viernes, 6 de mayo de 2011

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Después de comer estoy tendido en la cama, con el estómago lleno de garbanzos como el del lobo de cabritillos, cuando escucho voces en la calle: ¡Miramón! ¡Miramón! Tras unos segundos de confusión deduzco que es la horda de mi hijo, a quien siempre llaman por su apellido, nunca por su nombre, una costumbre entre los cromañones adolescentes de este territorio. Poco a poco el volumen de los gritos de Carlos y sus amigos disminuye a medida que se alejan en busca de nuevos lugares donde hacer resonar sus voces en pleno proceso de cambio hormonal. Cuando todo vuelve a quedar en silencio cierro los ojos e intento dormir un poco, hoy tengo ensayo con la coral y necesito estar descansado. Mientras me deslizo suavemente en el agujero de gusano el lobo continúa durmiendo y roncando bajo un árbol, su barriga llena de cabritillos todavía vivos. No sabe lo que le espera.

4 comentarios:

Elvira dijo...

Un lobo cantarín (eso no le pega mucho al lobo, jaja!).

"..se alejan en busca de nuevos lugares donde hacer resonar sus voces en pleno proceso de cambio hormonal..." Genial. Tal cual.

Besos

Jesús Miramón dijo...

¿Cómo que no nos pega ser cantarines? ¿Acaso no nos has oído aullar a la luz de la luna mientras tú te tapabas la cabeza con la almohada, deseando que la puerta de la casa estuviera bien cerrada? AUUUUUUUUUUUUUUUUH...

Un beso.

Miguel Baquero dijo...

A lo mejor te hubiera convenido una comida más ligera,no vayas a desafinar

Jesús Miramón dijo...

Ah, no, Miguel, la legumbre va fenomenal para cantar, sobre todo si eres barítono.