viernes, 2 de diciembre de 2011

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Es una mujer menuda y delgada vestida elegantemente. Se sienta al otro lado de la mesa, me observa con unos ojos muy verdes y a continuación rompe a llorar silenciosamente. Le toco el brazo y le digo que voy a ayudarla en todo lo que pueda, que lo único que tendrá que hacer será firmar y nada más. Gracias, hijo, dice, es que esto es muy fuerte, muy fuerte, repite. Se recompone, se limpia las lágrimas con un pañuelo de papel y me da los documentos que ha traído. Mientras le tramito la pensión de viudedad ella no deja de hablar, su voz oscilando entre la tristeza y el enfado, casi el rencor. Dice: Era un hombre muy bueno aunque, eso sí, hacía siempre lo que le venía en gana y claro, así ha pasado. El primer infarto le dio antes de los cuarenta años, imagínese, y luego vinieron tres más hasta este, el que se lo ha llevado. Dice: Yo le avisaba, le avisaba pero, bah, no se cuidaba nada. Lo único, eso sí, que dejó de fumar y fumaba muchísimo, ¿eh? ¡Más de dos paquetes diarios! ¿Se lo puede creer? Era una barbaridad lo que fumaba. Pero lo dejó después del segundo infarto, ahí sí que tuvo fuerza de voluntad, ¿ve? El miedo pudo más que el vicio. Lo malo es que le gustaba mucho comer, sobre todo los dulces. Yo le avisaba, mira que te va a dar algo, mira que tú no eres una persona normal, mira que tienes el colesterol y el azúcar por las nubes pero nada, no se cuidaba, era muy tozudo, ¿sabe? Hacía siempre lo que le daba la gana y mire ahora, qué sola me ha dejado. Ay, si me hubiera hecho caso. Cuando le pido que firme vuelve a llorar. Al devolverme el bolígrafo se seca las lágrimas con el mismo pañuelo de antes y me pregunta cuánto va a cobrar. Lo calculo y se lo comunico. Al saberlo se queda mirando el suelo moviendo inconscientemente la cabeza como si asintiera. Después da un largo suspiro, se levanta, me da las gracias y se va.

4 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Dejavu. Aunque yo no lloré. ¿Para qué?

Jesús Miramón dijo...

Casi ninguna llora. Como bien dices, ¿para qué? La mujer que atendí estaba muy nerviosa, creo que no se encontraba bien, pasaba de la tristeza al reproche y hablaba atropelladamente, a veces sin ton ni son.

Y tan excepcionales como las que lloran son, también he sido testigo de ello, aquellas que se sienten aliviadas, casi felices, liberadas porque el fallecido las hacía muy desgraciadas (una hija junto a su madre: "Ya no podrá pegarte nunca más").

giovanni dijo...

Su marido vivía su vida. Ella, por un lado, es casi un cliché (no lo digo con malas intenciones, tengo escenas en mi vida, varias o muchas, que son también cliché, o tópico es la palabra en castellamo?) y, por otro lado, queda la posibilidad que se queja del comportamiento de su marido difunto simplemente porque... y ahora se puede dar varias razones, pero primero voy a leer lo que tú dices en tu comentario.

Cierto, de la tristeza al reproche, pero tengo la impresión por como tú describiste a ella, que puede ser tambien al revés: del reproche a la tristeza.

Jesús Miramón dijo...

Giovanni, lo que me llamó la atención de esa mujer fue la trastornada mezcla de pena, rencor y sentido práctico. Me pareció una reacción profundamente humana en todos los sentidos, incluso en los menos favorecedores.