazo.