martes, 20 de diciembre de 2011

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Por la tarde se acercaron a la agencia Violeta y su padre. Ella es la niña con que terminaba el texto que escribí en este diario el trece de junio de dos mil ocho. Después de gestionar un pequeño trámite sobre su pensión de orfandad estuvimos hablando los tres durante un buen rato. Violeta irá a la Universidad el curso que viene y todavía no tiene claro qué quiere estudiar. En nuestra conversación apareció varias veces el nombre de su madre, que falleció precisamente hace algo más de tres años, cuando yo les conocí. El padre siempre me ha caído muy bien. En sus ojos ligeramente saltones continúa brillando, a pesar de la sombra del dolor, el interés por las cosas, la bonhomía, el amor y el respeto que siente hacia su hija. Mientras les hablaba de la carrera que está estudiando Paula en Barcelona pensaba, en segundo plano, cómo ha de ser quedarte solo con tu hija de catorce años y seguir adelante después de que todos los planes de futuro salten inesperadamente por los aires. En su momento, como no estaban casados ni inscritos como pareja de hecho, ni tan siquiera empadronados en el mismo domicilio, a él se le denegó la pensión de viudedad aunque, a través de un resquicio de la ley, resquicio que por cierto se preocuparon de cerrar cuatro meses más tarde, conseguimos al menos que la viudedad que su padre no podía cobrar la cobrase la niña durante el periodo legal de la orfandad. En fin, temas de trabajo que me obligaron a estar en contacto con Violeta y su padre durante aquel año dos mil ocho tan dramático para ellos. Hoy me alegré mucho de volver a verles. Les sorprendió que me acordase de ellos, pero cómo olvidarme.

Después de cerrar y despedirme de mis compañeras pasé por el supermercado Mercadona de Barbastro antes de salir a la carretera y regresar a Binéfar. Además de comida para casa compré ya algunas cosas para la cena y la comida de Navidad, que este año cocinaré yo en nuestro piso de Zaragoza. Al salir al aparcamiento subterráneo empujando el carrito de la compra una Renault Kangoo blanca me pitó y yo aceleré el paso pidiendo disculpas con un gesto de la mano. Llegué a mi coche y mientras estaba cargando el maletero aquella misma furgoneta blanca dio la vuelta a todo el garaje y se puso a mi altura. Al darme la vuelta vi que eran F. y Violeta. «Jesús, te pité porque éramos nosotros pero no te diste cuenta. Feliz Navidad y gracias por todo», dijo él. «Feliz Navidad también para vosotros», les dije, y añadí sin pensar: «Disfrutadlas todo lo que podáis». Él me sonrió y dijo: «Lo intentaremos». Nos miramos de verdad durante unos segundos, sabiendo acaso un poco más de lo que deberíamos saber, y a continuación nos despedimos hasta la próxima ocasión.

13 comentarios:

Epolenep dijo...

Gracias de nuevo, Jesús. Feliz Navidad, felices días.

Jesús Miramón dijo...

Gracias a ti. Feliz navidad. Y un beso.

giovanni dijo...

La cercanía que se pueda dar con gente que apenas conoces. Lindo!

Mayte dijo...

Gracias por el post y por tu sensibilidad

Portorosa dijo...

En fin, ya sé que no siempre será todo bonito, que no con todo el mundo te sentirás cómodo, que incluso algunos de ellos se irán enfadados, etc; pero estos casos en los que consigues ayudar y además hacer sentir bien, valen mucho. Y además estoy convencido de que no son pocos, en tu caso.

Me alegro.

Un abrazo, Jesús.

NáN dijo...

Amigo. Qué grande.

Jesús Miramón dijo...

Porto, créeme si te digo que los enfadados no llegan ni al dos por ciento. En general, en la inmensísima mayoría de casos, las personas somos educadas y tranquilas. Además: el interés verdadero es un arma irresistible.

Giovanni, Mayte, NáN, Porto, muchas gracias y un abrazo a los cuatro.

QuiaSint dijo...

Tras la tormenta.

http://www.goear.com/listen/8c6c03e/dreamers-marradi

Miguel Baquero dijo...

A veces pocas cosas hay más emocionantes que las historias sencillas de la buena gente

Jesús Miramón dijo...

Tremendo Marradi (y cuando digo tremendo lo digo en todas sus acepciones... ). Un abrazo, J.

Jesús Miramón dijo...

Necesitamos a la gente. Somos un animal tan social que en nuestro cerebro hay una señal que nos dice que tenemos que encontrar gente. La soledad no deseada es literalmente como el dolor físico.

José Luis Ríos Gabás dijo...

¿Esto no es un Cuento de Navidad, Jesús?

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

No lo era hasta este preciso instante en el que tú lo has descubierto, José Luis. Sí, a partir de este momento esto es un Cuento de Navidad.

Un abrazo.