jueves, 25 de agosto de 2011

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Paula y yo partimos hacia Barcelona poco antes de las seis de la mañana, todavía de noche. Cuando la dejo en el lugar donde va a examinarse de inglés son las ocho y diez y la ciudad todavía no ha acabado de despertarse del todo. Me acerco al Port Vell y es tan temprano que los inmensos aparcamientos están vacíos. Al salir del coche mis gafas se empañan en el acto como si hubiera entrado en una sauna. En el exterior todo está cerrado y las únicas personas con las que me cruzo son los trabajadores de limpieza y mantenimiento. Paseo sobre el muelle desierto. El cielo, ligeramente turbio por la calima, parece pesar sobre los barcos, las instalaciones y el agua. Resulta extraño estar tan solo en este lugar creado para la multitud.

2 comentarios:

NáN dijo...

Siempre hay un momento para el contrasentido (afortunadamente).

Jesús Miramón dijo...

Lo tremendo, lo maravilloso, es que siempre hay un momento. Uno detrás de otro.