martes, 26 de julio de 2011

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Después de la siesta Paula y yo decidimos dar un paseo por la sierra de San Quílez. Hacía mucho tiempo que ella no venía por aquí y se horroriza al descubrir las grandes canteras que se han excavado para satisfacer las necesidades de las obras de la nueva autovía. El cielo nublado y un sol mortecino iluminan el paisaje con una luz de apariencia artificial pero no hermosa, semejante al fluorescente de una cocina, según mi hija. Caminamos hasta la ermita de San Elías, que ofrece unas extensas vistas de la planicie de Valcarca, el canal y los campos de regadío. Tras descansar unos minutos regresamos por donde hemos venido hablando de esto y de lo otro, callando también a veces. Durante el paseo de vuelta sorprendemos a algunos conejos pequeños, casi gazapos, que en vez de desaparecer huyen unos pocos metros y se quedan quietos con las orejas atentas, los ojos muy negros, la colita blanca. Cuando no conversamos sólo se escucha el viento.

3 comentarios:

Paco Principiante dijo...

Es cierto, Jesús, hay muchas respuestas que soplan en el viento. Así también nos lo cantaba Dylan.

NáN dijo...

Una conversación que, al detenerse, solo deja escuchar el viento, es una conversación memorable.

Jesús Miramón dijo...

Lo que pensé fue que el solitario viento de la naturaleza, cuando no se escucha absolutamente nada más, es tan pacífico como, acaso por la luz tan fea de ayer, terrorífico.

Paco, Nán, un abrazo.