miércoles, 31 de mayo de 2017

Mayo

Mayo de dos mil diecisiete se precipita como cualquier minuto corriente: jamás volverá a repetirse. Cumplí cincuenta y cuatro años. Como nací en mil novecientos sesenta y tres y pertenezco a la generación del cambio de siglo jamás me visualicé a la edad que cumplí hace pocos días.

Cuando era un soñador y compulsivo onanista adolescente lo único que era capaz de imaginar más allá de mis futuros treinta y seis años -el cambio de siglo- era un mundo de colonias espaciales y maravillosas ciudades submarinas, viajes turísticos a la luna, coches voladores, etcétera.

Año a año he ido contemplando perplejo lo que llegó en realidad: el regreso de las guerras de religión de la edad media con sus miles y miles de víctimas inocentes; el retroceso en la última década de los derechos sociales a caballo de la crisis económica mundial; el envío de naves no tripuladas a Marte pero ninguna expedición humana más allá de la estación espacial que orbita alrededor de nuestro planeta.

Un futuro, lo reconozco, decepcionante para el joven que fui, aunque hace mucho tiempo que olvidé aquellas fantasías y acepto que los acontecimientos históricos tanto pueden empujarnos hacia el futuro como paralizarnos e incluso retrotraernos al pasado. Al parecer nuestro horizonte no era mayoritariamente la inteligencia y la investigación y los viajes espaciales sino la economía desnuda o, lo que es lo mismo, una nueva religión desconocedora de la compasión: el capitalismo. Jamás pude imaginar que a mi edad actual, en este inicio del siglo veintiuno, viviría en un mundo amenazado por un lado por el fanatismo de una religión resucitada de la edad media y por otro por el fanatismo de esta última religión de raíces puramente económicas ajena a las necesidades y sentimientos de la especie humana.

Sé que ya he cruzado el Cabo de Hornos del tiempo que me queda. Si hubiese nacido tres mil o cuatro mil kilómetros más allá o más aquí ya sería un anciano a punto de atravesar el Aqueronte tras pagar el óbolo a Caronte, pero nací en el hemisferio privilegiado del planeta, en un país del primer mundo, y acaso pueda vivir veinte o treinta años más.

Tal vez contemple, antes de desaparecer en el olvido, la existencia de colonias espaciales en la luna o en Marte, ciudades submarinas en el fondo del mar, coches voladores; la desaparición de todas las religiones, también las económicas; la creación de un gobierno mundial, planetario, capaz de redistribuir los recursos entre los miles de millones de habitantes de nuestro pequeño mundo y así terminar con todas las guerras. Me gustaría.

6 comentarios:

arponauta dijo...

como dice mi amiga Ana, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo :-(

muchas felicidades a pesar del caos y la mierda :-)

Jesús Miramón dijo...

Espero que tu amiga Ana esté equivocada... Gracias, Arpo.

NáN dijo...

Que por mayo era por mayo cuando también nací yo... pero cuando tú nacías me compré mi primer disco: She loves you. Un single de dos canciones.

El capitalismo, ay, qué derrota para ña humanidad y qué éxito para los capitalistas.

Jesús Miramón dijo...

Querido Nán, la religión del capitalismo, al ser una desgracia para la humanidad, lo es también para los capitalistas, aunque no sean conscientes de ello.

Es como la última decisión del energúmeno de Donald Trump: por mucho que salga de las pobres y poco creíbles intenciones internacionales de frenar el cambio climático, ni él ni sus hijos y nietos y bisnietos se librarán de sus consecuencias. Claro que él habrá provocado que suceda un poco antes.

Pero, como absurdo optimista que soy, me niego a creer que nuestra especie sea incapaz, después de todo lo que ha logrado en un parpadeo del mundo, de darse cuenta de la catástrofe siquiera en el último momento y cambiar de dirección antes de precipitarnos en el precipicio.

Un abrazo.

Marisa dijo...

Eso sí que serían ¡pedazo de elecciones! ¿O iría sin elecciones lo del gobierno mundial?

En serio, para mí, que estamos en el final. El depredador con más éxito del planeta se va a la mierda, se depreda a sí mismo. Pero, qué final más agónico. Yo, por el contrario, desde muy joven tenía la sensación y el sentimiento de que iba a vivir un apocalipsis, pero nunca pensé que fuera a cámara lenta.

En mi opinión, esto no tiene remedio. Porque lo que de verdad mata, lo que más daña, es la ignorancia, y de eso tenemos a cubos. Yo la primera. Lo que pasa que cada día me doy más cuenta de lo malo que ha sido -y sigue siendo- la ignorancia en mi vida. Hacerse conscientes (despertar del buda, que por cierto buda significa el despierto) lleva toda una vida (tal vez más) y para cuando tienes algo, vas y te mueres. ¡Qué putada! Bueno, igual la muerte no existe, vete tu a saber.

Jesús Miramón dijo...

De acuerdo, Marisa, para ti estamos en el final, un final agónico.

Y no te faltan razones para pensar así, desde luego. La especie humana ha terminado siendo un tumor en el cuerpo que le cobija, y respeto que en tu opinión eso no tenga remedio (yo creo que sí lo tiene, incluso durante futuros miles de años).

Lo que no comparto contigo es que digas que de ignorancia tenemos a cubos. ¿Somos más ignorantes ahora que hace un siglo, que hace cincuenta años, que hace veinte? Yo creo que no -excepto si crees en Buda o Cristo o Mahoma o la diosa Anaconda o el dios Cocodrilo-; yo creo que ahora somos más inteligentes y enviamos naves a Marte y tenemos consciencia de que nuestro hogar es una pequeña canica en el inmenso universo. Nuestra ignorancia crece pero porque sabemos más.

Si hacerse consciente (despertar del Buda) lleva toda una vida y si, sobre todo, alcanzar ese objetivo lleva tal vez más (?), afirmo solemnemente y sin atisbo de remordimientos que el budismo es mentira. Mentira. Una mentira peor que otras porque viene envuelta de un aspecto alternativo.

La muerte existe. La extinción existe. La consciencia también, mientras existimos. ¿Por qué eso no es suficiente?