viernes, 16 de enero de 2015

Conozco ese tipo de poder

A menudo, hablando con amigos y familiares, afirmo con mi habitual desfachatez que los seres humanos somos animales esquizofrénicos. Cómo no serlo si, conociendo con absoluta certeza que nos precipitamos hacia la muerte, somos capaces de seguir adelante como si nada o, tras inventarnos tantas y tantas religiones pretéritas y presentes, como si todo.

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Los que matan en nombre de Dios, ¿saben algo del ADN, del Bing-Bang, saben que en el cosmos existen miles de millones de galaxias como la nuestra? Los que matan en nombre de Dios, ¿saben que durante las primeras siete semanas de desarrollo todos los embriones humanos son hembras sin excepción alguna? Los que matan en nombre de Dios, ¿saben que a lo largo de la historia de la humanidad aparecieron miles de religiones por las que se combatió, se murió y se asesinó, de la mayoría de las cuales ya no queda sino el eco polvoriento de tablillas de arcilla y pergaminos? Los que matan en nombre de Dios, ¿no son capaces de imaginar que la existencia humana es algo un poco menos idiota que el relato que defienden, algo un poco menos ofensivo a la inteligencia, incluso a la imaginación?

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Pero no seré yo quien diga que la religión sólo ha traído muerte y destrucción al mundo: he cantado a Bach, a Haendel, me he estremecido de la coronilla a los pies en el altar de muchas iglesias mientras la música más bella del mundo rogaba a nuestro Señor que perdonara los pecados del mundo; junto a mis compañeros del coro interpreté la música más bella del mundo expresando el indecible sufrimiento de una madre a los pies de la cruz romana donde su hijo judío agonizaba como el cordero del sacrificio. Estuve allí. Conozco aquel consuelo, su comunión inefable. Conozco ese tipo de poder. Volveré a sentirlo.

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Me llama mi hija desde Barcelona. Hablamos de los últimos sucesos en París. Me dice que algunas veces siente un poco de miedo al viajar en metro por si hay un atentado. Le digo que los islamistas radicales no vencerán, le digo que lo que debemos hacer es seguir viviendo de esta manera que tanto les saca de quicio. Generaciones enteras dejaron sus vidas en el barro por las libertades, los besos en la calle, el matrimonio entre personas del mismo sexo. No permitiremos, le digo, que nuestra imperfecta y decadente civilización retroceda cinco siglos como si nada hubiera pasado. Nos espera el espacio exterior, la colonización de otros planetas liderada por mujeres y hombres, el avance en el conocimiento de las partículas más elementales de la realidad, el avance en el conocimiento del universo entero. Es un territorio en el que no tienen cabida los decapitadores.

6 comentarios:

NáN dijo...

En cambio, yo, ando sobrecogido por un pensamiento que no me atrevo a expresar, porque la legión de imbéciles que me rodea no vea en ello una justificación del horror.

Me sitúo en la otra cara de la moneda, en todo ese horror del otro lado que no queremos ver, pienso en el Congo, donde se ha llegado a la cifra simbólica de seis millones de muertos violentamente, muertes inducidas por la codicia de los que manejan el poder bajo el que vivimos. Y se les da armas a los infinitos grupos asesinos (siempre con una bandera, una idea de un dios que les protege), para controlar la extracción y trasvase a Occidente cosas tan estúpidos como oro, diamantes y, por ejemplo, todo ese coltán que necesitamos para que funcionen nuestros teléfonos inteligentes.

Y siento como propio el miedo de tu hija en el metro, el de tantos de nosotros.

Nuestra civilización, tan satisfactoria, con tantas emociones como la música, ¿tiene que basarse realmente en el horror de decenas de millones de los otros?

Incluso aquí, en tu casa libre, tengo miedo de no ser entendido (y no me refiero a ti, claro).

Portarosa dijo...

No, no saben nada de eso, Jesús, ni son capaces de imaginar nada así. Si supiesen, si fuesen capaces, no harían nada parecido.

Creo que la conclusión es evidente.

Como intuyo que NáN, detrás de la tristeza por unas muertes yo siento otra tristeza por cómo es nuestro mundo y lo mal que lo entendemos.

En tiempos difíciles, con miedo, es fácil abrir la primera puerta. De hecho, es lo que hacen día a día otros.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Querido Nán,

creo entenderte, creo que comprendo tu reflexión, sé de qué se nutre, sé cuál es su intención. Y es oportuna en cualquier análisis que podamos hacer de la situación actual del mundo porque es verdad que nuestra civilización, como todas las que existieron antes, hunde sus raíces económicas en la conquista o, lo que es lo mismo: en la explotación, la injusticia, el expolio.

Pero el islamismo radical, que se alimenta al mismo tiempo de la segregación geográfica y cultural y, este es un dato muy importante, también de la abundancia multimillonaria de los califatos petrolíferos que lo financian, es un poco diferente a los movimientos políticos de liberación que lucharon por el ser humano en la tierra (no en el cielo).

Y es que el factor que al mismo tiempo enfoca y desenfoca este inesperado tiempo histórico que estamos viviendo ahora es la religión, y en este siglo, en este preciso momento, muchas generaciones después de las sangrientas cruzadas, decenas de generaciones después del supuesto nacimiento de quien fue su valor y su símbolo, hoy se trata del islam. El Islam. Al escribirlo yo mismo me doy cuenta de lo absurdo que suena pero es así: se trata de una guerra santa. A los soldados de Dios les importa una mierda las minas de Coltán (si no es para hacerse con sus beneficios) y les importa una mierda el calentamiento global y la explotación de otros seres humanos -las mujeres y niños no musulmanes son esclavizados en el territorio que controlan. Hablamos de proselitismo puro y duro, sin concesiones. Y sus guerreros, como verdaderos cruzados inversos, no tienen piedad.

Es verdad: nuestro mundo es injusto, creo que ni siquiera ese uno por ciento que acumula más riqueza que el restante noventa y tantos por ciento de la población de nuestro planeta se atrevería a decir lo contrario: el mundo es profundamente injusto y desigual, y ello deriva en una permanente desafinación, un constante dolor que cada día se eleva al cielo y al atravesar la ionosfera se disuelve como un eco en el espacio exterior.

Pero en mi opinión no es la injusticia del mundo lo que alimenta el yihadismo, o al menos no solamente esa injusticia: lo que de verdad alimenta el yihadismo es la creencia en Dios o, lo que es lo mismo, la religión: su consuelo, su sentimiento de pertenencia y hermandad, su recompensa en forma de placeres tan perversos como el disfrute de no sé cuántas jóvenes vírgenes para solaz sexual de los mártires. Sí, sé que suena como una caricatura, pero no lo es.

Termino: hay batallas que pueden negociarse y hay batallas que hay que ganar cueste lo que cueste. La que ha comenzado a librarse contra el islamismo radical hay que ganarla. Cueste lo que cueste. Yo siempre la comparo con el nazismo: más allá de las razones históricas o económicas que ayudan a explicar su aparición, existe su fruto: homosexuales lanzados al vacío en la ciudad de Mosul, crucifixiones, lapidaciones, decapitaciones, el terror. Debemos vencer.

Jesús Miramón dijo...

Porto, Nán, un abrazo a los dos.

NáN dijo...

No podría estar más de acuerdo, Jesús. Solo quería señalar que a ese horror religioso no se apuntarían tantos jóvenes si no fuera porque viven en un sentimiento de humillación perpetua y "tiran por la calle de enmedio".

Nos cuesta imaginar, incluso conociendo el dolor que produce la barbarie entre nosotros, cómo sienten ellos los 400 niños de Gaza del último episodio.

A eso me refería. A que el horror de los obispos islámicos fanáticos no tendría recorrido si no fuera por las burradas de los "nuestros".

Jesús Miramón dijo...

Han pasado seis meses desde que Enric González escribió este artículo pero continúo compartiendo el noventa y cinco por ciento de lo que en él escribe:

Los nuevos bárbaros