viernes, 1 de abril de 2011

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Por la mañana, congestionado, mocoso y lacrimoso, incapaz de estar medio minuto sin un pañuelo, abandoné el trabajo. Hacía muchos días laborables que no volvía a casa de improviso, y al entrar en la cocina sorprendí una luz diferente, más clara, más hospitalaria de lo que recordaba. Durante un instante tuve la sensación de entrar en el plató de una película fuera del horario de rodaje.

4 comentarios:

Paco Principiante dijo...

Cada día tiene su esencia interna. Cuando alguna vez he regresado a casa en horario laboral, siempre me pregunto por qué no entra la luz igual un Sábado o un Domingo.
La lógica haría pensar que deberían ser idénticas (salvo ese a corto plazo imperceptible desfase diario del desplazamiento del Sol), sin embargo, la verdad es que como muy bien dices, parece que estás profanando un decorado que no te tocaba vivir.

Creo que tiene que ver con el rumor de lo que es un día de trabajo y de lo que es un día de descanso. Quizá también con el ánimo con el que vas. Supongo, ya que intento encontrar una explicación coherente a este fenómeno.

En fin, recupérate y ponte bueno Jesús. No se te ocurra faltar a tu cita diaria.

Jesús Miramón dijo...

Me parece que tienes toda la razón, Paco: tiene que ver con nuestra percepción de lo que es un día de trabajo y un día de descanso (porque la luz es la misma, nosostros somos o deberíamos ser los mismos, etcétera).

¿Faltar a mi cita diaria? Oh, demonios, ¿quién me mandaba meterme en semejante embrollo? Pero por ahora voy bien, con mis rachas de calma chicha pero bien, escribiendo este diario. Cada día encierra un tesoro, o cinco.

Un abrazo.

NáN dijo...

Te atreviste a llegar de sopetón al "mundo sin nosotros" y este, plácido, tardó unos nanosegundos en reaccionar a tus inquietudes. Por eso te pareció ajeno.

Jesús Miramón dijo...

Exacto, Nán, la casa no me esperaba.