domingo, 25 de agosto de 2019

Veinticinco de agosto

En realidad, si lo piensas bien, todo es liviano, ligero, pasajero, fugaz como ese golpe de brisa en tu rostro que, como llegó, desapareció. Nada es tan importante como la consciencia, y ni siquiera esta lo es. La vida es un misterio que sucede y nada más.

sábado, 24 de agosto de 2019

Veinticuatro de agosto

Hoy me levantado desafinado, víctima de una desagradable sensación vertiginosa que, por desgracia, conozco bien. Hacía tanto tiempo que no me ocurría que ya casi la había olvidado. Lo que a las personas que nunca han padecido ninguna enfermedad mental les cuesta entender es que yo hoy, por ejemplo, estando de vacaciones, habiendo dormido bien, etcétera, me haya levantado mal, con la cabeza desafinada sin motivo alguno. Ya he aprendido que no debo buscar razones ni entrar en bucle, sino dejar que pase y se vaya y, si eso no sucede, recurrir a la química, que conmigo es lo único que funciona. Hasta ahora no ha sido necesario, y noto cómo poco a poco la conocida sensación va diluyéndose. Odio a mi cerebro cuando se empeña en fastidiarme. Me conoce mucho mejor él a mí que yo a él, y se aprovecha de ello. Qué cabrón.

viernes, 23 de agosto de 2019

Veintitrés de agosto

Cada verano, cuando disfruto de las vacaciones que me corresponden, más cuenta me doy de que podría vivir perfectamente estando jubilado. No tendría ningún problema. Me gustan demasiadas cosas y tengo demasiada curiosidad para poder aburrirme, y hasta eso sé: aburrirme.

Antes todos sabíamos aburrirnos. Cuando era niño y tenías que ir con tu familia a visitar a alguien en una casa donde sólo se oía el reloj de la pared, te sentabas en una silla y asumías que ibas a aburrirte como una ostra, y sin móvil, sin nada. Mirabas al vacío y te aburrías sin protestar porque estabas bien educado. A veces te daban alguna galleta, a veces no, pero no era el fin del mundo.

Creo que saber aburrirse es bueno, muy bueno. Tan bueno que ahora le llaman meditación. Abstraerte del tiempo y dejarlo pasar sin hacer un drama de ello. Yo sé hacerlo. Antes de escribir estas líneas he estado mirando la pantalla en blanco como media hora, y no exagero. Sin escuchar música ni nada, simplemente pensando qué podía escribir, por una parte, y que a partir del uno de enero de dos mil veinte se acabó escribir sí o sí cada día.

He pensado en que esta mañana he ido a comprar y me han parado para charlar cinco personas que me conocen del trabajo, es lo que tiene estar cara al público. A mí nunca me ha molestado, más bien al revés. Luego he estado un buen rato sin pensar en nada concreto hasta que he recordado que hoy me he levantado a las diez y media de la mañana. Hasta la mitad del mes de vacaciones seguía madrugando como cuando trabajo, pero ahora ya me he convertido en un jubilado poco madrugador. He pensado que este era un buen hilo del que tirar para escribir la página del diario de hoy. Porque sí: podría estar jubilado felizmente. Y me gusta mucho mi profesión, ayudar a la gente, todo eso, pero no tener ninguna obligación, no tener que madrugar, tener todo el tiempo del mundo para cocinar recetas que requieren tiempo... Oh, esto es el paraíso. Ahora un paraíso temporal, aunque cada año me queda menos, siempre y cuando los políticos no me obliguen a atender a los ciudadanos hasta los setenta años, lo que espero no suceda nunca.

jueves, 22 de agosto de 2019

Veintidós de agosto

En alguna parte leí que
algún día conseguiríamos
viajar a
la velocidad de la luz.

Y me atrevo a decir
que viajaremos a
más velocidad aún, pero
mientras tanto

deberemos conformarnos con
viajar a la increíble velocidad
del tiempo humano. Las
cinco estaciones una y otra vez.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Veintiuno de agosto

Como hoy hacía calor me he ido a pasear en coche, pasando antes por la panadería. Maite no acepta que pasear en coche sea algo aceptable, y, de algún modo, relacionado con el deporte, la comprendo. Pasear es poner un pie delate del otro, mover los brazos, avanzar por nuestros propios medios físicos. Pero para mí sí es aceptable pasear tranquilamente en coche, y también me comprendo.

He conducido hasta el Monasterio del Pueyo, uno de los puntos más elevados alrededor de Barbastro. Desde allí pueden verse kilómetros de paisaje del Somontano de Huesca, y, en días claros, todas las cimas del Pirineo. He hecho algunas fotografías y después he vuelto a casa a muy poca velocidad porque era un paseo. Imagino que los conductores que iban detrás de mí habrán verificado la leyenda de que los fatos (así nos llaman a los oscenses) no tenemos sangre ni rasmia. Me daba igual. Lo mismo es verdad. No tener sangre ni rasmia. Dejarse llevar por la vida nada más. No está mal.

martes, 20 de agosto de 2019

Veinte de agosto

Toda la pasada noche llovió abundantemente, y siguió lloviendo hasta el mediodía más o menos. El escuálido río Vero que fluye frente a mi casa aumentó su caudal y donde antes había cuatro dedos de agua y algas podridas de pronto comenzó a fluir un metro de agua de color chocolate con leche. Fui a comprar un par de cosas antes de comer y las aceras olían a gloria. La lluvia había pegado las hojas secas de los árboles en el suelo como fósiles tiernos. Saludé a un par de conocidos. "Que, ¿de vacaciones?", me preguntó un señor al que jubilé hace muchos años. "¡Sí!", le contesté. Iba con su nieto. Trabajó en el mar como ingeniero de máquinas durante muchos años. Recorrió el mundo. Su historial vino a mi cerebro en un segundo y luego lo dejé ir. Ojalá vuelva a llover esta noche. Maite y Carlos dicen que se fue la luz a no sé qué hora, y cuando digo la luz digo la luz de las farolas de la calle, todo: Barbastro quedó a oscuras. Yo no me enteré de nada. Duermo y ronco como un búfalo, pero mi sueño es tan profundo que casi nada puede despertarme. Sí, ojalá vuelva a llover esta noche y se empape la tierra y luego la mezcla del olor de la hierba junto al río y el hormigón armado y el alquitrán de las calles inunden mi nariz haciéndome feliz. La vida no se detiene, ni los sentidos, ni la memoria, ni los sentimientos. Aunque a veces sí.

lunes, 19 de agosto de 2019

Diecinueve de agosto

Cuaderno de bitácora de la nave espacial Jesús_Miramón_Arcos_1963. Seguimos navegando a través del tiempo en una sola y única dirección. Hoy amaneció un día inusualmente fresco. Fui a caminar con mi compañera, la segunda al mando que me acompaña desde el principio, y vimos dos culebras. Una muerta, parcialmente devorada por unas hormigas excepcionalmente grandes, y otra viva y reptante, su pequeña cabeza buscando un camino incierto en el camino, cerca del canal.

Por lo demás debo declarar que en el día de hoy no ha habido incidencia alguna en nuestro viaje. Seguimos adelante a la velocidad conocida. Quién sabe qué aventuras y mundos insólitos nos esperan. Fin del diario. Diecinueve de agosto de dos mil diecinueve, fecha terrestre en el calendario cristiano.

domingo, 18 de agosto de 2019

Dieciocho de agosto

Ladra un perro.
Yo lo escucho muerto
de sueño.

Mañana despertaré
en este planeta
y no en otro.

sábado, 17 de agosto de 2019

Diecisiete de agosto

Un anuncio de publicidad me ha hecho recordar la época en la que mi hijo y yo dormíamos juntos la siesta en el sofá, su pequeño cuerpo sobre el mío, la saliva de su boca en mi camiseta o en mi pecho desnudo. Imagino que subía y bajaba al ritmo de mi respiración. Entonces a él no les molestaban mis ronquidos ni a mí el calor que debía despedir su pequeño cuerpo.

Le inculqué sin darme cuenta mi amor a las carreras de coches, y recuerdo despertarlo a las seis de la mañana para ver juntos más de uno y más de cinco grandes premios de Fórmula Uno de Australia o Japón. Yo me sentaba en el suelo con la espalda apoyada en el sofá y él se sentaba en mi regazo y solía volverse a dormir.

Nadie me robará eso jamás. Ahora mide un poco más que yo y es guapísimo, al menos a ojos de su madre, su padre y su novia. Ahora es un hombre con las ideas claras, generoso, valiente y tan rojo como yo. Un buen ser humano capaz de hacer felices a muchas personas, un buen humano capaz de recibir y entregar, consciente como su hermana de lo que está sucediendo en nuestro planeta. En este diario tan antiguo he dejado migas de pan de su crecimiento. Desde que iba a buscarlo al colegio hasta hoy. Imagino que para eso sirven los diarios. Son mapas, mapas para ser capaces de regresar en la memoria mientras el futuro se precipita hacia nosotros.

viernes, 16 de agosto de 2019

Dieciséis de agosto

Levantarán la vista para mirar el cielo y ni siquiera verán la tierra, sólo estrellas. Este planeta será una leyenda, algo parecido al diluvio universal. Ellos serán diferentes a nosotros en función de la gravedad del planeta y sus nutrientes. Tal vez midan tres metros de estatura, o uno, o cincuenta centímetros. Lo que sí es seguro es que existirán naves espaciales capaces de viajar y transportar mercancías y personas muy lejos.

Levantarán la vista y ni siquiera verán la tierra, ya muerta. Habrán oído hablar de ella a los más ancianos, que a su vez oyeron hablar de ella a sus ancestros. Luego volverán a seguir siendo humanos concentrados en sus trabajos, en sus vidas diarias en el lugar donde nacieron.

jueves, 15 de agosto de 2019

Quince de agosto

De vuelta a Barbastro resulta que se han estropeado la lavadora y el aire acondicionado. La primera no funciona (y sí, he mirado el filtro y estaba limpio), y el aire del aire acondicionado no sale lo frío que debería salir. En fin, habrá que llamar a los técnicos pertinentes y pagar lo que nos pidan, si es que no están de vacaciones (como yo, por otra parte, así que no les culpes por ello, gilipollas).

Me dice Maite: "No dejes que estas cosas te pongan de mal humor, lo arreglaremos y ya está". Y sé que tiene razón, así que dejo de darle vueltas al asunto de las averías y me doy cuenta de la suerte que tengo de vivir con alguien tan inteligente y serena, alguien que conoce qué cosas son verdaderamente importantes.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Catorce de agosto

En este mismo instante
me siento vacío.
No triste, no
desgraciado, sencillamente
vacío. Escucho a
unos niños chillar
en la calle, jugando, y
me da igual. Es como si
durante unos minutos
hubiese dejado de tener
sentimientos. Sólo
apatía, aceptación sin juicio.

Ni siquiera me preocupa.

martes, 13 de agosto de 2019

Trece de agosto

Me asomo al balcón de nuestro quinto piso en Zaragoza frente al colegio de primaria ahora silencioso. Una mujer desciende la calle empujando o, más bien, frenando un carrito con un bebé que mira al cielo. Nuestra calle es una cuesta relativamente empinada.

De pronto las calas de la Costa Brava quedan muy lejos aunque hayan pasado apenas tres días. Es curiosa la flexibilidad con la que percibimos el tiempo. Paula buceaba el sábado por la mañana en las cristalinas aguas de la cala S'Alguer y ahora mismo probablemente esté trabajando en su laboratorio de Bergen, en Noruega.

Yo, por mi parte, continúo de vacaciones hasta el treinta y uno de agosto, y de lo que me estoy dando cuenta es de que podría estar jubilado perfectamente. Y eso que me gusta mi trabajo, me gusta mucho interactuar con los usuarios, pero no tener ninguna obligación, ninguna responsabilidad hacia los ciudadanos, disponer de todo el tiempo para uno mismo, es algo maravilloso. Sí, podría jubilarme mañana mismo.

Ayer y hoy está haciendo un tiempo espectacular en Zaragoza. ¡Esta madrugada me he tenido que cubrir con una sábana! Mediados de agosto. Luego llegará Septiembre y después Octubre. Ya sé que el otoño dura un poco menos cada año, pero cuánto me gustan esos pocos días antes del invierno, la estación en la que soy plenamente feliz.

lunes, 12 de agosto de 2019

Doce de agosto

He dormido mucho desde ayer. El cierzo sopla con fuerza en Zaragoza y atraviesa la casa de ventana abierta en ventana abierta provocando portazos. El insoportable y húmedo calor de Palamós quedó atrás y también el fondo rocoso de las calas, el agua transparente, la sensación de mi cuerpo subiendo y bajando al albur de las olas como si no pesara nada.

Como si no pesara nada. Sigo buscando eso fuera del mar, a centenares de kilómetros de las playas y calas. Esa sensación. Porque esa es la realidad: caminando por la acera rumbo al trabajo, haciendo cola en el supermercado, llenando el depósito de combustible del coche, durmiendo profundamente la siesta en el sofá, cargando con las bolsas de la compra en ambos brazos... No pesamos nada. En las básculas domésticas debería aparecer un mensaje que nos lo recordara y, en vez de aparecer una cifra de kilos, apareciese la palabra NADA.

Pero no queremos ser nada, queremos ser algo, y pesar equis kilos, y dormir equis horas, y existir, existir eternamente. Es el milagro que, de pronto, despertó en nuestros cerebros de primate. La concepción de la existencia de algo sin nombre pero pongámosle futuro y, a partir de semejante vértigo, la filosofía y la poesía y todo lo demás.

Yo ya no busco la felicidad. La encontré hace mucho mucho tiempo. Sé que suena muy raro pero en realidad es algo muy pequeño, casi diminuto. Soy feliz con mi leve depresión crónica, mi ansiedad, mis odiosos acúfenos o tinnitus, mi dermatitis psicológica que aparece y desaparece, mi sobrepeso, mis adicciones y mis obsesiones paranoicas, pero soy feliz. Y la culpa de mi felicidad no reside en que yo me acepte como soy, que también, sino en que la persona a la que más amo en este mundo, a quien conozco desde los diecinueve años, también me acepta como soy. Y eso es algo absolutamente increíble. Soy un ser humano muy afortunado porque soy amado. Así de sencillo y complicado es.

domingo, 11 de agosto de 2019

Once de agosto

Hemos dejado a Paula en la terminal dos del aeropuerto de Barcelona y hemos seguido nuestro camino rumbo a Zaragoza. Un poco más allá de Lérida me sentía muy cansado y hemos parado en una estación de servicio donde he tumbado el respaldo de mi asiento y he dormido unos minutos. He soñado con buganvillas, y también con una chica en bikini que, en una playa, me devolvía con su pala una pelota tan alta que desaparecía en el cielo detrás de mí. He abierto los ojos totalmente recuperado. Maite me ha dicho que no he dormido casi nada, apenas cinco minutos. A mí me ha parecido media hora. Ha sido suficiente para conducir la hora que me quedaba hasta aquí. El tiempo es elástico y mentiroso.

Adiós, humedad ambiental de Palamós; hola, calor real de Zaragoza sin trucos, seco, soportable para mí, maravilloso. El mar está muy lejos pero aquí se puede respirar y la ropa no se pega a la piel. Meseta pura y dura. El verano que viene volveré a no recordarlo.

Estoy muy cansado, cansadísimo. Aunque sean poco más de las diez y media de la noche, cuando termine este apunte en el cuaderno de bitácora de esta vieja nave que ya va siendo Las cinco estaciones me iré a dormir. Caeré redondo. Vencido. Bona nit. Me rindo.

sábado, 10 de agosto de 2019

Diez de agosto

Último día en Palamós. Para mí una semana es suficiente, me gusta mucho el mar pero no tanto el turismo del que formo parte activa.

Esta mañana hemos vuelto a la cala Castell y desde allí hemos ido a la Cala S'Alguer, caminando por un pequeño sendero junto al mar acompañados de pinos y cactus de higos chumbos y el sonido mediterráneo de la cigarra. La Cala S'Alguer es muy pequeña y está rodeada de antiguas cabañas y casetas de pescadores, pero me ha enamorado, ha sido como regresar en el tiempo, casi como estar en una pequeña isla griega. Pocas personas y un agua transparente frente a casas de colores claros y ventanas abiertas.

Mañana Paula regresa a Noruega. Tendremos que salir un poco más pronto de lo que teníamos pensado por la huelga del personal de seguridad del aeropuerto de Barcelona. A pesar de nuestros pequeños encontronazos la voy a echar mucho de menos hasta Navidad. Ha sido maravilloso estar con ella estos días. Todavía me queda todo el mes de agosto para salir a caminar temprano con Maite junto al canal, vivir sin prisa, cuidarme un poco y cocinar mucho. Y escribir mucho también, si se tercia -como mínimo una vez al día, ese es mi compromiso hasta el treinta y uno de diciembre. Y leer, que es algo que tengo muy abandonado.

Continúo de vacaciones. Creo que, a pesar de alguna llamada al móvil de trabajadoras sociales y gestorías, ya he desconectado del todo de mi trabajo. Mañana me acostaré en Zaragoza. Me compré dos gafas nuevas que debo ir a buscar. Una de ellas tiene unas lentes de sol que se acoplan magnéticamente a la montura.

Las cosas van sucediendo a su tiempo, según su necesidad, y lo único que podemos hacer es disfrutar incluso de eso. Disfrutar tranquilamente.

viernes, 9 de agosto de 2019

Nueve de agosto

Estoy solo en el apartamento. He bajado la temperatura del aire acondicionado. Me he servido un whisky con mucho hielo. Ni siquiera he puesto la televisión. Sólo estoy aquí, disfrutando de una temperatura aceptable desde un punto de vista humano, tratando de escribir algo pertinente.

Mi hija no acaba de comprenderlo, piensa que como estoy de vacaciones debería aprovechar más el tiempo, salir con ellas a pesar del calor y conocer calas del camino de ronda que bordea el mar. Aunque luego, como ahora mismo, regresan y me dicen: "conociéndote, tú no lo hubieras soportado, hace muchísimo calor". ¿Y entonces?

No entiende que yo estoy bien aquí, en este lugar nuevo para mí, distinto al que habito diariamente, escribiendo, pensando, estando. No necesito "hacer" nada especial. Todo a mi alrededor me parece especial salvo caminar sudando a chorros, algo que se parece más a una tortura insufrible que a cualquier otra cosa.

Se enfada conmigo porque no me comprende. Y yo me enfado con ella por lo mismo, le digo: "respétame como soy", y todavía se enfada más. Paula, de veintiséis años, es una mujer de mucho carácter, muy apasionada, y yo, su padre, estoy en otra fase de la vida con mis cincuenta y seis. He entrado en una etapa, un territorio tan inexplorado como los anteriores, en el que quiero poder hacer o no hacer lo que quiera, sin juzgar ni ser juzgado (aunque a estas alturas me importa muy poco, por no decir nada en absoluto, lo que los demás puedan pensar de mí). Me quedan algunas décadas de vida; nadie, yo tampoco, sabe cuántas. Quiero vivirlas a mi ritmo, a mi manera. Y si Paula, mi hija, piensa que estoy desperdiciando el tiempo, me da igual. No es capaz de comprenderlo como yo a su edad probablemente tampoco hubiera podido. El tiempo, a nada que se tenga imaginación o la necesidad de dar testimonio de lo que sucede, nunca se desperdicia. Sólo se consume.

jueves, 8 de agosto de 2019

Ocho de agosto

Bajo el agua el mundo es distinto. Con mi hija al lado esta mañana hemos buceado en las rocas a la derecha de la cala El Castell, una playa virgen que se salvó de la especulación inmobiliaria y turística gracias a que los vecinos de Palamós se opusieron a la construcción de un campo de golf y diversas urbanizaciones. Ahora es un lugar que recuerda cómo debió ser en su día la costa brava.

El caso es que hemos estado buceando allí un buen rato. Había peces limón, gobios, hemos visto un pulpo, doradas, peces que ella y yo llamamos arcoíris porque su cuerpo contiene todos los colores pero cuyo nombre real desconocemos. Un paraíso donde, bajo el agua, sólo escuchaba el leve crujido de los animales comiendo en las algas de las rocas y el sonido de mi respiración en el tubo de plástico. Paula a veces se lanzaba hacia abajo y descendía dos, tres metros. Yo, que estoy operado de sinusitis, sólo lo he hecho en dos ocasiones porque enseguida se me tapan los oídos y me da miedo. No sé cuánto rato habremos estado allí, señalándonos el uno al otro cuando veíamos algo interesante, dejándonos mecer por las olas, ajenos al exterior. Esto es lo que venía buscando.

Por la tarde hemos ido a la lonja. Habíamos ido en los ochenta, cuando vivimos en Bañolas, y también he notado la diferencia. Ahora es un espectáculo para turistas. ¡Gambas de Palamós a noventa y siete euros el kilo! Los turistas extranjeros compraban de todo, pero hemos estado haciendo cuentas y cada gamba salía como a cinco o seis euros. Yo comprendo a los vendedores: agosto, Palamós lleno hasta arriba de holandeses, franceses y alemanes con un alto poder adquisitivo ¿cómo no aprovechar la oportunidad? Pero yo no pago ochenta euros por dieciséis gambas, por buenas que estén. Tal vez en invierno los precios sean diferentes. La verdad es que me he llevado un pequeño chasco.

Luego hemos ido a pasear por el barrio viejo, lo que fue Palamós hace siglos, ahora calles pintorescas con restaurantes y tiendas de ropa y heladerías. Después de un rato yo tenía mucho calor y me he venido a casa. Maite y Paula, ahora, mientras escribo, todavía están por ahí, inasequibles a la temperatura y la humedad. He puesto el aire acondicionado a veintidós grados mientras me duchaba con agua fría y ahora lo he subido a veintitrés. Me he servido una cerveza helada. Del día de hoy me quedo con el largo rato que he pasado buceando en la cala con mi hija. Ese casi silencio bajo el agua a ratos fría en función de las corrientes, la bella fauna marina allí, tan ajena a nosotros y nuestras relaciones familiares y nuestras vacaciones y nuestras vidas.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Siete de agosto

Todavía no me he acostumbrado a la humedad de la costa. Quienes nacimos tierra adentro lo pasamos mal sometidos a ella. Menos mal que el apartamento que hemos alquilado tiene aire acondicionado porque no sé si podría dormir sin su ayuda. Donde sí se está bien es dentro del mar. Entrando y saliendo, siempre fresco a pesar del sol y la humedad.

Palamós se ha convertido desde los ochenta en una ciudad más grande que Barbastro; una ciudad, Palamós, que en verano se transforma en un caos de tráfico de coches y personas en las aceras de las calles y paseos principales. Nosotros vamos a bañarnos temprano y nos retiramos cuando comienza a llegar la gente, como hemos hecho siempre, pero Palamós ya no es el lugar que conocí cuando vivíamos en Banyoles hace más de veinte años, o al menos yo no lo recuerdo así. Aunque es inevitable: cuando Maite y yo nacimos en el planeta vivían tres mil millones de personas y ahora somos casi ocho mil millones. Es algo exponencial salvo en la España pobre y agraria, sin turismo ni playas, donde la población disminuye cada día hasta vaciar del todo territorios enteros. Sucede en Teruel, sucede en Soria, sucede en muchas provincias del interior.

Pero estoy de vacaciones y lo que quiero y necesito es relajarme, descansar, nadar y bucear en el mar, que es una de las cosas que más me gusta hacer, y comer bien y dormir largas siestas. Ni siquiera tengo ganas de hacer largas excursiones y visitar otros lugares. Mañana iremos a Cala Castell, a quince minutos en coche. A las nueve o nueve y media. A las once y media o doce de vuelta a casa pasando por el supermercado para improvisar la comida. Me apetece hacer un suquet de peix. Compraré la típica picada, que aquí ya venden preparada en un sobre; patatas y pescado y tomate, y también caldo de pescado. Con un buen vino blanco Bach Viña Extrísima seco bien frío estará buenísimo (o eso espero).

Me encanta cocinar en vacaciones porque puedo permitirme recetas lentas, hechas con productos frescos y servidas al momento. Cocinar para Maite y Paula, y también para mí. ¿Puede haber algo mejor después de haber buceado junto a mi hija junto a las rocas que envuelven la cala mirando peces y respirando a través de nuestros tubos de plástico? Creo que no. Me'n vaig a dormir. Bona nit.

martes, 6 de agosto de 2019

Seis de agosto

Segundo día en Palamós. Por la mañana nos hemos bañado en el mar mientras Paula dormía. Me gusta hacerme el muerto boca arriba y dejarme mecer por las olas, me relajo tanto que podría dormirme así (aunque imagino que esa posibilidad, físicamente, no es posible), y lo hago tan bien que Maite, que estaba a mi lado, se ha asustado y me ha dado un empujón diciéndome que realmente parecía muerto. Eso significa que me quiere. Yo también a ella. Tranquilamente, sin aspavientos. Nuestra nueva sombrilla es de color azul. He cocinado unos espaguetis a la vongole de escándalo. Escribo esto solo en el apartamento. Ellas se han ido a pasear. Un ochenta y siete por ciento de humedad no es para mí. Escribo esto al refugio del aire acondicionado. Las vacaciones, sobre todo para gente como yo, también tienen su punto de desequilibrio y adaptación. Diré también: el whisky con mucho hielo también está bien rico y frío. Esta noche cocinaré tortilla de patatas. Quiero que Paula, antes de que regrese a Noruega, recupere grasa, engorde, deje de ser aunque sea durante unos días la ratoncita flaca que es ahora. Voy a ponerme a ello después de escribir esta entrada en el diario. Mi modo de agradecer la vida es escribir y cocinar. Es la manera que hace que, para mí, merezca la pena.

lunes, 5 de agosto de 2019

Cinco de agosto

Trato de concentrarme durante unos segundos en las olas que rompen en la playa y se van para dar paso a las siguientes. Es difícil porque estoy en la playa de Palamós, rodeado de centenares de personas, familias, niños pequeños, Maite y Paula detrás de mí esperando, gaviotas de dos o tres especies distintas aparentemente dispuestas a descuartizarnos a todos si cerramos los ojos durante más de veinte segundos.

Corre marinada pero la humedad de la costa hace que los treinta grados de temperatura sean para mí un infierno que me empapa de la cabeza a los pies. Afortunadamente el apartamento que hemos alquilado tiene aire acondicionado, pero es el primer día y estoy muy cansado. El Jesús Miramón que devoraba kilómetros como si no hubiese un mañana ya no existe, fue tragado por un agujero negro hace mucho tiempo y sigue siendo tragado por ese mismo agujero negro ahora mismo, en esta vivienda de Ana y Carlos, una encantadora pareja de Gerona.

Hoy apenas nos hemos mojado los pies caminando por la orilla, pero mañana espero poder bañarme de verdad. Nada como sentir la fuerza del mar levantando y bajando un elefante marino flotante como yo; nada como deslizarme sobre su superficie en una cala de rocas contemplando el fondo respirando a través del tubo de plástico, asombrado de este mundo absolutamente insólito.

domingo, 4 de agosto de 2019

Cuatro de agosto

Hoy, literalmente, no he hecho nada. Nada de nada, absolutamente nada. He madrugado porque últimamente madrugo mucho, cosas de hacerme más mayor, he desayunado y después no he hecho nada. Ni siquiera, horas más tarde, comida, porque teníamos judías verdes con patatas que trajimos de Barbastro y, con un tomate rosa, unas anchoas y unos huevos duros las he convertido en una ensalada fría. He visto la carrera de Fórmula Uno, una de mis pasiones desde siempre, y nada más. No he leído, no he escrito. Cuando ha terminado la carrera de coches he dormido una larga siesta en el sofá, eso sí. Pero nada más. Hace un rato he metido mi ropa en una maleta para el viaje de mañana y ya está. Es raro no hacer nada y, a la vez, me doy cuenta de que está bien. Tras las emociones de ayer me hacía falta no hacer nada hoy. Si no hubiese hecho tanto calor me hubiera ido a pasear con Maite, pero cuando ha vuelto me ha dicho que había hecho muy bien quedándome en casa, y ella me conoce mejor que nadie.

Es importante saber no hacer nada. No es fácil. Y, ojo, no hacer nada no es aburrirse, yo jamás me aburro porque, como todo el mundo, siempre estoy pensando. Pienso mucho, tal vez demasiado. Debería aprender a no pensar en nada. He intentado no pensar en nada muchas veces pero todavía no lo he conseguido, me dijeron que hacían falta maestros que me enseñaran y yo no quiero maestros, yo soy Robinson Crusoe.

No hacer nada, dejar pasar el tiempo tranquilamente, disfrutar de una carrera de coches, de un documental o sencillamente navegar por internet sin un destino definido, mariposeando aquí y allá, es maravilloso. Debería hacerlo más a menudo. Estoy de vacaciones.

sábado, 3 de agosto de 2019

Tres de agosto

Hoy hemos tenido una comida familiar muy especial. Mi madre cumplió recientemente ochenta años y hoy nos hemos reunido absolutamente toda la familia: ellos, sus hijos y parejas, sus nietos y las parejas de sus nietos. Veintidós personas aparecidas y unidas entre sí en este mundo como consecuencia de que los jóvenes, casi niños, que fueron se enamoraran y decidieran emprender juntos esta aventura tan extraña y en ocasiones absurda.

Ahora mi madre no está bien. Tiene problemas de salud y mi padre la cuida. Ella cumplió, como digo, ochenta años y él tiene ochenta y tres. Les hemos regalado una fotografía milagrosa en la que aparecen bailando hace sesenta y cinco, cuando empezaron a salir ella con quince y él con dieciséis. La fotografía, en blanco y negro, la enviamos a imprimir en un ancho bloque de madera y, como no se la esperaban, les ha gustado mucho. Mi padre, al ver a su compañera con quince años, se ha roto un poco; mi madre, víctima de su enfermedad, no ha reaccionado demasiado, se sentía un poco confundida, pero luego ha pasado a darnos un beso a cada uno para agradecernos que estuviésemos allí con ellos.

La comida, como siempre en el restaurante El lechugero de Cascante, Navarra, maravillosa: ensalada de escarola con anchoas y foie, canelones de bogavante, zamburiñas, y de segundo espalda de ternasco al horno o chuletón o rodaballo o merluza rellena de chipirones en su tinta. Hemos comido bien, hemos bebido bien, nos hemos reído, hemos llorado un poco con la entrega de la fotografía, y ahora, ya en nuestro apartamento de Zaragoza, puedo decir que creo en el amor duradero. En mi familia más cercana lo tengo a mi alrededor, y cuando nos reunimos me doy cuenta de la suerte que hemos tenido todos nosotros. No es frecuente. Yo estoy con Maite desde los dieciocho o diecinueve años y tengo -tenemos los dos- cincuenta y seis, y la quiero muchísimo; mis hermanos lo mismo, ¡pero si hasta mi hijo, con veintidós, lleva con su chica tres años o más y están la mar de bien por ahora! Por cierto, ella ha conocido en esta comida por primera vez a la familia Miramón al completo, algo que me gusta mucho porque ya la sentía como parte de nuestra pequeña familia y ahora, desde hoy, también de la grande.

El día termina y estoy cansado. Los problemas de salud de mi madre me preocupan, pero hace tiempo que los sufre y eso hace que, de algún modo, vayamos aceptándolos. Afectan a su capacidad cognitiva y, aunque hay días que está mejor, otros no tanto. Mi padre lo sabe bien. El joven de la fotografía que baila con ella la cuida sesenta y cinco años después (y veinte personas más) con un amor tranquilo e inmenso, como es él.





viernes, 2 de agosto de 2019

Dos de agosto

A las once y media iremos a buscar a Paula a la estación de Delicias, en Zaragoza. Es precioso que un barrio -y una estación de tren y autobuses- se llame Delicias. El lenguaje y las palabras son preciosos, tesoros pequeños que utilizamos constantemente sin darnos cuenta de su potencia, de su poder.

Atardece lentamente en el privilegiado horizonte urbano frente a nuestro piso, libre de edificios. No sé si mi hija vendrá cenada, pero voy a hacer a una pizza casera de atún y champiñones. Y también ha quedado algo de las alcachofas con guisantes y jamón que comimos al mediodía. Y tenemos tomates rosa de Barbastro, y mozarella de búfala, y albahaca, y paté, y fuet, y jamón bueno. En mi familia la comida es una religión.

Pero hace calor. Escribo estas letras al auxilio de un ventilador (en Zaragoza no tenemos aire acondicionado, algo que tendremos que resolver más temprano que tarde). Me ha gustado mucho escribir: "escribo estas letras al auxilio de ". Me ha hecho sentir, durante unos segundos, heredero de una larga tradición de náufragos. Aunque, ¿quién no es un náufrago si se mira en el espejo? Hoy en Tuiter leí algo que me gustó mucho: "Tú eres tu problema". Por supuesto que sí. Mírate en el espejo ahora mismo y dite a ti mismo que no eres ni tu problema ni un náufrago. Luego recuerda el sabor de la comida, la alegría del amor, el sexo, los sueños.

jueves, 1 de agosto de 2019

Uno de agosto

El primer día de vacaciones siempre estoy nervioso. No sé por qué. He pagado el impuesto de circulación de la vieja Picasso, le he pasado la revisión de la ITV, he comprado dos panes integrales con cereales en la panadería de Mohamed, y toda la mañana estaba nervioso. Me cuesta acostumbrarme a estar de vacaciones. Siempre me pasa. Soy un hombre, como ya os habréis dado cuenta, de rutinas, de hábitos (no todos buenos). He pasado por la oficina para recoger una cosa y he atendido a dos personas de paso. Luego me ha llamado una gestoría a mi móvil y les he resuelto la duda y les he enviado por mi correo un formulario que necesitaban y yo sabía dónde buscar. Y así.

Ahora estoy en Zaragoza. En Barbastro ha quedado Carlos, que está trabajando en una bodega para sacarse unos euros mientras piensa en su futuro como bombero forestal. Le hemos pedido que cuide del apartamento durante estos días, pero yo, que también tuve veintidós años, sé perfectamente en lo que está pensando. No pasa nada.

Sopla el cierzo de pared a pared en nuestro piso de Zaragoza. Es un gustazo. En el barranqué, que es como le llamamos a Barbastro los que vivimos allí, no suele haber viento porque precisamente es el fondo del río Vero, una hondonada en el terreno. Pero aquí, en Monsalud en Zaragoza, un poco más altos que el el resto de la ciudad, el cierzo corre que da gusto y me refresca mientras escribo estas líneas. En invierno es terrible, pero en verano es un consuelo cuando llega la noche.

Mi primer día de vacaciones y mi primer mes entero de vacaciones en muchos muchos años. Este verano ha coincidido que ni mi compañera ni mi compañero querían tomarse un día en agosto, así que he aprovechado. ¿Recordaré algo cuando regrese dentro de un mes (si no ha pasado algo que me haya hecho regresar antes)?

Esta noche intentaré dormir bien. En Zaragoza suelo dormir mejor que en Barbastro. Escribir escribo igual. Creo que podría escribir en cualquier parte del mundo con las mismas carencias y los mismos posibles y diminutos hallazgos. Miro a mi alrededor y doy testimonio de la casi nada. De lo casi invisible. Ese es mi proyecto.

miércoles, 31 de julio de 2019

Treinta y uno de julio

Último día antes de las vacaciones. Somos una región enorme pero poco poblada, una provincia con muy pocos habitantes y, después de tantos años, el amplio territorio que mi agencia comarcal abarca no impide que haya atendido siquiera una vez a casi todos los usuarios que vienen a preguntarme e informarse. Esto es algo que me encanta, porque así como mi memoria es atroz para casi todo, no lo es para las personas. Es como si, tras tanto tiempo atendiendo al público, mis neuronas espejo se hubieran especializado y me fuese imposible olvidar que el hijo de aquel ganadero era forestal o aquella señora de tal pueblo se cayó de la banqueta descolgando una cortina. Y siempre les sorprende que lo recuerde y, también me doy cuenta, lo agradecen mucho. Imagino que a mí también me sucedería: sentir que no soy un número nada más. Pero no lo hago a propósito, es un "superpoder" adquirido por el uso de ese aspecto concreto de la memoria en mi trabajo diario.

Mañana comienzan mis vacaciones y no estoy exaltado, no salto de felicidad. Estoy tranquilo. La semana que viene la pasaremos en la playa, y el resto entre Barbastro y Zaragoza. Me hace ilusión bucear con mi tubo y mis aletas, más aún si es junto a mi hija que vive tan lejos todo el año; y comprar unas gambas de Palamós en la lonja del puerto, y comer un arroz negro cerca del mar; y dormir mucho, y leer, y escribir este diario, y hacer fotografías y desconectar de la información de la Seguridad Social que cada día ocupa mi cerebro para transmitirla a los demás. Pero no es estrictamente una liberación porque me gusta mucho mi trabajo. Y es ahora, en los albores o pre-albores de mi vida profesional, aunque todavía me quedan algunos años, cuando me doy cuenta de la suerte que tengo. Ni tomar vacaciones es la alegría mayor de mi vida ni regresar será una condena a los infiernos. Soy un ser humano muy afortunado, y no sólo por lo que he contado en esta página de hoy. Lo soy porque me gusta mi trabajo y, sobre todo, porque me siento querido, amado en este mundo que a veces no comprendo del todo, este mundo que exploraré hasta el último momento de mi vida consciente. Ser amado es lo mejor que me ha pasado, me pasa y me pasará jamás, y no encuentro palabras para expresar tanto agradecimiento, tanta felicidad.

martes, 30 de julio de 2019

Treinta de julio

Cinco y veinte de la madrugada.  Estoy despierto desde las tres y media.  No me preocupa más allá de que mañana lo notaré un poco en el trabajo porque no suelo tener insomnio, pero me doy cuenta de lo larga que es la noche. La noche, en su centro, parece interminable.

lunes, 29 de julio de 2019

Veintinueve de julio

He llamado a mi madre porque hoy cumplía ochenta años y, sobre todo, porque la amo. Estaba muy contenta a pesar de su precario estado de salud. Ayer mismo, sin ir más lejos, estuvo en urgencias por un dolor intestinal agudo. Le dijo al médico de urgencias que mañana, por hoy, cumplía ochenta años, y que esperaba cumplirlos. El médico, mucho más joven que sus hijos, se rió. Y ella, a quien con una inyección ya le habían borrado el dolor de la tripa, se rió también. Las cosas, desde el día en el que amanecemos al mundo, comienzan a precipitarse sin remedio hacia su final.

Mientras hablaba con ella su voz vibraba de un modo especial. Estaba tan contenta. Ochenta años. El próximo sábado nos reuniremos todos para celebrarlo en mi pueblo de nacimiento, en Navarra, el pueblo de mis padres y sus padres y los padres de sus padres.

Estaba tan contenta. Hemos conversado un buen rato. Mi madre dice que ya puede morirse tranquila, y, como la conozco, sé que lo dice en serio. Pero ninguno de sus hijos queremos que se muera tal y como está ahora. Y sé lo que acabo de pronunciar en voz alta, soy perfectamente consciente de ello. Todos deberíamos serlo.

Es momento de celebración. Ayer estaba en urgencias y hoy era feliz recibiendo tantas llamadas de teléfono y tantas felicitaciones. Mis padres son una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida, bueno: ellos me trajeron a esta realidad maravillosa y dura a la vez.

De mi padre he intentado heredar, no siempre con éxito, la honestidad extrema, sin titubeos ni dudas, la paciencia, la bondad, la generosidad, saber callar cuando hablar no aporta nada a una discusión, etcétera; de mi madre no he podido evitar el genio inesperado, la rebeldía, el no saber callar cuando las palabras brotan de tu garganta sin filtros, tal vez cierta maravillosa inteligencia de origen puramente natural y una curiosidad abierta a todo, sin prejuicios.

Son, Jesús Miramón y Nati Arcos, tal para cual, complementarios. Y yo soy su hijo, y con los años voy identificando perfectamente su herencia en mí. En mí y en quienes me rodean diariamente. Puedo sentir su herencia en mis hijos, en mis hermanos, incluso en mis sobrinos y sobrinas. Qué milagro.

sábado, 27 de julio de 2019

Veintisiete de julio

No he dormido bien la siesta y lo noto. Me siento cansado pero con ese cansancio placentero, de dejarse ir, de importarme todo una mierda. A veces va bien. Mañana es domingo: orgía.

viernes, 26 de julio de 2019

Veintiséis de julio

Hoy he quedado a comer con cuatro amigas para celebrar la reciente jubilación de una de ellas. Hemos comido un maravilloso arroz caldoso con carabineros en un sitio que no conocía, La esquineta, y me ha gustado mucho. Su cocina está muy por encima del aspecto del restaurante. A menudo pasa al revés. Volveré.

La recién jubilada es una persona muy especial, la trabajadora social del Centro de Salud junto al que trabajamos. Ella y yo, sobre todo en los últimos años, hemos llevado juntos casos complicados de desarraigo, maltrato, enfermedades mentales, etcétera. Mabel, que es como se llama mi compañera y amiga, ha llegado a ir a casa de una persona a sacarla de la cama para llevarla en su propio coche a Huesca frente al tribunal médico de la Seguridad Social. Como a veces decíamos riéndonos, nos preocupamos más nosotros por ellos que ellos por sí mismos, pero es que las enfermedades mentales son así.

Mabel es un ser humano muy especial, con una personalidad fuerte y arrolladora y, sobre todo, con un corazón de tamaño descomunal. Una persona generosa como pocas he conocido. Lleva jubilada desde el uno de julio y ya la echo de menos en casos laborales que me han llegado después. Menos mal que me queda Alodia, la trabajadora social de salud mental del Hospital de Barbastro, otra magnífica profesional. Ella ha heredado conmigo algunos de nuestros expedientes más complicados.

Por nuestras vidas pasan a lo largo de los años, sobre todo cuando van siendo muchos, multitud de seres humanos de quienes poder aprender. A mí Mabel me ha hecho mejor persona, me ha hecho comprender que para colaborar en las situaciones ajenas más problemáticas debemos centrarnos en ayudar, nunca en compadecer; y también en ser duros suavemente cuando hay que serlo, siempre para beneficiar al enfermo, que a veces no acude a las citas, que a menudo no quiere aceptar lo que le sucede aunque ello le conduzca a la pobreza y el pozo más oscuro. Ella removía cielo y tierra y de hecho sacó a mucha gente literalmente de la calle, de debajo de un puente. En eso Sofía, mi compañera, y yo, colaborábamos con ella buscando todas las opciones, descartando unas, apostando por otras y aprendiendo siempre de su entusiasmo y su compromiso con su profesión.

Sí, la voy a echar de menos pero este rincón de Huesca es muy pequeño y seguiremos viéndonos y, sobre todo, sé que si algún día necesito llamarle por teléfono para pedirle una opinión puedo hacerlo sin ningún problema. Te quiero, Mabel, eres maravillosa. Disfruta de tu merecida jubilación. Has hecho mucho bien a muchos y muchas. Un beso enorme.

jueves, 25 de julio de 2019

Veinticinco de julio

Nunca sé lo que voy a escribir. Ahora, por ejemplo, he tecleado todas estas pocas palabras e ignoro las que vendrán a continuación. Porque lo hago en directo. Escribo en la misma página de Blogger, sin filtros ni correcciones previas (las mías siempre son a posteriori).

Me traslado de aire acondicionado en aire acondicionado. Desde el del trabajo al de casa, desde el de casa al del coche, desde el del coche al del supermercado. Soy como un vampiro huyendo de la luz.

Nunca sé cómo voy a terminar mi página del diario. Ladra un perro. Croan las ranas. El ventilador gira en mi dormitorio como la hélice de un hidroavión de los que apagan incendios forestales. Siempre escribo en mi dormitorio, en la pequeña mesa que instalé junto a mi cama, aunque estas noches duerma en el sofá cama del salón, frente al aire acondicionado.

El caso es que nunca sé cómo terminaré el último párrafo, la última frase antes de cerrar el cuaderno, y hoy no va a ser distinto.

miércoles, 24 de julio de 2019

Veinticuatro de julio

Esta mañana el coche de mi hijo Carlos ha amanecido con las dos ruedas del costado derecho, el que daba a la acera, reventadas por una navaja u otro objeto cortante. Ha tenido que venir la grúa, etcétera. "Pero yo no tengo enemigos", me ha dicho, todo "rallado", como dice la gente de su edad. "No te ralles, cariño", le he dicho, "habrá sido algún gamberro, hay gente así". Y le he contado que hace muchos años, antes de que él naciera, cuando su hermana era un bebé, a mí me pasó lo mismo: me pincharon a mala hostia las dos ruedas que daban a la acera. Pero él seguía pensando en quién habría podido ser entre sus conocidos, y por qué. Es un joven de veintidós años relativamente popular, tiene muchos amigos. No podía evitar tratar de dilucidar, según sus palabras, qué cabrón le había podido hacer eso. Porque los coches aparcados tras el suyo no habían sido dañados, eso lo hemos comprobado después. Y yo sufría de verlo así, un poco en bucle, pero enseguida he caído en la cuenta de que, a su edad, a mí me hubiera pasado lo mismo.

Hacerse mayor trae, junto a algunas desventajas obvias, ventajas no tan visibles desde la juventud. Las preferencias. Ha venido la grúa, ha llevado el coche al taller y sólo será dinero. Ruedas nuevas y revisión preiteuve. Las preferencias: no "rallarse" con lo que ya ha sucedido y centrarse en solucionarlo y seguir sonriendo y disfrutando del momento.

Es por eso que no me cambiaría por mi yo de veintidós años ni de casualidad. También con cincuenta y seis años se tienen disgustos y se pasa mal, pero se viven de modo diferente, muy relativo. ¿Qué me quedan? ¿Treinta años con suerte, seguramente menos, muchos menos si mañana aparece alguna enfermedad como las que cada día veo desfilar al otro lado de mi mesa de trabajo?

Pero no he olvidado cómo era yo a los veintidós años y comprendo a mi hijo. Le han rajado las ruedas del coche y no sabe quién ha sido. Le comprendo muy bien. Yo hubiera reaccionado igual. Le costará algunos días, tampoco demasiados, dejarlo estar. Todo está bien.

Leí una vez que los padres no deberíamos impedir que nuestros hijos escalen las ramas de los árboles, sino estar lo suficientemente cerca por si se caen. Algo así.

martes, 23 de julio de 2019

Veintitrés de julio

Hay días que, a pesar del calor, acaban bien, y hoy es uno de ellos. A pesar del calor y a pesar del cansancio que el calor causa en mi cuerpo y mis meninges.

Confieso que la fotografía de Instagram de hoy ha sido hecha para cumplir el compromiso de una cada día, como estos textos diarios, durante este año de nuestro señor de dos mil y diecinueve. Dos botellas de agua metálicas de las que mantienen el líquido frío durante horas, nuestro último descubrimiento. Un pequeño bodegón.

Siempre lo digo pero es verdad, tanto en este diario de intención más o menos literaria como en mi fotografía diaria de Instagram mi objetivo es dar testimonio de una vida común, una vida absolutamente corriente. Siempre me ha fascinado esa posibilidad, y quién más común y corriente que yo, un funcionario de una ciudad pequeña de provincias, diletante, casado, enamorado de su mujer, amante de sus hijos, etcétera.

Lo intento porque disfruto intentándolo. La creatividad requiere voluntad y trabajo, eso es algo que he aprendido con los años. La creatividad, como la felicidad,  es en gran parte voluntad.

lunes, 22 de julio de 2019

Veintidós de julio

En términos políticos, a menudo me encuentro en medio de disparos cruzados. Siempre he sido y sigo sintiéndome de izquierdas, más socialdemócrata -ah, la edad- que otra cosa. Soy antinacionalista; creo que el nacionalismo y la religión, a la que el primero tanto se le parece, son una lacra de la humanidad; y soy partidario de un planeta federal, un mundo de igualdades continentales que hable en nombre de la tierra. Ser esas tres cosas me convierte en radical, en facha y en ingenuo, las tres cosas a la vez. Bueno, es posible que la última me la merezca un poco.

A mi provecta edad me importa poco lo que los demás puedan pensar de mí (a los jóvenes os digo: la edad os hará libres y lo disfrutaréis tanto como yo), pero sigo dando mi opinión, no me callaré nunca. Lo hago tranquilamente casi siempre, y digo que en estos tiempos de PP, Ciudadanos y Vox quiero un gobierno de coalición, el primero en la historia de nuestra democracia, progresista y de izquierdas. Eso voté el veintiocho de abril y eso quiero, no otra cosa.

Si PSOE y UP no se ponen de acuerdo y hay nuevas elecciones preferiré quedarme en casa golpeándome los testículos con dos piedras antes que ir a votar. Ya tuvieron un mandato clarísimo, que se pongan de acuerdo o que se olviden de los viejos rojos como yo.

domingo, 21 de julio de 2019

Veintiuno de julio

Entramos en otra ola de calor aunque los pesados como yo nos vamos aburriendo de quejarnos, algo que quienes nos rodean agradecen enormemente. Sobre todo esas extrañas criaturas a quienes este infierno les parece el buen tiempo, y hay muchas, muchísimas, llenan piscinas y playas, festivales de música, terrazas, no sé, me cuesta entenderlo.

Pero hasta yo me he cansado de quejarme y sólo escribiré una cosa: la vida es algo maravilloso.

sábado, 20 de julio de 2019

Veinte de julio

Yo tenía seis años cuando el ser humano caminó por primera vez sobre la luna o, lo que es lo mismo, pertenezco a la primera generación humana en la que nuestra especie logró viajar más allá de nuestro planeta. A partir de aquel suceso histórico que ahora se conmemora recuerdo una adolescencia donde se vaticinaban nuevos tiempos de avances tecnológicos que no sucedieron, que no han sucedido aún. Colonias lunares, vehículos autónomos, comida de astronautas para todos, una federación planetaria, la exploración de nuevos planetas donde poder vivir, etcétera.

Las cosas han ido más despacio, infinitamente mucho más despacio de lo que cuando tenía quince años leía en revistas e incluso en enciclopedias, pero será verdad que soy optimista porque pienso que seguimos caminando. Más despacio pero existe una vetusta estación espacial internacional girando alrededor de nuestro hogar desde hace mucho tiempo, y hemos enviado a Marte naves del tamaño de coches que van de aquí para allá investigando y tomando muestras. Hemos descubierto agua allí y también en nuestro pequeño satélite que hace que suba y baje la marea en las playas tan lejanas, ay, de esta habitación.

El cambio climático es una amenaza, una realidad actual. Pero el ser humano, su cerebro y, sobre todo, la suma de sus millones de cerebros, tal vez sea capaz, no de revertirlo, algo imposible ya a día de hoy, sino de desarrollar tecnología que compense nuestros errores. Si existe una especie capaz de sobrevivir en el desierto más árido y en el ártico más gélido esa es la nuestra; y si existe una especie capaz de inventar algún sistema tecnológico para expulsar de nuestra atmósfera el CO2, por ejemplo, es la nuestra.

Yo tenía seis años cuando el ser humano pisó por primera vez la superficie de un lugar de nuestra sistema solar distinto al nuestro. Sé que volveremos. Sé que iremos mucho más allá. Sé que yo no lo veré, pero sí, tal vez, lo verán mis tataranietos, o los tataranietos de mis tataranietos o de alguien, quien sea, da igual, pues cada día soy más consciente de que todos, incluso quienes se matan entre sí, somos parientes cercanos. Compartimos este hogar. La vida individual es muy breve. El pesimismo no es una opción para quien sólo es un parpadeo.

viernes, 19 de julio de 2019

Diecinueve de julio

Por la mañana atiendo a un joven de quince años que viene con su tía. Es de Senegal y lleva poco tiempo en España. No tiene pasaporte, no tiene ningún tipo de documentación, sólo una hoja de papel timbrada con dos sellos de la comuna del lugar de donde proviene, escrito en francés. Siente mucho dolor en la muñeca del brazo derecho y, como menor de edad, tiene derecho a asistencia sanitaria gratuita y universal (los menores de edad y mujeres embarazadas lo tienen garantizado en España), aunque debe estar empadronado en Barbastro. Pero sucede que no se puede empadronar en casa de su tía -o supuesta tía, pues no hay modo de acreditar dicho parentesco- porque no tiene ningún documento de identidad donde aparezca su imagen, ni tiene, como menor de edad, ningún documento de tutela o permiso de sus padres senegaleses para viajar fuera del país o cediendo la custodia a su tía. Hablo con tarjetas sanitarias en Huesca: sin un documento que acredite su edad fehacientemente, y el folio que aporta es harto escaso para ello, no se le puede dar asistencia gratuita.  Subo con ellos a ver a la trabajadora social del Centro de Salud. Lo esencial, insisto, es que se le trate y después ya se verá qué sucede con su situación legal. Estamos de acuerdo y será tratado médicamente. Su situación legal, ante la necesidad médica, es secundaria.

Ahora bien: ningún senegalés puede entrar en España sin un pasaporte visado en la aduana. Este joven que lo mismo podría tener quince que veinte años y no habla una palabra de español ni de francés, mira a la ventana que hay tras mi silla de trabajo mientras yo hablo con su tía, que está muy embarazada y suda profusamente. A ella le digo: "Pero sin pasaporte no se puede entrar legalmente en España, ¿su sobrino ha venido en patera? Yo sólo quiero ayudarle, pero necesito saberlo, porque no puede ser que siendo menor de edad no tenga ninguna documentación, ni siquiera el documento de identidad de su país". Ella me mira durante cinco segundos sin decir nada y ya me ha contestado. Vuelvo a observar al joven sentado a su lado. Fuerte, casi atlético, camiseta y pantalones de pitillo, zapatillas deportivas de color naranja. Lo imagino desembarcando en una playa del sur de España con un teléfono y una dirección de Barbastro, en la provincia de Huesca. Es probable que sea su tía de verdad, y ella le enviara dinero para que pudiera venir hasta aquí. ¿Quince años? Aparenta ser más mayor pero en el pequeño papel del ayuntamiento de su pueblo, el único documento que posee, dice que nació en dos mil cuatro.

Y a continuación pienso en el viaje desde Senegal a la costa frente a Europa, las dificultades por las que ha pasado este joven que ahora se deja llevar de aquí para allá por su tía. La travesía. La travesía en el mar con decenas de personas arriesgando su vida. Las olas zarandeando la patera. Tal vez los muertos siendo lanzados al mar. Ese papel envuelto en plástico bien guardado entre su ropa, el que ahora tengo en mis manos. El esfuerzo de su familia en Senegal para reunir el dinero suficiente para pagar a los traficantes el precio para que al menos uno de sus hijos pueda llegar a Europa, exactamente hasta el otro lado de mi mesa.

Pero todo no ha hecho sino empezar. Mientras le miro deja de contemplar el castaño de indias tras mi silla y me mira a los ojos. Los suyos están ligeramente inyectados de sangre. Le digo despacio y sonriendo: "Vamos a ayudarte". Pero no reacciona. No sonríe, no dice nada. Ni siquiera muestra un gesto de tristeza, sólo indiferencia. Su tía dice en perfecto castellano: "Está así desde que llegó".

jueves, 18 de julio de 2019

miércoles, 17 de julio de 2019

Diecisiete de julio

Si escribo es para dar testimonio. No tengo otra ambición. Y lo hago sabiendo que todas estas palabras escritas con tanto cuidado, este testimonio de hombre común y corriente, serán borradas de este mundo por un rápido meteorito gigante, el lento fin del mundo o el olvido de las colonias humanas exteriores, cada vez más autónomas, nuevas especies, tan lejanas de esta noche de calor en la tierra de hoy, de ahora, hace siglos.

martes, 16 de julio de 2019

Dieciséis de julio

Por la mañana fuimos a visitar un rato a mis padres. El próximo veintinueve de julio mi madre cumple ochenta años y el siguiente sábado tres de agosto nos reunimos toda la familia en el restaurante El lechugero de Cascante, en Navarra, mi pueblo y el de mis antepasados. Regentado por mis amigos de veranos adolescentes, Carmelo en sala y Angelines en la cocina, mi familia lo celebramos todo allí, y algo tan bonito como cumplir ochenta años no podía ser una excepción. Se da también el caso de que los fundadores originales del restaurante y hostal, que al principio era una tasca, son amigos íntimos de mis padres desde la infancia hasta hoy.

Mi madre nos ha dicho que le hacía mucha ilusión reunirnos a todos ese día, y entonces yo he recordado que mi iPhone me había enviado el día anterior uno de esos recuerdos que recopila la aplicación de fotografías, y precisamente eran fotografías de mis bisabuelas, mis abuelos y también de mis padres cuando se conocieron, con apenas quince años. Hemos estado viéndolas. A ratos señalaban: este está muerto, esta también, este muerto, este muerto... Yo me partía de risa. Sois unos supervivientes, les he dicho, sabiendo que, como todos, algún día dejarán de serlo. Le he guiñado el ojo a mi padre, que estaba contento de ver a mi madre tan lúcida y tan majica hoy, y le he dicho: Papá, a este paso la mamá no deja vivo a ninguno.

Ha sido un rato agradable. Había fotos maravillosas.  Qué guapos y qué jóvenes eran estos dos seres extraordinarios a los que todavía puedo abrazar y besar y oler.  Y qué poco podían imaginar que tendrían cuatro hijos, tres nueras, un yerno y diez nietos que les quieren, más las parejas de mis sobrinos y sobrinas y mis hijos. La vida creciendo como una enredadera.


lunes, 15 de julio de 2019

Quince de julio

Escucho a Maite hablar con nuestra hija con el manos libres del teléfono en el salón. Sus risas. Paula se ha cortado un poco el pelo (para ellas mucho, yo ni me he dado cuenta en una fotografía que nos ha enviado).

Madre e hija; la primera filóloga y profesora de Lengua y Literatura de secundaria en Barbastro, España, la segunda bióloga molecular y genetista en Bergen, Noruega, hablando de cortes de pelo y otras maravillosas y ligeras cosas mundanas que hacen del mundo un lugar menos denso, menos importante. Las oía reír y mi corazón reía con ellas. Tienen una relación que me fascina. Cuánto me gusta la vida normal, si eso es posible.

domingo, 14 de julio de 2019

Catorce de julio

Hoy no me hemos salido de casa en todo el día. Llovió mucho durante la noche y no ha hecho calor. Hicimos vermut, comimos un lomo a la aragonesa que hice en Barbastro, dormimos la siesta y ¿qué más se puede pedir? Me gusta cuando las cosas son sencillas. Un poco secretas. Ni mucho ni poco. Sin dolor de cabeza, sin sudor, sin tinnitus, sin picor en la piel. Normalidad nada más, eso que a menudo tanto me falta a mí y le sobra a tanta gente. Dentro de un rato cenaremos. La felicidad, lo sé, es esto. No padecer. Dejarse llevar plácidamente y, sobre todo, no salir de casa sin ganas de salir. Oh, qué placer estar aquí todo el día juntos, dormidos, despiertos, dormidos de nuevo.

sábado, 13 de julio de 2019

Trece de julio

Estamos en Zaragoza. La discusión de ayer pertenece al pleistoceno. El cielo sobre esta ciudad que quiero y odio un poco a la vez era gris, bochornoso, un radiador de calor que rebotaba en alquitrán, cemento, cristal y hormigón.

Hace un rato cayeron cuatro gotas que, casi antes de tocar la superficie de este lugar, se evaporaron como si nunca hubieran existido.

Sí, sé que el verano me convierte en un animal esquizofrénico, uno de esos tristes ejemplares de oso polar que caminan repetitivamente de un lado a otro de su espacio en un zoológico muy lejos del Ártico. ¿Qué puedo hacer? Siento dar tanto la brasa, pero es que, si de normal ya no estoy bien del todo, en verano todo se dispara y me vuelvo loco. Loco. Loco. Porque estoy loco. Soy un loco sudando delante de un ventilador escribiendo que está loco.

Sólo una cosa me impide alejarme de la razón pulcra y obsesivamente ordenada con la que intento dar testimonio y escribir cada día de cada día: el amor de la gente que me quiere, que es, para mi sorpresa, mucha. El amor que recibo de los demás y el que siento por personas, libros, películas y música mantienen mis demonios a una distancia más o menos segura del descalabro. Lo sé y nunca lo había confesado tan crudamente.

Ojalá el amor nunca me abandone. No solamente el que doy sino, sobre todo, el que recibo. Es lo que me mantiene en equilibrio. Es lo que alimenta mi esperanza y mi optimismo un poco impostado pero tan deseado y verdadero en realidad. El amor cierto, el del perdón.

viernes, 12 de julio de 2019

Doce de julio

Mi compañera y yo hemos discutido. Hacía tanto tiempo que no lo hacíamos: semanas, meses (es lo que tienen las relaciones de larga duración), que no sé muy bien qué hacer, se me ha olvidado.

Recuerdo que a ella le costaba más hacer borrón y cuenta nueva. Yo soy ligero como pompa de jabón, móvil como pluma al viento, pero a ella le costaba un poco más. Imagino que son cosas que van en el carácter de cada uno.

Sé que pasará. Todo pasa y la amo, y creo que ella también me quiere.

jueves, 11 de julio de 2019

Once de julio

A medida que voy
haciéndome mayor
cierta tranquilidad va
instalándose en
mi manera de experimentar
toda esta locura que
vino a mí sin permiso.

Sé que terminaré el viaje.
Viajaré hasta que
la música se apague,
y también la luz, y
también los sentimientos, y
el tacto y el oído y el olfato,
y el gusto, y la vista y,
sobre todo,
el sexto sentido.

Navegamos hacia
lo desconocido
levemente.

miércoles, 10 de julio de 2019

Diez de julio

Libro muchas batallas a la vez pero todas son pequeñas. Ahora envío una crema con corticoides hacia aquel valle, ahora detengo una columna tras las colinas con cortisona para tranquilizar las cosas en ese sector y permitirles descansar y, a continuación, vuelvo a mi tienda, como un pollo a l'ast con las manos (existen pocos placeres semejantes que puedan hacerse con las manos) y bebo vino directamente de mi cuerno de uro y ordeno a las tropas que no me molesten hasta el amanecer excepto circunstancias de mucha necesidad.

Ser un conquistador es duro, muy duro. Y lo más duro, lo que nadie sabe, es que en realidad me precipito hacia adelante empujado por las circunstancias, no por mi voluntad.

Si realmente fuese tan valiente como creen mis tropas, haría detener la horda y les diría: "Yo lo dejo aquí. Elegid un nuevo general y hacedlo bien, alguien con palabra que cumpla lo que dice, no como en la Hispania de dentro de dos mil años, cuando Pedro Sánchez, presidente del Partido Socialista, se orine en la voluntad de quienes le votarán pensando que hará un gobierno de centro izquierda: amarga decepción. No hagáis lo mismo dos mil años antes. Me voy. No os deseo ni buena ni mala suerte porque, como habéis podido comprobar, puedo ver el futuro. Y ahora dejadme terminar con las manos grasientas mi pollo a l'ast y mi cuerno de uro lleno de vino y miel, dejadme ser feliz antes de desaparecer en las lejanas estepas donde asoman colmillos de mamut en la tierra helada".

Pero no soy realmente tan valiente como creen mis tropas, y los colmillos de mamut asomando de la tierra helada es el recuerdo de un sueño. Nunca viajé tan al norte. Me lo contaron viajeros extranjeros cuando era niño.

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He dormido bien sobre las pieles de lobo. Despierto y salgo al exterior. A lo lejos, en el estuario del mar de plata, columbro el brillo de los mármoles de los templos. Antes de subir a mi caballo tomo mi antidepresivo y los ansiolíticos de cada mañana; un capuchino con pan tostado y aceite de oliva virgen extra: rutinas. Mi ejército me observa expectante. Hoy tengo que conquistar Roma. No puedo, como Pedro Sánchez dentro de muchos siglos, fallar.

martes, 9 de julio de 2019

Nueve de julio

Finalmente por la noche llovió mucho, y al despertar entraba por el balcón la mezcla del aroma de la hierba húmeda que crece junto al río y el cemento y el asfalto de la calle mojados por la lluvia. No sabría decir si era un olor dulzón, antiguo, fresco o cálido, pero era claramente el eco que la lluvia había dejado en mi calle, y me asomé a ella en calzoncillos y lo inspiré con deleite porque lo echaba tanto de menos.

Por desgracia con la luz del sol ya no volvió a llover más, y poco a poco el calor regresó a sus dominios deseoso de vengarse sin piedad de quienes le habíamos traicionado.

lunes, 8 de julio de 2019

Ocho de julio

En los programas que predicen el tiempo meteorológico anunciaron tormentas para hoy y mañana. Todos lo esperábamos con anhelo, así que esta mañana, cuando el cielo se ha puesto negro al otro lado de los ventanales de la Agencia Comarcal de Información de la Seguridad Social de Barbastro, todos nos hemos empezado a ilusionar. Alguno -vale: yo- incluso se ha atrevido a decir: "¡Pero que no sea granizo!", pensando en las viñas esplendorosas y los campos de maíz creciendo centímetro a centímetro cada noche.

Pero, oh, vana ilusión, fueron cuatro gotas que, al contactar con el suelo caliente, convirtió la atmósfera de la calle en una especie de pequeña sauna, y nada más. Nada más. Volvió a salir el sol ante nuestras miradas estupefactas. Nada más. El verano siempre, siempre, siempre es cruel. Y más que lo será. "Que no sea granizo", ¿qué idiota dijo eso?

domingo, 7 de julio de 2019

Siete de julio

El domingo discurre tranquilamente bajo esa distorsión de la luz sobre las carreteras y los edificios que genera el calor extremo. Aunque en mi cubículo contaminador con el aire acondicionado a veintitrés grados me siento como un astronauta a salvo mientras exista energía en la nave.

Por la mañana muy temprano, la única hora en la que se puede salir a caminar seis kilómetros, Maite y yo fuimos a pasear. Hoy no vimos ningún animal salvo las aves que siempre están ahí. Durante unos minutos pensé que volveríamos a ver otro jabalí en el agua huyendo hacia la vegetación de nuestra presencia, una repetición no prevista, un fallo de Matrix, pero no sucedió. Tal vez nuestras vidas son realmente improvisadas.

Ayer por la noche regresó mi hijo Carlos Miramón del campamento más allá de los Llanos del Hospital, en Benasque, una experiencia de montaña organizada desde hace muchísimo tiempo por un hombre extraordinario de Binéfar, Faustino Rami; unos campamentos a los que comenzó acudiendo de niño y ahora, con veintidós años, va para echar una mano si no trabaja. Me gusta que mi hijo ame la montaña y la naturaleza. Me gusta también que los niños y niñas que acuden a esos campamentos le quieran mientras camina montaña arriba con cinco o seis mochilas colgadas de su cuerpo.

El hecho es que anoche regresó de la montaña y quería comer mi comida. Ya sabemos lo que sucede en esos sitios donde comen niños, adolescentes y adultos: comida de rancho, que guste más o menos a todos y que tampoco sea muy cara: salchichas de frankfurt, arroz a la cubana, macarrones con tomate, pollo rebozado, etcétera (creo que por cualquiera de esta comidas moriría ahora mismo, pero ya me comprendéis). Así que hoy ha comido una crema de puerros fría que hice el otro día y un bacalao desalado a la vizcaína con su carne de pimiento choricero y su tomate y sus pimientos y su canesú que estaba para, como ha sucedido, fundirnos media barra de pan. En esta casa nos gusta comer comida de yaya, que decimos. Yo soy un experto cocinero de comida de yayas.

¿Que por qué he hablado de mi hijo y de lo que hemos comido? Porque ha formado parte de este domingo que, sí, lo sé, lo he repetido mil millones de veces y lo haré otra vez: no se repetirá nunca. A menos que exista un repetición extraña, un déjà vu, un fallo del software que rige toda esta experiencia maravillosa y extraña al mismo tiempo. Mañana es lunes. Me gusta tanto mi trabajo que no siento ninguna pena por eso. Pero lo que está sucediendo en el Mediterráneo sí, mucha. Y también indignación.

sábado, 6 de julio de 2019

Seis de julio

Como hace tanto calor esta mañana fuimos a dar nuestro paseo junto al canal a las siete y media de la mañana. A las ocho sorprendimos a un jabalí dándose un baño que, al vernos, salió corriendo y se escondió en la espesura. Estaba allí, a dos metros, y pensé en todas las veces que he visto huellas de jabalí en el barro de los charcos del invierno, y pensé que si estaba viendo a uno es porque hay cien, y los hay, y más de cien, tal vez miles, porque me lo dicen los agricultores, sobre todo los que cultivan maíz. "Si una piara se adueña de un campo cuando vayas a cosechar tendrás un montón de círculos sin una mazorca en condiciones". Porque son muy listos y van cambiando de ubicación. Listos y duros. Una mañana en el trabajo otro agricultor me decía: "Y no sabes lo duros que son, pueden comer todo, hasta veneno, y no les pasa nada. Hasta zapatos viejos tirados por ahí se comen, se lo comen todo y no les pasa nada. No hay animal más duro y resistente que el jabalí", decía.

Ha sido una experiencia bonita. Yo no soy cazador ni tengo una opinión especialmente favorable hacia la caza, aunque reconozco que al no existir depredadores naturales especies como el jabalí se están convirtiendo en una plaga, al menos en este territorio. Pero ha sido bonito ver a un animal verdaderamente salvaje en plenitud de facultades, no muerto, no atropellado, no enfermo, nadando en el canal y saliendo a toda velocidad de él al vernos. No era un ejemplar grande, parecía joven. Tal vez por eso se dejó llevar y siguió actuando a la luz del sol, sin esconderse al amanecer como hacen todos.

Siempre que vamos a caminar por el campo lo hago con los ojos bien abiertos. Normalmente sólo hay aves. Una zona de abejarucos, otra de aviones comunes como los que anidaban en el alero de nuestra casa en Binéfar. Y verderoles, jilgueros (cardelinas las llamamos en Navarra y Aragón), pequeños gorriones moros en pequeñas bandadas jugando con nosotros volando de arbusto en arbusto al ritmo de nuestro paso. Y me gustan mucho los pájaros, sobre todo los pequeños y alegres cuyo canto siempre es superior a su aspecto, pero me ha gustado ver a un gran mamífero. Una vez vimos un zorro que se detuvo, se nos quedó mirando y después siguió su camino al trote, sin correr ni nada.

Este mundo no es nuestro. Lo compartimos. Sólo, como el resto de especies que nos rodean, desde los insectos a las ballenas azules, podemos vivir aquí de modo natural. Respirar el venenoso oxígeno que nos oxida. Soportar los rayos ultravioleta del sol. La gravedad que ha conformado nuestras columnas vertebrales y la presión arterial de la sangre en nuestras venas. Tal vez deberíamos ser conscientes de algo tan simple: cada animal y cada planta, desde el más pequeño a la más grande, son nuestros hermanos. Nosotros somos caníbales y ellos también. Pero somos hermanos. Pertenecemos a este pequeño lugar del universo y, por ahora, sólo aquí podemos vivir y morir en condiciones naturales.

viernes, 5 de julio de 2019

Cinco de julio

Es un poco extraño vivir en una zona relativamente céntrica de la pequeña ciudad y oír el croar de las ranas a través del balcón abierto. La ilusión de vivir en el campo si cierro los ojos.

Hoy he jubilado a una señora que tiene una yegua. La montaba su hija hasta que se emancipó y se fue de casa. Yo sé que los caballos, si no se montan a diario o cada semana, además de engordar se asilvestran, no se dejan domar con facilidad después. Lo hemos comentado. Me ha dicho, "no, la yegua ya es muy vieja y se ha amansado por la edad".

Se ha amansado por la edad. ¿Será cierto eso? Yo siento que me he calmado, a pesar de la ansiedad crónica y la depresión, etcétera. Apenas ya no entro en discusiones porque he aprendido que no se convence a casi nadie de nada. Pero, ¿amansarme? Puede ser. Tendría que preguntárselo a Maite: "Cariño, ¿me he amansado con la edad?". Voy a preguntárselo y ahora vengo.

Ya he vuelto. Se lo he preguntado y me ha dicho que sí. Pregunta resuelta. La señora de Pozán de Vero tenía razón.

Croan las ranas junto al hilo de río que viaja estos días muy lentamente hacia el mar frente a mi casa, y también brilla la luna.

jueves, 4 de julio de 2019

Cuatro de julio

Acabo de hablar por teléfono con dos amigas con las que había quedado a tomar algo para anular la cita por culpa del calor. Hace veinte minutos en Barbastro había treinta y cinco grados. He ido a hacer unos recados y casi me da un ataque de ansiedad. Es insoportable. Sí, lo sé, yo también lo soy quejándome siempre de lo mismo, pero un diario también tiene que servir para estas cosas.

Me ha sabido mal suspender la cita porque las quiero mucho y hace bastante tiempo que no nos vemos, pero sabía que iba a sufrir y prefiero quedar cuando bajen estas temperaturas insoportables a estas horas. Porque bajarán, ¿verdad? Oh, dioses lares, pedid por nosotros una tregua en los palacios de las nubes.

Cuatro de julio

Al otro lado de la línea
está el suave susurro del
aire acondicionado y
mi inminente acercamiento a la cama
para dormir todo lo posible,
lo mejor posible y
lo más lejos posible.

Esta noche me apetece
la expedición que
desde hace años
viaja hacia un planeta
con posibilidades de
convertirse en un nuevo hogar.

Cierro los ojos.
Soñaré con eso.

miércoles, 3 de julio de 2019

Tres de julio

La línea que separa
los días se aproxima
y yo todavía no
he escrito nada. Pero

ahora eso
ya es mentira.

martes, 2 de julio de 2019

Dos de julio

Día raramente tranquilo en el trabajo. Incluso hemos podido hablar entre nosotros y yo salir a la calle para sacar dinero de un cajero automático. La temperatura ha descendido pero no lo suficiente para mí. Ahora, exactamente a las diez veintidós de la noche, hay veintiocho grados. No lo suficiente para mí, que soy feliz cuando todo el mundo tiene frío. Pero lo acepto, lo acepto como acepto mis taras, mis defectos, mis muchos defectos, aunque últimamente intento mejorar algunos de ellos, los más graves que, por vergüenza, no mencionaré aquí.

Como decía, hoy tuvimos un día relativamente tranquilo en la Agencia Comarcal de la Seguridad Social de Barbastro. Tres informadores y una ordenanza (subcontratada, qué vergüenza que la Administración recurra a estas malas prácticas). Se llama María, tiene la edad de mi hijo y es maravillosa, trabajadora, una mirada azul, limpia y sonriente, siempre de buen humor, buena, generosa, un ser humano de los que merece la pena que se crucen en tu camino. Y portera de fútbol, por cierto, en el equipo de Peña Ferranca de Barbastro. Y muy buena portera, según me han dicho. Un amor. Los tres funcionarios que quedamos en el fuerte la queremos mucho. Ojalá esté con nosotros mucho tiempo.

Al final la vida es esto, navegar conociendo paisajes, experiencias vitales, personas, situaciones concretas, cruces de vidas ajenas que dejan un eco y te enseñan o, a veces, desaprenden; cruces de vidas que iluminan la tuya con una luz que nunca hubieras imaginado.

En mi empresa, el Instituto Nacional de la Seguridad Social, hay compañeros que odian la atención al público, que la probaron y no pudieron con ella. Yo no podría hacer otra cosa, y no les critico. Te tiene que gustar, tienes que estudiar constantemente los cambios legislativos vertiginosos que últimamente se nos vienen encima (somos informadores, somos la primera línea), pero, sobre todo, lo más importante de todo para mí: tienes que sentir curiosidad por la naturaleza humana y querer ayudar. Querer ayudar es lo más importante, y, en mi caso concreto, querer conocer y aprender de las experiencias y presencias vitales de quienes se sientan al otro lado de mi mesa.

He tenido problemas derivados de mi trabajo. Estrés. Ansiedad. Gustosamente pago el precio por lo que me devuelve: conocimiento directo y sin filtros de mi propia naturaleza, compasión, paciencia, amor sin sujeto concreto, amor a mi especie, a quienes caminan tranquilamente por la calle sin saber que, con sus pequeños actos cotidianos, que yo conozco porque me los cuentan, son héroes y heroínas de las de verdad. Cuando mañana me levante y vaya a trabajar lo haré agradeciéndolo. Quién sabe qué seres humanos extraordinarios se sentarán frente a mí.

lunes, 1 de julio de 2019

Uno de julio

Suenan petardos. O cohetes, no sé. El barrio donde vivo es el de San Fermín (también es casualidad) y creo que esta semana o la que viene son, lógicamente, las fiestas. Una calle ya la han cerrado para instalar unas ferias de niños con tiovivos y esas cosas.

Quien me conoce sabe que odio las fiestas colectivas, las patronales, las de navidad, las del barrio, las del Pilar: todas. Forma parte de mi carácter, que ya se veía venir en la adolescencia, de viejo gruñón.

Odio las fiestas colectivas, incluidos los festivales de música, etcétera, y nunca entenderé por qué siempre se celebran en verano, cuando más calor hace y la aglomeración de personas intensifica ese calor y convierte la realidad en un infierno de sudor y empujones. Las fiestas deberían celebrarse en invierno. El verano en estas latitudes es incompatible con cualquier actividad que no sea pasiva, solitaria y, mejor que a la sombra, bajo el aire acondicionado.

A menos que estés de vacaciones y junto al mar o en la alta montaña, claro, que actualmente no es mi caso. Y otro petardo, venga. Odio los petardos, asustan a los animales y no sirven más que para molestar a todo el mundo. Sé muy bien dónde metería con un palo los petardos y cohetes de quienes los tiran, incluso podría hacer un dibujo. Oh, misericordia.

domingo, 30 de junio de 2019

Treinta de junio

Hacía tanto calor que esta mañana me he ido a pasear en coche yo solo (para Maite pasear en coche no tiene sentido).  He tomado un camino de la carretera que nunca había explorado y he avanzado por él lentamente, pues no estaba en muy buen estado. El aire acondicionado de nuestra querida y vieja Picasso refrescaba su interior con una eficiencia impropia de un coche de catorce años, y era agradable atravesar los campos de cereal, mucho más allá del territorio del canal por donde solemos caminar cuando el tiempo lo permite.

Los campos de cereal, tanto cuando son de color verde esmeralda al principio de la primavera como cuando están en sazón y el viento los mece en forma de olas, hoy, ya cosechados, habían cumplido su ciclo. Paula los echa mucho de menos allí en Noruega: los campos de cereal y los cielos azules.

Finalmente el camino se complicaba y me he detenido frente a una extensa propiedad en medio de la cual, como suele suceder en los Monegros, más al Sur, el agricultor había respetado un pequeño y humilde árbol solitario.

Me gusta pensar que es un un gesto de respeto. Siempre me conmueven esos árboles protegidos por el propietario, que perfectamente hubiera podido acabar con él para aprovechar esos pocos metros de tierra. Es algo que siempre me llamó la atención. Creo que tiene que ver más con la poesía que con la agricultura.


sábado, 29 de junio de 2019

Veintinueve de junio

Hace un rato he acudido a la inauguración de la nueva mezquita de Barbastro, que está justo al lado del bloque de pisos donde vivo. Me han enseñado el interior del edificio, un pequeño trozo de Marruecos en nuestra ciudad, y han sido tan hospitalarios y solícitos conmigo que he vuelto a casa con un montón de comida de la que habían sacado a la calle en dos largas mesas. A los musulmanes de aquí los conocía a casi todos, por no decir a todos, y ellos me conocían a mí. En la calle habían dispuesto dos largas mesas con una cantidad ingente de comida hecha en sus propias casas, lo he probado casi todo, sabores distintos, cúrcuma, especias que no conozco, semillas de sésamo, miel, muchos dulces muy muy dulces. Me conmovía el cariño con el que me han trataban: "¡Jesús, prueba esto! Jesús, ¿otro té? (Qué rico el té con hierbabuena, nunca lo había probado y me he tomado tres) Jesús, ¿has comido calabacines rellenos? Están muy buenos. ¡Jesús, bebe un poco de limonada, que ésta está recién sacada del congelador y se calentará enseguida!" Imagino que sufrían al verme sudar, pero allí sudábamos todos y todas.

Era un día muy especial para su comunidad, y habían venido desde Fraga, Monzón, Binéfar, Graus; incluso desde lugares tan lejanos como Zaragoza y Tarragona. Se apenaban de que no hubiera acudido más gente no musulmana, aunque el nuevo alcalde sí lo había hecho antes de que yo llegara y había pronunciado unas breves palabras de concordia y convivencia, muy bien según me han contado. Yo les he comentado que con semejante calor todavía me parecían muchos los que habíamos respondido a la invitación, y asentían con la cabeza. "Qué mala suerte con el calor", decían, y añadían: "Pero no pasa nada, los que habéis venido sois nuestros amigos".

Ha sido una bonita experiencia echar un vistazo a una comunidad muy desconocida y, en cierta manera, injustamente estigmatizada por quienes se niegan a conocer otras culturas y otras religiones, ya no hablo por los directamente racistas. Y lo digo yo, que me declaro ateo sin complejos. Eso sí, puedo asegurar que la fama del islam hospitalario es absolutamente merecida hasta extremos abrumadores. Al irme les he dicho: "Un millón de gracias. Ya sabéis dónde encontrarme".





viernes, 28 de junio de 2019

Veintiocho de junio

Anoche me desperté a las tres y cuarto de la madrugada sudando como un pollo y no logré volver a dormirme hasta las seis y media, con lo cual fue cerrar los ojos y, sonar el despertador. Entretanto me di una ducha de agua fría que se secó sobre mi cuerpo en dos minutos.

La sensación de ir a un trabajo tan exigente mentalmente como el mío sintiéndote al cincuenta por ciento de tu capacidad es terrible. Ha sido una de mis peores mañanas de trabajo de los últimos años, pero he sobrevivido sin víctimas colaterales.

Por la tarde he ido a Monzón con Maite, donde tenía que hacerse una resonancia magnética. Cuando hemos salido de la clínica, el termómetro de la vieja Picasso marcaba ¡cuarenta y siete grados! Era como habitar una de las primeras colonias humanas de Marte.

Hoy necesito dormir bien, así que volveré a hacerlo en el sofá cama del salón con el aire acondicionado puesto. No me gusta contaminar ni gastar tanta energía, pero es que necesito dormir una noche entera de un tirón. Lo necesito de verdad.

jueves, 27 de junio de 2019

Veintisiete de junio

Cinco y media de la madrugada. Veinticuatro grados. Duermo sobre la cubierta del colchón con todo abierto. Mi calle en general es poco transitada, hasta hace un rato sólo se escuchaba el croar de las ranas junto al río, pero acaba de pasar alguien silbando, probablemente camino del trabajo. Me ha hecho sonreír.

miércoles, 26 de junio de 2019

Veintiséis de junio

El calor ha llegado sin piedad, a galope tendido, haciendo desfallecer las hojas de los árboles. Pertenezco a una especie resistente, tal vez demasiado resistente, pero las primeras embestidas duelen. Habitamos el ártico y los desiertos, pero en Barbastro no estamos acostumbrados a esas cosas.

Anoche dormí en el sofá cama del salón con el aire acondicionado a veintitrés grados. A ver qué pasa hoy. Tengo conciencia ecológica, en casa reciclamos, etcétera, pero me gusta dormir seis o siete horas seguidas, soy así de caprichoso (véase la ironía idiota).

El verano ha venido para quedarse. Pensábamos ir a Zaragoza el fin de semana pero los meteorólogos han vaticinado cuarenta y cuatro grados el sábado. ¡Cuarenta y cuatro grados! Allí no tenemos aire acondicionado, así que aquí nos quedamos, quietecicos y tranquilos. Eso sí, dudo que podamos ir a dar nuestros paseos junto al canal. El verano ha llegado. Ningún año nos perdona.

martes, 25 de junio de 2019

Veinticinco de junio

Se acabó la cortisona. A pesar de las advertencias de mi dermatóloga he ganado casi dos kilos en tres semanas. Eso sí, mi dermatitis ha desaparecido, estoy curado al cien por cien. La próxima vez no esperaré a ir a su consulta. Estoy bien. También debo confesar, para ser sincero, que no cumplí mis buenos propósitos del principio, que duraron apenas una semana. Pero es que me quiero y quiero quererme. Y quererme es mimarme. Y mimarme es saltarse a veces ciertas reglas.

El martes termina como comenzó. Sin ruido. Sólo el del ventilador que gira incansable. Tenemos aire acondicionado en el salón (por llamarlo de algún modo), pero estoy mucho mejor en este pequeño rincón junto a la cama. Nací para vivir en una celda y soñar con sistemas planetarios.

lunes, 24 de junio de 2019

Veinticuatro de junio

Se avecina una ola de calor "extraordinaria", el apocalipsis, mi pesadilla. Yo respiro pausadamente, despacio, como aprendí cuando cantaba en un coro. He decidido no tener miedo nunca más. Cumplí cincuenta y seis años el pasado veintiocho de mayo pasado. No volveré a tener miedo salvo que, en medio de la acera, me ladre un chihuahua inesperadamente y sin saber por qué.

domingo, 23 de junio de 2019

Veintitrés de junio

Se acerca la hora y todavía no he escrito nada. Lo haré ahora: este largo fin de semana (el viernes era fiesta local en Barbastro), ha sido tranquilo y pacífico. Yo ya no esperaba nada más. Bueno, sí, que la pequeña verbena frente a mi casa terminase a una hora decente, pero hace mucho que recogieron los bártulos.

Haré lo mismo que los vencejos y aviones comunes que durante la tarde surcan el cielo comiéndose los insectos que ya no entrarán en nuestro apartamento: dormiré. Ya presiento que soñaré cosas agradables, porque lo deseo. Mis deseos son órdenes para mí.

sábado, 22 de junio de 2019

Veintidós de junio

La belleza no pertenece a la naturaleza, ni siquiera forma parte de ella. Es el fruto de nuestro cerebro, que, a su vez, sí pertenece a la naturaleza. Cuando ya no existamos sobre la superficie de este planeta ¿qué belleza existirá?

viernes, 21 de junio de 2019

Veintiuno de junio

Hoy, por una pura convención de calendarios religiosos y antiguos, empieza el verano. El verano. La estación en la que nuestra animalidad se pone a prueba. El ventilador, mi pobre hidroavión amputado, gira a toda velocidad enviándome aire ligeramente más fresco del que el verano es capaz de proporcionar en esta habitación donde escribo.

Si el calentamiento global de nuestro planeta es una amenaza cierta para nuestra supervivencia, ¿por qué el verano es la llegada del buen tiempo? Es un anticipo de nuestro final. Eso es lo que es.

jueves, 20 de junio de 2019

Veinte de junio

Ha durado apenas diez o quince minutos, pero el cielo se ha oscurecido de repente y ha comenzado a caer granizo y lluvia, y un viento que agitaba los árboles, truenos viajeros que, como llegaron, se fueron.

Una tormenta de verano en junio. Las alarmas de algunos coches aparcados en la calle han comenzado a sonar. ¿Era para tanto? El pequeño río frente a nuestro apartamento de pronto ha crecido diez o quince centímetros.

El olor de la vegetación y la calle después, cuando volvíamos a tender la ropa que a toda velocidad habíamos retirado antes, en plena granizada, era maravilloso: una mezcla anisada de hierba, asfalto y hojas de árboles. Me gustan las tormentas.



miércoles, 19 de junio de 2019

Diecinueve de junio

La luz de esta hora refulge
en todas las cosas, en
las fachadas de los edificios, en
los árboles, en
los coches aparcados
en la acera como si
estuviese aconteciendo
el fin del continente
misterioso de la Atlántida.

Sin embargo nada sucede.

Sólo la luz, la luz nada más.

martes, 18 de junio de 2019

Dieciocho de junio

Las nueve de la tarde. Las nueve de la noche. En estos periodos entre estaciones las palabras dejan de tener un sentido exacto. Es de día y suena una motocicleta. Maite está ya en la recta final del curso. Hoy ha hecho calor, pero lo llevo mejor de lo que esperaba. Hará más calor: reservo mis quejas y protestas infantiles para cuando ya no pueda más. Unos perros ladran. El sol se retira, la luna apareció como una creación artificial en el cielo hace un rato. Todo es extraño. Todo está bien. Nací y moriré aquí. No tengo patria sino planeta.

lunes, 17 de junio de 2019

Diecisiete de junio

Me da igual haberlo escrito decenas, cientos de veces. Hoy jamás volverá a existir. Y de algún modo eso le da sentido al mundo. Me fascinan lo cohetes espaciales despegando de la fuerza gravitatoria de la tierra con miles de toneladas de combustible ardiendo en inmensas nubes de fuego y humo hasta alejarse y perderse en el espacio. Pues bien, el combustible de nuestro viaje es que cada día se consume y arde y nos empuja hacia adelante sin sentimiento alguno -el sentimiento es un invento nuestro que al tiempo no le importa nada.

Los vencejos vuelan acrobáticamente en el cielo, quebrando su vuelo en el último segundo y devorando moscas y mosquitos. Es algo que no puedo comprender. Son muchísimo más inteligentes y útiles que yo, este ser humano que escribe al otro lado de la ventana sin aportar al mundo poco más que su peso muerto en esta silla delante de su portátil y el ventilador.

domingo, 16 de junio de 2019

Dieciséis de junio

Recuerdo los cuartos delanteros de mi caballo galopando en un camino entre campos de cebada recién cosechados en las afueras de Tudela, Navarra, hace decenas de años. El compás de mi cuerpo sobre la silla, el viento en mi rostro. Se llamaba “Coyote” y era un mil sangres de cabeza grande y noble como él solo. Hace ya mucho tiempo que habrá muerto.

Anoche soñé que volvía a cabalgar. No sé si montaba a “Coyote” o a “Llivia”, la yegua que muchos años después alquilé en el club hípico de Banyoles durante nuestra estancia allí. Cada semana iba dos o tres veces y me perdía con ella entre los bosques. Era tan noble como aquel caballo de mi adolescencia pero rubia y un poco más tranquila.

Amo a los caballos, y sé que subirme encima de ellos tal vez no sea el modo más adecuado de demostrar mi amor, pero hace muchos años que no monto y sigo amándolos igual, así que igual sí es un amor verdadero.

Anoche soñé que galopaba sin apenas luz de luna. Incluso soñando tenía la lucidez suficiente para, sabiendo que estaba soñando, disfrutar de la experiencia como si fuese real, pues todas las sensaciones lo eran.  Galopaba despacio a través de los caminos entre viñas y campos de maíz y de cebada que rodean esta pequeña ciudad. De vez en cuando acariciaba el musculoso cuello del animal para que supiera que todo estaba bien. Era tan feliz.

sábado, 15 de junio de 2019

Quince de junio

Me ha costado cincuenta y seis años comprenderlo. Podría haber muerto hace tiempo sin saberlo y, también me doy cuenta, tampoco hubiera importado gran cosa.

Para quienes tenéis problemas, adicciones cotidianas, manías, depresión y ansiedad, como es mi caso: cuidaos sin llegar a traicionaros. Quereos, quereos como queréis a vuestros mejores amigos y amigas que tampoco son perfectas. Aceptad lo que sois. ¿Por qué somos más generosos con los demás que con nosotros mismos? No tiene ningún sentido.

Nadie sabe el tiempo que le ha sido concedido sobre la tierra. Nadie. Ni el rey ni el pastor.

Nada, y nuestra vida va en ello, importa gran cosa. Vive y perdónate los errores, acéptate como eres, y ama, quiere mucho, reparte a tu alrededor todos esos pequeños gestos que convierten la convivencia en algo agradable. Pero sobre todas las cosas quiérete a ti mismo sin juicios severos ni expectativas imaginarias. Si tú eres tú, lo eres porque en ti se suma todo lo que te convierte en lo que eres: lo bueno, lo regular y lo malo.

Me ha costado más de medio siglo comprenderlo. Moriré antes o después, pero mientras viva quiero vivir como soy, no como no soy.

viernes, 14 de junio de 2019

Catorce de junio

La ventana junto a mi mesa está abierta y escucho niños que corren y chillan entusiasmados en la calle. Hoy no necesito música para escribir, sólo sus risas alegres, absolutamente ignorantes del futuro, tan ancladas en el presente inmediato que la inminente cena está a años luz de su realidad temporal, este ahora que para mí es una miga de pan en el camino y para ellos el mundo entero en su totalidad.

jueves, 13 de junio de 2019

Trece de junio

Nunca sueño con el Sur. Siempre sueño con el Norte. Sé que es absurdo porque todos somos el Sur y el Norte de algo. El Norte de España es el Sur de Europa, e incluso Bergen, la ciudad de Noruega donde vive y trabaja mi hija, es también un Sur.

Si creyese en la reencarnación, una de las poéticas más absurdas que la imaginación humana ha creado, yo debí haber sido un oso cavernario en la última glaciación, antes de que ésta terminase, en su punto álgido.  Porque amo el frío. Porque hace años que en ninguna estación me quito las camisetas de manga corta y la única diferencia consiste en ponerme un abrigo al salir a la calle o en no ponérmelo.

Por eso el calentamiento global de nuestro planeta me da tanto miedo. Me da tanto miedo que mi único consuelo, aunque sirva de poco porque tengo miles de millones de nietos y bisnietos, es que mi cuerpo físico no lo sufrirá directamente pues ya habré muerto. Aunque, ¿qué diferencia hay entre sentirlo directamente o imaginarlo? Ninguna. Yo diría más, yo diría que a menudo la imaginación, al menos en mi caso, tiene en mi percepción de la realidad un peso mucho más potente que la realidad -lo cual explica mis enfermedades y mis tratamientos y mis asuntos.

Nunca sueño con el desierto. Nunca sueño con el calor o, sencillamente, mi cerebro, sabio como el de todos, obvia los malos recuerdos arrinconándolos. Mi sueño favorito es el Norte, el frío, los grandes espacios, una cabaña donde Maite no viviría ni loca, caballos, la leña crepitando en el fuego.

miércoles, 12 de junio de 2019

Doce de junio

Abriré la cama, me acostaré y soñaré con las tierras salvajes de Canadá.

martes, 11 de junio de 2019

Once de junio

La cortisona ha alterado de algún modo mi concepción del tiempo, sobre todo el nocturno. Algunos días me duermo a las tres o las cuatro de la mañana y hoy, por ejemplo, me dormí relativamente temprano y me desperté a las cinco. Es algo que, cuando me operaron de rinitis y pólipos en las fosas nasales, ya sentí en su día, pero casi se me había olvidado. La dermatitis desaparece a pasos agigantados de un modo casi mágico y, como efecto colateral, mi olfato ha aumentado, lo que me hace disfrutar mucho (casi siempre).

Escribo cuando todavía hay luz en el exterior de la nave, lo cual ya es bastante extraño para mí, que suelo hacerlo al final del día, antes de acostarme. En realidad estos diarios o cuadernos de bitácora, como se llamaban los blogs al principio, deberían llamarse nocturnarios o algo semejante: solamente al final podemos hacer un resumen, si sólo de eso se tratara.

Escribo cuando todavía es de día. Llovió por la mañana. Ahora no llueve. Ignoro, además de toda la inmensidad del mundo, si lloverá esta noche.

lunes, 10 de junio de 2019

Diez de junio

Avanzo pausadamente como el gordo jaguar que soy entre la vegetación de la jungla y los manglares, siempre atento no tanto a la supervivencia sino a la depredación: es a mí a quien se me debe temer.

La sombra de una nube en el suelo, el sonido de una araña sobre las horas secas, los minutos secos.

Cuando llegue al río lo cruzaré, porque los jaguares no le tenemos miedo al agua ni al caimán, cuya cola llena de grasa nos vuelve locos de placer al masticarla mientras él aún se agita sin saber que todo ha terminado.

Cuando llegue a la montaña la subiré despacio, moviendo mis orejas en diferentes direcciones tratando de saber qué me rodea y, sobre todo, cómo puedo comerme lo que me rodea.

Camino como un gordo y viejo jaguar a través del mundo. Los parásitos inundan mis intestinos después de una vida larga, he perdido oído y mis colmillos, aunque siguen siendo fuertes como cuchillos, se asientan en una mandíbula que hace mucho ruido al respirar, sobre todo tras otra carrera fallida detrás de ese tapir que escapa río abajo.

Una cosa sé. Todos los jaguares lo sabéis. Nunca dejaré de caminar a través del bosque. No sé hacer otra cosa porque lo necesito.

domingo, 9 de junio de 2019

Nueve de junio

El domingo llega a su fin, pero mañana continúa la cuenta atrás que comenzó hace mucho tiempo.

sábado, 8 de junio de 2019

Ocho de junio

Esta tarde hemos ido a visitar a mis padres caminando. Media hora más o menos. Tres kilómetros atravesando algunos barrios de Zaragoza. Hoy mi madre estaba mejor que otras veces, más animada. Viven a medio camino entre mi pueblo de la Ribera de Navarra y Zaragoza. ¿Tocan médicos? Zaragoza. ¿No tocan médicos? Cascante, el huerto, los orígenes. Esta semana tocaban médicos.

Hemos estado un buen rato con ellos hablando de todo un poco. He sentido que nuestra visita había animado su tarde de sábado positivamente. Al principio mi madre, que está peor que mi padre, hablaba de sus males, de sus visitas, y a veces perdía un poco la memoria, aunque creo que menos que la última vez que estuvimos con ellos. Mi padre estaba como siempre. Si yo tuviera que dibujar mañana un senador romano durante la República, el ejemplo máximo de honestidad, austeridad y credibilidad, mi padre sería, incluso físicamente, el modelo perfecto. Creo que él más que nadie agradece que les visitemos y la rutina de ellos dos cambie.

Hoy ha sido una visita bonita. Hemos charlado de lo humano y lo divino, de nuestros hijos, de nuestros abuelos, de la romería de la Cruceta que se hace en mi pueblo no sé qué día de mayo, ahora no me acuerdo. Ellos y sus amigos se reunieron en la caseta de nuestra huerta y lo pasaron muy bien. "Allí quien más quien menos todos teníamos algo", decía mi padre riéndose, "A. se había caído el día anterior y tenía los ojos morados y la nariz hinchada. Qué quieres, si la mamá, que cumplirá ochenta años en julio, era de las más jóvenes de la comilona". Yo me reía. Habíamos dejado atrás las visitas médicas y empezaban a ser ellos sin el peso -cierto, pero no necesariamente presente a todas horas- de los problemas de su edad y su salud. Sé, porque también lo hemos hablado, que asumen su edad. "Tengo hijos de cincuenta y seis años", ha dicho mi madre. "Podría ser bisabuela", ha dicho. Y lo podría ser (si me leéis, hijos míos, ninguna presión, ¿vale? Intentad ser felices y nada más).

Nos hemos despedido con muchos besos y hemos regresado a casa atravesando calles, avenidas, rotondas, semáforos, más calles, más semáforos. En un momento dado, en la Avenida de Madrid, le he dicho a Maite: la naturaleza está muy lejos de todo esto.