lunes, 7 de noviembre de 2011

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El sábado detectamos en la esquina del techo del dormitorio de Carlos una gran mancha de humedad y, lo que es peor, goteras. Su habitación está situada bajo la terraza y enseguida supuse que la tromba de agua que había caído esa madrugada era la culpable. Hoy por la mañana he llamado al seguro y, para mi sorpresa, me han dicho que ellos no eran los responsables, que tenía que ponerme en contacto con el seguro de la Comunidad de propietarios. Una compañera de trabajo me ha contado, basándose en su experiencia, que estas averías en terrazas y tejados son muy engorrosas, que me armara de paciencia e incluso tuviera en cuenta la posibilidad de que tuvieran que hacer obras, idea que me ha causado un inmediato descenso de ánimo, acompañado de melancolía y pensamientos negativos. ¡Con lo que me gusta la lluvia tendré que rezar para que no llueva hasta que el problema esté arreglado! Sé que no es racional ni productivo pero ahora mismo esas goteras ocupan el noventa y nueve por ciento de mi corteza cerebral ¡como si no existieran problemas más terribles en el mundo! A veces me sorprende mi propia estupidez.

5 comentarios:

Epolenep dijo...

Es curioso que yo pensaría lo mismo de mi (me sorprendería mi propia estupidez) si me encontrara en tu situación, o peor, me enfrascaría tanto en el problema que ni me daría cuenta. Pero leerlo en otro produce una ternura inmensa! Ánimo, todo pasa...

Elvira dijo...

¡Cómo te entiendo! Andar dependiendo de operarios y de cláusulas de seguros quita la tranquilidad de la casa... Ya sé que es absurdo que le demos tanta importancia.

Un beso y suerte!

NáN dijo...

Eso es humano, compañero, demasiado humano.

giovanni dijo...

A mí me sorprende mi propia estupidez casi cada día. Tiene que ver con preocupaciones. No me acuerdo si las tuviera menos cuando era más joven. No creo que es una cuestión de edad. Además, sos todavía muy joven (y que yo diga eso sí es un signo de edad).

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Queridas, queridos, hoy lo llevo mejor. Creo que el hecho de haber iniciado los movimientos para solucionarlo ayuda a ello, ya sabéis que a los hombres nos tranquiliza la acción física, "hacer cosas" (¿Qué puedo que hacer, qué debo hacer? ¡No quiero pensar!).

Además un vecino tuvo el mismo problema que nosotros y el seguro de la Comunidad se hizo cargo del arreglo, así que en principio está cubierto. He hecho algunas llamadas telefónicas y eso ha bastado para tranquilizarme.

Todo está en marcha: atravesaré los Alpes, mataré algún animal grande tanto si es necesario como si no, me desposaré con las princesas que vaya encontrado en mi camino dejando un largo reguero de hijos por el camino y al final del viaje, cuando llamen al timbre de mi puerta, la abriré a la cuadrilla de albañiles que sin remordimientos, sin piedad, sin compasión, me vencerá.

Besos y abrazos.