viernes, 9 de diciembre de 2011

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Una mujer boliviana de ojos achinados y rostro envejecido me dice que el subsidio de desempleo se le termina el mes que viene y no encuentra trabajo en ninguna parte. «Mire, no le miento», me dice poniendo sobre la mesa un folio con los nombres y direcciones de varias empresas de limpieza, «he estado en todos estos sitios y al principio, por teléfono, me dicen que sí, pero cuando me ven ya me dicen entonces que la plaza está ocupada. Eso me pasa porque ya soy mayor, ¿sí? Pero yo también tengo que comer, señor, dígame, ¿qué puedo hacer?». Y yo no puedo ayudarla más allá de derivarla a los Servicios Sociales de Base, que están saturados desde hace mucho tiempo.

Un hombre español de aspecto venerable me comenta que a su hija se le terminó la ayuda del paro hace cuatro meses y, leyendo un artículo de prensa el fin de semana, cayó en la cuenta de que actualmente tal vez no tuviera derecho a asistencia sanitaria. Me pregunta si a pesar de que ella tiene treinta años puede ser beneficiaria de su cartilla de afiliación como cuando era pequeña y yo le contesto que sí, siempre y cuando exista convivencia. «Desde luego que existe convivencia», me dice moviendo la cabeza con tristeza, «ha estado viviendo fuera unos años pero ahora, con la crisis, ha tenido que volver a casa. Y mi hija tiene dos carreras, no se crea, que ya es bien triste verla tan desesperada. Tantos sacrificios para que pudiera estudiar... Porque era muy buena estudiante, ¿sabe usted? Y ahora, ¿qué? No se crea que no es un desperdicio para este país. Qué pena, qué pena más grande. Pero son nuestros hijos y ahí estaremos para lo que haga falta, ¿verdad?».

¿Cuánta compasión puede sentir el alma de una persona normal? ¿Durante cuánto tiempo? Algunos días pienso que me gustaría trabajar lejos del público, en algún despacho a puerta cerrada donde únicamente viera papeles sin rostro. Aunque inmediatamente tengo que admitir que lo que más me gusta de mi profesión es el contacto con otras personas. A mí, el que camina solo. A mí, el que buscaba vida inteligente en el universo. Yo, que cada día admiro más la fuerza y la generosidad de las personas comunes, todas esas personas anónimas que no lo son para mí.

6 comentarios:

Menuda dijo...

A eso me refería el otro día, a confraternizar, apoyar, aliviar a nuestros conciudadanos, aquí y allá....sin q te suene raro, prefiero mil veces q este mundo en el q vivimos vaya mejor y luego ver si hay otros...aunque mire a las estrellas...

Debe ser duro tu trabajo....

Gracias por el escrito, denota mucha sensibilidaf...

Paco Principiante dijo...

No sé cómo haces para salvarte de llevar a casa esa angustia que te contagian tus "clientes".

Hace algún tiempo, por un tema laboral, me topé con una situación similar -quizá algo más dramática- y le presté 50 € la primera vez y otros 40 € la segunda. No los vi aparecer más.

Algún tiempo después recibí con sorpresa un correo electrónico diciendome que le diese mi IBAN, que se había vuelto a su pais, y que ya podía devolverme el dinero que le había prestado. Le contesté que ya lo daba por perdido, y que lo utilizase correctamente, aunque se tomase una par de cervezas a mi salud. Me respondió muy agradecido.

Lo que no supo es que se los di, no por él, sino por mí. Para sentirme yo bien. Para lavar burdamente mi conciencia.

Ángela dijo...

Jesús, yo también he visto situaciones desesperadas estos días que he estado inscribiendo en los seguros a los empleados de varias residencias de ancianos. Seguros privados, claro está, que es lo que se cuece aquí. ¡Qué precios! ¡Y qué sueldos de miseria! Se me encoge el corazón con frecuencia. Lo mejor que puedo hacer es escuchar y comprender. Y tratar de aconsejar el mejor camino. Esa es mi labor.

Jesús Miramón dijo...

Vivimos tiempos muy difíciles, tiempos en los que los últimos refugios son las cosas más elementales: hacer bien nuestro trabajo, sea éste el que sea; no dejar las cosas peor de lo que las encontramos; creer en el amor; seguir adelante.

Portorosa dijo...

Un abrazo, y sigue así, Jesús.

Jesús Miramón dijo...

Un abrazo, Porto.