jueves, 9 de junio de 2011

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Durante la siesta sueño con caballos. Siento adoración por ellos desde que era pequeño. Cuando vivíamos en Bañolas me hice socio de una hípica y cada semana iba a montar dos o tres veces, siempre solo. Mi yegua era una preciosa alazana llamada Llivia. No puedo expresar la felicidad que se siente al cabalgar a través del bosque, ajeno al pensamiento y el futuro.

6 comentarios:

Paco Principiante dijo...

Jesús, lo que pasa es que yo soy un "cagao", y el suelo lo veo muy lejos montado a lomos de un caballo. Pero cuando he perdido ese miedo, y me he sentido a gusto, es como tú dices: difícil expresar esa felicidad. Cuando galopas y eres como una sola voluntad, como un centauro. El animal parece que adivina un instante antes lo que vas a hacer, y aun no doblas las riendas, o tocas con el estribo, cuando ya te está obedeciendo.
La pena es que no siempre logro ese "extasis", y a veces se me rebela; cuando no acabo mordiendo el polvo...

Jesús Miramón dijo...

El mundo a lomos de un caballo es como el mundo desde la estación espacial, un lugar nuevo y virgen.

Ángela dijo...

¡Cómo te gustaría este lugar, Jesús! Aquí hay unos caballos preciosos, están por todas partes. Ya sabes que los indios los montan sin silla, con la jarapilla y nada más. Y luego están los de los rodeos, qué dominio.
Yo no sé montar a caballo, qué pena.

Jesús Miramón dijo...

Estoy absolutamente seguro de que me encantaría, Ángela. Si existe un lugar donde los caballos son sagrados es en el oeste norteamericano. Ojalá algún día pueda conocer ese país.

añil dijo...

Es cierto, he montado pocas veces pero la experiencia ha sido espectacular.

Un beso

Jesús Miramón dijo...

Yo empecé muy joven, de adolescente, en un sitio de Tudela, y ahora hace mucho que no me subo a un caballo, pero a menudo sueño que lo hago.