lunes, 24 de junio de 2019

Veinticuatro de junio

Se avecina una ola de calor "extraordinaria", el apocalipsis, mi pesadilla. Yo respiro pausadamente, despacio, como aprendí cuando cantaba en un coro. He decidido no tener miedo nunca más. Cumplí cincuenta y seis años el pasado veintiocho de mayo pasado. No volveré a tener miedo salvo que, en medio de la acera, me ladre un chihuahua inesperadamente y sin saber por qué.

domingo, 23 de junio de 2019

Veintitrés de junio

Se acerca la hora y todavía no he escrito nada. Lo haré ahora: este largo fin de semana (el viernes era fiesta local en Barbastro), ha sido tranquilo y pacífico. Yo ya no esperaba nada más. Bueno, sí, que la pequeña verbena frente a mi casa terminase a una hora decente, pero hace mucho que recogieron los bártulos.

Haré lo mismo que los vencejos y aviones comunes que durante la tarde surcan el cielo comiéndose los insectos que ya no entrarán en nuestro apartamento: dormiré. Ya presiento que soñaré cosas agradables, porque lo deseo. Mis deseos son órdenes para mí.

sábado, 22 de junio de 2019

Veintidós de junio

La belleza no pertenece a la naturaleza, ni siquiera forma parte de ella. Es el fruto de nuestro cerebro, que, a su vez, sí pertenece a la naturaleza. Cuando ya no existamos sobre la superficie de este planeta ¿qué belleza existirá?

viernes, 21 de junio de 2019

Veintiuno de junio

Hoy, por una pura convención de calendarios religiosos y antiguos, empieza el verano. El verano. La estación en la que nuestra animalidad se pone a prueba. El ventilador, mi pobre hidroavión amputado, gira a toda velocidad enviándome aire ligeramente más fresco del que el verano es capaz de proporcionar en esta habitación donde escribo.

Si el calentamiento global de nuestro planeta es una amenaza cierta para nuestra supervivencia, ¿por qué el verano es la llegada del buen tiempo? Es un anticipo de nuestro final. Eso es lo que es.

jueves, 20 de junio de 2019

Veinte de junio

Ha durado apenas diez o quince minutos, pero el cielo se ha oscurecido de repente y ha comenzado a caer granizo y lluvia, y un viento que agitaba los árboles, truenos viajeros que, como llegaron, se fueron.

Una tormenta de verano en junio. Las alarmas de algunos coches aparcados en la calle han comenzado a sonar. ¿Era para tanto? El pequeño río frente a nuestro apartamento de pronto ha crecido diez o quince centímetros.

El olor de la vegetación y la calle después, cuando volvíamos a tender la ropa que a toda velocidad habíamos retirado antes, en plena granizada, era maravilloso: una mezcla anisada de hierba, asfalto y hojas de árboles. Me gustan las tormentas.



miércoles, 19 de junio de 2019

Diecinueve de junio

La luz de esta hora refulge
en todas las cosas, en
las fachadas de los edificios, en
los árboles, en
los coches aparcados
en la acera como si
estuviese aconteciendo
el fin del continente
misterioso de la Atlántida.

Sin embargo nada sucede.

Sólo la luz, la luz nada más.

martes, 18 de junio de 2019

Dieciocho de junio

Las nueve de la tarde. Las nueve de la noche. En estos periodos entre estaciones las palabras dejan de tener un sentido exacto. Es de día y suena una motocicleta. Maite está ya en la recta final del curso. Hoy ha hecho calor, pero lo llevo mejor de lo que esperaba. Hará más calor: reservo mis quejas y protestas infantiles para cuando ya no pueda más. Unos perros ladran. El sol se retira, la luna apareció como una creación artificial en el cielo hace un rato. Todo es extraño. Todo está bien. Nací y moriré aquí. No tengo patria sino planeta.

lunes, 17 de junio de 2019

Diecisiete de junio

Me da igual haberlo escrito decenas, cientos de veces. Hoy jamás volverá a existir. Y de algún modo eso le da sentido al mundo. Me fascinan lo cohetes espaciales despegando de la fuerza gravitatoria de la tierra con miles de toneladas de combustible ardiendo en inmensas nubes de fuego y humo hasta alejarse y perderse en el espacio. Pues bien, el combustible de nuestro viaje es que cada día se consume y arde y nos empuja hacia adelante sin sentimiento alguno -el sentimiento es un invento nuestro que al tiempo no le importa nada.

Los vencejos vuelan acrobáticamente en el cielo, quebrando su vuelo en el último segundo y devorando moscas y mosquitos. Es algo que no puedo comprender. Son muchísimo más inteligentes y útiles que yo, este ser humano que escribe al otro lado de la ventana sin aportar al mundo poco más que su peso muerto en esta silla delante de su portátil y el ventilador.

domingo, 16 de junio de 2019

Dieciséis de junio

Recuerdo los cuartos delanteros de mi caballo galopando en un camino entre campos de cebada recién cosechados en las afueras de Tudela, Navarra, hace decenas de años. El compás de mi cuerpo sobre la silla, el viento en mi rostro. Se llamaba “Coyote” y era un mil sangres de cabeza grande y noble como él solo. Hace ya mucho tiempo que habrá muerto.

Anoche soñé que volvía a cabalgar. No sé si montaba a “Coyote” o a “Llivia”, la yegua que muchos años después alquilé en el club hípico de Banyoles durante nuestra estancia allí. Cada semana iba dos o tres veces y me perdía con ella entre los bosques. Era tan noble como aquel caballo de mi adolescencia pero rubia y un poco más tranquila.

Amo a los caballos, y sé que subirme encima de ellos tal vez no sea el modo más adecuado de demostrar mi amor, pero hace muchos años que no monto y sigo amándolos igual, así que igual sí es un amor verdadero.

Anoche soñé que galopaba sin apenas luz de luna. Incluso soñando tenía la lucidez suficiente para, sabiendo que estaba soñando, disfrutar de la experiencia como si fuese real, pues todas las sensaciones lo eran.  Galopaba despacio a través de los caminos entre viñas y campos de maíz y de cebada que rodean esta pequeña ciudad. De vez en cuando acariciaba el musculoso cuello del animal para que supiera que todo estaba bien. Era tan feliz.

sábado, 15 de junio de 2019

Quince de junio

Me ha costado cincuenta y seis años comprenderlo. Podría haber muerto hace tiempo sin saberlo y, también me doy cuenta, tampoco hubiera importado gran cosa.

Para quienes tenéis problemas, adicciones cotidianas, manías, depresión y ansiedad, como es mi caso: cuidaos sin llegar a traicionaros. Quereos, quereos como queréis a vuestros mejores amigos y amigas que tampoco son perfectas. Aceptad lo que sois. ¿Por qué somos más generosos con los demás que con nosotros mismos? No tiene ningún sentido.

Nadie sabe el tiempo que le ha sido concedido sobre la tierra. Nadie. Ni el rey ni el pastor.

Nada, y nuestra vida va en ello, importa gran cosa. Vive y perdónate los errores, acéptate como eres, y ama, quiere mucho, reparte a tu alrededor todos esos pequeños gestos que convierten la convivencia en algo agradable. Pero sobre todas las cosas quiérete a ti mismo sin juicios severos ni expectativas imaginarias. Si tú eres tú, lo eres porque en ti se suma todo lo que te convierte en lo que eres: lo bueno, lo regular y lo malo.

Me ha costado más de medio siglo comprenderlo. Moriré antes o después, pero mientras viva quiero vivir como soy, no como no soy.

viernes, 14 de junio de 2019

Catorce de junio

La ventana junto a mi mesa está abierta y escucho niños que corren y chillan entusiasmados en la calle. Hoy no necesito música para escribir, sólo sus risas alegres, absolutamente ignorantes del futuro, tan ancladas en el presente inmediato que la inminente cena está a años luz de su realidad temporal, este ahora que para mí es una miga de pan en el camino y para ellos el mundo entero en su totalidad.

jueves, 13 de junio de 2019

Trece de junio

Nunca sueño con el Sur. Siempre sueño con el Norte. Sé que es absurdo porque todos somos el Sur y el Norte de algo. El Norte de España es el Sur de Europa, e incluso Bergen, la ciudad de Noruega donde vive y trabaja mi hija, es también un Sur.

Si creyese en la reencarnación, una de las poéticas más absurdas que la imaginación humana ha creado, yo debí haber sido un oso cavernario en la última glaciación, antes de que ésta terminase, en su punto álgido.  Porque amo el frío. Porque hace años que en ninguna estación me quito las camisetas de manga corta y la única diferencia consiste en ponerme un abrigo al salir a la calle o en no ponérmelo.

Por eso el calentamiento global de nuestro planeta me da tanto miedo. Me da tanto miedo que mi único consuelo, aunque sirva de poco porque tengo miles de millones de nietos y bisnietos, es que mi cuerpo físico no lo sufrirá directamente pues ya habré muerto. Aunque, ¿qué diferencia hay entre sentirlo directamente o imaginarlo? Ninguna. Yo diría más, yo diría que a menudo la imaginación, al menos en mi caso, tiene en mi percepción de la realidad un peso mucho más potente que la realidad -lo cual explica mis enfermedades y mis tratamientos y mis asuntos.

Nunca sueño con el desierto. Nunca sueño con el calor o, sencillamente, mi cerebro, sabio como el de todos, obvia los malos recuerdos arrinconándolos. Mi sueño favorito es el Norte, el frío, los grandes espacios, una cabaña donde Maite no viviría ni loca, caballos, la leña crepitando en el fuego.

miércoles, 12 de junio de 2019

Doce de junio

Abriré la cama, me acostaré y soñaré con las tierras salvajes de Canadá.

martes, 11 de junio de 2019

Once de junio

La cortisona ha alterado de algún modo mi concepción del tiempo, sobre todo el nocturno. Algunos días me duermo a las tres o las cuatro de la mañana y hoy, por ejemplo, me dormí relativamente temprano y me desperté a las cinco. Es algo que, cuando me operaron de rinitis y pólipos en las fosas nasales, ya sentí en su día, pero casi se me había olvidado. La dermatitis desaparece a pasos agigantados de un modo casi mágico y, como efecto colateral, mi olfato ha aumentado, lo que me hace disfrutar mucho (casi siempre).

Escribo cuando todavía hay luz en el exterior de la nave, lo cual ya es bastante extraño para mí, que suelo hacerlo al final del día, antes de acostarme. En realidad estos diarios o cuadernos de bitácora, como se llamaban los blogs al principio, deberían llamarse nocturnarios o algo semejante: solamente al final podemos hacer un resumen, si sólo de eso se tratara.

Escribo cuando todavía es de día. Llovió por la mañana. Ahora no llueve. Ignoro, además de toda la inmensidad del mundo, si lloverá esta noche.

lunes, 10 de junio de 2019

Diez de junio

Avanzo pausadamente como el gordo jaguar que soy entre la vegetación de la jungla y los manglares, siempre atento no tanto a la supervivencia sino a la depredación: es a mí a quien se me debe temer.

La sombra de una nube en el suelo, el sonido de una araña sobre las horas secas, los minutos secos.

Cuando llegue al río lo cruzaré, porque los jaguares no le tenemos miedo al agua ni al caimán, cuya cola llena de grasa nos vuelve locos de placer al masticarla mientras él aún se agita sin saber que todo ha terminado.

Cuando llegue a la montaña la subiré despacio, moviendo mis orejas en diferentes direcciones tratando de saber qué me rodea y, sobre todo, cómo puedo comerme lo que me rodea.

Camino como un gordo y viejo jaguar a través del mundo. Los parásitos inundan mis intestinos después de una vida larga, he perdido oído y mis colmillos, aunque siguen siendo fuertes como cuchillos, se asientan en una mandíbula que hace mucho ruido al respirar, sobre todo tras otra carrera fallida detrás de ese tapir que escapa río abajo.

Una cosa sé. Todos los jaguares lo sabéis. Nunca dejaré de caminar a través del bosque. No sé hacer otra cosa porque lo necesito.

domingo, 9 de junio de 2019

Nueve de junio

El domingo llega a su fin, pero mañana continúa la cuenta atrás que comenzó hace mucho tiempo.

sábado, 8 de junio de 2019

Ocho de junio

Esta tarde hemos ido a visitar a mis padres caminando. Media hora más o menos. Tres kilómetros atravesando algunos barrios de Zaragoza. Hoy mi madre estaba mejor que otras veces, más animada. Viven a medio camino entre mi pueblo de la Ribera de Navarra y Zaragoza. ¿Tocan médicos? Zaragoza. ¿No tocan médicos? Cascante, el huerto, los orígenes. Esta semana tocaban médicos.

Hemos estado un buen rato con ellos hablando de todo un poco. He sentido que nuestra visita había animado su tarde de sábado positivamente. Al principio mi madre, que está peor que mi padre, hablaba de sus males, de sus visitas, y a veces perdía un poco la memoria, aunque creo que menos que la última vez que estuvimos con ellos. Mi padre estaba como siempre. Si yo tuviera que dibujar mañana un senador romano durante la República, el ejemplo máximo de honestidad, austeridad y credibilidad, mi padre sería, incluso físicamente, el modelo perfecto. Creo que él más que nadie agradece que les visitemos y la rutina de ellos dos cambie.

Hoy ha sido una visita bonita. Hemos charlado de lo humano y lo divino, de nuestros hijos, de nuestros abuelos, de la romería de la Cruceta que se hace en mi pueblo no sé qué día de mayo, ahora no me acuerdo. Ellos y sus amigos se reunieron en la caseta de nuestra huerta y lo pasaron muy bien. "Allí quien más quien menos todos teníamos algo", decía mi padre riéndose, "A. se había caído el día anterior y tenía los ojos morados y la nariz hinchada. Qué quieres, si la mamá, que cumplirá ochenta años en julio, era de las más jóvenes de la comilona". Yo me reía. Habíamos dejado atrás las visitas médicas y empezaban a ser ellos sin el peso -cierto, pero no necesariamente presente a todas horas- de los problemas de su edad y su salud. Sé, porque también lo hemos hablado, que asumen su edad. "Tengo hijos de cincuenta y seis años", ha dicho mi madre. "Podría ser bisabuela", ha dicho. Y lo podría ser (si me leéis, hijos míos, ninguna presión, ¿vale? Intentad ser felices y nada más).

Nos hemos despedido con muchos besos y hemos regresado a casa atravesando calles, avenidas, rotondas, semáforos, más calles, más semáforos. En un momento dado, en la Avenida de Madrid, le he dicho a Maite: la naturaleza está muy lejos de todo esto.

viernes, 7 de junio de 2019

Siete de junio

La frontera de la medianoche se acerca. Hemos venido a nuestro piso en Zaragoza. Durante el viaje los campos que hace algunas semanas eran verdes ahora son dorados, amarillos, del color del cobre bajo un cielo cubierto de nubes sueltas, desparramadas como borras de lana.

La cortisona es un producto extraño. Ha comenzado a curarme la piel -y también, como en el pasado, a acentuar mi olfato tras mi operación de rinitis-, pero me impide dormir las horas necesarias sin que, después, me note agotado, sólo aburrido de la larga noche.

Y quiero dormir. Quiero soñar que vuelo sólo con levantar la barbilla, como siempre lo hice. Quiero acostarme y, al cerrar los ojos, despertar un un mundo aparentemente distinto en el que, sin embargo, he vivido toda la vida. Esa otra vida que resucita cuando cierro los ojos sobre la almohada.

jueves, 6 de junio de 2019

Seis de junio

Son las ocho menos diez de la noche y tengo un sueño atroz (no he dormido la siesta). Podría acostarme ahora pero a las tres de la madrugada estaría despierto y con los ojos como platos. Qué larga se está haciendo la tarde.

miércoles, 5 de junio de 2019

Cinco de junio

Hoy he ido a una dermatóloga porque desde hace mucho tiempo padezco una dermatitis que no desaparece. Me pica todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. A partir de mañana voy a tomar cortisona, lo que conlleva también hacer dieta y abandonar una de las cosas que más me gustan en el mundo: el alcohol. Sé cómo suena escribir esto, pero es mi diario y quiero ser sincero. En principio serán tres semanas. Es también, como este proyecto de escribir y fotografiar diariamente, un reto, otro reto.

He estado más temporadas en el dique seco, casi siempre para adelgazar, muchas para dar descanso a mi hígado, aunque después siempre volvía a las andadas. Me gusta mucho el whisky (y el vino, y la cerveza, y ya está). Ahora siento curiosidad por estas semanas que se avecinan a partir de pasado mañana. Cuando dejé de fumar pensé que nunca más podría escribir, porque siempre lo hacía con un Marlboro entre los dedos, y durante un tiempo, el del mono, así fue. Pero volví a escribir (con algunos kilos de más, es verdad, pero sin el cigarrillo en la mano ni en los pulmones).

Me pregunto qué escribiré sin la ayuda de la droga mientras mi dermatitis se cura. Una querida compañera de trabajo que ya se jubiló siempre me decía que yo era una de las personas más positivas que había conocido, y a mí siempre me sorprendía semejante aseveración porque yo nunca me había visto así, pero ahora pienso que igual llevaba algo de razón porque a continuación de la última frase iba a escribir: "Seguro que algo se me ocurrirá. La vida nunca se detiene y yo observo".

martes, 4 de junio de 2019

Cuatro de junio

Nunca sé lo que voy a escribir en este diario. Me dejo llevar por el momento. A veces hay algo y a veces debo aguantar la respiración y bucear en el día, en el mes, en mi vida.

En la dureza de este proyecto está su pureza. Todo lo sedentario que pueda ser o no ser -vale, lo soy- a nivel físico dejo de serlo a nivel mental. Cuando se aproxima la hora mágica me arriesgo lo que sea necesario. A escribir algo sin interés alguno o descubrir una pequeña cosa bonita, uno de esos cristales de botella pulidos que el mar arroja a la playa como una joya barata y que a mí tanto me gustan. Siempre lo hago en el momento, nunca lo preparo, es una de mis obsesiones: ahora es ahora. Y si escribo una mierda me da igual porque sé, conozco demasiado bien, lo que nos espera a todos.

Mientras tanto disfruto de esta inquietud, a veces de esta premura, estos retos absurdos que me pongo sin ninguna necesidad. Bebo mis últimos sorbos de whisky y me despido de este día que nunca jamás volverá a existir. Jamás. No pasa nada. Hace poco cumplí cincuenta y seis años. Sólo me interesa la experiencia diaria de aprender y explorar y también, no puedo negarlo, el placer físico. Siquiera dure un instante. Siquiera sea imaginado.

Reconozco que esta noche he tirado de oficio. Y, si no habéis encontrado nada digno de ser leído, nada que os haya interpelado mínimamente, ruego que me perdonéis. Yo, por mi parte, me voy a dormir con el cuerpo y el cerebro infinitamente cansados. Buenas noches.

lunes, 3 de junio de 2019

Tres de junio

No volveré a ponerme pantalones largos ni zapatillas o zapatos hasta octubre. El infierno ha comenzado. Camisetas, pantalones cortos y sandalias. Y en casa sin camiseta, medio desnudo. Y por la noche desnudo del todo con las puertas y ventanas abiertas. Como un animal en el desierto del Kalahari. Porque el calor me convierte en un animal, quienes me conocéis desde hace tiempo lo sabéis. Nunca podría vivir en un país tropical, pero sería feliz en el círculo polar ártico. El calor es primitivo, simple, nos hace sudar, sufrir, no posee ni provoca inteligencia alguna. El frío nos obliga a pensar, nos reta a vencerlo y crear ropa, estructuras, nos ayuda a correr y caminar y movernos sin maldecir cada minuto. El infierno ha comenzado un año más. El ventilador de mi rincón ya gira como la hélice del biplano de un explorador del siglo XIX. Esta mañana en el trabajo pusimos en marcha el aire acondicionado por primera vez y las personas que entraban lo agradecían mucho. Lo único que me consuela es que, como mi propia existencia, también esto pasará y, con suerte, el frío volverá. Dentro de mucho, mucho tiempo.

domingo, 2 de junio de 2019

Dos de junio

El domingo desfallece de media hora en media hora aunque no me disgusta. Tengo un trabajo que amo y con un horario flexible -salvo de nueve a dos: ese espacio sagrado, el dedicado a las personas.

A pesar de todo, en aquel desfallecimiento existe cierta melancolía que nada tiene que ver con el trabajo, que nada tiene que ver con la terrorífica cercanía del verano, que nada que tiene que ver con los mosquitos o las noches tropicales que se acercan durmiendo frente al ventilador. Es otra cosa. De media hora en media hora desfallece también el tiempo que me fue dado para vivir y, si quisiera, como quiero, dar testimonio de él.

Todos, uno tras otro, flanquearemos la puerta, atravesaremos el río. Anochece. Canta un mirlo que también lo hace durante la noche cerrada.

La vida me envuelve. Yo soy la vida y quien teclea en este portátil porque estoy aquí. No siempre será así. Recuérdalo. No lo olvides nunca. Este ahora mismo es un regalo poco probable en la soledad del inmenso universo que existe, y tiene la misma solidez que tú y que yo. Carne, sangre, semen, deseo, culpa, memoria, sentimientos, instinto.

Ha cambiado la luz. Los sensores de las farolas de las aceras las encendieron. Yo sigo aquí sentado, buscando en mi cerebro las palabras que necesito para expresar lo que, a menudo, ni siquiera sé qué es exactamente. Soy un perro que huele aquí y allá, concentrado y al mismo tiempo dispuesto a seguir sin pensárselo dos veces una mariposa. Una muy pequeña y muy bonita, más ligera y más lista que yo, una que nunca alcanzaré.

sábado, 1 de junio de 2019

Uno de junio

Hoy me desperté espontáneamente a las siete, no sé por qué. Ya era de día. Fui al baño a hacer pis. Sabía que era Sábado. Volví a acostarme y me dormí de nuevo. Desperté a las diez y media de la mañana, fresco y radiante como un ababol.

Por eso, entre otras cosas, adoro los días festivos.

viernes, 31 de mayo de 2019

Treinta y uno de mayo

En mi trabajo informo y tramito maternidades, paternidades, altas en la Seguridad Social cuando los jóvenes comienzan a trabajar, la tarjeta sanitaria europea cuando viajan de vacaciones, jubilaciones y viudedades: la vida entera. Hay un documento que en España, no sé si en otros países sucede lo mismo, es como el Santo Grial: el Libro de familia. Los antiguos venían acompañados de fotografías en blanco y negro del matrimonio, y cuando voy a la fotocopiadora y las contemplo siempre me emocionan. Todas y todos parecen actores de Hollywood, jóvenes y con los peinados de entonces, hace tantos años. Y da igual si eran de los valles más remotos del Pirineo o del pueblo más cercano a Barbastro.

He observado también, comparando aquellas imágenes de juventud con las de los carnés de identidad actuales, que, de algún modo, siempre somos los mismos. Ellos, nosotros, los hombres, acaso nos deterioramos más, pero ellas siguen pareciéndose mucho a cómo eran hace sesenta o setenta años. Me conmueve profundamente.

Las solicitantes de las pensiones de viudedad suelen venir acompañadas de alguna hija o algún hijo, y cuando son muy mayores, ochenta, noventa años, aceptan las cosas como son. La gente de la montaña es dura. Si no fuese por la confidencialidad a la que me debo como funcionario público hace años que hubiese hecho una colección de esas pequeñas fotografías de los Libros de familia más antiguos. Esos bigotes a lo Clark Gable, los peinados inverosímiles de ellas. "De profesión: sus labores", pone en casi todos. Un trabajo documental que yo no puedo hacer pero que acaso algún joven cineasta sí podría desarrollar. Cómo hasta lugares como Plan o Cerler ya llegaban en los cincuenta y los sesenta los modelos de belleza de las películas norteamericanas. Eran ganaderos, agricultores, panaderos, albañiles, ellas siempre o casi siempre "amas de casa".

Intento atender a estas personas mayores con todo mi cariño y respeto, y cuando se levantan acompañadas de sus hijos y salen de mi edificio a veces vuelvo a mirar las fotografías del antiguo libro de familia y comprendo, y aprendo, y amo mi trabajo.

jueves, 30 de mayo de 2019

Treinta de mayo

Me empeño en tener esperanza. Me empeño en tener esperanza con la misma fuerza que en ser feliz. Uno no tiene esperanza o es feliz porque sí. Debe existir una voluntad, a veces innata y a veces aprendida. Y es una voluntad que debe ser alimentada a diario, como si fuese una mascota. Y hay que sacarla a pasear, darle lo que necesita, acariciarla. La esperanza y la felicidad jamás crecen por su cuenta. Nos necesitan.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Veintinueve de mayo

Caen, se precipitan, a veces se hacen esperar sensualmente, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses. Los años.

Hay algo bello en la indiferencia del tiempo, la libertad que nos concede para interpretarlo como queramos mientras hace su trabajo. Ningún verso ni sentimiento ni gran causa política o social impedirá que te acerque a tu definitiva desaparición del escenario.

Es la indiferencia de la naturaleza, de la lluvia, de los preciosos gorriones que buscan migas en el parque y morirán antes que yo. O no. Es bueno saberlo.

martes, 28 de mayo de 2019

Veintiocho de mayo

Hoy he cumplido cincuenta y seis años. Es algo que me fascina, porque mi frontera imaginaria durante mi juventud era el paso de un siglo a otro. Más allá era terra incógnita y aquí estamos, diecinueve años después.

Hasta antes de ayer no me gustaba celebrar mi cumpleaños. Ya sabéis que soy un tipo duro, de piel de elefante e hígado de cachalote, un hombre sin sentimientos, sin pasado ni futuro, un forastero entrando a caballo en un pueblo olvidado de Dios. Pero sutilmente poco a poco ha ido desapareciendo el pueblo, el caballo, mi hígado de cachalote y mi piel de elefante. Estoy en esa fase humana en la que me alegra cumplir un año más por una sola razón: podré seguir explorando, conociendo, escribiendo, haciendo fotografías, atendiendo a personas de todo pelaje y condición; podré seguir conduciendo mi vieja Picasso, podré viajar, podré oler el aire de la pequeña ciudad después de una furiosa tormenta de lluvia y granizo.

La vida es estar. La muerte es no estar después de haber estado. Hoy cumplo años porque estoy. Y recuerdo a usuarios y usuarias mías de mi trabajo que ya no están. Seres humanos de cuyas familias conocía y a quienes tuve que atender cuando partieron, a veces dejando niños pequeños sin madre o sin padre. La vida es estar y la muerte es no estar.

Ya sabes que los martes trabajamos por la tarde y mientras regresaba de la agencia me fijé en la cantidad de plantas que crecen en las aceras, en cualquier resquicio, en cualquier oportunidad. Después llegué a mi calle y me fijé en la luz del sol sobre la hierba junto al río Vero canalizado que cruza Barbastro, un río que sólo parece tal cosa cuando en las montañas llueve mucho o comienza el deshielo. El sol iluminaba las buenas hierbas como si fuesen diosas griegas y yo, desde la acera, las contemplaba consciente de estar allí en vez de no estar.

lunes, 27 de mayo de 2019

Veintisiete de mayo

Han sonado truenos lejanos durante unos minutos, parecía que íbamos a tener una épica tormenta de las que me gustan a mí, pero ha llovido un rato, apenas diez minutos, y nada más. Lo truenos han dejado de oírse. El ruido de una vieja furgoneta bajando por la calle y nada más. Así son las cosas por aquí.

domingo, 26 de mayo de 2019

Veintiséis de mayo

Lo que votamos en las elecciones señala el salario mínimo que empezarán a cobrar nuestros hijos cuando trabajen por primera vez a tiempo completo, la subida anual de las pensiones de nuestros padres o abuelos, la cantidad del presupuesto nacional que se invierte en becas, en investigación o en seguridad.

No comprendo que existan personas que no votan por pereza, por desidia o porque piensan que da igual. Las asignaturas obligatorias de sus hijos o la dotación del personal sanitario de los hospitales lo deciden los partidos y las personas a las que votamos. No hay nada más que podamos hacer. Votar. Yo, que nací mañana en 1963, voy a votar con un orgullo y una sensación íntima, personal, difícil de explicar.

Lo que votamos afecta directamente a nuestras vidas diarias. Y lo dice alguien que informa cada día a los ciudadanos de los cambios legislativos y los requisitos para acceder a las prestaciones de la Seguridad Social, en mi caso. Yo sé lo importante que es votar. Yo sé cómo las decisiones legislativas pueden cambiar la vida diaria de la gente.

Ahora, quiero decir: a estas horas, ya no hago proselitismo. Los colegios electorales cerraron hace tiempo. Sólo espero que nuestro país, como Portugal, emprenda un camino socialdemócrata que dé la espalda a las políticas neoliberales que nos condenan prácticamente a la esclavitud.

Me sorprende y me conmueve a la vez darme cuenta de que no soy tan distinto a la persona que era cuando tenía diecisiete años.

sábado, 25 de mayo de 2019

Veinticinco de mayo

Han regresado los vencejos. Los veo volar como sólo saben hacerlo ellos, dibujando cabriolas en el aire, girando varias veces en el cielo, y pienso que no hace mucho tiempo hacían lo mismo sobre manadas de cebras y ñus, sobre los grupos de leones que cazaban a esos mismos animales, sobre las familias de elefantes.

Y aquí están ahora, sobre un paisaje tan distinto. Contemplo su vuelo entre grúas y edificios y no puedo olvidar de dónde vienen.

viernes, 24 de mayo de 2019

Veinticuatro de mayo

Llovió durante casi toda la mañana, hasta las doce o doce media más o menos. Abrí la ventana que hay junto a mi mesa de trabajo para poder oler ese aroma maravilloso, mezcla de la humedad de la tierra del jardín de los castaños y el hormigón y el asfalto de la acera y la calle. Amo ese olor.

Después dejó de llover. A las dos y media salí de la agencia y caminé hacia mi casa, que está a cuatro minutos de distancia. El cielo se había abierto y asomaba tímidamente el sol. Mientras ponía un pie delante del otro volví a pensar, como tantas veces, en lo extraño que es vivir.

jueves, 23 de mayo de 2019

Veintitrés de mayo

Despierto de la siesta sin saber si es por la tarde, por la noche o por la mañana. Me asomo al gran ventanal de la nave y contemplo el nuevo planeta, sus junglas extrañamente uniformes y compuestas de un pequeño número de especies de plantas u organismos parecidos a los antiguos helechos de la tierra. Más allá, bajo el cielo de color blanco, se adivinan altas cordilleras de pizarra que brillan a la luz de los dos soles. Todavía no hemos encontrado fauna, aunque durante la noche escuchamos gañidos en la selva, sonidos parecidos a los que hacen los cachorros humanos, maullidos de gato. Desconocemos qué animales o plantas los emiten. Todo es nuevo aquí, como en los planetas anteriores. Ya no recuerdo cuándo tuve por última vez un bebé entre mis brazos.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Veintidós de mayo

La tarde se desliza suavemente
como si durante un momento
nada pudiera desaparecer.

martes, 21 de mayo de 2019

Veintiuno de mayo

En mi trabajo atiendo situaciones de todo tipo. Algunas felices -paternidad y maternidad, tarjetas sanitarias europeas de personas que van a salir de vacaciones, jubilaciones, etcétera-; algunas muy tristes.

Aprendemos, sin siquiera darnos cuenta de ello, en cada momento. Desde que nos despertamos por la mañana hasta que caemos rendidos de sueño por la noche. No lo podemos evitar. El ser humano está hecho para explorar y aprender y escuchar y querer ir más allá de la siguiente colina. Somos así cuando estamos sanos. No lo somos cuando enfermamos.

Atiendo cada día a personas enfermas, y tras tantos años me he dado cuenta de que las enfermedades mentales son terribles. Yo padezco, en muy pequeño tamaño, de ello: cada mañana me tomo un antidepresivo y ansiolíticos, nada más el resto del día, pero veo casos muy graves. Seres humanos que han perdido cualquier interés, cualquier curiosidad, que vegetan en un limbo de obsesiones patológicas y otras enfermedades verdaderamente incapacitantes. Creo que la línea que separa a un enfermo digamos leve, como yo, de un enfermo grave, es cuando ya han perdido la curiosidad. Cuando ya se han rendido a la idea de que la rutina es una mierda y rechazan la posibilidad de que algún día puedan ser felices. Es cierto que estos usuarios suelen tener vidas familiares muy desestructuradas, poco apoyo familiar, dependencias tóxicas, etcétera. Pero me da mucha pena. Me dan ganas de agarrarles del cuello y decirles: ¿No os dais cuenta de que esta oportunidad de explorar y sentir este mundo es la única que os ha sido dada? Pero no lo hago porque sé que su enfermedad les incapacita para entender algo así. Y porque podrían denunciarme, y con razón.

Esto es lo que hay. No podemos elegir, y esto es importante: nadie puede elegir dónde y cuándo nace. Si en un país en guerra o en la cuarta potencia de la Unión Europea. Pero todos podemos decidir cómo afrontamos el reto de vivir, de sobrevivir, de aprender incluso de lo que nos sucede si no morimos durante el camino.

Siempre he creído que lo que nos hace humanos, si eso tiene alguna importancia, algo que dudo a veces, es nuestro afán de saber más, de huir, de conquistar, de saber qué se ve desde la colina más cercana.

lunes, 20 de mayo de 2019

Veinte de mayo

Sí, lo sé, la entrada de ayer fue una mierda pinchada en un palo. Pero escribo cada día. Cada día de cada día, al menos hasta el treinta y uno de diciembre de dos mil diecinueve. Si soy capaz. Tal vez he sobrevalorado mi capacidad creativa.

Bueno, en realidad siempre la he sobrevalorado.

Mi nombre es nadie.

domingo, 19 de mayo de 2019

sábado, 18 de mayo de 2019

Dieciocho de mayo

Se ha quedado dormida a mi lado. Yo escribo en la mesa baja del salón con los cascos puestos. La televisión está apagada (Eurovisión nos importa lo mismo a ella y a mí). Ayer fue su cumpleaños. Es una ventaja que no lea este diario. Imagino que alguien pensará: "¿Es su pareja y no lee lo que escribe en internet?". Pues sí, no lo lee: lo vive. Estamos juntos desde los dieciocho o diecinueve años, y nunca la he querido tanto. Hemos madurado juntos. Es preciosa. Durante mis crisis depresivas y de ansiedad supo estar a mi lado sin decir nada, sólo ahí, amándome. Todavía no sé exactamente por qué me quiere porque, en muchos sentidos, soy un desastre, pero sé que, sin su amor, yo me habría perdido para siempre en un bosque muy oscuro. Ahora mismo me río en silencio porque está absolutamente dormida en la butaca. No le molesta el ruido de las teclas. La miro y pienso que soy el ser humano más afortunado de la tierra y del sistema solar y de la galaxia. Y eso es todo por hoy.

viernes, 17 de mayo de 2019

Diecisiete de mayo

Hemos llegado a Zaragoza a las diez y directamente hemos cenado. Como otras veces, he venido a la habitación de mi hija Paula a escribir este diario en la mesa que tenía en Binéfar, sentado en su pequeña silla de escritorio. Nunca hemos sentido el síndrome del nido vacío, tuvimos nuestros hijos para dejarles volar y vivir sus propias vidas, pero veo sus dibujos en el tablero de corcho y siento una punzada de nostalgia.

¡Fuera! ¡Fuera de mí, sentimiento inútil salvo para los malos poetas! El día, este día, hoy, se acerca a su fin. Me sucedieron muchas cosas, sobre todo en el trabajo, pero estoy muy cansado para contarlas. Conozco muchos rostros de la naturaleza humana.

Conduciendo entre Barbastro y Zaragoza el sol ya en retirada transformaba los campos de cereal y las islas de roca arenisca coronadas de encinas carrascas en paisajes irrepetibles, de una belleza aparentemente fugaz que, sin embargo, se repetirá mañana. Es mi mirada la que convierte todo en algo fugaz, acabo de darme cuenta. Yo soy lo fugaz.

jueves, 16 de mayo de 2019

Dieciséis de mayo

Ayer fui a la peluquería y ahora mismo tengo el pelo de la cabeza más corto que el de la barba. Me dan ganas de pintarme los ojos con ceniza mojada y salir medio desnudo a la calle a saquear iglesias y violar y asesinar a personas inocentes. Vagar por bosques que ya no existen. Si Guillermo, mi peluquero desde hace tantos años, supiera.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Quince de mayo

Hoy he tramitado dos maternidades y dos paternidades, además de una viudedad y muchas cosas más. Una de las madres tenía ojeras, estaba deshecha, me ha dicho: "Sólo ha dormido una hora, de doce a una". Por supuesto, mientras estaba al otro lado de la mesa, Vera dormía como una santa gusanita (que es lo que son con quince o veinte días de existencia en este mundo raro).

Me encanta atender a madres y padres primerizos, es de las cosas que más me gustan entre todas las que hago en mi trabajo. Parejas tan jóvenes como Maite y yo lo fuimos una vez. Sin instrucciones pero con esa mezcla de maravilla, responsabilidad y confianza. A veces me preguntan: "¿Tú tienes hijos?", y yo les contesto. Creo que les ayudo un poco aunque todo da igual, porque cada experiencia es única en el universo. Básicamente les digo que pasen de las revistas y manuales y hagan lo que les diga el corazón. Nuestra hija durmió con nosotros, porque si no no dormía, hasta no sé qué edad, no lo recuerdo, y ahora es una brillante doctoranda en Noruega. No existen manuales, no hay que seguir a ningún gurú. No hay verdad más fuerte que la de nuestro instinto y nuestras necesidades básicas, que, en nuestro caso, eran poder dormir. ¡Poder dormir!

Cuando hemos terminado se levantan al otro lado de la mesa, me dan las gracias y se alejan empujando el cochecito donde duerme la gusanita que se convertirá en una mujer maravillosa, el gusanito que se convertirá en un hombre maravilloso. Yo lo contemplo todo desde mi atalaya de los cincuenta y seis años que cumpliré en pocos días, pero no puedo dejar de emocionarme. La minúscula llama de nuestra presencia en el universo continúa brillando.

martes, 14 de mayo de 2019

Catorce de mayo

Suena una moto en la calle. La ventana está abierta. Su ruido se aleja. Como cada noche, tengo sueño pero me da pena dar por acabada esta página. Una página absolutamente cotidiana y sin ninguna importancia por lo demás: ¿qué pena debería darle a nadie? Ninguna. Estoy cansado, eso es lo que me pasa. Muy cansado -los martes trabajamos hasta las siete de la tarde. Tantas voces, tantos rostros, tantas preguntas, tantas situaciones diferentes: esperanza, desesperación, asuntos sin peso aparente.

La desaparición del ruido de la moto ha dejado el barrio en silencio. Suele pasar. El ruido nos recuerda lo que teníamos y perdimos temporalmente, como sucede con la salud. Me tumbaré en la cama, cerraré los ojos, respiraré profundamente tres o cuatro veces y me dejaré arrastrar por lo que venga, sin miedo. Nací muerto.

lunes, 13 de mayo de 2019

Trece de mayo

Ha llegado el calor y, con él, los insectos. Vuelan hipnotizados alrededor de las farolas encendidas de la calle nocturna, una nube que se acerca y se aleja. Luego vendrán los pequeños murciélagos de alas de amapola para ponerse las botas. Todo es tan extraño.

domingo, 12 de mayo de 2019

Doce de mayo

En el piso que quedó vacío hace unas semanas frente a mi dormitorio se ha instalado una nueva familia. Un hombre se asoma a la calle y se pone a silbar. No son canciones que yo conozca, tengo la impresión de que improvisa. Mezcla música celta, clásica y jazz, yo diría. Silba muy bien. He estado a punto de asomarme yo también a la ventana y ponerme a aplaudir, como en un concierto.

sábado, 11 de mayo de 2019

Once de mayo

El viento agitaba las ramas de los árboles y convertía los campos de cereal en estanques de olas vegetales. Ahora es tarde. Había olvidado esta tarea. La he recordado poco antes de irme a dormir. Deberes. Pensé que al hacerme mayor no los tendría, pero los tengo. Y me los pongo yo. Hay que ser idiota.

viernes, 10 de mayo de 2019

Diez de mayo

Hoy está siendo un día de muertes. Como todo el mundo sabe, ha fallecido el político español Alfredo Pérez Rubalcaba, del Partido Socialista. Lo he sentido porque el gesto de que al retirarse de la política decidiese regresar a dar clases en la Universidad en ver de sentarse en Consejos de Administración de empresas eléctricas, etcétera, le convierte a mis ojos en un hombre bueno y honesto.

Pero hay otra muerte que en esta casa ha dolido más. Anoche una alumna de Maite de treinta y tantos años se mató en un accidente de coche. Lo ha sabido, ahora que trabaja en Barbastro, por la llamada telefónica de una compañera del departamento de Lengua y Literatura del Instituto de Binéfar.

La recordaba perfectamente, incluso a su marido, que también fue alumno suyo y ahora ha quedado viudo con una niña de un año y medio de edad. Me decía: "Veo sus rostros".

Pasan muchos rostros ante los ojos de una profesora con más de treinta y dos años de profesión, pero me asombra su memoria. Recordaba sus nombres y apellidos, a pesar de que les dio clase hace muchos muchos años. Me ha hablado de ella, de que hizo biología, de que trabajó en la clínica Quirón de Zaragoza y ahora se estaba preparando para reconvertirse en docente. Precisamente regresaba de esa ciudad cuando tuvo el accidente anoche. A su antigua profesora le ha afectado mucho.

Todos lo sabemos: detrás de cada accidente de tráfico, después de cada muerte inesperada, hay personas y ondas concéntricas. La de esta casa está muy lejos del núcleo. No podemos imaginar el dolor de los padres, hermanos, amigos. El dolor de ese padre joven que de pronto se ha quedado sin su compañía y con un bebé en los brazos. Pero son cosas que suceden. Lo sé yo en mi trabajo, lo saben en las ambulancias y lo saben en los hospitales.

La muerte nos rodea constantemente. Viaja a nuestro lado. Forma parte del contrato. "Te permití nacer, pero vivirás hasta que yo quiera". Ictus, infartos fulminantes, cáncer, accidentes de tráfico. Vivamos hoy, vivamos ahora. Y no olvidemos nunca que sufrir y llorar también es vivir.

jueves, 9 de mayo de 2019

Nueve de mayo

Hace años escribí aquí mismo que la vida era como una cerilla que se apaga. Un lector a quien le he perdido la pista, un hombre maravilloso, Luis Rivera, me contestó y me dijo: "No, la vida no es una cerilla que se apaga; la vida es una antorcha que pasa de generación en generación, de mano en mano". Nunca lo olvidé.

Mientras escribo escucho el Agnus Dei de Mozart. Mi hijo estuvo en Viena hace algunas semanas y me envió unas imágenes de la casa donde vivió uno de mis músicos preferidos. Todo se entreteje. La luz viaja de mano en mano. El caos es sólo una apariencia: basta con visualizar las imágenes de nuestro planeta desde la Estación Espacial para saber que, en realidad, a esa distancia, no existe.

Pronto cumpliré cincuenta y seis años. Soy como un cohete alejándose lentamente del principio, impulsado por el combustible no infinito de mi curiosidad.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Ocho de mayo

Llueve y deja de llover. En las aceras crecen las plantas como si el ser humano hubiese desaparecido del mundo aunque yo camine sobre ellas precipitadamente porque siempre llego tarde al trabajo. La mitad de los rostros y cuerpos con los que me cruzo los conozco. Algunos me saludan, otros, por timidez, quiero creer, no lo hacen. Yo saludo a todo el mundo, es algo que me gusta hacer. Sólo soy misántropo en mi casa, y aquí lo soy sin problemas. En la calle soy la persona más sociable y comunal que puedas imaginar, y con placer. Soy géminis y gemelo. Las dos caras.

La noche se ha instalado ya sobre la pequeña ciudad. El humilde río Vero fluye frente a mi casa rumbo al mar de los Sargazos, allí donde reposan los restos de naufragios de hace siglos. Y más al Norte el Ártico, ese lugar donde hombres y mujeres comen carne cruda y viven en el hielo.

Viajo. Viajas conmigo. Ven. Mira.

martes, 7 de mayo de 2019

Siete de mayo

Fue un día largo. Los martes abrimos también por la tarde, como he escrito tantas veces aquí.

Son las once y cuarto de la noche y la hora en la que la carroza se convertirá en una calabaza se acerca sigilosamente; ese acuerdo colectivo por el que a partir de las doce horas todo vuelve a comenzar.

Tengo sueño y espero dormir bien, profundamente, adentrándome hasta el fondo de eso que sucede cuando cerramos los ojos, ese misterio que acaso no lo sea para nadie salvo para nosotros.

Despierto busco la belleza y dormido también, me gusta pensar. A veces me acuerdo de lo que he soñado y a veces no.

Me doy cuenta de que no conozco casi nada de lo que significa existir y estar aquí, sentado ahora mismo frente a mi pequeño escritorio, escribiendo estas palabras. No conozco casi nada y exploro desde hace decenas de años, incansablemente desde que apenas era un flaco adolescente que se planteaba si al cerrar los ojos el mundo seguía sucediendo o era una ilusión visual.

Aquí persisto.

No he aprendido nada, pero continúo.

lunes, 6 de mayo de 2019

Seis de mayo

Todo a mi alrededor me dice: "Mira, crezco, crecen las hojas en mis ramas, crece la hierba incluso en los intersticios de las aceras, los pájaros vuelan con ramitas en el pico, el agua del río, un poco crecido por las lluvias y el lento deshielo de la nieve, se precipita hacia el lejano mar".

La primavera se inflama poco a poco como sucede en el sexo. "Mira, dice, nada podrá detenerme si sigues mirándome así. Mira, dice, lo que va a pasar".

Y yo miro, no puedo dejar de mirar y acariciar y agradecer este regalo de vivir sin saber bien por qué ni para qué ni cómo.

domingo, 5 de mayo de 2019

Cinco de mayo

Este fin de semana estoy permitiéndome el caos: siestas de tres horas, levantarme a las diez y media de la mañana. No tener hora para acostarme. De niño pensaba: "cuando sea mayor haré lo que quiera". Algo así.

No pensaba escribir nada antes de acostarme, algo que voy a hacer en un momento, pero antes de escribir estas palabras hice una incursión en Twitter y miré el descomunal número de seguidores de mi cuenta. No lo entiendo. No me cabe en la cabeza tener más de mil seguidores de una cuenta como la mía. Y lo mejor es que me importa un pimiento. Me da igual. Será cosa de la edad, pero me da igual de verdad de la buena.

Me pasa lo mismo en este diario. Hace mucho que quité contadores de visitas y esas cosas. Me da igual. Ahora debo aprobar los comentarios a las entradas porque comenzaron a colarse cosas muy raras, pero, si os soy sincero, no necesito comentarios. No es que los rechace ni no los agradezca si surge de vuestros corazones, comprendedme, pero en cualquier caso sería eso: una conversación entre tú y yo, y te animo a hacerlo. Soy un ser humano deseando aprender.

En las redes sociales también soy un ser humano deseando aprender, y de hecho he aprendido mucho. Sigo cuentas de historia, de ciencia, etcétera. Lo que nunca hago es devolver un seguimiento. En esta hora sigo a 174 personas y me siguen 1074 (qué casualidad también).

Ni comentarios en este diario ni seguidores en Twitter o Instagram me afectan más allá del cariño o el agradecimiento, nunca en términos numéricos. Los números me importan menos que nada. Pronto cumpliré cincuenta y seis años. Debe de ser por eso.

sábado, 4 de mayo de 2019

Cuatro de mayo

Madrugada del viernes al sábado. Despierto. Dormí una siesta de casi tres horas, así que tiene sentido. Me gusta que las cosas tengan sentido aparentemente porque sé que, en realidad, nunca lo tienen de verdad. La casa está en silencio. Ni siquiera se escuchan los ladridos de los perros de nuestros vecinos. No sé si llueve o no. Estoy aquí, en este nido oculto a la luna. Cerraré los ojos e intentaré viajar a la Antártida, al Amazonas, a una pequeña isla griega de casas blancas, a la Patagonia. Estoy aquí, en este camarote del submarino. Me tumbaré en la litera y soñaré con un cielo con nubes, muchos metros más arriba del océano que me rodea. La nave cruje de vez en cuando por la presión, pero yo ya duermo en el colchón caliente que dejó mi compañero de guardia al sustituirme. Mi pensamiento ya no me pertenece.

viernes, 3 de mayo de 2019

Tres de mayo

Cada palabra
es nueva
aunque haya
sido pronunciada
miles de
millones de veces.

Cada palabra siempre,
siempre
es nueva.

jueves, 2 de mayo de 2019

Dos de mayo

Como en cada vuelta alrededor del sol la noche llegó mientras al otro lado del planeta alguien como yo despertaba e iniciaba su jornada. Ahora, mientras se lava los dientes, contempla el mar, la bahía, las otras casas que descienden hacia el agua, los bosques de eucaliptos de hojas casi azules. Se mira en el espejo y se pregunta qué sucedió. Luego dice en una lengua que desconozco: "es el tiempo".

La cama me espera, ese cubículo abierto a la atmósfera donde, en mi breve hibernación nocturna, viajaré sobre una Zaragoza distinta, cubierta de hiedra e higueras gigantes cuyas raíces destruyen enormes edificios, o tal vez me sumergiré en el único océano del mundo tras millones de años para contemplar la resurrección de las primeras formas de vida que sobrevivieron mientras la tierra se aproxima inexorablemente al sol.

Aprendo. En silencio. Cada día. Mientras amo y soy amado. Mientras me aproximo al momento en el que todo habrá dado igual y, al mismo tiempo, no. Yo me entiendo.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Uno de mayo

Adios, abril de
dos mil diecinueve,
nunca volveremos
a vernos.

Hola, mayo de
dos mil diecinueve,
dime, ¿qué guardas
para mí?

martes, 30 de abril de 2019

Treinta de abril

Cada día doy la bienvenida a recién llegados y llegadas que duermen en sus cochecitos de bebé; cada día despido a seres humanos de edades más variadas de las que creeríais, personas que dejan un hueco vacío donde estaban pero que, en el fondo, a quienes no vivíamos allí, no nos importa. La sonrisa de un bebé mueve continentes; nuestra desaparición en la habitación de una casa pasa sin pena ni gloria, incluso es molesta para quienes la visitaban de vez en cuando. Así es nuestra naturaleza. Y no digo que esté bien o esté mal: sólo describo lo que observo tras muchos años trabajando con mis congéneres.

Y en el fondo lo comprendo. Sinceramente, humanamente, lo comprendo. Estamos diseñados para vivir como si fuésemos inmortales, por eso la inmensa mayoría de nosotros huimos inconscientemente de lo que niega ese artificio, esa creación tan ficticia como la de la existencia de dios.

Uno de "mis" usuarios, y con ello me refiero a las personas a las que llevo atendiendo desde hace años, es un ingeniero que se llama Eduardo y hace años fue transplantado de corazón y, por aquellas cosas de la crisis económica, le quedó una pensión ridícula y vive ahora con su familia en Graus. Siempre que nos vemos me dice claramente, con los ojos ligeramente inyectados en sangre, que sabe que no se hará viejo. Tiene mi edad más o menos. El otro día le atendí en la Agencia Comarcal y me dijo, mirándome directamente a los ojos, que se había dado cuenta de que cuando uno se muere tampoco sucede gran cosa, que sólo un puñado de personas, y durante un tiempo, como así debe ser, le echan a uno de menos y lloran, y después nada. Yo le sostuve la mirada y le dije que tenía razón. Los seres humanos llevamos naciendo y muriendo miles, millones de años. Nuestra desaparición individual, en realidad, no es ningún problema. Creo que agradeció que lo reconociera, que no tratara de consolarle.

Siento que me estoy haciendo mayor y un poco más sabio en estas cosas. No podía engañarle y decirle, conociendo su inteligencia, algo que iba a insultarle. Morimos, desaparecemos, y el mundo sigue. No le hacíamos falta antes ni se la haremos jamás. El Mediterráneo, debido al movimiento de las placas tectónicas, se elevará dentro de millones de años convirtiéndose en una cordillera como la que ahora es el Himalaya. Nada tiene sentido salvo estos breves momentos en los que articulamos el pensamiento y damos testimonio, aún sabiendo que se perderá. Debemos explorar, llevamos ese impulso en nuestros genes: qué hay más allá de la colina, qué escribiré mañana si mi vida es la más común de las vidas, ¿aparecerá el mar cuando el coche gire en la siguiente curva?

lunes, 29 de abril de 2019

Veintinueve de abril

El día de hoy ha sido ligero sabiendo que en mi país la derecha apoyada por la extrema derecha había sido detenida gracias a un alto índice de votos, uno de los mayores en las últimas décadas. Cuando en España todo el mundo va a votar suele triunfar el sentido común, la tolerancia, la aceptación de los otros, la integración. Somos el país número uno en el planeta entero en número de donaciones de órganos. Cuando suceden catástrofes internacionales España suele ser uno de los países que más ayuda presta en relación a su población.

Yo ayer por la noche me sentí orgulloso de mis vecinos. Yo, que si algo no soy es nacionalista. Los votos habían vencido a las mentiras, las infamias y los bulos de los tres partidos de la derecha. Hubiera pagado por ver los rostros de sus líderes al darse cuenta de que los españoles, cuando votamos casi todas y todos, no nos tragamos mentiras tan gruesas como que Sánchez había pactado con los independentistas (¡si así hubiera sido no hubiera habido convocatoria electoral, idiota!), que Otegui determinaba la política del PSOE, barbaridades así. ¿Tan tontos nos creían a los votantes?

Me alegro mucho, muchísimo, del resultado electoral de ayer en España. Sólo espero que el PSOE no pacte con Ciudadanos, pero esa posibilidad es algo que me parece casi imposible habida cuenta de las declaraciones del líder de este último partido, que lo fía todo a convertirse en el partido principal de la derecha. Sé que habrá presiones del mundo empresarial y mediático para que eso suceda, pero confío en que Sánchez sepa qué esperanza se ha depositado en su voto.

Estoy contento y voy a dormir bien. Nunca había hecho campaña política, y en esta ocasión me he dejado la piel en las redes sociales. Nos jugábamos tanto. La ultraderecha estará en el Parlamento pero su papel será insignificante, sin consecuencia alguna en la vida de las personas más allá del miedo que da.

Soy progresista, sí. Lo soy desde que era muy joven. Creo en la justicia, en la igualdad social, en los servicios públicos, en la desaparición de fronteras, en la fraternidad, en la redistribución de la riqueza de países y continentes: creo en el feminismo, en la aceptación del diferente, en el respeto a cualquier opción sexual que no obligue a nadie a hacer nada que no quiera hacer; creo en una futura Ley de Eutanasia que permita a enfermos terminales ser propietarios de su vida sin que ninguna otra persona les arrebate esa última decisión. Sí, imagino que soy "progre". Buenas noches.

domingo, 28 de abril de 2019

Veintiocho de abril

Me siento feliz. El Partido Socialista ha ganado las elecciones y, sobre todo, ha relegado a la ultraderecha a un rincón insustancial del congreso. La movilización ha merecido la pena. Porque somos humanos somos políticos. Yo, por mi trabajo, sé las consecuencias de las decisiones de los legisladores. Afectan a nuestra vida cotidiana. He hecho campaña, lo sé, y me alegro de que los resultados sean los que yo deseaba. Que Pedro Sánchez pueda seguir siendo el presidente de España es para mí una noticia maravillosa. Lo que había enfrente era terrible. Me acuesto feliz. Hay cuatro años por delante para desarrollar políticas progresistas. Bona nit.

sábado, 27 de abril de 2019

Veintisiete de abril

Jornada de reflexión: quiero un país justo, feminista, defensor y militante de los servicios públicos. No hay más. Es así de sencillo.

viernes, 26 de abril de 2019

Veintiséis de abril

Estas cinco estaciones son un lugar de descanso para mi mente precipitada. Mi mente precipitada, sí, una precipitación contra la que casi toda mi vida mantuve, y todavía mantengo, una sorda lucha para contenerla.

Fui tartamudo hasta los doce o trece años. Todavía recuerdo cómo lo que pensaba se amontonaba en forma de palabras en mi mente creando un colapso que me impedía articularlas a la velocidad necesaria. Esas palabras podían ser, perfectamente: "Póngame tres barras de pan y dos bolsas de leche, por favor". La panadería de Adelina estaba en la acera de enfrente de casa de mis padres, y cuando me mandaban a comprar pan a veces ella llamaba a mis padres porque yo no me acordaba de si eran dos barras de pan y tres bolsas de leche (entonces vendían la leche fresca en bolsas) o al revés. A veces perdía el dinero en los tres o cuatro metros que separaban el portal de nuestra casa de su tienda.

En algún momento dejé de tartamudear. Lo que quería decir y la velocidad a la que lo quería decir coincidieron y ya está, fue como un clic. No por ello mi mente se calmó, pero encontró otros modos de evacuar su velocidad. No mencionaré por su nombre uno de los más efectivos a esas edades, pero recuerdo que era como un bonobo solitario y compulsivo.

Luego llegaron los años de lecturas insaciables, robadas a las noches, al patio en el instituto, robadas a mi vida de adolescente. Fundé una revista, hice teatro, ¡cualquier cosa antes que estudiar! Aquí mis recuerdos comienzan a confundirse. Un campo de voleibol, una sala de conferencias que llamábamos "Siberia" porque siempre hacía mucho frío y que cubrimos de hojarasca de otoño para un recital de poesía.

Recuerdo mientras escribo y me doy cuenta de que, en realidad, lo que estoy escribiendo probablemente sólo tenga sentido en mi cabeza que recuerda. ¿De qué manera podría interesarte a ti? A menos que pienses que tú y yo estamos unidos desde que abrimos los ojos por primera vez hasta que los cerramos para nunca despertar por un vínculo eterno: somos humanos, sé que mi experiencia no es única en este planeta, sé que mi experiencia puedo compartirla sin vergüenza ni reparo con todos los seres humanos que han vivido antes que yo. Qué menos con quienes comparto el tiempo y el espacio.

Estas cinco estaciones son un lugar de descanso para mi mente que, a menudo para mi desgracia, nunca nunca descansa. Me siento ante la página en blanco, me pongo música, respiro y dejo que mis dedos se deslicen por el teclado. Te confieso que frecuentemente no sé ni qué estoy escribiendo exactamente.

jueves, 25 de abril de 2019

Veinticinco de abril

Llovió débilmente durante todo el día y ahora, momentos antes del atardecer, el cielo se ha abierto y entre las nubes ha asomado un sol inesperado convirtiendo todas las anodinas fachadas de los edificios circundantes en templos griegos de ladrillos de oro.

miércoles, 24 de abril de 2019

Veinticuatro de abril

Mi cuerpo está empeñado en ponerme a prueba, y ahora lo que tengo es un catarro o bronquitis importante, con mucha tos. Cristina, mi médico, me ha recetado un antibiótico de tres días. Espero estar mejor el viernes, cuando acabe.

Últimamente se está colando en mis comentarios Spam a todas horas, comentarios que tengo que borrar y eliminar uno a uno. Como estoy así he decidido moderar los comentarios durante una temporada. Si, por alguna razón, os apetece comentar, me llegará un aviso al correo y le daré curso con mucho gusto. Al dichoso Spam, que nunca he comprendido qué gana con estas cosas, me lo cargaré directamente.

No tengo ganas de escribir, sólo de meterme en la cama y dormir. Buenas noches.

martes, 23 de abril de 2019

Veintitrés de abril

Lo único que me gusta de San Jorge es que es festivo en Aragón y no tengo que ir a trabajar. El día de Aragón como tal, y por coherencia con lo que pienso acerca de la naturaleza de los seres humanos, me importa un pimiento.

¿Qué mérito prodigioso recae en la absoluta casualidad de haber nacido en un lugar u otro del mundo? Es que hasta el espíritu más perezoso se tiene que dar cuenta. Nacer en un lugar no es mejor que nacer en otro. No pertenecemos a tierra alguna sino a nuestras decisiones, y por eso nuestra aventura consiste en descubrir y explorar. Caminemos hasta la siguiente colina para ver qué se vislumbra desde allí.

lunes, 22 de abril de 2019

Veintidós de abril

Hoy nuestro hijo pequeño ha cumplido veintidós años. Estábamos nosotros, sus padres, su novia Raquel y su hermana Paula. Ha sido bonito, porque en nuestra familia no somos de celebrar este tipo de cosas. Raquel había cocinado su primera tarta de queso con frutos del bosque, que estaba buenísima, y el horno se ocupó de un ternasco de la zona con patatas. Una comida y una celebración sencillas pero muy bonitas. Creo que él no se esperaba una ceremonia al uso. Mientras todo sucedía yo le observaba y me asombraba su belleza, su risa de reto al mundo presente y por venir, su energía agotadora. Pensaba en lo pequeño que era cuando por primera vez lo tuve en mis brazos, un gusanito como todos los recién nacidos. Cada día, en mi trabajo, atiendo a jóvenes parejas que acaban de tener un bebé y es de las cosas que más me gusta hacer: sus rostros cansados y al mismo tiempo estupefactos e ilusionados. A veces tengo ganas de decirles que esas gusanitas y gusanitos acabarán convirtiéndose en mujeres y hombres más altas y fuertes que ellos, pero no lo hago porque eso es algo que cada pareja merece la pena descubrir sin que nadie se lo anuncie.

Hoy Carlos Miramón Puértolas ha cumplido veintidós años. Es una buena persona, con sus defectos y sus virtudes, como sus padres, pero bueno como no se puede ser más bueno, en el sentido estricto de la palabra: igualitario, feminista, libre, alegre sin límite, amigo de sus amigos, amante de su amor.

Todo está bien, salvo que no llueve. Llevamos días con cielos de inminente lluvia que luego quedan en casi nada. Cuatro gotas. Cinco personas. Una tarta primeriza propia de una pastelería y mucho cariño compartido. Y el amor, el amor, siempre el amor. Feliz cumpleaños, mi príncipe.

domingo, 21 de abril de 2019

Veintiuno de abril

Ayer fuimos de excursión a la ruta de los azudes, en Pozán de Vero. Hoy hemos ido a Torres de Alcanadre para hacer una ruta que partía de una ermita y recorría un sendero hoy por hoy muy abandonado que en algunos tramos acompañaba al cauce del río Alcanadre. El paisaje era premonegrino, austero, cubierto de aliagas y y otras plantas que pinchaban, roca arenisca, pequeños pinos inferiores a nuestra estatura.

Soy de los que piensan que no hay lugar estrictamente feo sino la mirada que se deposita en él. Nuestra excursión de esta mañana ha sido muy bonita, pero nos hemos dado cuenta de que el sendero había sido invadido por la vegetación e incluso algunos de los postes de madera indicando la dirección habían caído al suelo sin que nadie se hubiera preocupado, en años, de ponerlos en su sitio. A menudo nos ha costado trabajo encontrar el camino, lo cual, tampoco voy a negarlo, nos ha hecho sentir exploradores de otro tiempo.

Paula echa de menos estos paisajes cambiantes. Al lado del río Alcanadre la vegetación de ribera crecía verde y maravillosa a pocos metros desde donde la admirábamos, terreno de matorral, romero en flor, zarzamoras, líquenes, musgo amarillo, malas hierbas y, como malas, protegidas por todas sus armas.

Hay una belleza antigua en los bosques de Noruega, quién podría negarlo. Árboles de diámetros inmensos y alturas épicas. Pudimos disfrutarlos el verano pasado. Agua, hierba, lagos, arroyos por todas partes. Hay una belleza antigua, es verdad, pero también monótona.

Paula, que ha venido a pasar unos días con nosotros, disfruta de la variedad de paisajes y, sobre todo, del disfrute de cambiar cada pocos kilómetros de naturaleza, incluso aunque ésta haya sido modificada por la humana. Me ha pedido que aparcara a un lado de la carretera junto a un campo de colza. El cielo era gris de lluvia y el campo amarillo intenso brillaba como un milagro alienígena.

Cuando nuestra hija viene a visitarnos recupera los campos de cereal, las amapolas, la aliaga, los altísimos cielos azules, las encinas carrascas, los pinos y enebros, las zarzamoras, los lirios silvestres, las margaritas, el paisaje de su infancia. Es cierto: no son los bosques vikingos entre los que ahora vive y que, para una temporada, lo mismo te dejan con la boca abierta. Pero echa de menos la variedad de que todo cambie si conduces unos kilómetros hacia Benasque o Bielsa o si los conduces hacia Sariñena y Tardienta. Incluso si conduces, como hacemos tantas veces, hacia el desierto que rodea a Zaragoza. Ella conoce, desde su infancia, la variedad, y tras eso todo es pobre y escaso.

sábado, 20 de abril de 2019

Veinte de abril

La noche hizo su milagro y desperté bien, con apetito aunque con miedo de volver a vomitar, un miedo que poco a poco se mostró infundado.

Fuimos de excursión a Pozán de Vero, un pueblo muy cercano a Barbastro. La ruta de los azudes. Todo estaba señalizado. Bosque de ribera, pájaros cantando, sol. Nuestra hija era feliz y nosotros también.

Ahora es de noche. He cocinado albóndigas caseras para mañana.

Cuando uno es joven nunca piensa en estas cosas. Que creará una familia. Que cocinará para ella. Que escribirá sobre estas maravillas cotidianas de su devenir.

viernes, 19 de abril de 2019

Diecinueve de abril

Un día con dos caras opuestas: me he levantado mal, con mucha ansiedad, aunque he podido llegar al piso de Barbastro ya un poco tocado. No tenía nada de apetito y, tras tomarme un orphidal, me he ido a la cama para intentar relajarme, pero no he podido dormir. Poco a poco la pastilla ha ido haciendo su trabajo y, pensando que estaba mejor, como no había ingerido nada desde el capuchino de la mañana, he comido una manzana. Al cabo de dos horas la he vomitado toda, así que he ido a buscar a mi hija a la estación de autobuses en un estado de debilidad importante. Aunque todo se me ha pasado al verla venir hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja.

Por la mañana despertó en Bergen, Noruega, y esta noche cenará en Barbastro, España. Qué extraño es viajar en estos tiempos. Espero que la noche me cure un poco.

jueves, 18 de abril de 2019

Dieciocho de abril

El segundo mesías vino a la tierra en Siria, no muy lejos de donde lo había hecho su antecesor dos mil años antes.  Tenía seis años cuando un avión de guerra bombardeó el edificio donde vivía convirtiéndolo en escombros y matando a todos sus habitantes. Él, naturalmente, resucitó a los tres días, pero eran tantas las toneladas de cemento y hierro que presionaban su pequeño cuerpo destrozado cerca del de sus padres y sus hermanas y hermanos, que no pudo hacer otra cosa sino esperar. Al cabo de unas semanas, después de sufrir el proceso de corrupción de los cuerpos de su familia, alguien abrió una grieta de luz en los escombros que lo sepultaban. Cuando vieron su estado aparentemente vivo cerró los ojos y se hizo el muerto. Como mesías era capaz, sin siquiera saber cómo, de hacer muchas cosas: no sentir hambre, no sentir sed, detener los latidos de su corazón.  Lo enterraron en una fosa común junto a los suyos. Allí yace en la verdadera muerte eterna, inocente como un cordero, sin saber que había venido al mundo a salvarnos por segunda vez.

miércoles, 17 de abril de 2019

Diecisiete de abril

Durante todo el día parece que va a llover pero no llueve. El cielo tiene la textura de un terciopelo gris sobre la ciudad. También mi organismo, especialmente sensible siempre a todo lo que pueda impedirme ser feliz, lo siente. Pero soy experto en llevarme a mí mismo la contraria. Que el clima no sea más fuerte que mi deseo: ese es mi reto. Tecleo en el portátil como un pianista tocando a Chopin.

martes, 16 de abril de 2019

Dieciséis de abril

Sigo a la NASA en Instagram porque me gustan mucho los lanzamientos de las naves que se alejan de la fuerza de la gravedad de la tierra. Cuando la cuenta atrás termina ves el descomunal gasto de energía que es necesario para que ese artefacto pueda vencerla y escapar de ella. Es algo de lo que no nos damos cuenta en el día a día. Que las cosas pesan, que se posan siempre en dirección al centro de nuestro planeta. Cuando contemplas despegar un cohete se hace visible la potencia de esa realidad, hacen falta millones y millones de kilos de combustible para lograr huir hacia la ingravidez del espacio. Son cosas que me hacen pensar, y también imaginar.

lunes, 15 de abril de 2019

Quince de abril

Contemplo perplejo el feroz incendio de la Catedral de Notre Dame, en París. La aguja ya ha caído y el fuego arrasa con todo. Las mangueras de los bomberos no tienen la potencia necesaria para alcanzar el tejado desde la calle, y ya se habla de utilizar agua desde el aire, a pesar de le inmensa nube de humo que se ve desde cualquier punto de la capital francesa. Voy a estudiar su antigüedad y descubro que su edificación comenzó en el año 1163 y se terminó en 1345. Tal vez estoy contemplando ahora, en 2021, una época de ciencia ficción para quienes la construyeron, un hecho tan histórico como triste. Todo apunta a que el incendio se inició en los andamios que estaban retirando las estatuas de bronce para restaurarlas.

Después de la perplejidad ha asomado en mi alma la natural tendencia al estoicismo que me caracteriza. La Catedral de Notre Dame hubiese podido arder en los últimos siglos como en los siguientes y está sucediendo ahora, frente a mis ojos observando una pantalla que los constructores medievales ni siquiera pudieron imaginar.

¿Qué importancia tiene en realidad? Todo avanza hacia la entropía: el desorden, la mutación y degradación de nuestros órganos vitales, el universo y también las catedrales, las ciudades, los bosques.

Sí, lo sé: soy la alegría de la huerta.

domingo, 14 de abril de 2019

Catorce de abril

Como cada fin de semana que pasamos aquí, en Barbastro, fuimos a caminar junto al canal. Los pájaros se llamaban de árbol en árbol. Los campos de cebada regalaban el verde esmeralda que pronto se apagará, igual que las amapolas y las aliagas amarillas. El cielo estaba nublado, con lo cual cualquier fotografía que hiciera sería maravillosa, pero habíamos venido a caminar vigorosamente nuestros seis kilómetros en algo menos de una hora ida y vuelta y sólo pude hacer una. Nos cruzamos con una pareja de ciclistas a quienes saludamos y nos saludaron amablemente. A veces la vida es algo sencillo.

sábado, 13 de abril de 2019

Trece de abril

Hoy por la tarde he conducido a través de los Monegros en dirección al pequeño pueblo de Robres, donde se ofrecía una misa funeral por la prima de Maite que murió el viernes de la semana pasada.

Los Monegros siempre me han fascinado, aunque hacía muchos años que no los recorría y he descubierto que el regadío ha modificado el paisaje anteriormente seco y yermo en grandes campos de cereal. Pero la carretera seguía siendo la de siempre, estrecha, sin señalizar muchas veces, y con rectas de kilómetros y kilómetros entre un paisaje casi plano salpicado aquí y allá de peñas de arenisca moldeadas por el viento y pequeños bosquecillos junto a acequias y canales.

La misa ha sido larga, monótona y triste. Nos poníamos de pie. Nos sentábamos. Volvíamos a ponernos de pie, a menudo con dudas de unos y otros; volvíamos a sentarnos.  El sacerdote, un hombre más joven que yo y que sabía leer, ha convertido el vino en la sangre de un judío que vivió en la Palestina de hace dos mil años y el pan en su carne, para proceder posteriormente a su deglución.

Vale: me eduqué en un colegio religioso.  De Dominicos concretamente. Sé de qué va.  Todos los martes teníamos misa. Y los domingos también, claro. Pero ahora que soy mayor, ahora que he podido asombrarme ante la imagen de un agujero negro en el espacio profundo, ahora que me fascinan la paleontología y la arqueología y la ciencia ficción, sólo puedo asistir a misa en esos términos.

Me ha gustado un detalle que ha dicho el cura: "Y Jesús resucitó y se presentó ante los suyos con los agujeros de los clavos en las manos -o en las muñecas- y en los pies". Lo dicho así, literalmente: "o en las muñecas", y mientras me levantaba y me sentaba he pensado: este hombre ve documentales. Y sin embargo cree en la resurrección, en la virginidad de la madre de aquel judío y en todo lo que vendría después y nos trajo esta tarde hasta esta pequeña iglesia de un pueblo perdido en medio de los Monegros.

Respeto las creencias de cada cual a mi manera, es decir, no diciéndoles en voz alta lo que pienso de ellas. Creo que más no se me puede pedir.

viernes, 12 de abril de 2019

Doce de abril

Hoy en el trabajo he atendido a un hombre de L'Escala, en Girona. De seguida he començat a parlar amb ell en català. Li he explicat que el meu primer destí com a funcionari va ser a Girona, al carrer Santa Eugènia, prop de l'estació del tren. Que vivíem a Banyoles, on Maite era professora, i la platja que teníem més a prop, a través de la carretera d'Orriols, era la d'Empúries, abans dels Jocs Olímpics, molt a prop del seu poble. Li he explicat que el meu millor amic és de Sant Joan les fonts. Li he dit que estimo Catalunya, encara que no l'independentisme. Hem parlat una estona i al marxar m'ha donat la mà. Mentre s'anava he recordat els meus anys a Catalunya i he sentit una barreja de nostàlgia, por i inquietud. Y mucho amor.

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Hoy en el trabajo he atendido a un hombre de La Escala, en Gerona. En seguida he comenzado a hablar con él en catalán (siempre lo hago, aprovecho cualquier situación para no perder fluidez y practicar). Le he explicado que mi primer destino como funcionario fue en Gerona, en la calle Santa Eugenia, donde estaba entonces la Seguridad Social. Le he he contado que vivíamos en Bañolas, donde Maite era profesora en el instituto, y que la playa más cercana, a través de la carretera de Orriols, una carretera preciosa llena de curvas para mi Alfa Romeo de entonces, era la de Ampurias, la antigua ciudad primero griega y luego romana, antes de los juegos olímpicos y las pasarelas de madera, peatonalización de zonas, etc. La Escala está al lado de Ampurias. Le he contado que mi mejor amigo en el mundo es de Sant Joan les Fonts, y también que amo Cataluña pero no el independentismo. Hemos hablado un rato y al irse me ha dado la mano. Mientras se iba he recordado mis años en Cataluña y he sentido una mezcla de nostalgia, miedo e inquietud. Y mucho amor.

jueves, 11 de abril de 2019

Once de abril

He salido un momento a las siete de la tarde a hacer unos recados. La luz del sol en retirada convertía en hermosos los edificios más feos, que, durante un momento, resplandecían como palacios.

Un avión cruzaba el cielo dejando su estela blanca y contaminante a diez u once kilómetros de altura sobre mí y sobre Barbastro. Sé que desde esa altura todos somos invisibles y la tierra se convierte en un puzzle de ocres, marrones y verdes tímidos, pálidos, indiscernibles. Lo he pensado cuando le hacía una fotografía imposible desde la calle.

En el parque de la plaza jugaban niños pequeños mientras los padres y madres charlaban entre ellos. Todo era pacífico, cotidiano, seguro. En los columpios había niños y niñas de origen africano jugando y chillando. Ningún peligro a la vista, sólo una tarde de jueves después del colegio, antes de volver a casa y preparar la cena.

¿Todavía hay alguien que pueda preguntarse por qué se juegan la vida huyendo de la guerra, cruzando el mar para llegar hasta aquí? Esos niños y niñas podrán ser médicos, ingenieras, policías, fontaneros, lo que quieran y alcancen a ser. ¿Quién no se jugaría la vida por algo así? ¿Quién no lo comprendería si tiene un corazón que late en su pecho?

miércoles, 10 de abril de 2019

Diez de abril

Me gusta más la expresión "ya se ha hecho de noche" que "ya es de noche". Porque hacerse y ser son cosas distintas. A mí me gusta que las cosas se hagan, incluso aunque sepa que en realidad son. Me hago mayor versus soy mayor, etcétera.

En el hacerse hay un pasado, un proceso. En el caso de la noche, todo el día anterior en el que fuimos a trabajar y cocinamos e hicimos cosas. Ser es como si lo que sucede apareciese de la nada, en un segundo, sin pasado y, por lo tanto, sin futuro.

Se ha hecho de noche. Por la tarde sonaron truenos bajo lejanas nubes oscuras, casi negras, que pasaron de largo. Ahora mismo cuece a fuego bajo en la cocina un osobuco que comeremos mañana. A las doce menos cuarto se cumplirán las tres horas de rigor para que la carne sea como mantequilla.

Mientras tanto escribo en este diario que me acompaña desde hace tanto tiempo. ¿Qué me pasó hoy? Atendí a muchos seres humanos que dejaron huella en mí. El gingko frente a una de las puertas de mi bloque de apartamentos ha creado sus primeras hojas tiernas de primavera. Desde que supe que era un árbol prácticamente fósil, superviviente de una familia ya extinguida, lo miro de otra manera. Milagros en la acera y, unos metros más allá, el río fluyendo pacíficamente hacia el mar. Nada, absolutamente nada, es normal.

martes, 9 de abril de 2019

Nueve de abril

Tras cada ser humano con quien os cruzáis en la calle hay historias inimaginables. Historias felices, tranquilamente felices, la mayoría, y también historias muy tristes e incluso traumáticas y dignas de denuncias judiciales que nunca se llevaron a cabo.

Me moriré habiendo contemplado la naturaleza humana. No la mía, que sólo la conocen los demás (nosotros somos incapaces de saber algo así). Y después de tantos años esa naturaleza de las personas que han pasado frente a mí me conmueve tan profundamente que me cuesta expresarlo con palabras.

Somos figuras rusas: unas conteniendo otras y otras pero, en nuestro caso, sin más final que el fallecimiento, la muerte, la desaparición. Aprendo mucho cada día a pesar del tiempo que llevo trabajando en este oficio. Capas de cebolla y en el centro siempre un corazón.

lunes, 8 de abril de 2019

Ocho de abril

Me siento muy cansado. Hoy me acostaré temprano a pesar de las lágrimas del proceso que la ley obligó a seguir a un marido que ayudó a morir a su compañera desde los veinticinco años, víctima de la terrible enfermedad que es la Esclerosis Múltiple Amiotrófica: ELA.

Una ley de eutanasia consensuada y justa y humana es imprescindible en nuestro país, y estoy seguro de que un día u otro llegará. Pero cuánto dolor nos ahorraríamos si fuese mañana en vez de pasado mañana.

Con la derecha sucede algo muy raro y terrible: confunden los derechos con obligaciones. Nadie está obligado a abortar si no quiere hacerlo, nadie está obligado a divorciarse si no quiere hacerlo, nadie está obligado a desear una muerte digna, anticipada, en plena consciencia de su ser. Nadie.

Quien quiera sufrir hasta el final una terrible agonía podrá hacerlo. Quien quiera dar a luz un bebé enfermo o fruto de una violación podrá hacerlo. Quien quiera soportar un matrimonio sin futuro podrá seguir soportándolo. ¿Qué problema hay? Uno solo: obligar a toda la sociedad a cumplir las normas mentales y religiosas de una parte. La respuesta es sencilla: que les den por el culo y los ciudadanos sean libres de gobernarse sin sus prejuicios y repugnantes discriminaciones.

Estoy muy cansado y voy a acostarme pronto. Confío en que lo que pienso llegue pronto a nuestro país. Sólo soy un voto, ése es todo mi poder. Un voto y todo mi corazón. En España es imprescindible una Ley de eutanasia como ya existe en otros países europeos. Es imprescindible ya. Basta de sufrimiento inútil. Quien quiera sufrir como Jesucristo en la cruz que lo haga, nadie se lo impedirá. Quien quiera poner fin a un sinsentido que tenga una posibilidad. ¿No merecemos como seres humanos esa opción?

domingo, 7 de abril de 2019

Siete de abril

Esta mañana, como solemos hacer, hemos ido a caminar nuestros seis kilómetros junto al canal. Marcha rápida -es el único ejercicio que hacemos cada semana- y mucha conversación. En el barro de los charcos secos había huellas de fuinas, como aquí se llama a las garduñas, y también de jabalíes y raposas. Pensé en la posibilidad de hacer guardia en esos senderos una noche para verlos, pero teniendo en cuenta mis ronquidos, porque me dormiría, ningún animal salvaje osaría pasar delante de mí en un kilómetro a la redonda.

El domingo se apaga lentamente.  Es en momentos así cuando agradezco que mi trabajo me guste tanto, a pesar de las cosas que a veces debo escuchar y leer. Pensar en mañana no me desespera más que el futuro de nuestra especie. Pero soy optimista. Nos adaptaremos a lo que venga, incluso lo inducido por nuestra irresponsabilidad, y saldremos adelante. Siempre ha sido así. Piensa en los inuit. Piensa en los tuareg. Somos unos de los animales de nuestro planeta más capaces de adaptarse a cualquier situación climática, y también comenzamos a viajar fuera de nuestro hogar a través del espacio estelar.

sábado, 6 de abril de 2019

Seis de abril

Nevó en cotas bajas. Las montañas relativamente cercanas se veían hermosas cubiertas de nieve bajo las nubes oscuras que hacían brillar el verde esmeralda de los campos de cebada. En qué lugar tan pequeño vivimos. En qué lugar tan bonito.

viernes, 5 de abril de 2019

Cinco de abril

La prima de Maite ha muerto hace unas horas. Tenía nuestra edad y dos hijos de la edad de los nuestros.

Lo veo a menudo en mi trabajo, pero es distinto cuando sucede en esos círculos concéntricos que las relaciones crean como pequeñas piedras al golpear en el agua.

No ha sido una muerte inesperada sino todo lo contrario, y de algún modo es un acto de misericordia ante el terrible sufrimiento que N. ha padecido en estos últimos meses. Ella, por lo que sé, nunca pidió que le ayudaran a desaparecer, tal vez tener hijos aún jóvenes le impelían a seguir luchando hasta el final.

Cada ser humano somos un milagro único, una libélula que brilla en la espesura durante algunas noches y después deja de hacerlo.

Lo he escrito muchas veces en mis blogs, también en este, creo. cuando nació mi hija Paula escribí esa misma tarde en mi cuaderno de notas: "Ha nacido mi hija. Mi hija que también morirá". Acababa de nacer pero yo, como todos nosotros, sabía. Porque sabemos. No el lugar, no la hora, no la edad ni el momento, pero sabemos. Ha nacido mi hija hace unas horas, mi hija que también morirá.

No sé qué importancia ni para quién puedan tener las palabras que escribo, pero sólo trato de dar testimonio de algo que otros escribieron antes que yo: habitamos el mundo como si fuésemos inmortales sabiendo que lo somos. Por eso cada ser humano de este planeta es poeta, filósofo, músico y explorador, cuide un rebaño de camellos en Mauritania o investigue en un laboratorio de California. Es increíble, cautivador, y además es verdad.

Iremos al funeral y compartiremos el dolor sabiendo que todo termina desapareciendo: imperios y galaxias y primas y padres y nuestra infancia y juventud. Incluso el dolor. Incluso la memoria del dolor. Todo termina desapareciendo, y, mientras vivimos como si no sucediera, como así ha de ser, creo que es bueno saberlo al mismo tiempo.

jueves, 4 de abril de 2019

Cuatro de abril

Nuestro hijo Carlos vuela en este mismo instante junto a algunos amigos a nueve mil o diez mil kilómetros de altura rumbo a la República Checa, donde otro amigo está cursando una beca Erasmus desde hace algún tiempo.

Es extraño saberlo en esta pequeña cabina junto a mi cama en la que me recluyo para poner punto y aparte al día.

Paula en Bergen, Carlos en el cielo dentro de un avión, Maite en el salón corrigiendo exámenes y trabajos, yo aquí frente a esta pantalla que amo y a veces odio por igual.

Pero todo lo que hago lo hago por mi propia voluntad. Y creo que este detalle es una tontería importantísima en la que muchas personas no caemos. Mañana podría divorciarme pero amo a mi compañera y ella me ama a mí. Mañana podría dejar mi empleo y crear una gestoría, por ejemplo, o trabajar en una ya existente pidiendo un mejor salario del que cobro ahora, o reponer estanterías en un supermercado, o conducir una furgoneta de reparto, y ser feliz.

En realidad somos más libres de lo que creemos que somos. Todo lo tenemos en nuestras manos, incluido el riesgo de perderlo todo, porque nosotros decidimos. Depende de nosotros. Esto es algo que a menudo hemos olvidado.

Nada me obliga a estar aquí, delante de mi ordenador cada noche, para dar testimonio a veces de algo y muchas veces de nada.

Supongo que quien nace con libertad no la siente ni comprende su significado. Como la salud, es algo que sólo se valora al perderla.

Nada me obliga realmente a ir a trabajar cada día a mi querida y pequeña Agencia Comarcal de la Seguridad Social de Barbastro que, si llego antes que mis compañeros, abro como quien abre una frutería, todos tenemos llave del candado.

Me siento tan afortunado que me da miedo formularlo, y no sólo acabo de hacerlo sino que, por si faltara poco, lo he escrito. Mi hijo y sus amigos están a punto de aterrizar en el aeropuerto. Mi hija no sé lo que está haciendo en Noruega. Mi compañera (me cuesta mucho decir "mi mujer", básicamente porque no es de nadie salvo de sí misma) ha dejado de trabajar y se ha ido a dormir -ella es una alondra, yo un búho.

El planeta gira sin que la fuerza de la gravedad nos permita darnos cuenta de ello. Yo escribo, como siempre, dale que te pego, palabra tras palabra como si el mundo entero me lo pidiera: ¡Jesús Miramón, escribe cada día porque lo necesitamos como el aire que respiramos! ¡Jesús Miramón, escribe, cabrón! (La rima siempre es un arma ganadora).

Somos más libres de lo que imaginamos. Sólo debemos estar dispuestos a pagar el precio.

Mi hijo vuela sobre las nubes. Su madre y su hermana duermen bajo ellas. Yo escribo.

miércoles, 3 de abril de 2019

Tres de abril

Imagino a alguien escribiendo esta noche una entrada en su diario con el siguiente título: trescientos cuarenta y tres días de invierno.

Puedo imaginarlo con varias extremidades, dictando sus palabras o sonidos a un artefacto de color azul pálido.

Fuera de su cubículo sobre la ciudad de millones de habitantes se ponen dos soles, iluminando el cielo de colores melocotón, sandía, leche, nube de algodón.

Escribe: "Un día más en este mundo. Cuando acabe el invierno ya habré cumplido doscientos trece años. No le tengo miedo a la muerte, pero los siglos pasan tan deprisa."

Después se acerca a la ventana y disfruta con sus ocho ojos de la belleza del final de un día más de seiscientas horas de duración.  Siente en sus tres corazones cómo el tiempo, y con él la vida, se precipita irremediablemente.

martes, 2 de abril de 2019

Dos de abril

Estoy tan cansado que escribo por inercia. Las palabras brillan durante un segundo en mi cerebro y luego aparecen aquí. El de hoy fue un día tan largo. Leí denuncias de malos tratos en el ámbito familiar tan terribles que me costó no llorar. Atendí también a madres recientes con sus preciosos bebés durmiendo en sus carritos. Vaya, lo normal. Buenas noches, lectores y lectoras, os quiero. Buenas noches.

lunes, 1 de abril de 2019

Uno de abril

No tengo un horario para escribir. Suele ser a partir de estas horas porque es cuando ya he descansado y se aproxima la cena, o ya ha pasado y lo que se aproxima es la hora de acostarse y cerrar los ojos al mundo.

Siempre me han fascinado las horas que los seres humanos destinamos a dormir. Y he fantaseado, claro, cómo no hacerlo: al dormir aquí despierto en otro lado. En los sueños aparecen lugares que conocemos pero son distintos. He tenido relaciones sexuales con compañeras de trabajo mientras soñaba, y al verlas por la mañana me he sentido turbado por ello. Todo es posible allí, en el otro lado del sueño, como si nada fuese posible aquí. He volado sobre una Zaragoza abandonada hace siglos por la especie humana y cubierta de plantas salvajes rompiendo con sus raíces las fachadas de los edificios de la calle Baltasar Gracián.

Dormir y soñar es algo muy importante para los seres humanos. No hay mayor tortura, y por desgracia se ha practicado como tal, que impedir dormir a un prisionero. Se puede llegar a causarle la muerte, porque nuestro cerebro necesita descansar de la realidad, necesita purgar la basura visual y auditiva que ha ido almacenando innecesariamente a lo largo del día. Dormir es algo imprescindible. Es apagar y volver a encender nuestro cuerpo mientras éste se limpia de residuos y, a veces, también, como suele suceder con la basura, de pequeñas maravillas.

Es en este contexto en el que los diarios, los blogs o, como se llamaban al principio, los cuadernos de bitácora, una descripción que me encanta, tienen sentido todavía. Dar testimonio de la navegación real y de la imaginaria, crear una voz viva y audible. Así fui y pensé e imaginé y, también, soñé.

Voy a levantarme para preparar la cena: pan con tomate, jamón bueno, queso y vino. ¿Puede haber algo mejor? No. Ni siquiera la inmortalidad.

domingo, 31 de marzo de 2019

Treinta y uno de marzo

Esta noche perdí una hora. Llevo tanto tiempo escribiendo este diario que seguramente todo lo que diga a partir de ahora ya lo dije antes: me perturba haber perdido una hora. Ahora mismo son las diez y veinticinco de la noche pero ayer, en este momento exacto del mundo, eran las nueve y veinticinco de la noche. Me cuesta comprenderlo y a la vez me ayuda a entender que todas las medidas que nos rodean a lo largo de nuestra vida son solamente eso: acuerdos colectivos, convenios, apaños. Medimos el tiempo según nos conviene, aunque él no haga lo mismo con nosotros.

sábado, 30 de marzo de 2019

Treinta de marzo

Hemos ido a visitar a mis padres caminando. Desde nuestra casa cuesta media hora más o menos. Me ha sorprendido un poco ver lo sucias que estaban las calles de Zaragoza, o tal vez fuese efecto de la luz, que se desvanecía poco a poco mientras se encendían las farolas. La gente tomaba copas y tapas en innumerables terrazas. Hemos pasado, tanto en la ida como en la vuelta, frente a un gimnasio donde podías ver a las personas corriendo en cintas móviles pues en vez de pared había un inmenso cristal.

Al llegar a la casa donde me crié nos hemos encontrado con mi hermano Carlos y Concha, nuestra cuñada queridísima. Ellos se han ido al cabo de un rato a buscar a mi sobrino Diego, que estaba en casa de un amigo, y Maite y yo nos hemos quedado con Jesús y Nati un rato más. Ochenta y tres y casi ochenta años. Hoy mi madre estaba mejor que la última vez que fuimos a verles, así que he vuelto a casa más animado, aunque con una consciencia muy clara de que ya hemos entrado, como hijos e hija, en una etapa muy concreta de nuestras vidas y, sobre todo, de las vidas de nuestros padres amados.

Al llegar a nuestro apartamento he venido al cuarto de mi hija con un bourbon con hielo y aquí estoy, escribiendo mientras escucho una obra que descubrí hace poco y desde entonces no puedo dejar de oír. Parece mentira que tras tantos años de música no la conociera, pero cuantas más existirán. Es el precio que pagamos: vivimos fugazmente, pero tal vez por ello lo hacemos con más intensidad.


 

viernes, 29 de marzo de 2019

Veintinueve de marzo

Estaba duchándome con la puerta del cuarto de baño cerrada cuando he oído golpear en la puerta a nuestro robot de limpieza Roomba. Han sido tres o cuatro golpes suaves, pero durante un momento he sentido algo entre la perplejidad y el miedo.

jueves, 28 de marzo de 2019

Veintiocho de marzo

No habrá en la historia del universo otro día exactamente igual al de hoy. Hace mucho tiempo leí un artículo que explicaba el tiempo del siguiente modo: un vaso de vidrio al borde de una mesa cae y se rompe en pedazos al golpear el suelo de la cocina. Eso es el tiempo. Podríamos recoger los restos de ese vaso y pegarlos uno a uno hasta reconstruirlo, pero ya no sería el que estaba, minutos antes, intacto al borde la mesa. Sería otra cosa. Lo comprendí enseguida. El tiempo es eso.

Cada día de nuestra vida es un vaso que cae en el sueño de la noche. En mi inútil rebelión contra la ciencia y la física estos textos podrían ser, de algún modo, un intento de recuperar lo posible sabiendo que es imposible. Es la reunión de algunos restos. Migas de pan en la oscuridad del bosque.

Puedo leer en este diario lo que sentía al ir a recoger a mi hijo al colegio cuando era pequeño y corría feliz hacia mí arrastrando la chaqueta por el suelo, y emocionarme al hacerlo. Pero aquel momento existió y murió. Nunca volverá a existir como nunca él será otra vez un niño ni yo un padre de cuarenta años. Y no pasa nada. Sólo escribo sobre ello. Todo es como debe ser. Doy testimonio nada más.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Veintisiete de marzo

En el cercano recinto ferial de Barbastro, más allá del Palacio de Congresos al otro lado del río, las cofradías de Semana Santa ensayan con sus tambores y bombos para la próxima Semana Santa, como cada año por estas fechas.

Hoy he leído que actualmente, en España, el verano dura cinco semanas más que en mil novecientos ochenta. Son datos que me aterran porque no soporto el calor. Odio el calor, me resulta obsceno y embrutecedor.

El perro de alguna vecina ladra y ella le grita, sin éxito, que deje de hacerlo. Comprendo que algo no está funcionando bien en esa relación.

Por otro lado mi vida personal está bien. Calmada. Tranquila cuando no pienso en el calentamiento global; tranquila cuando no pienso en las guerras actuales y anónimas que matan a civiles, a mujeres y niños como sucede en Yemen; tranquila cuando no pienso en las toneladas de plástico y basura que flotan en los océanos; tranquila cuando no pienso en las próximas elecciones y la posibilidad real de que la derecha más radical gobierne en mi país; tranquila cuando no pienso.

Es difícil no pensar. A mí me cuesta mucho aunque a veces, de hecho a menudo, soy capaz de conseguirlo: mirando una película, viendo un partido de fútbol, concentrado en el plato que estoy cocinando, hablando con mi mujer de cómo le ha ido la mañana. Durmiendo la siesta como quien muere temporalmente.

A veces me siento un explorador antártico: cuanto más avanzo en la ventisca menos sé hacia donde me dirijo. Suenan los tambores y bombos que ensayan su participación en la Semana Santa que rinde tributo a la crucifixión y resurrección de Jesucristo en Palestina hace dos mil años, y yo, mientras escucho su sonido rítmico e hipnótico, me imagino avanzando entre la nieve y el hielo de la Antártida, perdido sin saber todavía que lo estoy.

martes, 26 de marzo de 2019

Veintiséis de marzo

Escribo con una tranquilidad, acaso debida al cansancio físico, que incluso me sorprende. Hace años, no demasiados, este proyecto de escribir en este diario cada noche me hubiese producido cierta ansiedad, cierta inquietud. Ahora no es así. Imagino que esto debe significar algo bueno para mí: que he madurado, tal vez; que me he dado cuenta del verdadero interés de mis cosas y mis asuntos y mis pensamientos; que en realidad ninguna de mis palabras es tan importante, que se perderán en el silencio del espacio que contempla la aparición y desaparición de galaxias y planetas. Darme cuenta de lo pequeño que soy. Es importante saberlo.

lunes, 25 de marzo de 2019

Veinticinco de marzo

A veces echo mucho de menos el mar. Hace años escribí en este mismo diario que me gustaba el mes de marzo porque contenía la palabra "mar".

Echo de menos el mar y la época en la que conducía en invierno con Maite a mi lado por la retorcida carretera de Orriols, entre Banyoles, donde vivíamos, y L'Escala, rumbo a la antigua ciudad griega de Ampurias. Nunca olvidaré el sonido del motor del Alfa Romeo apurando las curvas. Éramos jóvenes y de todo este ahora en el Somontano de Huesca no sospechábamos nada; tampoco, todavía menos, de nuestros futuros hijos.

El sonido de las olas rompiendo en la orilla. Lo escribiré mil veces, un millón de veces; lo escribiré antes de morir, si soy capaz de ello: el sonido de las olas rompiendo en la orilla una y otra vez, una y otra vez.

domingo, 24 de marzo de 2019

Veinticuatro de marzo

El día se extingue despacio,
sin prisa, a la velocidad de
la fuerza de la gravedad que
empuja mi cama, la silla y la mesa
en la que escribo hacia
el núcleo de la tierra.

Nada extraordinario
sucedió hoy, algo
que mi cerebro colmado
de voces y sucesos
a lo largo de tantos años
agradece infinitamente.

Silencio y paz. Silencio
y este dejarse llevar
por la corriente sin remedio.

sábado, 23 de marzo de 2019

Veintitrés de marzo

Esta mañana, paseando con mi compañera junto al canal, he visto la primera amapola de dos mil diecinueve. Todo ha florecido antes de lo acostumbrado. Podíamos vislumbrar la nieve en la lejana cordillera, ya no en forma de cimas blancas sino en flecos rasgados descendiendo y desapareciendo en las laderas. Había mariposas y hormigas. Pájaros en un cielo sin nubes. Romero en flor. Aliagas amarillas como las primeras plantas que crecerán en Marte cuando hayamos colonizado el planeta muchos siglos después de mi muerte.

viernes, 22 de marzo de 2019

Veintidós de marzo

Es un hombre grande, alto y muy fuerte. Lo que convendríamos en llamar "un chicarrón del norte". Se levanta de noche, tan temprano que a veces desayuna cuando otros recenan. Luego sale de casa, se sube a su camión y parte rumbo a su próximo destino. Desde la cabina contempla el amanecer sobre la tierra, sobre los campos, sobre la carretera a menudo desierta, sobre paisajes de todo tipo, y a veces hace fotografías. Le gusta mucho su trabajo -creo que a mí también me gustaría.

Es un hombre grande, alto, fuerte, y su corazón y su sensibilidad son más grandes que él. En mi limitado círculo social tengo a cuatro o cinco hombres como símbolos de lo que significa ser un buen hombre, un hombre bueno, simplemente eso: bueno. Uno es él, junto a mi padre y mis hermanos y mi mejor amigo. Se llama Gustavo y es mi cuñado, el compañero de nuestra hermana pequeña. En mi familia todos le queremos muchísimo. Lo que no sé si él sabe es que, además de todo eso, es un poeta maravilloso.

jueves, 21 de marzo de 2019

Veintiuno de marzo

Con la hora de la cenicienta acercándose poco a poco me asomo a la ventana y contemplo el cielo en el que brillan algunas pocas estrellas, rebeldes contra la contaminación lumínica de mi pequeña ciudad. Aún así me atrevo a hacer una fotografía donde, para mi sorpresa, tras haber eliminado el flash, aparecen. La cuelgo en instagram, lugar que complementa a Las cinco estaciones en el proyecto de hacer un diario de este año dos mil diecinueve en el que cada día doy testimonio visual y textual de mi vida cotidiana. Aviso, la mayor parte de las fotografías son terriblemente malas, como sucede aquí con los textos. Pero es mi proyecto.

En mi casa la cena es un pequeño sálvese quien pueda. Ni siquiera cenamos juntos. Cada uno se prepara algo y cena cuando le viene bien. Yo me haré una tostada caliente con gorgonzola y anchoas, probablemente, pero Maite tiene brócoli y Carlos seguramente se hará huevos fritos con longaniza o algo así. Vamos por libre. Comemos juntos, eso sí, pero la cena es como un territorio de libertinaje, lo cual me encanta porque puedo estar aquí escribiendo sin presión de ninguna clase.

Pienso que es importante que existan momentos así, en los que cada uno, pese a formar parte de una familia, pueda hacer lo que le salga de las narices sin reproches sino más bien agradecimiento. Cuando mis hijos eran pequeños no podíamos permitírnoslo, obviamente, pero ¿ahora? Campi qui pugui. Campo abierto. Y me encanta. Bona nit, amigas y amigos míos. Buenas noches también a quien pase despistado por aquí. Sólo es un diario, nada más.