lunes, 1 de mayo de 2017

Pequeños divorcios

Llevo treinta y cinco o treinta seis años con Maite. Últimamente me cuesta escribir "mi mujer" porque no lo es, no es mía, nunca lo será, y a veces, como anteayer, escribo "mi pareja", algo que al mismo tiempo me parece impostado, una tontería. No sé. Escribo muchas tonterías, y una más supongo que no tiene demasiada importancia.

Estuvimos a punto de separarnos meses después de que naciera Carlos, nuestro hijo de veinte años. Vivíamos en Zaragoza, en un piso antiguo que habíamos reformado. Recuerdo que incluso comenté con mis padres aquella crisis, les dije que me iba a divorciar. Fue una época difícil. Finalmente tuvimos una conversación a corazón abierto, lloramos, supimos que nos amábamos, y seguimos adelante con un cambio, desde mi orilla, muy importante: ella dejó de querer cambiarme, comenzó a aceptarme con mis defectos. Porque yo no quería ni podía cambiar. Yo necesitaba y necesito mi espacio, mis noches sin horarios, mis whiskys, mi independencia. Desde entonces, y a pesar de todas las vicisitudes, hemos sido muy felices juntos, y aunque nunca pueda nadie estar seguro de nada, creo que ella y yo acabaremos caminando de la mano junto a una playa del Norte cuando seamos muy mayores.

Luego están los pequeños divorcios que sí se alejan definitivamente de uno. Amigos, amigas, conocidos. Duelen menos pero también dejan su huella. En este a menudo proceloso mundo de la red he tenido muchos. Y también a este otro lado de la pantalla, en este mundo de aire respirable en el que estoy sentado frente al portátil. Apostaría a que la mayor parte de las veces sucedió por mi culpa, pero cumplir años ayuda a hacer frente a ello. Soy lo que soy. Si alguna vez causé dolor juro que nunca fue mi intención. Sé que tengo muchos prejuicios y defectos, catalogo a las personas, soy un poco misántropo, un poco gilipollas, un poco náufrago en una isla desierta que me invento cada día con sus palmeras, sus cabras salvajes, su cueva protegida por una empalizada y un silencio que nunca conoceré.

11 comentarios:

Elvira dijo...

Yo tuve un divorcio gordo y muchos pequeños. También duelen, sí. Lo que me resulta curioso es observar que, fuera el otro o fuera yo la que los provocase, siempre he visto una sabiduría en esas separaciones. Vamos, que puedo echar de menos compañía de calidad en ciertas ocasiones, pero no echo de menos a los que se fueron ni a los yo que dejé por el camino.

Es como si la vida hiciera una criba y me fuera trayendo a personas más compatibles, más afines. Y cuando no lo son, me doy cuenta mucho más rápido y ya no empiezo una relación de amistad.

Algo mejoramos con los años, ¿no? :)

Un beso

Elvira dijo...

Me olvidaba: ¡qué buenas esas conversaciones a corazón abierto! Me alegra que os ayudara a superar la crisis.

Jesús Miramón dijo...

La vida es un cedazo cada vez más y más pequeño. No me cabe duda alguna de que he sido tan justo como injusto, tan ángel como demonio. Es el precio. El aprendizaje.

Sobre mi crisis de pareja: tras aquella catarsis todo ha sido, hasta ahora, mayoritariamente felicidad sentimental. Es el gran salto: saber que amas a una persona con todos sus defectos. Lo hacemos sin darnos cuenta con los amigos pero no con nuestras parejas: ese es el inmenso error.

Un beso, Elvira.

Portorosa dijo...

A una pareja le pides mucho más que a un amigo. En mil aspectos. Por eso es también mucho más difícil. A cambio, claro, cuando sale bien te da mucho.

El nacimiento de los segundos hijos son -creo yo- un momento especialmente delicado en los matrimonios (o asimilados). Aunque tal vez lo pienso porque para mí sí fue el momento de mi separación.

Lo de las noches sin horarios y tus whisky suena bastante peor de lo que supongo que es :)

Ojalá, ojalá paseéis por esa playa. Sería un colofón maravilloso.

Abrazos. También a ti, Elvira.

Jesús Miramón dijo...

Sí, suena bastante peor de lo que es... Aunque, ¿recuerdas a qué horas publicaba mis entradas en los blogs? A la una , a la una y media, a las dos menos cuarto de la madrugada... Ahora la edad me ha domesticado y ya no soy capaz de tirar adelante durmiendo cuatro o cinco horas, necesito como mínimo siete, o seis al menos. ¿Ves? Al final la naturaleza se encarga de las cosas.

Una cosa: cuando dices que a una pareja le pides más que a un amigo estoy seguro de que no te refieres a una perfección más o menos imaginada, anhelada, esperada. Porque en el texto yo me refería a que aceptamos que nuestros amigos son imperfectos y eso no nos impide quererles, aunque no nos acostemos con ellos, y yo he aprendido que el modo mejor de amar a tu pareja es hacer más o menos lo mismo pero acostándonos con ella o con él.

¿Que se le pide más que a un amigo? Bueno, al amigo lo ves de vez en cuando y con tu pareja convives 24 horas al día, pero el espíritu ha de parecerse mucho al de la amistad (o, fíjate, ahora voy muchísimo más allá: al de la convivencia con un compañero de piso en la época universitaria); en serio, no creo que tampoco haya que pedirle muchísimo muchísimo más, porque no siempre vamos a coincidir en todo: deseo sexual, pereza sexual, ganas de ir o no a caminar por el canal, ir a un concierto o no ir, su desorden innato, su orden maniático, no sé, podría enumerar mil casuísticas posibles.

Pero, ¿sabes qué? Cuando comienzas a ver a tu pareja también como a una amiga, alguien a quien perdonas sus pequeños defectos porque sabes que es un ser humano maravilloso, todo cambia. Y además las reconciliaciones pueden terminar en la cama. Eso es un plus que no tiene precio.

Por supuesto todo lo que he escrito es aplicable en ambas direcciones. Maite tiene muchísimos menos defectos que yo y cada día, como Homer Simpson, doy gracias a Buda y Supermán de que todavía esté enamorada de mí.

Abrazos y besos a tutiplén.

Elvira dijo...

A Buda y a Supermán, jajaja!

Abrazos a los dos!

Jesús Miramón dijo...

Un besazo, Elvira :-)

Portorosa dijo...

Por fin puedo venir a comentar.

No, en realidad es a lo que me refiero es una actitud supongo que bastante poco constructiva. A una especie de perfección anhelada, como dices. Ignoro los motivos por los que lo hago, pero sé que eso conlleva una carga de ansiedad (como mínimo) que no suele conducir a nada bueno.

"Cuando comienzas a ver a tu pareja también como a una amiga, alguien a quien perdonas sus pequeños defectos porque sabes que es un ser humano maravilloso, todo cambia."

Esto me parece fantástico. Y no creo haberlo visto nunca así.

Gracias. Un abrazo.

Portorosa dijo...

En cualquier caso, no se me escapa (y esto puede sonar un poco místico, pero creo que ya sabes que no soy nada místico) que cuando pides con ansiedad algo a los demás, cuando esperas de ellos que te "salven", es que hay algo tuyo que no va bien, es que tú no te estás dando lo ir deberías.

Portorosa dijo...

... lo que deberías.

Jesús Miramón dijo...

Exactamente, Porto: cuando pides con ansiedad algo a los demás, cuando esperas que te salven, es que hay algo tuyo que no va bien.

En mi modesta opinión hay que olvidar pedir y hay que dejarse llevar en el dar -si es posible sin demasiada voluntad, si es posible existiendo simplemente.

Sólo tenemos derecho natural a pedirle algo a alguien: a nosotros mismos. A los demás no tenemos derecho alguno a pedirles nada emocionalmente, nunca. Sólo podemos o bien ignorarles, lo cual no es malo en sí mismo, creo que actualmente somos siete mil millones de personas en esta pequeña balsa, o darles todo lo que queramos ofrecerles. El amor de pareja no es ajeno a estas cosas tan mundanas.

Un abrazo, Porto.