lunes, 19 de septiembre de 2011

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Mi método es muy sencillo: camino durante treinta minutos y después vuelvo sobre mis huellas. Hoy salí tarde de casa y se me hizo de noche. De regreso hacia mi Citroën Picasso aparcado junto al canal pasé junto a un Seat León negro detenido en la entrada de un camino. Había poca luz pero pude distinguir a dos personas en su interior. Supuse que se trataba de una pareja y aceleré el paso intentando molestar lo menos posible. Soplaba una brisa fresca, casi fría, y el zumbido de los insectos que ocasionalmente nos acompañaban y molestaban hace pocas semanas hoy había desaparecido por completo. Al llegar al coche ya apenas se veía. Pensé que me había descuidado y que cada tarde a partir de ahora debería salir antes de casa. Ningún animal cruzó delante de la luz de los faros del coche en la estrecha carretera. La granja de terneros estaba a oscuras. Pensé en el otoño y el alivio que su llegada me causaba. Pensé en lo extraño que me resultaba haber terminado viviendo en este preciso lugar del mundo y no en otro.

10 comentarios:

molinos dijo...

Me flipan tus rutinas.

Miguel Baquero dijo...

A mí el otoño lo cierto es que, por cosas como esa de tener cada vez menos luz, no me cae demasiado simpático

Elvira dijo...

Yo hago lo mismo pero menos rato, unos 15-20 minutos de ida, y otros tantos de vuelta. No aguanto una hora, pero me gustaría. A veces en la montaña, otras veces en mi barrio, por una zona en la que hay jardines y huele bien, a verde.

Un beso

Diva Gando dijo...

La de dentro del coche era yo..., pero para que has ido a mi granja?

Jesús Miramón dijo...

Moli, mi rutina es la más normal que pueda existir en el mundo, lo que pasa es que, a nada que lo pensemos durante un momento, nada de lo que existe en el mundo es verdaderamente normal.

Jesús Miramón dijo...

Ah, pues mi estación favorita, Miguel. Sacrifico la luz por la desaparición del calor (y la llegada del color, el otoño es una estación llena de colores que me gustan mucho).

Jesús Miramón dijo...

Elvira, pero si casi haces lo mismo que yo. Pasear es muy agradable y, para quienes no tienen aficiones deportistas como es mi caso, una manera cómoda de mover un poco los huesos. Un beso.

Jesús Miramón dijo...

Esa granja, Diva, siempre me ha dado un poco de lástima (hipócrita, ya lo sé, porque luego me como unos chupetones que para qué te cuento) porque está a escasos dos kilómetros del gigantesco matadero de Binéfar. Su único y último viaje es brevísimo.

Portorosa dijo...

¿Unos chupetones? Te delata el subconsciente, Jesús.

Repites mucho lo de que vivir ahí te extraña :)

Jesús Miramón dijo...

Es que vivo aquí de pura casualidad, no tengo vínculos ni familiares ni culturales ni de ningún tipo con Binéfar, bueno, ahora sí: los que yo he cread, pero la sensación, que todavía no se ha desvanecido ni creo que se desvanezca nunca, es, para entendernos, como si a ti una grúa gigante te cogiese del cuello de la camisa y te depositara de un día para otro en un pueblo de la provincia de Orense, así, por motivos de trabajo, por lo que fuese, sin más. Eso sí, también te diré que esa extrañeza -que, estoy seguro, también tú sentirías intensamente- es muy estimulante: ante ti se abre un lugar inédito y sin referencias de ninguna clase, virgen ante tu curiosidad y tu afán de exploración. Vivo en Binéfar desde 1998 y todavía me siento así, un forastero en un pueblo extraño. Y soy muy feliz aquí (qué miedo da escribir estas cosas) pero sé que un día me iré a vivir a otro sitio donde también lo seré, como sucedió antes.