miércoles, 29 de junio de 2011

180

Llevo a mi hijo de catorce años al autobús que le trasladará al campamento de montaña donde pasará los próximos quince días. Al bajar del coche nos damos un beso y a continuación, cargando su mochila y una bolsa de deporte, se aleja hacia sus amigos sin mirar atrás. Sé que es una historia repetida miles de millones de veces, pero qué vértigo siento al observar sus anchas espaldas, su estatura casi como la mía, su pelo largo de macedonio, su confiada desenvoltura, su seguridad en el futuro. Antes de ayer lo que más le gustaba era viajar sentado sobre mis hombros. Subo al coche y vuelvo a casa. Un nuevo día de verano comienza en este lugar de un mundo que gira.

8 comentarios:

Ángela dijo...

Sí, conozco ese vértigo.

Carmen dijo...

La seguridad viene porque sabe que podrá fabricar los recuerdos de sus veranos de adolescencia.

koldo dijo...

a mí todavía me falta, pero me veo en tu espejo

Jesús Miramón dijo...

Me maravilla que cuando éramos niños y aún adolescentes fuésemos incapaces de imaginar ese vértigo. Yo me imaginaba viviendo en un iglú, viajando en una nave espacial, trasladándome por la jungla de liana en liana o, un poco más tarde, viviendo como un poeta maldito en una buhardilla de Montmartre, pero ¿despidiendo a un hijo casi tan alto como yo en una estación de autobuses de un pueblo perdido en el culo del mundo? ¡Eso nunca lo imaginé!

Ángela, Carmen, Koldo: un abrazo.

A filla do mar dijo...

¿despidiendo a un hijo casi tan alto como yo en una estación de autobuses de un pueblo perdido en el culo del mundo? ¡Eso nunca lo imaginé!

Me encanta!

Fíjate que yo, de niña, siempre me imaginaba con un porrón de hijos, y era capaz de imaginarlos a todos, pero al padre... me resultaba imposible!!!

Jesús Miramón dijo...

Yo de niño nunca me imaginé con familia. Resulta complicado pensar en una familia cuando uno se imagina trasladándose de liana en liana a través de la jungla, galopando a través de Monument Valley perseguido por un grupo de comanches o aterrizando en Marte...

:-)

giovanni dijo...

Bello, bello y espero que se repetirá miles y miles de veces más. Acabo de volver de mi hija (de casi 26) quien debe cuidar al hijo de un año y medio de mi sobrina y estando con el chico vi el chico que mi hijo era y que yo era también y sigo siendo. Pero me identifico también con el viejo que espero ser un día y es posible que ya lo soy un poco, porque también el viejo alberga el chico dentro de si, y al revés.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Eso también me pasa a mí cuando veo niños pequeños: inevitablemente recuerdo cuando los míos eran así. Los seres humanos, padres e hijos, nos parecemos muchísimo más de lo que estaríamos dispuestos a admitir.