jueves, 1 de noviembre de 2012

Todos los santos

Cada uno de noviembre me subía al coche y pasaba a buscar a mi suegro, Antonio, y a su hermano, el tío Martín. Cuando llegaba, bien temprano, siempre me estaban esperando vestidos de domingo y con rostro serio. Después conducía hacia el desierto de los Monegros y hacíamos el circuito de los cementerios de su familia: Torralba de Aragón, Robres, Senés. Eran camposantos diminutos azotados por el viento en medio de un paisaje inigualable, absolutamente maravilloso, desolado, infinito. Antonio y el tío Martín no comprendían que aquel territorio me gustara tanto, siempre decían: «Son malas tierras, malas, muy malas, aquí no crece nada, sólo el hambre», pero yo, ajeno a sus infancias pobres, disfrutaba de los ocres, las tizas, los yesos, los arbustos y, muy de vez en cuando, los solitarios árboles que aquí y allá salpicaban un horizonte plano bajo el cielo gris. Al llegar a los lugares aparcaba sobre la grava, descendíamos del coche, entrábamos en aquellas modestas necrópolis y Antonio y su hermano daban una vuelta resucitando familias, personas, el pasado. Recuerdo que sus comentarios eran como ellos: flacos, secos, austeros, mínimos. Al mediodía regresábamos a Zaragoza y siempre, indefectiblemente, comíamos un maravilloso ternasco al horno que mi suegra, Josefina, había preparado con todo su amor para nosotros.

Hoy todos están muertos. Antonio, Josefina, Martín. No existe un sólo día de todos los santos que no recuerde aquel circuito de cementerios monegrinos, pueblos casi desiertos y altos cielos oscuros sobre la tierra blanca de cal. Os quise. Os quisimos.

8 comentarios:

José Luis Ríos Gabás dijo...

Eso es, Jesús.

Un abrazo

Elvira dijo...

Hermosísimo.

Un beso

molinos dijo...

MIentras tu te acuerdes no estan muertos.

Jesús Miramón dijo...

Eso es verdad. Al final sólo existe la memoria.

José Luis, Elvira, Moli, besos y abrazo.

Anónimo dijo...

Que bello! Este es su dia, pero los mios siempre estan conmigo.
Gracias.

Jesús Miramón dijo...

Por supuesto que siempre están con nosotros. Siempre, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Incluso mientras dormimos. Estoy seguro de que el ser humano inventó a los ángeles pensando en el poder de la memoria y la ternura.

giovanni dijo...

Hice el viaje contigo. Gracias. Los que ya no están, están en nuestra memoria, junto con las vivencias.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Así es, allí están. Un abrazo, Giovanni.