sábado, 31 de diciembre de 2011

365

El día ha amanecido luminoso y con esa transparencia pura que sólo es posible cuando hace mucho frío. Huelo el café caliente y mi cerebro baila como el perro de Pavlov.

Hoy termina este año en el que cada día anoté mis pensamientos y mis actos. Dar testimonio permanente de mi vida, una vida tan o más común y corriente que la de la mayoría, ha sido una experiencia muy fructífera. Visto a toro pasado creo que fue buena idea inventarme ciertas restricciones privadas: no publicar creaciones ajenas, no ceñirme a la actualidad periodística, no discutir de política, no comentar libros, no recurrir a despensas ni provisiones, ser una cigarra, no una hormiga, y cantar cada día sin perdonar ninguno, esas eran las reglas. Fui afortunado de poder cumplirlas incluso desde el hospital.

Ahora tengo que levantarme y ponerme en marcha. Vuelvo a salir de viaje con mi familia y me doy cuenta de que en este cuaderno casi siempre estoy yendo o viniendo de alguna parte, pero ¿existe acaso algo más humano que ir y venir, ir y venir de aquí para allá sin cesar?

viernes, 30 de diciembre de 2011

364

Quiero ser positivo: el invierno no ha hecho más que empezar.

jueves, 29 de diciembre de 2011

363

La inminencia del final del año hace que el tiempo adquiera velocidad como si fuese atraído irremediablemente por un agujero negro. Ante este nuevo y rugiente Cabo de Hornos no estoy seguro de mis sentimientos: ¿tan distintos son el alivio y la esperanza? ¿La lista de nuestros buenos propósitos no revela en realidad la de nuestros pecados?

miércoles, 28 de diciembre de 2011

362

Si la helada nocturna convirtió las malas hierbas y los arbustos rastreros en bellísimas piezas de orfebrería, más delicadas y perfectas de lo que cualquier artesano pueda jamás ejecutar, ¿cómo aceptar que la naturaleza sea capaz de traicionarnos?

martes, 27 de diciembre de 2011

361

Cuando mi amigo y yo salimos del bar hace mucho frío. No hay niebla pero da la impresión de que podría aparecer en cualquier momento. Lo acerco a su casa en mi coche y nos despedimos con afecto. Durante más de tres horas hemos estado hablando y pensando en voz alta o, más bien, intercambiando ideas, que es lo que hacemos siempre. Él es la única persona de Binéfar con la que puedo hablar sin vergüenza de algunos asuntos que me importan, que nos importan a los dos: creación, mirada, exploración, verdad, pertinencia. Las luces de Navidad están encendidas sobre las calles principales. Aparco un momento junto a la tienda de la esquina de mi calle y compro pan y hielo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

360

Ayer mi madre olvidó su teléfono móvil en nuestra casa y esta mañana he ido a la suya, que también fue la mía durante tantos años, a devolvérselo. Hoy era jornada festiva en Aragón y las calles de Zaragoza estaban extrañamente desiertas. La fotografía la tomé en la Gran Vía a las once menos cinco, detenido ante un inútil semáforo en rojo. Es una imagen que me reconcilia con la ciudad donde viví la mitad de mi vida.

Gran Vía, Zaragoza, 10:55 de la mañana, 26 de diciembre de 2011.

domingo, 25 de diciembre de 2011

359

Hace ya un rato que algunas de las personas que más quiero se han ido, cuando no quedaba mucho que recoger porque ellos son de los que ayudan a cocinar, a fregar y secar y dejarlo todo limpio, algo que se agradece muchísimo. Por supuesto tenemos comida para varios días (caldo de cocido, lubinas con salsa Orio, ternasco con patatas) pero esto era de esperar. Ahora estoy muy cansado. En el piso de al lado todavía se escuchan ruidos de fiesta. En el exterior ha descendido la temperatura. El tiempo se ha detenido. Me siento en paz.

sábado, 24 de diciembre de 2011

358

Ahora que nadie me ve ni me oye, recién despertado de la imprescindible siesta del cocinero de esta noche; ahora, antes de que comiencen los preparativos de la fiesta, la cena, las copas y las risas, quiero expresar un recuerdo para los que no están, les gustara o no la Navidad. Aunque las estaciones nos empujen hacia adelante como un aullido interminable, ellos sobreviven en nuestra memoria: ese pesebre donde siempre brilla una luz en la oscuridad de la noche.

viernes, 23 de diciembre de 2011

357

En el sueño estoy muy nervioso por culpa de ineludibles compromisos públicos que sé que no podré cumplir satisfactoriamente. En un momento dado aparece un caballo blanco ensillado que, cada vez que me aproximo para montar, se aleja trotando sin mirar atrás, aunque yo no desisto y lo persigo todo el tiempo, observado por altos edificios abandonados que me dan mucho miedo. Ahora el caballo y la ciudad desierta han desaparecido y estoy de pie junto a la orilla rocosa del mar del Norte, sé que es el mar del Norte porque el cielo es gris y las rocas sumergidas están cubiertas de algas oscuras que el reflujo de la marea agita sinuosamente como si fuesen largas cabelleras de mujeres ahogadas. Suena el despertador y despierto con alivio a la realidad de mi casa. La niebla ha regresado y cubre el pueblo entero.

jueves, 22 de diciembre de 2011

356

Este diario es una acumulación de estratos, sedimentos, anillos de crecimiento, humus, campanadas de iglesia, parpadeos, déjà vu, olas, partitas.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

355

Lo más sorprendente es que nunca la hubieras imaginado. Me refiero a tu vida de ahora: esta existencia y todos sus pequeños detalles.

martes, 20 de diciembre de 2011

354

Por la tarde se acercaron a la agencia Violeta y su padre. Ella es la niña con que terminaba el texto que escribí en este diario el trece de junio de dos mil ocho. Después de gestionar un pequeño trámite sobre su pensión de orfandad estuvimos hablando los tres durante un buen rato. Violeta irá a la Universidad el curso que viene y todavía no tiene claro qué quiere estudiar. En nuestra conversación apareció varias veces el nombre de su madre, que falleció precisamente hace algo más de tres años, cuando yo les conocí. El padre siempre me ha caído muy bien. En sus ojos ligeramente saltones continúa brillando, a pesar de la sombra del dolor, el interés por las cosas, la bonhomía, el amor y el respeto que siente hacia su hija. Mientras les hablaba de la carrera que está estudiando Paula en Barcelona pensaba, en segundo plano, cómo ha de ser quedarte solo con tu hija de catorce años y seguir adelante después de que todos los planes de futuro salten inesperadamente por los aires. En su momento, como no estaban casados ni inscritos como pareja de hecho, ni tan siquiera empadronados en el mismo domicilio, a él se le denegó la pensión de viudedad aunque, a través de un resquicio de la ley, resquicio que por cierto se preocuparon de cerrar cuatro meses más tarde, conseguimos al menos que la viudedad que su padre no podía cobrar la cobrase la niña durante el periodo legal de la orfandad. En fin, temas de trabajo que me obligaron a estar en contacto con Violeta y su padre durante aquel año dos mil ocho tan dramático para ellos. Hoy me alegré mucho de volver a verles. Les sorprendió que me acordase de ellos, pero cómo olvidarme.

Después de cerrar y despedirme de mis compañeras pasé por el supermercado Mercadona de Barbastro antes de salir a la carretera y regresar a Binéfar. Además de comida para casa compré ya algunas cosas para la cena y la comida de Navidad, que este año cocinaré yo en nuestro piso de Zaragoza. Al salir al aparcamiento subterráneo empujando el carrito de la compra una Renault Kangoo blanca me pitó y yo aceleré el paso pidiendo disculpas con un gesto de la mano. Llegué a mi coche y mientras estaba cargando el maletero aquella misma furgoneta blanca dio la vuelta a todo el garaje y se puso a mi altura. Al darme la vuelta vi que eran F. y Violeta. «Jesús, te pité porque éramos nosotros pero no te diste cuenta. Feliz Navidad y gracias por todo», dijo él. «Feliz Navidad también para vosotros», les dije, y añadí sin pensar: «Disfrutadlas todo lo que podáis». Él me sonrió y dijo: «Lo intentaremos». Nos miramos de verdad durante unos segundos, sabiendo acaso un poco más de lo que deberíamos saber, y a continuación nos despedimos hasta la próxima ocasión.

lunes, 19 de diciembre de 2011

353

Esta mañana el termómetro del coche señalaba tres grados bajo cero. La helada convertía el campo en el paisaje de un lejano y pálido planeta.

domingo, 18 de diciembre de 2011

352

Después de un concierto uno sale exaltado, cumplido, desahogado y al mismo tiempo anhelante, es algo difícil de describir. La iglesia de Binaced estaba tan llena que parte del público ha tenido que escucharnos de pie. Si en nada existe la perfección en música todavía menos, pero hoy me he sentido a gusto, afinado y contento, que es un secreto que ahora voy a desvelar: no se puede cantar bien si uno no se siente feliz de cantar, con más motivo si se trata de un concierto de Navidad. Hay obras, como Adeste Fideles o El noi de la Mare, que nunca dejan de conmoverme por muchas veces que las haya cantado. Al finalizar la actuación le hemos hecho un regalo a nuestra directora, Teresa Maza Liesa, la fundadora y artífice de que este grupo de aficionados de edades y profesiones tan diversas logre, de vez en cuando, hacer música que alcanza el corazón, y ella se ha emocionado, llorando y contagiándonos sus lágrimas. Si el otro día escribía que este año la Navidad me resulta triste y desolada, esta tarde pensaba que el concierto de cada año por estas fechas la redime ante mis ojos. El concierto y también las reuniones con mi familia rodeados de niños pequeños por todas partes. Volviendo en la vieja Picasso por la carretera las dos amigas que me acompañaban han comentado la claridad del brillo de las estrellas en el cielo nocturno. Se conoce que el viento feroz de estos días las dejó desnudas.

Para mi directora Tere Maza, con todo mi cariño y mi admiración.

sábado, 17 de diciembre de 2011

351

El baile del fuego me hipnotiza. Su luz ya no revela bisontes, caballos y leones, sólo la caja negra de una chimenea prefabricada, pero en cada chasquido de la leña mi cerebro despierta a un viaje mucho más antiguo que mi vida.

viernes, 16 de diciembre de 2011

350

Se ha levantado un viento frío que empuja intermitentes ráfagas de lluvia. Qué noche más terrible para perderse y no encontrar el camino a casa. Dos mil once se precipita suavemente hacia dos mil doce, indiferente a números y calendarios. Un tópico: pasó en un suspiro. Otro tópico: jamás volverá a existir en el mundo.

jueves, 15 de diciembre de 2011

349

Una mujer sale de la consulta médica, se sube el cuello del abrigo y durante un momento mira a derecha e izquierda como si no supiera qué dirección tomar. Una niña y su madre hacen para las tareas del colegio un pequeño camello reciclando un trozo de huevera de cartón, cuatro tacos blancos para tornillos, un palillo y un corcho de botella. En un local con el suelo de madera y un gran espejo en una de las paredes una coral ensaya sus partituras una y otra vez. Once jóvenes de Gambia, Mali y Senegal se reúnen alrededor de una cazuela de arroz cocido con tres pastillas de caldo concentrado. El soldado que sube al inmenso avión de transporte que le llevará a casa después del fin de la guerra se jura a sí mismo no olvidar nunca. La empleada de la gasolinera teclea en su móvil detrás del mostrador, ajena al hecho de que la iluminada estación de servicio en medio del campo nocturno parece un cuadro de Edward Hopper.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

348

Al salir del trabajo nos hemos ido a comer todos juntos para celebrar la inminente Navidad. Por distintas circunstancias este año no había tanta alegría como en ocasiones anteriores, lo que explica que entre cinco personas no hayamos sido capaces de bebernos una única botella de vino. De regreso a casa he vuelto a pensar que la Navidad, para los adultos, siempre está teñida de cierta tristeza, cierta desolación y fragilidad.

martes, 13 de diciembre de 2011

347

Escucho a Sinéad O'Connor y de pronto aquella época resucita con una nitidez asombrosa. Yo había disfrutado de un año de excedencia cuidando a mi hija recién nacida y de un día para otro me tocaba regresar a Gerona, dejando a la niña y su madre en Zaragoza. No negaré que las primeras semanas fueron duras. Alquilé un minúsculo apartamento a pocos metros del trabajo y allí vivía de lunes a viernes a las tres de la tarde, hora en la que recorría a toda velocidad los cuatrocientos kilómetros que me separaban de mi familia. Crucé muchas veces el desierto de los Monegros, muchas veces el horizonte reverberó como si el asfalto hirviera, muchas veces me sentí pequeño bajo los oscuros cielos de tormenta sobre las colinas de yeso y tiza.

Conduzco en la autopista A-7. Tengo treinta años. En el radiocasete del coche suena la música de Sinéad O'Connor. Me aproximo a Barcelona ignorando que se trata de la ciudad donde mi hija estudiará dentro de dieciséis años, la rodeo y la dejo atrás.


Sinéad O'Connor - The last day of our acquaintance, 1990.

lunes, 12 de diciembre de 2011

346

Llevo dos horas sentado frente a la pantalla en blanco tratando de decidir qué y cómo escribir sin que las musas me hayan echado siquiera un vistazo. Sí, soy consciente de que estoy cometiendo una de las mayores ignominias literarias: escribir que no puedo escribir y así salir del paso, algo terrible y que, por cierto, para mayor vergüenza mía, no cometo por primera vez. Pero ahora, tras este paseo por el mar de los sargazos, la banquisa antártica, el desierto de Mojave y el silencioso vacío del espacio exterior, debo bajar a la cocina a preparar la cena de mi familia. Puestos a cometer un pecado hagámoslo a fondo y sin remordimientos, escribiré el menú: ensalada de endivias y salchichas a la parrilla.

domingo, 11 de diciembre de 2011

345

En el fondo de nuestro corazón todos sospechamos que la vida no es algo exactamente real.

sábado, 10 de diciembre de 2011

344

Después del ensayo vamos al Chanti a tomar unas copas. Entrar en el bar significa dejar atrás el frío y la niebla. Nos quitamos las chaquetas y hablamos de series de televisión, de películas de risa, del humor británico. Finalmente, como tantos otros viernes, sólo quedamos nosotros en el local. Al salir a la calle descubrimos que la niebla se ha cerrado todavía más que antes. El mundo es un escenario de sombras.

viernes, 9 de diciembre de 2011

343

Una mujer boliviana de ojos achinados y rostro envejecido me dice que el subsidio de desempleo se le termina el mes que viene y no encuentra trabajo en ninguna parte. «Mire, no le miento», me dice poniendo sobre la mesa un folio con los nombres y direcciones de varias empresas de limpieza, «he estado en todos estos sitios y al principio, por teléfono, me dicen que sí, pero cuando me ven ya me dicen entonces que la plaza está ocupada. Eso me pasa porque ya soy mayor, ¿sí? Pero yo también tengo que comer, señor, dígame, ¿qué puedo hacer?». Y yo no puedo ayudarla más allá de derivarla a los Servicios Sociales de Base, que están saturados desde hace mucho tiempo.

Un hombre español de aspecto venerable me comenta que a su hija se le terminó la ayuda del paro hace cuatro meses y, leyendo un artículo de prensa el fin de semana, cayó en la cuenta de que actualmente tal vez no tuviera derecho a asistencia sanitaria. Me pregunta si a pesar de que ella tiene treinta años puede ser beneficiaria de su cartilla de afiliación como cuando era pequeña y yo le contesto que sí, siempre y cuando exista convivencia. «Desde luego que existe convivencia», me dice moviendo la cabeza con tristeza, «ha estado viviendo fuera unos años pero ahora, con la crisis, ha tenido que volver a casa. Y mi hija tiene dos carreras, no se crea, que ya es bien triste verla tan desesperada. Tantos sacrificios para que pudiera estudiar... Porque era muy buena estudiante, ¿sabe usted? Y ahora, ¿qué? No se crea que no es un desperdicio para este país. Qué pena, qué pena más grande. Pero son nuestros hijos y ahí estaremos para lo que haga falta, ¿verdad?».

¿Cuánta compasión puede sentir el alma de una persona normal? ¿Durante cuánto tiempo? Algunos días pienso que me gustaría trabajar lejos del público, en algún despacho a puerta cerrada donde únicamente viera papeles sin rostro. Aunque inmediatamente tengo que admitir que lo que más me gusta de mi profesión es el contacto con otras personas. A mí, el que camina solo. A mí, el que buscaba vida inteligente en el universo. Yo, que cada día admiro más la fuerza y la generosidad de las personas comunes, todas esas personas anónimas que no lo son para mí.

jueves, 8 de diciembre de 2011

342

Diciembre es el tramo del río en el que comienza a oírse el eco cada vez más próximo de la catarata.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

341

Leí que resucitaban el proyecto SETI para explorar un nuevo planeta a seiscientos años luz de la Tierra. Hay asuntos para los que conservo con mimo y dedicación la inocencia que me queda, y éste, el de la búsqueda de vida inteligente en el universo, es uno de ellos. Allá por mil novecientos noventa y nueve instalé en mi Mac la aplicación SETI@home, un salvapantallas que ponía a disposición del radiotelescopio de Arecibo su potencia de cálculo para analizar el ruido de fondo de radio proveniente del espacio en búsqueda de señales emitidas por posibles civilizaciones extraterrestres. Aquello se llamaba computación distribuida, que no significaba otra cosa que aprovechar la existencia de internet y las horas muertas de los ordenadores para utilizar su capacidad de procesamiento de datos y, sumándolas todas, generar uno de los ordenadores virtuales más potentes del mundo. De algún modo era como si yo y los otros cinco millones de personas que llegamos a colaborar en el proyecto SETI fuésemos también exploradores del espacio. Por eso me alegró tanto saber que volvía a funcionar, esta vez apuntando directamente a un objetivo concreto: el exoplaneta bautizado con el nombre de Kepler-22b, un lugar que podría parecerse mucho a la Tierra.

Ayer escribí que caminamos solos y hoy escribo sobre el empeño de nuestra especie en tratar de encontrar un rastro de la existencia de otras formas de vida inteligente en la inmensidad del espacio. Los seres humanos somos así. En Binéfar ya han encendido las luces navideñas. La niebla desapareció. Los coches van y vienen sobre la nueva autovía. Los animales nocturnos asoman sus hocicos en las madrigueras del campo. La luna brilla en el cielo negro. Miles de millones de corazones humanos palpitan, solitarios, girando alrededor del sol.

martes, 6 de diciembre de 2011

lunes, 5 de diciembre de 2011

339

Zaragoza me agota, me deja hecho polvo, totalmente para el arrastre. Aunque también tiene sus compensaciones: ayer por la noche estuvimos tapeando con mis hermanos hasta las tantas y lo pasamos muy bien. Hoy por la mañana gasté mis exiguas habilidades manuales montando unos pocos muebles de Ikea; por la tarde acudimos a un inmenso centro comercial a comprar ropa para mi hijo adolescente y, de eso me encargué yo, cava, langostinos y otras cosas para la cena de Navidad, que celebraremos aquí. Todo está rebosante de gente, no existen huecos en los amplísimos aparcamientos y hay atascos de coches tanto para entrar como para salir, mientras en el aire flota la identificable histeria navideña que la música y las luces no hacen sino acrecentar. Es absolutamente terrorífico. Cuánto echo de menos la tranquilidad de Binéfar, las campanadas de la iglesia de San Pedro desvaneciéndose en la niebla, el fuego en la chimenea, las horas fluyendo como un río lento sin prisa para nada.

domingo, 4 de diciembre de 2011

338

El camión de la basura recorre la calle deteniéndose ante los contenedores de los edificios con gran estruendo. El piso de Zaragoza está silencioso. Todos duermen. Entre estas paredes conviví con los abuelos Antonio y Josefina, en esa esquina ayudé a instalar el Belén que a ella tanto le gustaba; por doquier agujereé con mi taladro, bajo sus órdenes directas, todas las paredes habidas y por haber para colgar muchos cuadros y muchas estanterías y muchas cosas, a cual de ellas más insólita. Después, cuando murieron, fuimos poco a poco desnudándolo todo y en este momento sólo quedan los groseros agujeros -Dios, qué torpe era entonces- y una sombra alrededor del espacio que ocupaban los marcos en la pared. Ahora apenas venimos aquí tres o cuatro veces al año. Hoy nos hemos encontrado con que la calefacción no funcionaba, probablemente por un problema de la bomba que envía el agua a los radiadores: como apenas se utiliza la cal se ha solidificado en sus aspas e impide que pueda funcionar, mañana le echaré un vistazo y si no soy capaz de arreglarlo llamaré a un profesional. Lo que resulta evidente es que las casas deben ser, estar, habitadas. No utilizarlas las deteriora. El silencio las deteriora. El olvido sobre todo. Esta noche Maite se ha emocionado al entrar en la vivienda que fue de sus padres. A pesar de los siete años transcurridos atravesar esa puerta siempre es una experiencia. Ella era hija única y de lo que eso significa sólo me doy cuenta las pocas veces que venimos a Zaragoza. No creo en los fantasmas ni en los espíritus, nunca he sentido la presencia de mis suegros entre las paredes de este piso, pero a veces me pregunto si, de darse el caso, estarían satisfechos de mí y del modo en el que amo a su hija. Sé que es algo absurdo pero de vez en cuando pienso cosas así, no las puedo evitar.

Hace mucho rato que el camión de la basura giró al final de la calle y prosiguió su camino de limpieza y estruendo. También la noche prosigue. El piso está en silencio. Todos duermen. Yo también dormiré.

sábado, 3 de diciembre de 2011

337

Como soy el conductor me han permitido dormir una pequeña siesta: ha durado poco más de media hora pero me ha dado tiempo a soñar. Al abrir los ojos ya todo estaba oscuro. En la planta de abajo, frente a la puerta, el equipaje está preparado. Sólo falto yo. Cerraré este ordenador portátil en el que estoy escribiendo, lo guardaré en mi mochila, la colgaré de mi hombro derecho, bajaré las escaleras y diré: ¡vámonos, Zaragoza nos espera!

viernes, 2 de diciembre de 2011

336

Es una mujer menuda y delgada vestida elegantemente. Se sienta al otro lado de la mesa, me observa con unos ojos muy verdes y a continuación rompe a llorar silenciosamente. Le toco el brazo y le digo que voy a ayudarla en todo lo que pueda, que lo único que tendrá que hacer será firmar y nada más. Gracias, hijo, dice, es que esto es muy fuerte, muy fuerte, repite. Se recompone, se limpia las lágrimas con un pañuelo de papel y me da los documentos que ha traído. Mientras le tramito la pensión de viudedad ella no deja de hablar, su voz oscilando entre la tristeza y el enfado, casi el rencor. Dice: Era un hombre muy bueno aunque, eso sí, hacía siempre lo que le venía en gana y claro, así ha pasado. El primer infarto le dio antes de los cuarenta años, imagínese, y luego vinieron tres más hasta este, el que se lo ha llevado. Dice: Yo le avisaba, le avisaba pero, bah, no se cuidaba nada. Lo único, eso sí, que dejó de fumar y fumaba muchísimo, ¿eh? ¡Más de dos paquetes diarios! ¿Se lo puede creer? Era una barbaridad lo que fumaba. Pero lo dejó después del segundo infarto, ahí sí que tuvo fuerza de voluntad, ¿ve? El miedo pudo más que el vicio. Lo malo es que le gustaba mucho comer, sobre todo los dulces. Yo le avisaba, mira que te va a dar algo, mira que tú no eres una persona normal, mira que tienes el colesterol y el azúcar por las nubes pero nada, no se cuidaba, era muy tozudo, ¿sabe? Hacía siempre lo que le daba la gana y mire ahora, qué sola me ha dejado. Ay, si me hubiera hecho caso. Cuando le pido que firme vuelve a llorar. Al devolverme el bolígrafo se seca las lágrimas con el mismo pañuelo de antes y me pregunta cuánto va a cobrar. Lo calculo y se lo comunico. Al saberlo se queda mirando el suelo moviendo inconscientemente la cabeza como si asintiera. Después da un largo suspiro, se levanta, me da las gracias y se va.

jueves, 1 de diciembre de 2011

335

Diciembre comienza envuelto en la niebla cerrada que oculta el campanario de la iglesia. En las calles más comerciales pronto se instalarán las luces navideñas. Mi corazón late a treinta y siete grados centígrados una y otra vez, una y otra vez.