jueves, 16 de marzo de 2017

Poca vergüenza

Un día absolutamente anodino. Trabajé bien, sin problemas, disfrutando de conocer temporalmente a otras personas. Para comer hice una pizza de tomate frito, mozarella, pimientos, cebolla y atún. Por la tarde M. tenía reunión de evaluación en el instituto. Cuando se fue yo dormía la siesta en el sofá. En ningún momento de la jornada tuve un momento de ansiedad, incluso mi tinnitus ha dejado de ser permanente salvo cuando, como en este mismo instante, lo he recordado.

Pero ¿de qué puedo quejarme yo? ¿Cómo puedo ser tan egoísta y banal? Tal vez ahora mismo familias enteras están cruzando el mediterráneo sobre una lancha neumática huyendo de la guerra, por no hablar de las que una vez aquí, hayan nacido en España o en el extranjero, no tienen recursos económicos y dependen de Cáritas, los servicios sociales o los bancos de alimentos. ¿De qué cojones puedo quejarme yo?

A veces creo que escribir este diario durante tantos años ha acabado convirtiéndome en algo que no me gusta: un viejo adolescente y narcisista mirándose continuamente el ombligo. Sí, lo creo. Cada día veo algunos de los problemas reales que afectan a la gente y luego vengo aquí, me siento frente al ordenador acompañado de un vaso de whisky o de bourbon, y escribo sobre mí. Qué poca vergüenza.

martes, 14 de marzo de 2017

En otro sitio

Mi cuerpo se rinde al cansancio.
Me tumbaré en la cama,
cerraré los ojos y,
en ese mismo instante,
despertaré en otro sitio.

lunes, 13 de marzo de 2017

Todo lo que va a suceder sucederá

Soy un ser humano lleno de prejuicios. Prejuicios de clase, prejuicios que provienen de un remoto pasado anterior a mi existencia.

No me gustan, por ejemplo, las personas extremadamente ambiciosas. No creo que la ambición sea una virtud especialmente apreciable ni útil para la convivencia o la justicia, entre otros miles de horizontes, dejando a un lado lo sucia y fea que finalmente resulta ser, incluso en su triunfo.

Yo he tenido mis pequeñas y medianas victorias, y alguna vez a punto estuve de dejarme arrastrar por su seductora llamada como la polilla que vuela hacia la farola incandescente, pero afortunadamente tenía a mi lado a una persona que me anclaba a la tierra con el único argumento de su sorprendente amor hacia mí y, sobre todo, su sabiduría innata, propia de una hija de generaciones criadas en la dureza del desierto de Los Monegros.

Me ha costado comprenderlo, pero ahora comienzo a saber que no me equivoqué en hacerle caso. El futuro siempre está abierto, no hay que forzar las cosas: todo lo que va a suceder sucederá. El tiempo corre, mi cabello es cada vez más blanco; mis debilidades, como mis prejuicios, siguen siendo los mismos desde hace mucho tiempo. Sólo soy un hombre entre miles de millones.

domingo, 12 de marzo de 2017

Playa de domingo

La tarde de domingo
llega desde muy lejos,
empujada por
todas las anteriores y también
por el viento, las tormentas,
las calmas chichas, los tifones y
sobre todo
la inmensidad de los días normales.
centenares y miles de días
y tardes normales, pacíficas,
apenas con espuma.

La tarde de domingo
llega desde muy lejos
hasta aquí y rompe
suavemente contra mis pies
para regresar y en su retirada
hundir mis talones
en la arena mojada.

jueves, 9 de marzo de 2017

Nunca me detendré

Salgo de esta habitación atravesando el techo y descubriendo el perro de mil razas que ladra cada mañana, la pareja de ancianos que cuida una dulce chica ecuatoriana, el ático de una trabajadora del supermercado al que suelo ir a comprar y finalmente el cielo abierto. Me elevo a través del aire transparente y fresco hacia la cúpula nocturna tan semejante al espacio estelar de las naves espaciales, la pequeña ciudad convirtiéndose tras de mí en un diminuto punto de luz en la oscuridad de mi planeta y no puedo detenerme. No puedo detenerme. Nunca me detendré.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Testículos de tontolabas

Mi madre tiene setenta y seis años, mi compañera cincuenta y tres, mi hermana cuarenta y tres y mi hija veinticuatro. Mi padre, sin ser consciente de ello, siempre fue y es feminista; yo y mis hermanos lo aprendimos de él; mi cuñado, al que queremos todos con locura, también lo es. Lo que quiero decir sin demasiados filtros es que conozco a muchos hombres feministas.

Mi pareja cobra, afortunadamente para nuestra unidad familiar, un salario más alto que el mío, por lo cual tomé un año de excedencia por cada uno de mis dos hijos, en 1992 y en 1997, para hacerme cargo de ellos mientras su madre iba a trabajar. Una vecina en el ascensor me preguntó una mañana si estaba en el paro.

La jefa de la agencia comarcal de la Seguridad Social de Barbastro donde trabajo es una mujer maravillosa que se llama Sofía. La quiero mucho, como a mis otras compañeras y ahora también a César, que vino hace un año, un tipo estupendo y tan friki o más que yo.

Dicho todo esto: sé que lo que acabo de escribir no es lo normal, y lo sé porque trabajo atendiendo a decenas de personas cada día. Maridos que delante de mí le dicen a su mujeres que se callen. Recuerdo el caso de una viudedad en la que la hija le dijo a su madre: "Al fin descansarás de ese hijo de puta, mamá". Eso ha sucedido delante de mí.

Odio "Los días de". Sobre todo el día de la poesía (sí, existe semejante gilipollez). Pero hoy es el día de la mujer, y estadísticamente cobran un salario un veintiocho por ciento menor que los hombres, y, también estadísticamente, se hacen cargo de todas las tareas de una casa y, sobre todo en algunos países musulmanes, no tienen derecho siquiera a conducir un coche.

Sé que existe esa realidad aunque no sea la que conozco en mi entorno, y por eso esta noche reivindico con todas mis fuerzas el elemental derecho de las mujeres a tener los mismos derechos y salarios que nosotros, los hombres. Será el único "día de" al que voy a prestar atención, porque ellas son lo mejor de este miserable mundo hecho a la medida de nuestros pequeños testículos de tontolabas.

Yo amo muy personalmente a las mujeres que mencioné en el primer párrafo de este texto; también, genéricamente, amo al conjunto de mujeres del mundo entero, aunque tal vez esto, me doy cuenta, pueda parecer una perversión. Pero no lo es.

martes, 7 de marzo de 2017

Gorriones

Hoy ha sido un día muy bueno -básicamente lo que viene a ser un día normal para casi todo el mundo- porque no he sufrido más de la cuenta y sin motivo. Y eso que los martes también abrimos la agencia por la tarde, de cuatro a siete concretamente, y acabamos los cinco derrotados. Al salir de la oficina mis compañeros y yo hemos hecho notar que ya no era de noche. Cada día la luz dura un poco más.

En los ratos en los que no había clientes miraba por uno de los ventanales y observaba con placer a los pajarillos que pueblan el pequeño jardín que nos rodea. He visto una pareja de verderoles que se perseguían junto a un muro como si estuviesen en celo, y también una lavandera -qué raro verla tan lejos del agua-, y los pequeños carboneros comunes que abundan en invierno a nuestro alrededor y comen el fruto oscuro de unos pequeños árboles de la acera cuyo nombre desconozco. También había gorriones, mis preferidos.

Me gustan tanto los pájaros pequeños. No tengo nada contra las cigüeñas, son espectaculares como pterodáctilos primitivos, su planeo nos remonta a tiempos en lo que ni siquiera existíamos como especie; tampoco tengo nada contra los buitres de inmensas alas que a veces giran en grupo cerca de la autovía camino de Zaragoza: un jabalí o una oveja muerta, cualquier cosa muerta: son el resultado de una naturaleza grande y pesada y necesaria sobre cuerpos muertos y grandes y pesados y necesarios.

Pero yo adoro al humilde gorrión cazador de migas de pan y restos de chucherías y lo que sea menester entre las ruedas de nuestros coches, las mesas de las terrazas, nuestra cercanía alimenticia. Su redondo cuerpo de plumón en invierno. Su resistencia y alegría infinitas en las mañanas más frías.

lunes, 6 de marzo de 2017

Una madriguera

Esta mañana a última hora, cuando ya ni siquiera estaba atendiendo a ninguna persona, he sufrido un ataque que he mantenido oculto para mis compañeras aunque, como me conocen muy bien, se han dado cuenta. Me he puesto como tantas veces una pastilla de Orphidal bajo la lengua y he esperado. Me dolía el brazo izquierdo y sentía que mi corazón latía a toda velocidad mientras las orejas se calentaban como brasas y el acúfeno sonaba cada vez más y más alto y agudo en mis oídos. Toda la jornada había estado bien, incluso demasiado bien, con almuerzo incluido en el despacho para celebrar pasados cumpleaños, y risas y conversaciones amables; demasiado bien, en cierto sentido. No sé.

Al volver a casa me preguntaba de nuevo erróneamente por qué me pasan estas cosas. No he comido y directamente me he ido a la cama. Maite, que ya tiene experiencia con estos episodios míos, me ha dejado tranquilo estando dispuesta a ayudarme cuando yo lo necesitase. Pero cuando estoy así convierto todo lo que me rodea en una madriguera, transformándome en un animal solitario, silencioso y asustado intentado huir precisamente de lo único que no puede huir: de sí mismo.

Ahora, antes de irme a la cama, me siento reventado como un caballo del que han abusado galopando sin descanso hasta caer al suelo; me siento tan cansado... Aunque sé que probablemente mañana por la mañana estaré bien, y ese estado durará unos días, con suerte unas semanas, ¿tal vez lo que me queda de vida? Daría lo que fuera. Lo que fuera.

sábado, 4 de marzo de 2017

Diez años

La tierra, marzo de dos mil diecisiete. Siguen sin existir colonias humanas en otros planetas a pesar de que el calentamiento global continúa avanzado inexorablemente. La joven española que hace diez años estudiaba partituras en su apartamento de Salzburgo ahora es una pianista profesional y vive en Berlín. La estación espacial internacional continúa orbitando alrededor de nuestro mundo y los almendros, tras varios días de sol, florecen entusiasmados e ignorantes del frente frío que se aproxima y les pondrá a prueba.

¿Qué ha sido de mí en estos últimos diez años? Casi todo está en este diario, incluido el paréntesis del Cabo de Hornos.

Hace diez años mi hijo tenía nueve años, mi hija catorce, y Maite y yo cuarenta y tres. Son acontecimientos que no tienen más mérito que los de cualquiera de las millones de olas que a cada segundo rompen en la orilla de todas las rocas y playas de la tierra. Y sin embargo, sí, nos parecen tan especiales y únicas. ¿Por qué si no hubiese dedicado tanto tiempo a escribir las mil doscientas setenta y nueve entradas que he escrito en este lugar desde el cuatro de marzo de dos mil siete, por no hablar de todo lo que había escrito antes, en Innisfree desde mayo de dos mil cuatro y a continuación en el Cuaderno de un hombre de cromañón?

Caminamos sobre los huesos de quienes cantaron y amaron y odiaron y volvieron a amar antes que nosotros, y todos y cada uno de sus supervivientes no somos sino el fruto de sus éxitos y sus fracasos.

Algo que siempre me ha conmovido profundamente son las siluetas de manos como las nuestras registradas hace miles y miles de años en cuevas profundas y riscos expuestos a la lluvia y el viento. En ellas duermen los futuros planos de la estación espacial y también los de las naves que nos permitirán colonizar otros planetas antes de que el nuestro colapse como así sucederá más tarde o más temprano.

Nuestras vidas son un parpadeo, un estornudo, una epifanía, una tragedia, un orgasmo entre miles de millones, algo que brilla y se apaga como las gotas de lluvia que caen a la luz de la farola de nuestra acera apareciendo y desapareciendo mil veces por segundo mientras el río crece al otro lado.

Puedo afirmar sin que me tiemble la voz que en estos diez años no he aprendido gran cosa. A escribir, si acaso, un poco, a fuerza de practicar, pero de lo que de verdad me interesa no he aprendido demasiado.

¿Por qué existimos en vez de no existir? ¿Qué significa todo esto? ¿El mundo es una pregunta o una respuesta? ¿Por qué sé qué es el amor y al mismo tiempo soy incapaz de responder las preguntas anteriores?

viernes, 3 de marzo de 2017

Regresa

La lluvia nunca viene,
la lluvia regresa para que
la luz de las farolas de la calle
la revelen haciéndome feliz
desde la ventana de la cocina.

Yo soy como ella, nunca
vengo, siempre
regreso. La escucho
y me parece estar
escuchándome a mí.