viernes, 12 de agosto de 2011

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Por la mañana temprano llevo a mi hija al aeropuerto de Barcelona, de donde partirá rumbo a Atenas. La autopista está casi desierta y, fresco después de haber dormido durante toda la noche, conduzco con placer. Ella contempla el paisaje casi desértico por la ventanilla del coche y dice: «Cada vez que estoy a punto de hacer un viaje siento una especie de pasividad muy rara, como si las cosas sucediesen porque no hay otro remedio». «A mí me pasa lo mismo», le digo, «es algo normal, cuando todo está listo y ya se ha puesto en marcha sólo debes dejarte llevar».

8 comentarios:

Elvira dijo...

¡La Acrópolis! En Agosto está tan llena de gente que parece un hormiguero, pero qué bonito es todo. En cambio el resto de Atenas no vale mucho la pena, es una ciudad sin demasiado atractivo.

Me voy el fin de semana que viene a ver a mi hija en Ginebra. :-))) Espero aguantar el tipo bien, no como cuando fui a Comillas, que tuve que volver antes porque me encontraba fatal.

Intentaré dejarme llevar con esa pasividad de la que habláis, así igual me canso menos.

Un beso

Jesús Miramón dijo...

Bueno, no estoy seguro de que visite la Acrópolis (yo, con gente o sin gente, sí que lo haría). Va a casa de la familia de un amigo ateniense que conoció en Canadá y con el que ha mantenido la relación a través de internet. Seguramente convivir con una familia de allí sea una experiencia muy diferente a la del turista convencional.

Algo que, por cierto, vas a disfrutar tú en Ginebra. Te deseo que disfrutes mucho y sí, déjate llevar por quien te quiere y no te hagas la fuerte, no hace falta verlo todo.

Un beso, Elvira.

(La pasividad a la que nos referíamos mi hija y yo es esa sensación, en plena vorágine del aeropuerto, de que ya la corriente nos arrastra y, por increíble que parezca, acabaremos volando y alcanzando nuestro destino, como suele suceder -si una huelga de controladores no lo impide.)

Ángela dijo...

Pues qué curioso, Jesús, porque esa especie de pasividad es precisamente lo que me ayuda en mis largos viajes a España y vuelta. Son tres vuelos, hora y media, ocho horas y dos horas y media, que junto con las esperas se convierten en 17 o más horas de viaje. Y yo me pongo en modo "animal" para llevarlo lo mejor posible. O sea, como si fuera un animalillo al que le ponen ahí y aguanta lo que le echen hasta que llega a su destino sin preguntarse nada. A mí me da buen resultado.

Jesús Miramón dijo...

Es que es muy una buena estrategia, Ángela, sobre todo para viajes tan descomunales, ¡madre mía, 17 horas!

Portorosa dijo...

Qué gusto, tener una hija adolescente que te dice cosas así.

Jesús Miramón dijo...

No sé si ella es todavía adolescente, Porto, a veces lo es y a veces no. Tiene dieciocho años, lo que significa que ya es mayor de edad. Otra fase, otro momento muy distinto al que tú estás viviendo ahora (y yo viví también), pero igualmente fascinante. El jueves volveré a Barcelona a buscarla.

Aroa dijo...

Pero qué lúcida se despierta la familia Miramón.

Jesús Miramón dijo...

Semos asín.