miércoles, 15 de diciembre de 2021

Piel de gallina

Hoy ha sido un día muy duro en el trabajo. He atendido casos dramáticos, de desamparo e impotencia ante la realidad de situaciones concretas y el muro legal de la administración donde trabajo a la que se enfrentan. Son casos que me dejan hecho polvo ante la frustración de no haber podido ayudar, atado de pies y manos por decisiones ajenas, muy ajenas y muy por encima de mí. En dos ocasiones me ha costado recuperarme para seguir. Mi corazón no se ha endurecido con los años de profesión sino todo lo contrario, siento cómo a veces se rompe y casi me impide respirar al escuchar a la persona que está al otro lado de mi mesa y la puta mampara de metacrilato.

No todos los días son así, afortunadamente. A menudo atiendo a parejas jóvenes que han tenido su primer hijo y eso me hace feliz, como las jubilaciones, por ejemplo, o las tarjetas sanitarias europeas que me permiten preguntar a dónde van a viajar y hablar de ello, si conozco ese país, si no lo conozco, compartir lo que somos: seres humanos sociales.

Hoy han coincidido al otro lado de mi mesa varios casos muy tristes y desoladores y, a estas horas, antes de acostarme, todavía estoy conmovido esterilmente o, lo que es lo mismo: conmovido para nada salvo compartir su sufrimiento.

Me frustra de un modo más salvaje que cuando comencé, hace tantos años, no poder ayudar más a las personas a las que atiendo. Los muchos años me han hecho, en vez de más duro, más blando, más rebelde, más sensible al dolor ajeno. Y no es una virtud: en mi trabajo es un problema a menudo muy grande porque me impide desarrollarlo con la profesionalidad debida. La piel de gallina y las ganas de llorar y abrazar no me ayudan. Trabajo y vivo con eso.

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