domingo, 4 de diciembre de 2011

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El camión de la basura recorre la calle deteniéndose ante los contenedores de los edificios con gran estruendo. El piso de Zaragoza está silencioso. Todos duermen. Entre estas paredes conviví con los abuelos Antonio y Josefina, en esa esquina ayudé a instalar el Belén que a ella tanto le gustaba; por doquier agujereé con mi taladro, bajo sus órdenes directas, todas las paredes habidas y por haber para colgar muchos cuadros y muchas estanterías y muchas cosas, a cual de ellas más insólita. Después, cuando murieron, fuimos poco a poco desnudándolo todo y en este momento sólo quedan los groseros agujeros -Dios, qué torpe era entonces- y una sombra alrededor del espacio que ocupaban los marcos en la pared. Ahora apenas venimos aquí tres o cuatro veces al año. Hoy nos hemos encontrado con que la calefacción no funcionaba, probablemente por un problema de la bomba que envía el agua a los radiadores: como apenas se utiliza la cal se ha solidificado en sus aspas e impide que pueda funcionar, mañana le echaré un vistazo y si no soy capaz de arreglarlo llamaré a un profesional. Lo que resulta evidente es que las casas deben ser, estar, habitadas. No utilizarlas las deteriora. El silencio las deteriora. El olvido sobre todo. Esta noche Maite se ha emocionado al entrar en la vivienda que fue de sus padres. A pesar de los siete años transcurridos atravesar esa puerta siempre es una experiencia. Ella era hija única y de lo que eso significa sólo me doy cuenta las pocas veces que venimos a Zaragoza. No creo en los fantasmas ni en los espíritus, nunca he sentido la presencia de mis suegros entre las paredes de este piso, pero a veces me pregunto si, de darse el caso, estarían satisfechos de mí y del modo en el que amo a su hija. Sé que es algo absurdo pero de vez en cuando pienso cosas así, no las puedo evitar.

Hace mucho rato que el camión de la basura giró al final de la calle y prosiguió su camino de limpieza y estruendo. También la noche prosigue. El piso está en silencio. Todos duermen. Yo también dormiré.

12 comentarios:

giovanni dijo...

...las casas deben ser, estar, habitadas.

Los coches deben ser conducidos.

Los hombres deben caminar.

Las parejas deben amarse y hacer el amor.

Un abrazo, Jesús, y ojalá se resuelve pronto el problema de la calefacción. Aquí, lo primero que hago cuando me levanto es subir el termostato y hacer ejercicios para calentarme, como una maquina que debe arrancar y caminar. Ya es la estación (otoño-invierno) para recomenzar mis andatas en luz negra temprano por la mañana.

giovanni dijo...

Creo que es caminatas en vez de 'andatas' (andante, conoces el pequeño libro "Moderato cantabile" de Marguerite Duras?)

Jesús Miramón dijo...

¡Los hombres deben caminar! Ay, ahí me siento interpelado. Desde finales del verano no he vuelto a salir a pasear, con las lógicas consecuencias en la báscula. Tengo que cambiar eso.

Ah, la calefacción se ha arreglado sola durante la noche, de hecho he tenido que levantarme para bajar la temperatura del termostato. Supongo que el automatismo de la caldera intentando hacer funcionar la bomba ha logrado desatascarla por sí solo.

No, Giovanni, no he leído ese libro de la Duras y sí, es caminatas. Tu mirada, tan cariñosa, sobre mi idioma hace que me de cuenta de su riqueza y su belleza.

Un abrazo.

R dijo...

Jesús, este texto es una preciosidad. Siento lo mismo cuando voy a la casa familiar done pasé tantos veranos. Desvencijada, quebradiza ya, porque mis mayores no quieren invertir para arreglarla, me da la sensación de que mis abuelos siguen ahí, y lo que es peor, oigo las risas de los niños q la habitamos.
Mis risas infantiles, mis llantos adolescentes, veo la luz de las cristaleras que ya no están, huelo el azahar de los naranjos que arrancaron, esa es la casa q sale en todos mis sueños cuando sueño q estoy en una casa.
No suelo ir porque me fakra el valir.
Pero lo voy a hacer pronto, para abrazar el nogal centenario q plantó mi abuelo y cuyo tronco,que tiene metro y medio de diámetro, necesito que me conforte tanto como yo necesito susurrarle que le quiero como entonces....

Gracias por despertar en mi este sentimiento dulce.

Saludos,

R

Jesús Miramón dijo...

Te comprendo muy bien. Gracias a ti.

Un beso.

Elvira dijo...

Es verdad, este texto es una preciosidad. Y que te hagas esa pregunta respecto a lo que pensarían tus suegros de cómo amas a su hija.. es hermoso.

Un amigo muy ocurrente al que le gustaba desarrollar las leyes de Murphy hablaba siempre de la "perversidad innata de la materia inanimada". Y decía que cuando la materia está sola mucho tiempo, se envalentona y se rebela. :-) Por eso se estropean tantas cosas cuando una casa está deshabitada.

Un beso

Mayte dijo...

Precioso post que ha provocado incluso la aparación de alguna lagrimita. Sólo sé que si amas a tu mujer igual de bien que escribes, tus suegros, allí donde estén, sabrán a ciencia cierta que su única hija no podría estar en mejores manos. Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Elvira, Mayte, muchas gracias.

Buenas noches y un abrazo.

José Luis Ríos Gabás dijo...

No lo dudes, Jesús, estarían contentos, seguro. Me ha gustado mucho lo que has escrito, un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Gracias, José Luis. Un abrazo desde Zaragoza.

NáN dijo...

prosigue la noche, y también la serie, acercándose a los 365 de honestidad y sencillez.

Apuesto que sí, que estarían orgullosos y encantados.

(y en las casas queda algo, una energía difícil de borrar).

Jesús Miramón dijo...

Nán, creo que últimamente, más que acercase, se precipitan. Lo cierto es que no comprendo cómo he podido mantener a flote este proyecto (pero calla, Jesús, todavía no ha terminado). A estas alturas los días no llegan, se precipitan.