domingo, 17 de julio de 2011

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Quedamos en casa con unos amigos a los que hacía mucho tiempo que no veíamos. Nos traen tomates, cebollas y una gran sandía de su huerto. No hay regalos que yo agradezca más en el mundo, ni oro ni incienso ni mirra: unos tomates madurados al sol, unas cebollas recién recogidas de la tierra, una sandía de contenido rojo, fresco, generoso. No existe nada más amistoso, nada más significativo.

4 comentarios:

Paco Principiante dijo...

De unos parientes también recibí unos manjares.
Date una vuelta por mi blog, Jesús.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Pero bueno... ¡Yo pensaba que Aragón era un pañuelo, pero tendré que ampliarlo!

Bonito pin. Un abrazo.

:-)

Carmen dijo...

¡Y nada más rico! En una ocasión, hace muchos años, me comí una sandía entera. Empecé, seguí y seguí, y cuando quise recordar, la sandía había caído. Al día siguiente tenía un dolor de estómago que no me tenía en pie. Sin embargo, no le cogí asco, al contrario: le tomé aprensión, porque me da por pensar que la sandía es para mí como una especie de droga.
Ya ves qué chorrada.
Me alegro mucho de que vayas recuperando la forma. Estas dos últimas semanas te leo de tarde en tarde, y así ¡parece que la recuperación es vertiginosa!

Jesús Miramón dijo...

¡Carmen, en caso de serlo seguro que la sandía es la droga más sana de la naturaleza! A mí me gusta si está fría, es tan refrescante cuando hace calor.

Sí que voy recuperándome. Cada día sin incidentes acrecienta mi confianza en que me he curado, ya ha pasado una semana desde que abandoné el hospital. La semana que viene tengo que volver al médico, espero que me diga que ya todo está bien y puedo hacer vida normal, ¡quiero bañarme en la playa aunque sea una vez este verano! ¡y beber vino y algún que otro gin-tonic con mi olfato restaurado! ¡y hacer esfuerzos!

:-)