lunes, 14 de diciembre de 2015

Un milagro

Debes imaginar que tienes setenta y nueve años y conduces, en compañía de tu esposa de setenta y seis, por una carretera que has recorrido no cien veces sino mil, miles de veces entre el pueblo navarro donde naciste y la ciudad aragonesa en la que sacaste adelante a tu familia. Es un día más, el primero de diciembre de un dos mil quince que ya comienza a terminar. En la parte de atrás del coche viajan convenientemente ancladas y desiertas las sillas para niños que utilizas para llevar a tus nietos. En el maletero una bolsa de plástico llena a rebosar de pimientos del huerto que regalarás a tus hijos. Quedan pocos kilómetros para llegar a Zaragoza, el tráfico en el que estás inmerso fluye pacíficamente en caravana a unos ochenta o noventa kilómetros por hora cuando de repente, en unos segundos, todo sucede: interpretas que el coche que se incorpora a la carretera nacional desde la derecha va demasiado deprisa, crees que vas a impactar con él e inconscientemente te desvías a la izquierda para chocar contra un camión conducido por un joven rumano que nada ha podido hacer para evitarlo. Los cinturones de seguridad se tensan sobre tu cuerpo y el de tu mujer fijándolos al asiento; los airbags estallan impidiendo la colisión de vuestras cabezas contra el volante y la guantera del coche; el vehículo, ya destrozado en tan breve lapso de tiempo, rebota en la rueda izquierda del camión y gira sobre el asfalto hasta quedar orientado en dirección contraria a la que hasta hace un instante conducías tranquilamente.

Tú no lo sabes, pero durante un instante has perdido el conocimiento y algunos cristales se han clavado en tu rostro. Tu esposa no está a tu lado, su asiento ligeramente desplazado por el impacto está vacío y no consigues abrir tu puerta destrozada. Cuando logras salir por el otro lado la ves sentada en el suelo junto a un hombre que se ha puesto el preceptivo chaleco fluorescente. Te dices que todo lo que está pasando es imposible, te dices que finalmente la tragedia os ha alcanzado, que lo que siempre les sucedía a otros finalmente os ha pasado a vosotros, y mientras lloras sin saber siquiera que estás llorando va a suceder algo increíble, algo estadísticamente imposible: uno de tus cuatro hijos aparecerá en medio del caos; uno de vuestros hijos, Carlos Miramón Arcos, profesor de matemáticas que casualmente conducía hacia el instituto donde había sido convocado a una reunión de evaluación esa misma tarde y no otra, a esa misma hora y no a otra, aparecerá antes de que lleguen las primeras ambulancias y la Guardia Civil de tráfico, antes de todo lo que va a desencadenarse; uno de vuestros hijos estará a vuestro lado y comenzará a tomar decisiones, comenzará a calmar vuestra ansiedad sobreponiéndose a la suya, comenzará a daros todo su angustiado y puro amor.

Horas, días más tarde, en el hospital, en la UCI, contaréis que cuando lo visteis aparecer en medio del accidente pensasteis que estabais soñando, que se trataba de una epifanía, ¿de qué otro modo entender que estuviese allí en ese preciso instante?

Mi hermano me telefoneó mientras viajaba con vosotros en la ambulancia. No era consciente del milagro que estaba protagonizando. ¿Cómo podía serlo? Pero sucedió. En eso consisten los milagros. El azar. La ignorancia.

12 comentarios:

Elvira dijo...

¡Madre mía! ¿Y cómo están? Un milagro, desde luego.

Un fuerte abrazo, amigo!

Portorosa dijo...

¿Y están bien?

Espero que sí, Jesús.

Un abrazo y mucha suerte.

Jesús Miramón dijo...

Están bien, en realidad muy bien para lo que hubiera podido suceder. Ya les dieron de alta y ahora queda un largo periodo de recuperación de las contusiones, los hematomas y el dolor físico que les espera. Han resultado ser más fuertes de lo que pensábamos. Mi madre tuvo hemorragias internas que obligaron a operarla de urgencia, pero mi padre salió del accidente sólo con un dedo del pie izquierdo roto. Están vivos y de una pieza, podremos disfrutarlos unos años más. El día de Navidad nos juntaremos todos en mi casa de Zaragoza, incluido el ángel que en ese momento pasaba por allí.

Un abrazo, queridos.

NáN dijo...

Madre mía, Jesús. Sobrevivir a ese accidente y, inmediatamente, a esa imagen de un hijo surgido de la nada, que te hará pensar que ya estás muerto. Si sobrevives a esa imagen, es el día en que naciste dos veces.

¡A celebrarlo, estas Navidades!

Epolenep dijo...

oh, llevo todo el día con este milagro en la cabeza, llenándome los ojos de lágrimas cada vez que lo recuerdo. Felices días a ti y a tu familia, besos.

Jesús Miramón dijo...

Nán, Silvia, la vida es este ruido interminable. Un beso,

Fco. Javier de la Iglesia dijo...

Un fuerte abrazo, Jesús. A veces la realidad se comporta como la ficción más increíble. Lo empecé a leer y me parecía un relato imaginario...y no lo era. Que paséis todos unas felices navidades. Siempre es una suerte estar vivo y lo olvidamos demasiado.

Jesús Miramón dijo...

Pero... ¡Javier, qué sorpresa más agradable verte por aquí, qué alegría! Un abrazo muy muy fuerte.

Noite de luna dijo...

Un abrazo cargado de emoción.

Jesús Miramón dijo...

Otro para ti, y mis mejores deseos.

Manuel Bonino dijo...

Lo veo tarde, y me alegro de que no haya sido nada, Jesús. Un fuerte abrazo,

Er Opi.

Jesús Miramón dijo...

¡Opi! ¿Cuántos años han pasado? Qué sorpresa más agradable verte después de tanto tiempo... Un abrazo fuerte.