domingo, 26 de marzo de 2017

Fui por los campos verdes

A mí, junto al sexo, la comida, la siesta, la lectura, escribir, la música, el alcohol, el cine, no hacer nada, etcétera, una de las cosas que más me gustan son los caminos del campo.

Esta mañana hemos explorado territorio incógnito. Mientras caminábamos yo no dejaba de recordar una canción del siglo XVI que canté muchas veces con la Coral de Binéfar:

Levánteme, madre,
al salir el sol,
fui por los campos verdes
a buscar mi amor.


Muchos kilómetros más allá de los campos verdes podíamos contemplar las cordilleras coronadas de nieve.  Vimos también un zorro que durante un momento se detuvo y nos observó con curiosidad antes de salir corriendo.  Vimos huellas de jabalís en la tierra húmeda después de la temprana nevada y posterior lluvia de ayer.  Entre las rectas líneas de los viñedos crecían miles de pequeñas flores amarillas.

sábado, 25 de marzo de 2017

Nieve a finales de marzo

No ha nevado en todo el invierno ni en muchos muchos años y esta mañana está nevando aquí, en Barbastro, ¡un veinticinco de marzo! Han tardado un poco, pero finalmente los antiguos y caprichosos dioses me han escuchado.

viernes, 24 de marzo de 2017

Zumbido de insectos

Antes, hace años, cuando era joven, no le daba importancia, pero ahora necesito cada día más alguna reciprocidad por pequeña, por minúscula que sea. La definición de nuestro diccionario canónico a la palabra reciprocidad es la siguiente: correspondencia mutua de una persona o cosa con otra.

No me queda mucho tiempo. A menudo tengo esta sólida y serena sensación, sabiendo que forma parte de la mochila mental que cargo a mis espaldas mientras camino entre el zumbido de los insectos resucitados por el regreso de la primavera.

No puedo permitirme perder la vida que me queda en relaciones no recíprocas. No tendré un millón de amigos, ni un millar, ni cien, ni diez acaso. Me da sinceramente igual.

Sé que algunas veces yo he estado al otro lado, en la no reciprocidad, y lo lamento, lo siento, pero a veces las cosas son sencillamente así.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Artefactos

Hoy he ido a mi primera sesión de fisioterapia para solucionar una contractura de la zona del cuello y los hombros que arrastraba desde hacía mucho tiempo. Alfonso, mi fisio, un chico agradable y muy profesional, después de avisarme de que tal vez me dolería un poco, ha ido clavando una aguja en la zona de mi hombro izquierdo, el brazo más afectado, hasta que ha dado con la contractura concreta profundizando en ella y el brazo ha comenzado a temblar por sí solo, absolutamente al margen de mi voluntad, mientras un dolor intenso alcanzaba mi cerebro. "Ahí está", ha exclamado, como el mecánico que va probando cables y fusibles en un coche. A partir de ese descubrimiento ha comenzado a trabajar en mi cuerpo.

A menudo olvido que soy un artefacto. Músculos, un motor tras las costillas que envía y recoge mi sangre a través de un complejo cableado, huesos que me permiten mantenerme en pie.

Al salir de la policlínica he pasado junto a un gran almendro que crece en un descampado lleno de maleza y basura. Todas las ramas estaban en flor. Dos gatos tomaban el sol cerca del río: un macho naranja de cara cubierta de cicatrices y el rabo casi amputado tras quién sabe cuántas batallas y una pequeña hembra de manchas negras y blancas. Tenían los ojos entrecerrados y no hacían otra cosa sino existir.

martes, 21 de marzo de 2017

Un lunes infinito

A veces me gusta pensar
que cada nueva mañana es
un pequeño día de año nuevo,
un lunes infinito.

No soy un astronauta de verdad

Escribo en el silencio. Como viajero este dato debería significar que me he alejado demasiado para mantener una línea de contacto, pero no estoy seguro de que sea esa la razón. Diga lo que diga no soy un astronauta de verdad.

Hubo épocas en las que deseaba precisamente este silencio, y esta noche que jamás volverá a suceder no es muy distinta de aquellas. No rechazo el contacto con mis congéneres, de hecho siempre procuro contestar a mis lectores por agradecimiento a su interés y por puro respeto al gesto que en su momento hicieron al comentar en este diario -algo que no sucede en otros sitios, en mi opinión por una muy mala educación.

El pasado se aleja poco a poco. La vida continúa, mi vida continúa en silencio a partir de las tres de la tarde. Por la mañana es una montaña rusa de trabajo, sentimientos, éxitos, fracasos, un balcón a la naturaleza humana: algo que, mientras me hiere, amo sin armadura a mi alcance.

lunes, 20 de marzo de 2017

Una bola de nieve

Mañana trabajo y hace rato que debería estar durmiendo pero, aunque sea un oxímoron, me da pereza ir a dormir. Siempre he padecido este problema entre tantos otros. Una cosa curiosa que tienen mis pequeños problemas es que alimentan a todos los demás con absoluta naturalidad. Soy una bola de nieve rodando ladera abajo recogiéndolo todo.

sábado, 18 de marzo de 2017

Asombroso

Recuerdo los claustros de un antiguo monasterio que había junto a la diminuta casa de mi abuela paterna, la yaya Jovita. Recuerdo la vez en la que el encargado de proyectar las películas del único cine del pueblo nos coló en su cabina. Recuerdo los veranos en los que pescábamos cangrejos con reteles a los que atábamos como cebo asaduras que nos regalaban en las carnicerías. Recuerdo salir de una película de vaqueros y querer desear, necesitar urgentemente montar en un caballo inexistente con mis botas vaqueras inexistentes para galopar a través de un territorio inexistente hacia una puesta de sol inexistente. Recuerdo las miles de pajas que me hice cuando era adolescente y todavía no existía internet. Recuerdo una comida familiar en un soto en medio del campo a la que había acudido mi tío materno de Francia con la tía Ninú y mis primos franceses. Recuerdo unas vacaciones de verano en las que al llegar al apartamento frente a la playa llovía a mares. Los aparentemente sólidos floretes de plástico que vendían en los puestos de las ferias durante las fiestas del pueblo y se quebraban en el primer combate. Los cigarrillos que podíamos ganar, no importaba la edad, disparando a un palillo con una escopeta de perdigones trucada.

Avanzo hacia un tiempo que no puedo ni imaginar. Un tiempo del que acaso no podré dar testimonio alguno. Al otro lado del río la pequeña selva urbana que el verano pasado alojaba a una nutrida colonia de aves ha comenzado a reverdecer. Las tórtolas turcas ya se cortejan. Antes de que tú y yo nos demos cuenta los nidos estarán llenos de pequeños huevos de todos los tamaños y colores. ¿No te parece asombroso?

viernes, 17 de marzo de 2017

Ay, Irlanda

Hacía más de un mes que no me recortaba la barba. Lo único que me faltaba para ser igual que Robinson Crusoe era un gorro de piel de cabra y un compañero llamado Viernes.

El caso es que esta tarde me he puesto frente al espejo, he colocado la maquinilla barbera en la posición tres y, bueno, ha sido como esquilar una oveja de lana gris, rubia e incluso pelirroja en algunas zonas. Cuando he terminado de limpiarlo todo, lo que me ha hecho recordar por qué no lo hago más a menudo, y me he mirado en el espejo... Bueno, me había quitado cinco años de encima. Tal vez diez.

Obviamente tengo la edad que tengo y esa es una realidad verdaderamente inevitable. Además de mis averías de serie, que no son pocas, ya empiezan a aparecer pequeños achaques propios del paso del tiempo. Pero me ha sorprendido mucho el simple hecho de que recortarme (mucho) la barba haya cambiado tanto el aspecto que ofrezco al mundo.

Como me conozco sé que estaré otro mes o dos meses dejando que la barba de mi rostro de cromañón crezca a su antojo, aunque me haga parecer más viejo. Olvidaré la ilusión de hoy al contemplarme más joven. Regresaré a la comodidad de no tener que afeitarme cada día como lo hice hasta dos mil diez.

Porque sé exactamente cuándo dejé crecer mi barba: sucedió durante nuestras maravillosas vacaciones en Irlanda en agosto de dos mil diez. Dentro de pocos meses habrán pasado siete años.

Ay, Irlanda.

jueves, 16 de marzo de 2017

Poca vergüenza

Un día absolutamente anodino. Trabajé bien, sin problemas, disfrutando de conocer temporalmente a otras personas. Para comer hice una pizza de tomate frito, mozarella, pimientos, cebolla y atún. Por la tarde M. tenía reunión de evaluación en el instituto. Cuando se fue yo dormía la siesta en el sofá. En ningún momento de la jornada tuve un momento de ansiedad, incluso mi tinnitus ha dejado de ser permanente salvo cuando, como en este mismo instante, lo he recordado.

Pero ¿de qué puedo quejarme yo? ¿Cómo puedo ser tan egoísta y banal? Tal vez ahora mismo familias enteras están cruzando el mediterráneo sobre una lancha neumática huyendo de la guerra, por no hablar de las que una vez aquí, hayan nacido en España o en el extranjero, no tienen recursos económicos y dependen de Cáritas, los servicios sociales o los bancos de alimentos. ¿De qué cojones puedo quejarme yo?

A veces creo que escribir este diario durante tantos años ha acabado convirtiéndome en algo que no me gusta: un viejo adolescente y narcisista mirándose continuamente el ombligo. Sí, lo creo. Cada día veo algunos de los problemas reales que afectan a la gente y luego vengo aquí, me siento frente al ordenador acompañado de un vaso de whisky o de bourbon, y escribo sobre mí. Qué poca vergüenza.

martes, 14 de marzo de 2017

En otro sitio

Mi cuerpo se rinde al cansancio.
Me tumbaré en la cama,
cerraré los ojos y,
en ese mismo instante,
despertaré en otro sitio.

lunes, 13 de marzo de 2017

Todo lo que va a suceder sucederá

Soy un ser humano lleno de prejuicios. Prejuicios de clase, prejuicios que provienen de un remoto pasado anterior a mi existencia.

No me gustan, por ejemplo, las personas extremadamente ambiciosas. No creo que la ambición sea una virtud especialmente apreciable ni útil para la convivencia o la justicia, entre otros miles de horizontes, dejando a un lado lo sucia y fea que finalmente resulta ser, incluso en su triunfo.

Yo he tenido mis pequeñas y medianas victorias, y alguna vez a punto estuve de dejarme arrastrar por su seductora llamada como la polilla que vuela hacia la farola incandescente, pero afortunadamente tenía a mi lado a una persona que me anclaba a la tierra con el único argumento de su sorprendente amor hacia mí y, sobre todo, su sabiduría innata, propia de una hija de generaciones criadas en la dureza del desierto de Los Monegros.

Me ha costado comprenderlo, pero ahora comienzo a saber que no me equivoqué en hacerle caso. El futuro siempre está abierto, no hay que forzar las cosas: todo lo que va a suceder sucederá. El tiempo corre, mi cabello es cada vez más blanco; mis debilidades, como mis prejuicios, siguen siendo los mismos desde hace mucho tiempo. Sólo soy un hombre entre miles de millones.

domingo, 12 de marzo de 2017

Playa de domingo

La tarde de domingo
llega desde muy lejos,
empujada por
todas las anteriores y también
por el viento, las tormentas,
las calmas chichas, los tifones y
sobre todo
la inmensidad de los días normales.
centenares y miles de días
y tardes normales, pacíficas,
apenas con espuma.

La tarde de domingo
llega desde muy lejos
hasta aquí y rompe
suavemente contra mis pies
para regresar y en su retirada
hundir mis talones
en la arena mojada.

jueves, 9 de marzo de 2017

Nunca me detendré

Salgo de esta habitación atravesando el techo y descubriendo el perro de mil razas que ladra cada mañana, la pareja de ancianos que cuida una dulce chica ecuatoriana, el ático de una trabajadora del supermercado al que suelo ir a comprar y finalmente el cielo abierto. Me elevo a través del aire transparente y fresco hacia la cúpula nocturna tan semejante al espacio estelar de las naves espaciales, la pequeña ciudad convirtiéndose tras de mí en un diminuto punto de luz en la oscuridad de mi planeta y no puedo detenerme. No puedo detenerme. Nunca me detendré.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Testículos de tontolabas

Mi madre tiene setenta y seis años, mi compañera cincuenta y tres, mi hermana cuarenta y tres y mi hija veinticuatro. Mi padre, sin ser consciente de ello, siempre fue y es feminista; yo y mis hermanos lo aprendimos de él; mi cuñado, al que queremos todos con locura, también lo es. Lo que quiero decir sin demasiados filtros es que conozco a muchos hombres feministas.

Mi pareja cobra, afortunadamente para nuestra unidad familiar, un salario más alto que el mío, por lo cual tomé un año de excedencia por cada uno de mis dos hijos, en 1992 y en 1997, para hacerme cargo de ellos mientras su madre iba a trabajar. Una vecina en el ascensor me preguntó una mañana si estaba en el paro.

La jefa de la agencia comarcal de la Seguridad Social de Barbastro donde trabajo es una mujer maravillosa que se llama Sofía. La quiero mucho, como a mis otras compañeras y ahora también a César, que vino hace un año, un tipo estupendo y tan friki o más que yo.

Dicho todo esto: sé que lo que acabo de escribir no es lo normal, y lo sé porque trabajo atendiendo a decenas de personas cada día. Maridos que delante de mí le dicen a su mujeres que se callen. Recuerdo el caso de una viudedad en la que la hija le dijo a su madre: "Al fin descansarás de ese hijo de puta, mamá". Eso ha sucedido delante de mí.

Odio "Los días de". Sobre todo el día de la poesía (sí, existe semejante gilipollez). Pero hoy es el día de la mujer, y estadísticamente cobran un salario un veintiocho por ciento menor que los hombres, y, también estadísticamente, se hacen cargo de todas las tareas de una casa y, sobre todo en algunos países musulmanes, no tienen derecho siquiera a conducir un coche.

Sé que existe esa realidad aunque no sea la que conozco en mi entorno, y por eso esta noche reivindico con todas mis fuerzas el elemental derecho de las mujeres a tener los mismos derechos y salarios que nosotros, los hombres. Será el único "día de" al que voy a prestar atención, porque ellas son lo mejor de este miserable mundo hecho a la medida de nuestros pequeños testículos de tontolabas.

Yo amo muy personalmente a las mujeres que mencioné en el primer párrafo de este texto; también, genéricamente, amo al conjunto de mujeres del mundo entero, aunque tal vez esto, me doy cuenta, pueda parecer una perversión. Pero no lo es.

martes, 7 de marzo de 2017

Gorriones

Hoy ha sido un día muy bueno -básicamente lo que viene a ser un día normal para casi todo el mundo- porque no he sufrido más de la cuenta y sin motivo. Y eso que los martes también abrimos la agencia por la tarde, de cuatro a siete concretamente, y acabamos los cinco derrotados. Al salir de la oficina mis compañeros y yo hemos hecho notar que ya no era de noche. Cada día la luz dura un poco más.

En los ratos en los que no había clientes miraba por uno de los ventanales y observaba con placer a los pajarillos que pueblan el pequeño jardín que nos rodea. He visto una pareja de verderoles que se perseguían junto a un muro como si estuviesen en celo, y también una lavandera -qué raro verla tan lejos del agua-, y los pequeños carboneros comunes que abundan en invierno a nuestro alrededor y comen el fruto oscuro de unos pequeños árboles de la acera cuyo nombre desconozco. También había gorriones, mis preferidos.

Me gustan tanto los pájaros pequeños. No tengo nada contra las cigüeñas, son espectaculares como pterodáctilos primitivos, su planeo nos remonta a tiempos en lo que ni siquiera existíamos como especie; tampoco tengo nada contra los buitres de inmensas alas que a veces giran en grupo cerca de la autovía camino de Zaragoza: un jabalí o una oveja muerta, cualquier cosa muerta: son el resultado de una naturaleza grande y pesada y necesaria sobre cuerpos muertos y grandes y pesados y necesarios.

Pero yo adoro al humilde gorrión cazador de migas de pan y restos de chucherías y lo que sea menester entre las ruedas de nuestros coches, las mesas de las terrazas, nuestra cercanía alimenticia. Su redondo cuerpo de plumón en invierno. Su resistencia y alegría infinitas en las mañanas más frías.

lunes, 6 de marzo de 2017

Una madriguera

Esta mañana a última hora, cuando ya ni siquiera estaba atendiendo a ninguna persona, he sufrido un ataque que he mantenido oculto para mis compañeras aunque, como me conocen muy bien, se han dado cuenta. Me he puesto como tantas veces una pastilla de Orphidal bajo la lengua y he esperado. Me dolía el brazo izquierdo y sentía que mi corazón latía a toda velocidad mientras las orejas se calentaban como brasas y el acúfeno sonaba cada vez más y más alto y agudo en mis oídos. Toda la jornada había estado bien, incluso demasiado bien, con almuerzo incluido en el despacho para celebrar pasados cumpleaños, y risas y conversaciones amables; demasiado bien, en cierto sentido. No sé.

Al volver a casa me preguntaba de nuevo erróneamente por qué me pasan estas cosas. No he comido y directamente me he ido a la cama. Maite, que ya tiene experiencia con estos episodios míos, me ha dejado tranquilo estando dispuesta a ayudarme cuando yo lo necesitase. Pero cuando estoy así convierto todo lo que me rodea en una madriguera, transformándome en un animal solitario, silencioso y asustado intentado huir precisamente de lo único que no puede huir: de sí mismo.

Ahora, antes de irme a la cama, me siento reventado como un caballo del que han abusado galopando sin descanso hasta caer al suelo; me siento tan cansado... Aunque sé que probablemente mañana por la mañana estaré bien, y ese estado durará unos días, con suerte unas semanas, ¿tal vez lo que me queda de vida? Daría lo que fuera. Lo que fuera.

sábado, 4 de marzo de 2017

Diez años

La tierra, marzo de dos mil diecisiete. Siguen sin existir colonias humanas en otros planetas a pesar de que el calentamiento global continúa avanzado inexorablemente. La joven española que hace diez años estudiaba partituras en su apartamento de Salzburgo ahora es una pianista profesional y vive en Berlín. La estación espacial internacional continúa orbitando alrededor de nuestro mundo y los almendros, tras varios días de sol, florecen entusiasmados e ignorantes del frente frío que se aproxima y les pondrá a prueba.

¿Qué ha sido de mí en estos últimos diez años? Casi todo está en este diario, incluido el paréntesis del Cabo de Hornos.

Hace diez años mi hijo tenía nueve años, mi hija catorce, y Maite y yo cuarenta y tres. Son acontecimientos que no tienen más mérito que los de cualquiera de las millones de olas que a cada segundo rompen en la orilla de todas las rocas y playas de la tierra. Y sin embargo, sí, nos parecen tan especiales y únicas. ¿Por qué si no hubiese dedicado tanto tiempo a escribir las mil doscientas setenta y nueve entradas que he escrito en este lugar desde el cuatro de marzo de dos mil siete, por no hablar de todo lo que había escrito antes, en Innisfree desde mayo de dos mil cuatro y a continuación en el Cuaderno de un hombre de cromañón?

Caminamos sobre los huesos de quienes cantaron y amaron y odiaron y volvieron a amar antes que nosotros, y todos y cada uno de sus supervivientes no somos sino el fruto de sus éxitos y sus fracasos.

Algo que siempre me ha conmovido profundamente son las siluetas de manos como las nuestras registradas hace miles y miles de años en cuevas profundas y riscos expuestos a la lluvia y el viento. En ellas duermen los futuros planos de la estación espacial y también los de las naves que nos permitirán colonizar otros planetas antes de que el nuestro colapse como así sucederá más tarde o más temprano.

Nuestras vidas son un parpadeo, un estornudo, una epifanía, una tragedia, un orgasmo entre miles de millones, algo que brilla y se apaga como las gotas de lluvia que caen a la luz de la farola de nuestra acera apareciendo y desapareciendo mil veces por segundo mientras el río crece al otro lado.

Puedo afirmar sin que me tiemble la voz que en estos diez años no he aprendido gran cosa. A escribir, si acaso, un poco, a fuerza de practicar, pero de lo que de verdad me interesa no he aprendido demasiado.

¿Por qué existimos en vez de no existir? ¿Qué significa todo esto? ¿El mundo es una pregunta o una respuesta? ¿Por qué sé qué es el amor y al mismo tiempo soy incapaz de responder las preguntas anteriores?

viernes, 3 de marzo de 2017

Regresa

La lluvia nunca viene,
la lluvia regresa para que
la luz de las farolas de la calle
la revelen haciéndome feliz
desde la ventana de la cocina.

Yo soy como ella, nunca
vengo, siempre
regreso. La escucho
y me parece estar
escuchándome a mí.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El mar de los Sargazos

Hace unos días me desvinculé definitivamente de la Coral de Binéfar. No fue una decisión fácil, pero no había vuelto a ensayar desde el concierto de Navidad, en el que participé pensado erróneamente que estaba regresando. ¿Por qué abandono el coro? Bueno: el infinito cansancio con el que llego al viernes es una de las causas principales, así como los treinta kilómetros que me separan de donde viví durante tantos años; (y mi enfermedad).

Cuando lo comuniqué a través del grupo creo que lo comprendieron y todo fueron besos y lo sentimos y todo lo mejor para ti, sentimientos sinceros que agradecí con toda mi alma antes de salir por la puerta.

Debo confesar que para mí fue una liberación, pues cada viernes sin acudir a los ensayos me sentía muy culpable y, al mismo tiempo, tan cómodo quedándome en casa... En fin, sentimientos contrapuestos que no me hacían demasiado bien precisamente.

Dejo atrás una etapa. No creo que vuelva a cantar nunca más en público. La música nunca me abandonará porque la utilizo para todo: para cocinar, para conducir, para escribir -sobre todo para escribir-, pero no volveré a asumir un compromiso como el que supone ensayar cada semana y actuar en conciertos y todo eso.

Sabiendo de primera mano lo hermoso y bonito que es desarrollar proyectos con otras personas, y recomendándoselo a todo el mundo, no, yo no lo volveré a hacer. Tal vez sea mi edad (o mi enfermedad), pero voy a ser egoísta y voy a ocuparme de tirar de mis propios cabellos fuera de las arenas movedizas, fuera del mar de los Sargazos, fuera de la nieve de la Antártida.