miércoles, 17 de febrero de 2016

Antártida

Mis vecinos se mudaron. Me encontré con él en el garaje mientras cargaba cajas en su coche, me dijo que el apartamento era demasiado pequeño y habían buscado un piso más grande. Ya no escucho los llantos del bebé ni la voz alegre de su hermana mayor; tampoco las canciones de la madre.

Vivo en un bloque donde todos sus habitáculos son de alquiler y las personas vienen y van, un edificio especial en ese sentido. El otro día me crucé con el nuevo inquilino, un joven de gesto adusto y, por la experiencia de estos pocos días, absolutamente silencioso.

Esta mañana ha helado en serio por primera vez en lo que llevamos de invierno. Como he vuelto a fumar quité la calefacción antes de irme a dormir y dejé el salón abierto al exterior para ventilar la casa durante la noche. Cuando sonó el despertador fue como despertar en la Antártida, y no me disgustó. Para personas como yo, con cierto sobrepeso, depresivas y ansiosas, el frío es lo mejor: nos resucita.

Amanecía sobre los coches cubiertos de hielo cuando me asomé a la calle en calzoncillos. Todo mi cuerpo se estremeció diciéndole a mi cerebro: "Mira: también existo yo".

4 comentarios:

JL Ríos dijo...

Fumar, ¡qué tiempos aquellos!.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

A partir de cierta edad -dejando a un lado la razón, la inteligencia, el conocimiento, el respeto a nuestro propio cuerpo, la sensatez, el sentido común- deberíamos ser capaces de tomar decisiones estúpidas. Yo, por lo visto, soy un experto en eso.

Un fuerte abrazo.

(Qué ganas de verte, a ver si un día de estos puedo tomarme una mañana libre y damos un paseo juntos)

Portorosa dijo...

Maravilloso.

Jesús Miramón dijo...

Un abrazo, Porto.