miércoles, 25 de noviembre de 2015

Como ningún tesoro pueda serlo

Hoy he pasado el día en Binéfar. Por la mañana había quedado con un amigo a quien no veía, imperdonablemente, desde hace mucho tiempo. Hemos dado un paseo por el camino del penchat, el territorio en el que ha creado muchas de sus fotografías. Siempre que hablo con él aprendo mucho, más aún: me cura en cierto sentido. Para quienes os preguntéis cómo es José Luis sólo diré una cosa: es una de las personas más buenas, inteligentes y afables que he conocido en mi vida. No, no dejaré que vuelva a pasar tanto tiempo sin quedar con él.

Al mediodía había quedado a comer con unas amigas. Las quiero tanto. Nos conocimos en la coral hace muchos años pero la relación ha ido más allá. Los amores. Los hijos. La vida. Ellas me conocen, han visto el fondo de mi corazón, me han escuchado hablar sin ambages, sin defensas, abierto en canal. Me han conocido cuando estaba en la cima y cuando estaba abajo, y yo las he conocido así también. Al lado, en el mismo parámetro del amor sexual, el amor conyugal, sitúo la amistad: inmune al tiempo transcurrido entre reunión y reunión, valioso como ningún tesoro pueda serlo.

Hablo de fortuna. Debería recordarlo cuando la ansiedad me asedia y empuja al precipicio, debería recordarlo cuando el zumbido de mi cerebro crece y crece diciéndome que la vida desafina, que todo está fuera de sitio, que ha comenzado la cuenta atrás, que todo lo que consideraba sólido empieza a descomponerse. Debería recordar la fortuna de que tantas personas maravillosas me quieran. El amor, la amistad, es el mejor chaleco salvavidas ante el tsunami. El mío es grande y fuerte. Conduciendo de Binéfar a Barbastro caí en la cuenta. Al atravesar uno de los puentes de la autovía cerca de Monzón vi a un hombre paseando por un camino en medio del campo de vuelta a casa. Se avecinaba la noche. Me reconocí en sus pasos, uno detrás del otro.

9 comentarios:

JL Ríos dijo...

Caray, Jesús, muchas gracias. Está claro que debemos vernos más a menudo, sin duda. Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Fue un placer caminar contigo contra el viento. Un abrazo y hasta la próxima, que no tardará tanto como esta vez.

Elvira dijo...

Hermosa vuestra amistad, enhorabuena! Sí, los que tenemos buenos amigos tenemos un tesoro.

Un abrazo a los dos

Jesús Miramón dijo...

Te cuento entre ellos, querida Elvira. Un beso.

Portorosa dijo...

¡Qué bien!

Recuérdalo.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

No siempre lo recuerdo, sobre todo cuanto estoy en mis momentos más bajos y, por lo tanto, más bien me haría recordarlo. Por eso lo escribo.

Un abrazo, amigos de años y de estaciones.

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P.D. Paradójicamente al día siguiente del que relato en este post tan feliz, al día siguiente, digo, tuve otro ataque de ansiedad muy agudo, muy fuerte, y mi doctora de cabecera me ha dado la baja médica . Nuevo tratamiento médico y descanso laboral. Mis compañeras hace tiempo que me lo aconsejaban a pesar de que ello supusiera más trabajo para ellas -motivo por el que yo nunca había querido cogerlo. Pero reconozco que han sido tres o cuatro semanas muy duras en el trabajo, con el estrés a punto de explotar en mi cabeza, la tensión arterial por las nubes, el tinnitus a todo volumen y sentimientos de pánico en los momentos más inadecuados: mientras atendía a mis clientes... Pero saldré de esta como salí hace un año, y hace dos años, y hace tres, cuando todo empezó.

Recordar lo que escribí aquí me ayudará a ello.

giovanni dijo...

La amistad nos inspira, conforta, ayuda...
El PD me impactó. Ojalá saldrás pronto del ataque de ansiedad.
Un abrazo fuerte, amigo.

Elvira dijo...

Otro abrazo fuerte, amigo. Ya sabes dónde estoy. Tú sabes apoyar a otros, en el trabajo lo haces a diario. Ahora déjate querer, déjate ayudar. Ese mandato interno de ser fuerte siempre es terrible.

Portorosa dijo...

Ánimo, Jesús.
Descansa y cuídate (literalmente). Desde fuera (como siempre), parece que tienes cómo, con quién y por qué hacerlo; así que trata de serenarte.

Yo soy un poco racional de más, y creo que todo es entendible; que tu inteligencia puede tanto comprender las causas como encontrar la solución o, al menos, el alivio. Y, además, a la razón le vendrá muy bien la ayuda del cariño.

Eso, que mucho ánimo.
Un abrazo.