domingo, 16 de septiembre de 2012

Cataluña

Llegué a Cataluña una mañana de diciembre de mil novecientos ochenta y siete tras viajar durante toda la noche en uno de aquellos trenes expresos que atravesaban la península ibérica de punta a punta. La estación de Gerona estaba situada en un paso elevado sobre la ciudad. Recuerdo que salí del vagón y tras descender unas escaleras me encontré en una plaza ajardinada. Era tan temprano que la cafetería del parque todavía no había abierto. Recuerdo que me detuve allí en medio con mi maleta a los pies sin saber qué dirección tomar. Nunca olvidaré aquella sensación de libertad, aquella gozosa incertidumbre. Había tanto que aprender.

Tres días más tarde había alquilado un pequeño apartamento en la calle Mare de Déu de la Salut. Era tan caro que pagarlo me impedía salir de copas por la noche como hacían algunos de mis compañeros de trabajo, algo que me daba igual porque deseaba fervientemente vivir solo.

Todo era nuevo para mí. ¡El idioma para empezar, nadie me había advertido de que en Gerona todo el mundo hablaba catalán! Sé que ahora resulta ridículo decir algo así, pero confieso que no esperaba aterrizar en un país tan diferente. Aquellos primeros días de diciembre, fríos y lluviosos, dejaron en mí una poderosa impronta. Tanto como la patente y cotidiana realidad de su lengua ignoraba la belleza de las callejuelas y rincones del Barri Vell, el Call, los puentes sobre el río Oñar. Gerona, mi primer destino como trabajador de la Seguridad Social, había resultado ser un lugar mucho más insólito y hermoso de lo que hubiera podido imaginar.

Aquel mismo año M. aprobó sus propias oposiciones obteniendo una plaza de profesora en un pueblo muy cerca de Tarragona. Algunos fines de semana ella venía a mi pequeño piso y otros iba yo al suyo, un apartamento diminuto que se asomaba al puerto industrial de la ciudad. Todavía guardo en mi memoria las luces de los petroleros flotando como naves espaciales en la oscuridad de la noche. Teníamos veinticuatro años y, además de follar sin parar, queríamos explorar juntos todo lo que la vida quisiera traernos. Aquellos fueron algunos de los años más felices de mi vida.

Ya no vivo allí pero amo a Cataluña. La amo y, como suele suceder en el amor, la admiro. Hablo su idioma, una lengua que me encanta practicar a la mínima ocasión. Me gusta su especial sentido del humor, su sentido común, su manera de ser, su modo de enfocar los problemas. Dos de las amigas con las que me reúno cada noche de viernes en el Chanti son catalanas, mi mejor amigo es catalán y cuando digo mi mejor amigo estoy queriendo decir mi cuarto hermano, una de las personas a las que más quiero en el mundo. En realidad yo mismo me siento un poco catalán como me siento un poco irlandés y un poco aragonés y un poco navarro. Lo digo y lo diré donde sea menester: amo a Cataluña.

No sé qué sucederá en el futuro. El otro día miles y miles de personas salieron a la calle pidiendo la independencia. Hay una parte de la población de Cataluña que no quiere seguir siendo española y puedo comprenderlo, ¿cómo gobernar los sentimientos? En cualquier caso ellos decidirán qué quieren ser y ése es su derecho. Yo, como amigo, lo respetaré sea cual sea el resultado.

14 comentarios:

Elvira dijo...

¡Se agradece tanto leerte después de las barbaridades que suelo oír sobre mi tierra! La verdad, yo no deseo la independencia, pero le deseo a todo el mundo la libertad de intentar vivir de la manera que les haga más felices. Así que si llega el día en que la mayoría de los catalanes la desea, ¿por qué no?

Yo lo veo como un matrimonio. Si yo sigo queriendo a mi marido pero él desea vivir solo o con otra mujer, aunque me duela, lo aceptaré. Y si no le quiero, más motivo para separarnos. Es curioso porque la mayoría de las personas que más se enfadan con los catalanes que desean la independencia no quieren nada a Cataluña. Es curiosísimo, de hecho.

Un beso i una abraçada.

molinos dijo...

Me ha encantado. Ya.se que es un.comentario simple...pero es asi de sencillo

Aroa dijo...

Qué difícil lo hacen tantos. abraçada

Jesús Miramón dijo...

Querida Elvira, tú eres otra de mis amigas catalanas.

Un petó.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Moli, un altre petó per tú.

Jesús Miramón dijo...

Ay, Aroa, abunda el populismo (también entre los independentistas) y falta el sentido común. El otro día Vicente del Bosque hizo unas declaraciones asombrosas porque precisamente utilizaba su sentido común: ""Están en su derecho, como catalanes, de defender la independencia. Es la libertad que tiene cada pueblo para decidir su futuro". Para mí es también así de sencillo.

Petonet per tú.

Portorosa dijo...

Los problemas comienzan, o comenzaron, supongo, cuando alguien empezó a pensar que un país era algo distinto y superior a las personas que lo forman.

En general creo que cuando en cualquier lucha se pierde de vista a las personas, la sensatez puede dar por perdida la batalla.

Y que conste que ese fallo se lo achaco a cualquiera de nuestros nacionalismos cercanos. El español incluido, por supuesto.

Abrazos.

Jesús Miramón dijo...

Porto, comprendo lo que quieres decir, lo comprendo perfectamente. Es un argumento que llegado el momento, la situación decisiva, no sirve para nada. Porque las personas que forman los países e incluso las que no los forman (ilusas) son precisamente eso: personas, seres humanos, y si algo caracteriza a nuestra especie es la imaginación. Yo no soy nacionalista, no lo soy. Tampoco soy ciego ni sordo ni -eso espero- gilipollas. He vivido en diferentes lugares y he visto, he escuchado, me he empapado. Somos animales adictos a las leyendas, seres dados al romanticismo y las metáforas, algo que no es un fallo sino, sencillamente, una característica. Ningún país es superior a las personas que lo forman porque sin personas que se sientan de un país no existe tal cosa, no es posible país alguno. En tu argumento frío y aséptico falla el componente emocional; está ausente, precisamente, el factor humano. No lo llames nacionalismo, llámalo tribu, clan, familia, mi habitación de adolescente. Galicia canibal.

Portorosa dijo...

Ya, supongo que tienes razón. De ahí que la realidad me contradiga (no en lo de que empiezan los problemas, creo yo, sino en que los tiros van siempre por otro lado).

De todos modos, ampliemos el arco: además de esa nación, o esa familia, piensa en la justicia, la revolución, cualquier derecho, casi... Cuando sus defensores se olvidaron de sus supuestos defendidos y solo vieron su "causa", las mayores atrocidades (comparables a veces a las que se oponían) se cometieron en su nombre.
¿No crees?

Dicho esto, repito que tienes razón: no funcionamos así, como yo digo, sino como vemos a diario.

Pero alguien dijo que el nacionalismo (volviendo al tema; e insisto en que hablo de cualquier nacionalismo, empezando por el español) era tratar de hacer política con los sentimientos, por supuesto compartibles o no.

Pero en fin.

Buenos días.

Epolenep dijo...

un beso, Jesús... de acuerdo con todo.

Jesús Miramón dijo...

Un beso, Eponelep.

Portorosa dijo...

Hoy venía al trabajo pensando en esto:
Es, efectivamente, absurdo intentar despojarnos de estos sentimientos. Absurdo e innecesario, seguramente. Porque es normal querer (o no, o tal vez odiarlo) lo nuestro, querer un paisaje, un idioma, unas costumbres, etc. No tiene nada de malo, por supuesto, y casi todos lo hacemos en mayor o menor medida. Yo, desde luego.

El problema, el problema al que yo me refería, surge cuando pretendemos hacer de esos sentimientos una referencia válida universalmente, cuando pretendemos considerarlos valores objetivos y principios rectores de una política. Es eso (en mi opinión, muy habitual en según qué ideologías) lo inadmisible para mí. Y es eso lo que tantas veces llega a lo grotesco, a lo risible, o a (cuando se impone) lo injusto.

Como la religión en su momento (bueno, tal vez soy demasiado optimista), hay conceptos que deberían ir quedando fuera de la política, creo yo.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Tienes mucha razón, Porto, y de hecho estoy de acuerdo contigo en que cuando la política se ha nutrido de sentimientos se han cometido las mayores atrocidades. Lo que sucede es que la política, además de análisis, propuestas, ideas, imaginación, también "son" sentimientos.

De todos modos mi texto es sentimental porque habla de mi vínculo con Cataluña desde ese aspecto de mi vida: las experiencias que viví allí, los amigos, mis primeros años de vida independiente, etcétera. No hablaba de política sino precisamente de mis sentimientos. En realidad es una declaración de amor.

Sobre la independencia te diré que no me gustaría. Por puro y sencillo egoísmo seguramente pero me daría mucha pena que se separaran de España. Dicho esto también afirmo que yo respetaría lo que decidiesen las urnas. No serían los primeros ni los últimos, ahí tenemos el ejemplo de Chequia y Eslovaquia.

También te diré que creo que ahora mismo no hay en Cataluña una mayoría suficientemente amplia y dispuesta a apostar por la independencia. Pero esto puede cambiar en el futuro, de hecho cada vez más personas -empujadas por sus sentimientos, sí- la vez como algo posible y preferible a la situación actual.

Un abrazo.

Portorosa dijo...

Sí, lo sé, así lo había entendido. Comenté más bien por los comentarios.

Mi postura es la misma que la tuya. Lo que desconozco es la sociedad catalana, y no podría pronosticar nada.

Otro para ti.