miércoles, 3 de agosto de 2011

215

Tengo calor y no puedo dormir. He intentado leer un poco pero tampoco podía. Me he levantado, me he servido un whisky con hielo y he venido aquí, delante de esta pantalla brillante en la casa silenciosa. No pelearé contra el insomnio: es una batalla perdida. Alguien del edificio entra o sale, acabo de escuchar el ruido de una puerta en la escalera. Hubo una época en la que yo vivía en Zaragoza y trabajaba en Lérida, a ciento cincuenta kilómetros de distancia. Cada día me levantaba a las cinco de la mañana para tomar un autobús que salía de la avenida de Valencia a las seis y llegaba a la capital catalana cerca de las ocho. Por aquel entonces vivíamos en el paseo Fernando el Católico, muy cerca de la plaza de San Francisco, y guardo como un tesoro la atmósfera irreal, casi ficticia, que me rodeaba mientras atravesaba la ciudad desierta. Los semáforos cambiaban intermitentemente de color a pesar de la ausencia de vehículos, interrumpida de vez en cuando por un taxi nocturno, y el ruido de mis pasos creaba un eco que parecía seguirme. Ya en el autobús algunas veces lograba dormir durante el trayecto y otras no, como hoy en esta nave menos inmóvil de lo que parece. A lo largo de las cinco estaciones vi amanecer en muchas, muchísimas ocasiones, sobre el desierto de los Monegros. A través del cristal donde apoyaba la cabeza contemplaba la escarcha que cubría el campo y jugaba a imaginar el placer de caminar escuchando su tenue crujido bajo mis pasos, el aliento convirtiéndose en humo al contacto con el aire helado. Me sorprende recordar estas cosas porque pensaba que las había olvidado. Voy a regresar a la cama. Cerraré los ojos e imaginaré que viajo en aquel autobús, tan ignorante de mi futuro como ahora mismo. Son las cuatro y diez de la madrugada. Debería dormir. Acaso ahora sea el momento propicio.

10 comentarios:

Portorosa dijo...

Buenos días.
Maravilloso post, como de costumbre.

Espero que pudieses dormir, finalmente.

Jesús Miramón dijo...

Justo después de escribir caí rendido y he dormido hasta hace diez minutos. Creo que hoy también va a hacer mucho calor. Buenos días y un abrazo.

Anónimo dijo...

Es caprichosa, la memoria, y un tanto misteriosos los mecanismos que la despiertan.
¡Y tan vivas las sensaciones que nos provoca!

Jesús Miramón dijo...

La memoria es un misterio. Leí que nunca recordamos exactamente la realidad, sólo nuestra interpretación de ella.

José Luis Ríos dijo...

Agreda Automòviles, supongo, hace mucho tiempo.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Efectivamente, los autobuses Agreda de la avenida de Valencia. Un abrazo.

NáN dijo...

Pero esos recuerdos retorcidos por la memoria son los que nos sirven de base a cómo somos hoy.

Me pasa como a ti: en caso de insmonio, me levanto como el rayo de la cama.

Jesús Miramón dijo...

Es que, como escribí, es una batalla perdida. Yo siempre me levanto. Un abrazo, Nán, espero que ya estés recuperado.

Diva Gando dijo...

Odio, odio, odio los autobuses....

Jesús Miramón dijo...

Yo también, Diva. Durante cuatro años hice, salvando los fines de semana y las vacaciones, trescientos kilómetros diarios encajado en ellos. Aunque, a medida que pasan los años mi memoria comienza a dejar fuera las molestias y quedarse con otras cosas. ¿Veis como la memoria acaba siendo un menú a la carta?