miércoles, 7 de septiembre de 2011

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Camino junto al canal hablando por teléfono con mi amigo Carlos, una de las personas a las que más quiero en el mundo. Charlamos de Francia, del Corán, de la Biblia, de la relación entre la religión y la pobreza, de la relación entre la religión y la felicidad. Corto al paso una de las altas flores de aspecto primitivo que crecen al lado del camino, huelo su intenso aroma, le pregunto qué planta huele a anís y me contesta que probablemente sea hinojo. Vuelvo a olerlo sabiendo su nombre y de pronto todo lo sucedido a raíz de mi operación de mayo merece la pena. Le cuento que la luna creciente está preciosa y Carlos me recuerda que es la misma luna que en ese instante él sale a contemplar a trescientos kilómetros de Binéfar. Que los dos la estemos mirando al mismo tiempo la transforma en algo más que un deshabitado satélite de roca y polvo reflejando la luz del sol que se desvanece.

5 comentarios:

Portorosa dijo...

Maravilloso.

NáN dijo...

Un uso sensato de las nuevas tecnologías.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, queridos. Oh, Dionysos, ¿cuando cojones se acabará el calor? Hoy no he ido a pasear por su culpa. Del calor, por culpa del calor, quiero decir, no de uno de mis pequeños y antiguos dioses preferidos.

Un abrazo.

Elvira dijo...

Me acuerdo de tu amigo Carlos, maravillosa amistad y precioso texto. Te dejo un enlace a una foto de la flor de hinojo, y así lo sabrás seguro:

Hinojo

Un beso

Jesús Miramón dijo...

¡Sí, esa es: hinojo!

Gracias y un beso fuerte.