sábado, 30 de abril de 2011

120

Un pajarico se posa en una de las delgadas ramas del hibisco que veo desde aquí, en el interior de mi casa, al otro lado de la puerta de la terraza, mis ojos humanos ocultos en la oscuridad. Su corazón envuelto en suaves plumas canta confiado. Pienso que si tuviera en mis manos una escopeta de perdigones podría acabar con él en un instante. Levanto los brazos y dibujo en el aire el escorzo de lo que acabo de imaginar. Apunto a su cuerpo más pequeño que una pelota de tenis. El dedo índice de mi mano izquierda es mayor que él. Disparo. El pájaro canta todavía durante un rato, mira a la izquierda, mira a la derecha, y con un golpe de alas sale de mi campo de visión. No he cambiado la postura: mi brazo izquierdo recto, el derecho en posición de apretar el gatillo. El vello de mis antebrazos, a contraluz, parece hecho de hilos de oro.

viernes, 29 de abril de 2011

119

De todos los días que viviremos, ¿cuántos habrán merecido realmente la pena? De todo lo que dijimos, lo que diremos, ¿qué fue verdaderamente importante? ¿Tan difícil es aceptar que nuestra existencia, por lo demás extraordinaria, incomprensible, se nutre de sucesos banales, de fragilidad, de olvido, de polvo?

jueves, 28 de abril de 2011

118

En el lado izquierdo de mi cabeza el cabello crece un poco más débil que en el resto, es algo apenas perceptible que los peluqueros ven todos los días. Esto sucede por el peso de nuestra cabeza sobre la almohada al dormir de costado, el peso de nuestra cabeza soñando durante cientos, durante miles de noches.

miércoles, 27 de abril de 2011

117

Los chillidos de los niños en el parque se mezclan con el zureo de las tórtolas turcas. Una mosca se cuela en la casa zumbando como un pequeño bombardero que se hubiera perdido. La luz del sol se refleja en el suelo y me ciega, obligándome a dejar de escribir y levantarme para correr la cortina. Algunas de las fresas de las macetas han comenzado a madurar. Además de los aviones comunes que vi el otro día han regresado también los primeros vencejos de verdad, más grandes y oscuros que aquellos y con los que al principio siempre los confundía a pesar de ser tan distintos; es un espectáculo contemplar sus alas de guadaña ejecutando quiebros acrobáticos sobre los tejados y las antenas de televisión. Me pregunto si ya habrá despertado la salamanquesa que vive en mi terraza. Los días de invierno comienzan a ser algo remoto, lejano, casi legendario.

martes, 26 de abril de 2011

116

Detenido frente a un semáforo de Lérida observo las semillas de chopo flotando alrededor del coche. Mi hijo dice: ¡Parecen copos de nieve! Es verdad, le digo, son como copos de nieve. Cada año lo mismo, pienso, y cada año me sorprende.

lunes, 25 de abril de 2011

115

Yuri Gagarin subió a su esfera de acero, dijo "Allá vamos" y fue disparado hacia el espacio exterior. Era el primer ser humano en hacerlo e ignoraba si su cerebro se convertiría en fosfatina dentro de su cráneo o la nave estallaría en mil pedazos, pero lo que sucedió fue que subió y subió dejando atrás el planeta y, tras atravesar la delgada linea que divide la atmósfera del cosmos, se encontró de pronto flotando en medio de un extraño silencio. En el ojo de buey la tierra allá abajo parecía una canica de vidrio de colores donde predominaba el azul, más hermosa de lo que nunca hubiera imaginado. Fue entonces cuando sonrió por primera vez desde el comienzo de la misión, algo que no dejó de hacer durante los ciento nueve minutos que duró el vuelo. De regreso a casa la cápsula se desvió unos cuantos kilómetros del lugar previsto para el aterrizaje y Yuri Gagarin, tras salir despedido de la nave, descendió lentamente con su paracaídas sobre el campo de patatas de Anna Tajtárova, quien al observar su traje de color naranja y el casco blanco le preguntó: «¿Vienes del espacio?». «Sí», contestó él sacándose la escafandra, «pero no se preocupe, soy soviético». Una gran sonrisa iluminaba el rostro del hombre más valiente del mundo.

domingo, 24 de abril de 2011

114

El chaparrón ha venido y se ha ido como si tal cosa, refrescando el aire y empapando brevemente los tejados y las calles. Seguirá su camino hasta vaciarse.

sábado, 23 de abril de 2011

113

Espárragos naturales de Tudela simplemente pelados y cocidos (sin aceite, sin mayonesa, sin nada); alcachofas de Tudela cocidas, rebozadas y fritas; pimientos rojos asados con leña; costillas de cordero, panceta de cerdo y chistorra a la brasa de sarmientos... Cada vez que voy a comer al huerto de mis padres recupero mi oxidado patriotismo.

viernes, 22 de abril de 2011

112

Fuimos de tapeo con mis hermanos. La noche estaba fresca pero se podía comer y beber en las pequeñas barras de la calle. Alrededor del Tubo, una de las zonas con más tabernas y bares de tapas de Zaragoza, desfilaban pasos de semana santa, capirotes y bombos y tambores. Cuando volvíamos a casa nos cruzamos con una procesión en el Paseo de la Independencia y nos quedamos un rato. Grabé el sonido y al escucharlo esta mañana comprendí por qué las procesiones me daban tanto miedo de pequeño.

jueves, 21 de abril de 2011

111

Corroboro que mis vínculos con Zaragoza, más allá del hecho de que aquí viven dos de mis hermanos, han desaparecido con el paso del tiempo. Poco a poco, a medida que voy cumpliendo estaciones, aprendo que, a pesar de la importancia que nos podamos conceder, no dejamos rastro en los escenarios de nuestra vida, pues así como nuestras huellas ocultan las de quienes pasaron por allí antes que nosotros, en cuanto nos hemos ido otras huellas nuevas rompen y difuminan las nuestras. Hace algunos años, durante una de nuestras visitas a esta ciudad, quise pasear por el barrio donde vivimos y pude constatarlo una vez más: allí estaba la parada de autobuses urbano a cuyo tráfico y sonido de apertura y cierre de puertas neumáticas llegamos a acostumbrarnos, allí estaba la bodega donde compraba vino y whisky, allí la tienda de chuches, los árboles del paseo Fernando el Católico que veíamos desde nuestras ventanas, la plaza de San Francisco donde tomábamos el vermú cada fin de semana; los lugares permanecían, sí, pero no quedaba nada de nosotros en ellos, y esto era algo que yo podía sentir, con cierta tristeza, en el tuétano de mi imaginación.

miércoles, 20 de abril de 2011

110

Preparamos las cosas para pasar unos días en Zaragoza. Vamos con tan poca frecuencia que algún día encontraremos ocupado el piso que tenemos allí. Más que entristecerme me sorprende que, siendo Zaragoza el lugar donde crecí, la ciudad donde pasé la adolescencia y la primera juventud, no guarde ningún sentimiento especial hacia ella. Claro que la ciudad actual poco tiene que ver con la que yo conocí. ¡Mas fuera nostalgias! Hoy y mañana, para mi horror, tocan compras: hoy cambiaré las ruedas del coche (esto me gusta), entre hoy y mañana hay que comprar algo de ropa para cónyuge e hijos (uf, esto no me gusta, espero poder escaparme a la FNAC mientras tanto), mañana por la noche hemos quedado con mis hermanos para cenar de tapas (esto me entusiasma) y el viernes iremos a visitar a mis padres y comeremos todos juntos en el huerto (qué ganas tengo de verles). ¡Pero son las nueve y cuarto y mis hijos ni siquiera se han levantado cuando la idea prevista era salir a las nueve! (Risas enlatadas) Iré a despertarles (más risas). Tal vez podamos salir a las diez o diez y media (carcajadas generales y fin).

martes, 19 de abril de 2011

109

Yo me acuesto y otro hombre se despierta, se sienta al borde de la cama, se pone en pie, se ducha contemplando la bahía y a continuación se seca el pelo frotando su cabeza con una toalla. Mientras mi cerebro comienza a soltar amarras ese hombre ya ha salido de casa y se dirige a su trabajo. Las montañas azules reflejan la luz del sol y en la radio anuncian cielos despejados.

lunes, 18 de abril de 2011

108

Con la llegada de la crisis y la presencia de inmigrantes de países más pobres que el nuestro no es extraño ver hombres caminando por el arcén de la carretera, yendo y viniendo de un sitio a otro. Y no es que hagan autoestop, no, ni siquiera se giran a mirar los coches que les adelantan o se cruzan con ellos, sencillamente utilizan el medio de transporte más barato que tienen a su alcance, como hacían en su país. Los observo desde el interior de mi coche y pienso que hay algo profundamente humano, inocente, virtuoso, en el hecho de viajar así, el cuerpo erguido avanzando paso a paso sobre la superficie de este planeta.

domingo, 17 de abril de 2011

107

El redoble de los bombos y tambores de Semana Santa sobrevuela los tejados y se cuela en mi buhardilla. Después, poco a poco, su eco se aleja hasta ser sustituido por los gritos de los niños que juegan en el parque que hay detrás de mi casa.

sábado, 16 de abril de 2011

106

Después del concierto de música sacra vamos al Chanti a tomar unas cervezas. Hablamos con la alegría y el entusiasmo que genera el descenso de adrenalina tras la actuación, repasando los pequeños errores, los pequeños aciertos, las anécdotas que siempre nos suceden cuando cantamos frente al público. El ambiente es maravilloso, lleno de complicidad y cariño, pero a eso de las nueve y media recordamos algo muy importante: ¡el encuentro de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona comenzará en pocos minutos! Todos nos levantamos de la mesa y nos despedimos, yo mismo estoy impaciente por ver el partido. El tiempo de la música ha pasado y Bach (y Mozart, y Vivaldi, y Fauré, y Giovanni Croce, y Antonio Lotti) será sustituido por gladiadores.

viernes, 15 de abril de 2011

105

La vida es así: ahora estoy aquí, escribiendo estas palabras en la pantalla de mi diario, y dentro de diez minutos, tal vez menos, estaré cantando en un local de ensayo. Cantando y cantando.

jueves, 14 de abril de 2011

104

Sale el sol por el este. No hay viento. No hay nubes. Escribo. El sol se pone en el oeste. La noche es un suspiro. Amanece. Una mañana como esta partió Ulises. Los prados se han cubierto de amapolas. Trabajo. Las nubes se tiñen de rosa y amarillo. Escribo. Los primeros murciélagos vuelan indecisos a lo largo de la calle. Sale el sol por el este. Un gato es atropellado cerca de la gasolinera. La cebada crece milímetro a milímetro, más verde que el significado de la palabra verde. Duermo una breve siesta abisal. Escribo. La luna aparece en el cielo sonriendo como Yuri Gagarin. La noche es un telón. Sale el sol por el este. No llueve. Las hojas nuevas de los castaños de indias se han hecho más grandes, mucho más grandes que mis manos. Escribo. La tarde prende en el sol y lo convierte en brasas. Escribo. La noche apaga todos los incendios excepto el de la aurora. No hay viento. No hay nubes. Las horas fluyen hacia el mar. Escribir cada día me convierte en un elemento más de la naturaleza.

miércoles, 13 de abril de 2011

103

Este señor, un hombre que conozco desde hace algunos años y a quien hacía tiempo que no veía, me cuenta que tuvo un buen susto. Estaba en su huerto preparando unos plantones de lechugas cuando se sintió indispuesto y perdió el conocimiento. Abrió los ojos y no sabía dónde estaba ni quién era, ni siquiera era consciente de estar tendido en el suelo boca abajo, el rostro contra los terrones de tierra. Me cuenta que se sentó en el suelo sin saber qué hacer, perplejo. No sabe cuánto tiempo pasó hasta que escuchó el sonido de un motor. Volvió la cabeza hacia allí y siguió con la mirada un coche que circulaba por la carretera. Me cuenta que fue en ese momento, mientras seguía con la vista el recorrido del vehículo, cuando poco a poco su cerebro volvió a ordenar las cosas. El coche desapareció tras la curva al final de la recta y él regresó lentamente desandando la carretera con la mirada hasta llegar al camino que llevaba a su huerta, que tomó para llegar a ella y, eso me contó, encontrarse consigo mismo sentado en el suelo, empezando a recordar. Trató de ponerse en pie pero no tenía fuerzas, entonces se acordó del móvil que llevaba en el bolsillo del pantalón y telefoneó a su mujer, que fue a buscarle y posteriormente le llevó al hospital de Barbastro. Había sufrido un infarto fulminante. La joven doctora le dijo que su corazón se había detenido y al cabo de algunos segundos, tal vez minutos, había vuelto a latir por su propia cuenta, algo que sucede muy pocas veces; le dijo que su desorientación al recuperar la consciencia era normal tras la carencia de oxígeno en el cerebro, y que lo que le había pasado era prácticamente un milagro, algo parecido a una resurrección. Este hombre de rostro rubicundo que aparentemente parece gozar de excelente salud me mira directamente a los ojos y lo repite: «Una resurrección». Le pregunto si recuerda algo de ese momento en el que estuvo clínicamente muerto, si tuvo alguna experiencia, si vio alguna luz. Sonríe y me dice que no se acuerda de nada, sólo del momento de despertar con el rostro contra el suelo y no saber nada del mundo ni de sí mismo. Cuando se levanta para irse le digo que se cuide mucho y me contesta: «¿Sabes una cosa, Jesús? Es muy raro, pero desde que me pasó eso ya no le tengo miedo a nada».

martes, 12 de abril de 2011

102

Entre el lunes y el martes, así como entre el número ciento uno y el número ciento dos, existe el mismo abismo que se abre entre el tic y el tac de un reloj, es la delgada línea azul que divide la atmósfera terrestre y el espacio exterior, son las grandes olas que en el cabo de Hornos separan el océano Atlántico del océano Pacífico, es la vida que continúa vibrando afinada, milagrosa, entre la sístole y la diástole de tu corazón.

lunes, 11 de abril de 2011

101

Por la mañana, mientras atendía a un joven padre recién estrenado, me llamó mi madre para decirme que G. había volcado con su camión pero que no me asustara, que estaba bien, que sólo tenía contusiones. Tras terminar con mi cliente salí al jardín y telefoneé a mi hermana, que ya había llegado al hospital de Estella. Susana estaba serena, tranquila después de haber podido hablar con él; me informó de que se había roto la nariz e iban a ir a Pamplona para que le operasen; me dijo que, dentro del susto y el disgusto por lo sucedido, se sentía feliz de que no hubiera pasado nada más grave. Le envié un abrazo para su marido, uno de los hombres más buenos que conozco, y nos despedimos con un beso. Guardé el móvil en el bolsillo y antes de regresar a la agencia, hoy abarrotada de gente, me detuve un momento junto a los castaños de indias porque necesitaba tranquilizarme. Las hojas nuevas, hace poco plegadas hacia la tierra como pequeños paraguas, se habían hecho más grandes en los últimos días, abriéndose hacia el sol.

domingo, 10 de abril de 2011

100

Ayer vi un programa muy interesante sobre cómo influimos en los demás, algo que hacemos mucho más ampliamente de lo que pudiera parecer a primera vista, pues no solamente interactuamos con las personas con las que nos relacionamos directamente, sino también con los seres humanos que estas personas conocen, aunque aquellos ni siquiera sepan que existimos. De este modo si haberte conocido a ti ha afectado a mi vida en algún sentido, enseñándome, por poner un ejemplo, a tomarme las cosas con paciencia, tú habrás influido decisivamente en mis amigos y mis familiares, así como en las personas con las que ellos se relacionan. Contagiamos nuestros hábitos, nuestra actitud ante la vida, nuestra tristeza, nuestra alegría, somos contagiados por la de los demás y existen estudios científicos que demuestran que esto es algo que sucede también en internet. Lo que hacemos, lo que decimos, lo que escribimos, son pulsos en el agua, y las ondas que se crean llegan, cruzándose con las de los demás, mucho más lejos de lo que jamás pudimos imaginar.

sábado, 9 de abril de 2011

99

Por la mañana sorprendo a un confiado verderol posado en uno de los dos hibiscos, gorjeando y trinando con un entusiasmo enternecedor. Por la tarde algunas palomas vienen a beber en los vasos de las macetas. El sol se traslada lentamente sobre mi casa, más allá de las nubes más altas, más allá del oxígeno, en el frío espacio donde nada respira ni canta.

viernes, 8 de abril de 2011

98

El verano no nos ahorró nada: ni las temperaturas africanas ni los campos amarillos ni los cielos casi blancos. El otoño tampoco nos ahorró nada: no nos ahorró la desaparición del sol a media tarde ni la hojarasca sobre las aceras ni las súbitas ventoleras de oscuros presagios. Nada nos ahorró el invierno: ni las melancólicas luces de Navidad ni los campos helados de escarcha ni el humo de nuestro aliento saliendo de nuestra boca como si fuese el alma escapándose. La primavera ha llegado y desde el primer día, por supuesto, no nos ha ahorrado nada: todo late, todo despierta y dice: «¡Mira, contempla esta resurrección!», mientras nuestro sistema endocrino, un año más viejo que el anterior, boquea tratando de adaptarse a tanta vida, tanta luz, tantas promesas que, sin compasión, se cumplirán.

jueves, 7 de abril de 2011

97

Dentro de tres o cuatro años un joven surfero saldrá del agua de una playa de California con algo adherido a su tabla, un pequeño rectángulo de plástico que limpiará con los dedos y le desvelará la imagen de un retrato familiar: una pareja de ancianos ataviados con sus kimonos ceremoniales, dos mujeres y un hombre vestidos con ropa occidental de color claro, una niña de largas trenzas negras, un niño con una gorra roja.

miércoles, 6 de abril de 2011

96

Me está costando mucho hacer frente a la nueva estación. Primero fue la alergia y ahora me despierto cansado por la mañana, voy a trabajar sin ilusión, salgo de la agencia agotado y así permanezco durante todo el día, sin ganas de nada, ni siquiera de escribir. De hecho estas pocas letras son solamente el combustible mínimo necesario para mantener mi proyecto al ralentí, sin que se apague.

martes, 5 de abril de 2011

95

Me estoy aproximando a ese momento de la vida en el que uno debería saber si se cumplieron sus ambiciones, si triunfó o fracasó estrepitosamente, si se equivocó mucho o sólo algunas veces.

lunes, 4 de abril de 2011

94

En medio de una consulta de trabajo con un conocido de Barbastro sale a colación el servicio militar. Él me comenta que fue una de las mejores épocas de su vida y que allí hizo amistades profundas. Yo le digo que no hice ni un solo amigo. «¿Ni uno solo?», pregunta sorprendido, «¡Eso sería porque no querrías!». «No lo sé», contesto seriamente, sabiendo que está pensando que la culpa fue mía, «de hecho he olvidado casi todo lo relativo a aquellos meses, es como un espacio en blanco». Cuando el ciudadano se levanta de la silla y sale de la agencia la cuestión sigue dando vueltas en mi cabeza. En realidad yo tampoco me explico cómo es posible que no hiciese amistades en circunstancias teóricamente tan propicias para ello, porque de hecho debo hacer un gran esfuerzo para recordar dos o tres nombres y sus rostros desdibujados por el tiempo. El paisaje que rodeaba el polvorín que custodiábamos, sin embargo, sí permanece intacto en mi memoria: campos de labranza, sembrados de cereal, pinares de repoblación, colinas bajas y un cielo muy alto y limpio. El primer día que llegué me pareció más una granja que un cuartel. En el centro había una balsa de agua donde abundaban las ranas y las culebras de escalera. En verano, durante las guardias nocturnas, las paredes blancas de la garita, iluminadas potentemente por los focos, atraían a decenas de insectos de especies diferentes: mosquitos, escarabajos, saltamontes, mantis religiosas de aspecto maléfico, mariposas nocturnas de cuerpos de terciopelo.

domingo, 3 de abril de 2011

93

A las seis menos diez llevo a mi hija a la estación de autobuses. Ya casi no me afecta o, al menos, no me afecta como al principio. Paula, de dieciocho años cumplidos en diciembre, ha emprendido su propio viaje y yo y su madre ocupamos el espacio, importantísimo, que debemos y queremos tener en su vida, no otro. Regreso a casa y al enfilar mi calle creo ver un avión común volando sobre los tejados. ¿Es posible que ya estén de vuelta?

sábado, 2 de abril de 2011

92

Paso la tarde en la buhardilla, que es mi reino. Allí duermo la siesta tirado en el sofá mientras en la terraza se abren lentamente las flores de las fresas. Bajo mi columna vertebral gira el planeta a la luz del día.

viernes, 1 de abril de 2011

91

Por la mañana, congestionado, mocoso y lacrimoso, incapaz de estar medio minuto sin un pañuelo, abandoné el trabajo. Hacía muchos días laborables que no volvía a casa de improviso, y al entrar en la cocina sorprendí una luz diferente, más clara, más hospitalaria de lo que recordaba. Durante un instante tuve la sensación de entrar en el plató de una película fuera del horario de rodaje.

jueves, 31 de marzo de 2011

90

Esperando en la consulta de mi otorrino leo en una revista que el escritor John Cheever decidió alistarse en la Armada tras el ataque japonés de Pearl Harbour. Casualmente un comandante había leído alguno de los relatos de aquel soldado raso, publicados en el Harper’s Bazaar o el New Yorker, y decidió ponerlo a escribir para una revista del ejército, salvándole así, seguramente contra su voluntad, de una más que probable muerte en combate en la playa Utah durante las primeras horas del desembarco aliado en Normandía, el fatal destino de muchos de los compañeros de barracón de Cheever. Leo esta información y me recuerdo paseando con mi familia por esa playa en agosto de dos mil siete, preguntándome cuántos futuros músicos, carpinteros, profesores, panaderos, conductores, científicos, albañiles, pescadores, cuántos futuros escritores y granjeros murieron allí sin haber tenido tiempo de intentarlo, víctimas todos ellos, como los supervivientes, como Cheever, como yo mismo sentado en esta sala de espera, del azar.

miércoles, 30 de marzo de 2011

89

En algún lugar del universo existe un planeta girando alrededor de un sol situado a ciento cincuenta millones de kilómetros de su superficie, un planeta como el nuestro pero sin nosotros. En él hay desiertos y playas, océanos profundos, bosques, lagos, ríos, arroyos que cantan entre las piedras, montañas de cumbres blancas, nubes en el cielo donde planean grandes animales alados, praderas en las que pastan rebaños de hocicos humeantes en el frío del amanecer. El rocío cubre la hierba. Por la noche cantan los insectos, rugen los depredadores, brillan, fugaces, las estrellas fugaces.

martes, 29 de marzo de 2011

88

La cercanía física de la desgracia ajena es tan conmovedora como obscena. Hay algo vertiginoso, terrible, en la visión de los peores momentos en la vida de otras personas.



Recuerdo que en cierta ocasión auxilié a una persona mayor que se había caído en la calle abriéndose una aparatosa brecha en la cabeza, entre varios peatones le ayudamos a ponerse en pie tapándole la herida con un pañuelo y le acompañamos al ambulatorio cercano para que le atendieran. Minutos después descubrí que me había manchado las manos con su sangre y, para mi vergüenza, sentí asco, una repugnancia culpable que tardó horas en abandonarme.



Cuando atiendo a seres humanos en el fondo del agujero, pidiendo una ayuda que no existe cuando nunca han tenido que pedir nada, desesperados cuando hace relativamente poco tiempo vivían una vida normal, siento dolor verdadero, no figurado, es un dolor sordo parecido a la jaqueca, parecido a las náuseas. También siento, sobre todo lo demás, una gran compasión que rápidamente he de sustituir por competencia profesional, pues compasión es lo último que ellos necesitan de mí. Cuando trabajo procuro mirar siempre a los ojos de las personas, pero confieso que si rezuman sufrimiento me cuesta muchísimo mantener la mirada.

lunes, 28 de marzo de 2011

87

Por la tarde, de regreso del trabajo por la carretera comarcal A-133, he aparcado en un camino y he dado un breve paseo para despejar mi cabeza de tantas voces y problemas y preguntas. Sólo se escuchaba el viento sobre los campos de cebada que se extendían suavemente a mi alrededor.

Campos de cebada, 28 de marzo de 2011.

domingo, 27 de marzo de 2011

86

Por la mañana estuve trabajando en la terraza, olvidada desde el otoño. En algunas zonas existían verdaderos ecosistemas de hierbas de distintas especies firmemente instaladas sobre el manto de hojarasca, ecosistemas que yo, como un dios absurdo y cruel, he destruido en un instante. Además de barrer y recoger el suelo también he arrancado plantas muertas del año pasado: ramas secas de albahaca, una mata de tomates cherry, la de berenjena, la de calabacines; he tenido que cavar y tirar de firme para extraer las raíces de algunas. ¡Entre unas cosas y otras ha salido tanta broza que he llenado dos bolsas de basura! Luego he cambiado algunas macetas de sitio, he asegurado las celosías de las paredes y he instalado el sistema de riego automático que guardé en casa al comenzar el invierno. Me he sentido muy bien al terminar. No suelo hacer este tipo de trabajos físicos y había olvidado la sensación de honestidad que producen.

sábado, 26 de marzo de 2011

85

Una bandada de estorninos sobrevuela mi casa graznando y chillando como si hablasen entre ellos. Salgo corriendo a la terraza pero ya están lejos, al oeste, sobre el campanario de la iglesia de San Pedro. El bullicio de su paso permanece en el cielo durante unos segundos antes de desaparecer.

viernes, 25 de marzo de 2011

84

1.



Me dejé barba en agosto del año pasado, durante mi viaje a Irlanda, y al regresar a casa hubo quien pensó que sería sólo un capricho pasajero, pero lo cierto es que me siento muy a gusto con ella. La llevo más bien corta porque le paso una maquinilla al efecto cada diez días aproximadamente, lo cual me evita tener que afeitarme cada mañana, que es lo que buscaba.


2.



Los taludes de la nueva autovía van cubriéndose de vegetación semana a semana. Algunos tramos han dejado de mostrar el color crudo de la tierra removida y lucen ya una tupida capa de plantas herbáceas y gramas. Cada día asisto con admiración a un proceso que todavía no ha terminado, un proceso que, de hecho, no termina jamás.

jueves, 24 de marzo de 2011

83

Y mientras en Libia los hombres se disparan y en Japón familias enteras comparten polideportivos con una paciencia difícil de creer, yo dejo que la tarde se convierta lentamente en un estado mental, a medias entre la atención precisa para atender a quien pueda venir y algo parecido a soñar que estoy aquí.

Barbastro por la tarde, 24 de marzo de 2011.

miércoles, 23 de marzo de 2011

82

El día comenzó sentado en el coche aparcado delante de la oficina de Correos, descubriendo con emoción el regalo de una amiga, y termina recogiendo la vajilla de la cena y guardando la comida que he preparado para mañana. En medio me he hecho una radiografía de tórax y he pedido cita para el resto de pruebas médicas necesarias antes de operarme de mi rinitis... y ahora mismo, mientras estoy escribiendo estas palabras, tengo un déjà vu tan potente que he de detenerme durante un momento para revisar el texto. ¿Es posible que haya escrito frases idénticas a estas alguna vez? Pero pronto pasa el instante de confusión y vuelvo a este tiempo, este futuro que nunca, por más que se empeñe mi cerebro, puede alcanzarse con la memoria.

martes, 22 de marzo de 2011

81

El otro día descubrí en la televisión, por casualidad, una magnífica película que he visto dos o tres veces a lo largo de mi vida: «El vuelo del Fénix», de Robert Aldrich. En ella se narra un accidente aéreo en un desierto árabe y las peripecias de sus supervivientes para salir de allí construyendo un nuevo avión con los restos del accidentado, para lo que cuentan con la supervisión de alguien que asegura tener los conocimientos necesarios y que, casi al final de la historia, resulta ser un maquetista de aviones de aeromodelismo. Espero no estropear el suspense de una película de mil novecientos sesenta y cinco si digo que al final consiguen su propósito, consiguiendo despegar entre las dunas con los náufragos tendidos sobre las alas en unas secuencias que, al verlas por primera vez en mi infancia, se grabaron en mi memoria para siempre. Hoy recordé esta película maravillosa leyendo la respuesta que un rebelde libio ofreció a un periodista británico cuando éste le preguntó si tenían preparación militar para enfrentarse al ejército profesional de Gadafi; la respuesta fue la siguiente: «No, pero hemos visto muchas películas de acción».

lunes, 21 de marzo de 2011

80

Cuando salgo del supermercado empieza a anochecer y estoy muy cansado. Mientras conduzco de regreso a Binéfar escucho en la radio que hoy es «el día mundial de la poesía». ¡El día mundial de la poesía! ¿Puede haber algo más estúpido? Apago la radio. Las luces brillantes de una gasolinera, en contraste con el azul cobalto de un cielo inmediatamente anterior a la oscuridad, la convierten en un cuadro de Hopper, una fugaz estación de luz en medio de un mundo que comienza a sumergirse en las sombras.

domingo, 20 de marzo de 2011

79

Me gustan las cebollas moradas porque son moradas. Me gustan los limones porque son amarillos, y los pimientos rojos porque son rojos. Me gustan las alcachofas porque son verdes. Me gusta el cielo que cruzan los aviones, tenga el color que tenga. Me gusta la pantalla en blanco antes de que las palabras, como pequeños insectos negros, comiencen a ocuparla.

sábado, 19 de marzo de 2011

78

Escuchando el adagio de la novena de Mahler hay momentos en los que sientes que tu corazón no va a poder empaparse más de tanta belleza, estremecido en el oscuro interior del pecho, palpitante corazón vivo, sangrante, mecánico, efímero.


Gustav Mahler - Sinfonia nº 9 - Adagio: Sehr langsam und noch zurückhaltend - Kurt Sanderling.

viernes, 18 de marzo de 2011

77

Conozco al hombre que se acerca a mi mesa, le atendí hace algo más de un año. Sujeta una pequeña carpeta de cartón contra su pecho y al sentarse sonríe nervioso y me da los buenos días. Yo le digo: «es usted apicultor». Entonces él, asintiendo con la cabeza, me dice: «ya veo que se acuerda, ya veo que se acuerda». «Hombre, no todos los días conoce uno a alguien que no se quiere jubilar con... ¿cuántos tiene ahora? ¿setenta y algo?», le digo, fiándome de mi memoria. Y el hecho es que este señor, que declara setenta y dos años pero aparenta sesenta y cinco, es un apicultor soltero, sin familia, silvestre, que continúa trabajando sus colmenas y no quiere saber nada de retirarse. «Todo el mundo me dice que soy tonto, ¿sabe usted? Me dicen que podría jubilarme y seguir trabajando lo mismo, como hacen todos, pero claro, ¿cómo iba a poder vender la miel y hacer facturas estando jubilado?». Yo le confirmo que no podría. «Además», añade, «gano bastante más dinero con mis abejas de lo que cobraría con mi pensión de autónomo, eso también se lo puedo decir, y es una cosa que me gusta mucho, la apicultura me gusta más ahora que cuando empecé, fíjese usted». Yo le digo que haga lo que más le apetezca hacer, que no preste atención a la gente. «Es que no paran, no paran, el otro día un joven del banco me dijo que si me ponía enfermo la seguridad social no me pagaría la baja porque ya soy muy mayor, ¿eso es verdad?». Yo le aseguro que no es verdad, que sigue de alta a todos los efectos, como cuando tenía treinta años, y que en caso de baja por enfermedad la seguridad social le pagaría igual que a cualquier otro trabajador. «Entonces la gente, ¿por qué habla? Parece que les dé rabia que no me quiera jubilar, como lo pienso se lo digo, fíjese». «Le creo», digo, «por desgracia vivimos en una sociedad en la que si uno se aparta un milímetro del rebaño todos le señalan con el dedo. Usted haga lo que quiera, si se quiere jubilar jubílese, yo mismo le haré las gestiones encantado, y si quiere seguir trabajando siga trabajando y que la gente diga lo que quiera». «Ah, pero yo me moriré en el monte, y escuche, eso es lo que quiero, eso quiero, morirme en el monte, se lo digo de verdad». Se queda callado unos segundos y antes de que yo pueda decir algo levanta la mirada y dice: «Además, si quiero seguir cobrando las subvenciones tengo que estar de alta, eso es así, ¿sabe?». Este hombre no tiene un pelo de tonto. «Mire, me piden un certificado de estar de alta como apicultor y otro de estar al corriente con la seguridad social, ¿usted me los podría hacer?». «Cómo no», le contesto, y entonces él abre su pequeña carpeta azul del tamaño de medio folio, extrae de ella unos documentos y para poder leerlos saca del interior de su viejo jersey unas absurdas gafas de plástico estampadas con las franjas blancas y negras de la piel de las cebras africanas. Parecen unas gafas de juguete, de broma, de carnaval, pero me doy cuenta de que los cristales que llevan son graduados, muy gruesos. Mientras el apicultor, con las surrealistas gafas de estampado de cebra instaladas sobre la punta de la nariz, lee en voz alta los documentos que le piden para poder cobrar una subvención por la miel de sus abejas, me sorprendo preguntándome mentalmente si no habrá encontrado esas gafas en el campo, sé que tiene miles de colmenas instaladas en estas comarcas y pasa los días ocupándose de ellas. Después me dirá que en su furgoneta lleva una pequeña grúa con la que las levanta y manipula sin tener que hacer ningún esfuerzo; después me dirá que recorre centenares de kilómetros al mes, a veces miles, a menudo por pistas y caminos; me dirá, como ya me dijo otro apicultor una vez, éste joven y en la flor de la vida, que si las abejas no existieran la civilización humana desaparecería en pocos años; me dirá que los agricultores de las plantaciones de frutales le piden que instale las colmenas en sus proximidades para polinizar los árboles; me dirá que después de tantos años y picaduras está inmunizado al veneno de las abejas, y para demostrarlo me mostrará unas manos no sé si regordetas o permanentemente inflamadas, todo eso me dirá dentro de unos segundos. Ahora me limito a contemplar con estupefacción esas gafas de cebra en el rostro serio y concentrado, venerable, y pienso: «he aquí un hombre libre».

jueves, 17 de marzo de 2011

76

Algún día saldré de la carretera e iré a alguno de los sitios que veo desde el coche. Buscaré los caminos que llevan a esos lugares y una vez allí, en el recodo del río Cinca donde una mañana vi un cormorán, en la cima de la colina de arenisca, en la sombría chopera de cultivo, en el camino flanqueado por cipreses que desciende entre bancales verdes, una vez allí me detendré y saldré a contemplar el tráfico de la carretera, finalmente al otro lado como en aquel cuento de Cortázar.

miércoles, 16 de marzo de 2011

75

Estos días de lluvia han hecho crecer tanto la cebada que a uno le dan ganas de aparcar el coche en el arcén de la carretera y echar a correr por los campos con los brazos abiertos, dando saltos y volteretas.

martes, 15 de marzo de 2011

74

Si pienso en esos cincuenta ingenieros de la central nuclear de Fukushima que, mientras todo el mundo era evacuado urgentemente en un radio de veinte kilómetros a la redonda, se han quedado para continuar refrigerando con agua de mar los núcleos de los tres reactores colapsados, sabiendo, ellos mejor que nadie, que se exponen a un riesgo probablemente letal, sólo vienen a mi mente palabras que por una vez no suenan exageradas ni huecas: héroes, sacrificio, valor.

lunes, 14 de marzo de 2011

73

Luna. Bosque. Troya. Estos son los apellidos reales de tres mujeres a las que he atendido hoy en mi trabajo: Luna, Bosque y Troya.

domingo, 13 de marzo de 2011

72

Me despierto pasadas las diez de la mañana y me sorprende la luz que entra desde la calle. La lluvia de ayer ha dado paso a una atmósfera limpia y transparente. Después de desayunar iré a dar un paseo y comprar los periódicos y el pan. Me gustan las mañanas de domingo.

sábado, 12 de marzo de 2011

71

En la pantalla repiten una y otra vez las imágenes de la explosión en la central nuclear japonesa afectada por el terremoto de ayer. Emergiendo desde los archivos de mi adolescencia regresa a la superficie de mi cerebro aquel smiley amarillo con la leyenda «¿Nucleares? No, gracias». Hoy muchos de los que entonces lo llevaban prendido en la ropa o pegado en el coche defienden con el ardor del converso la energía nuclear, está de moda hacerlo a babor y estribor. Por mi parte voy a utilizar un argumento muy sencillo, casi infantil, para argumentar mi rechazo hacia las centrales nucleares: ¿cómo puede defenderse un sistema de producción de energía que origina residuos radiactivos que conservarán su peligrosidad durante miles y miles de años? ¡Es de locos, es algo que va contra el sentido común más elemental! Por no hablar de las consecuencias de un accidente, como sucedió en Chernobyl, o un desastre natural, como ha sucedido en Fukushima. Ese sistema de generar energía, por mucho que ahora esté de moda incluso entre quienes se ponían pines amarillos hace treinta años, no es fiable, no es ninguna panacea sino más bien una siniestra espada de Damocles colgando permanentemente sobre nuestras cabezas y las de nuestros nietos.

viernes, 11 de marzo de 2011

70

Contemplo en la televisión las imágenes del tsunami que ha provocado el terremoto de Japón: una oscura y sucia ola de barcos, vehículos y edificios arrasándolo todo mientras penetra tierra adentro como si un dios travieso estuviera divirtiéndose con el mundo.



Recuerdo las cucharadas de Cola Cao flotando y desmoronándose poco a poco en el tazón de leche del desayuno. Con la cabeza apoyada en mis brazos infantiles disfrutaba del épico final de la Atlántida, e incluso jugaba a calcular el tamaño diminuto, en realidad casi invisible, de los aterrorizados habitantes de aquel continente de cacao que poco a poco iba hundiéndose en el blanco océano. Lo que nunca hice, no entonces, no todavía, fue imaginar que yo pertenecía a su especie, no a la de los dioses.

jueves, 10 de marzo de 2011

69

Suelo del lavadero de coches, Binéfar, 10 de marzo de 2011.

miércoles, 9 de marzo de 2011

68

Yo no debería estar aquí. Tú no deberías estar aquí. Los huesos de nuestros muertos no deberían estar aquí, ni los cementerios ni los túmulos ni las iglesias ni los pozos naturales al fondo de una cueva sellada desde hace veinte mil años. Las raposas no deberían estar aquí. Las palomas comunes, y todavía menos las tórtolas turcas, no deberían estar aquí. Las truchas no deberían estar aquí, ni las cigüeñas ni las torres de alta tensión ni el río que corre bajo el puente de la autovía por donde circulo, a ciento diez kilómetros por hora, cada día ida y vuelta. Las nubes no deberían estar aquí. Las montañas de blancas cimas nevadas no deberían estar aquí. No deberían estar aquí los tigres siberianos, no deberían estar aquí los fósiles de los dinosaurios, no deberían estar aquí los almendros en flor. No deberían estar aquí las dunas, los oasis, las ciudades desaparecidas, no debería estar aquí la sabana, no deberían estar aquí los bosques, la selva, los manglares, las playas donde se bañan elefantes, búfalos e hipopótamos, no deberían estar aquí las ballenas, los delfines, las morsas, los esquimales. Yo no debería estar aquí. Tú no deberías estar aquí. Nada de todo esto debería estar aquí.

martes, 8 de marzo de 2011

67

Tengo en el escritorio de mi ordenador la imagen de la galaxia NGC 2841, una inmensa espiral de estrellas girando en el cosmos. La miro sabiendo que ocupa un volumen que mi cerebro es apenas capaz de imaginar y a continuación pienso en el rostro de mis padres. El otro día les di dos besos. A su lado me sentí un gigante mientras mi corazón volvía a ser tierno y pequeño.

lunes, 7 de marzo de 2011

66

La primavera se acerca radiante, inmisericorde, cada año más joven y bella que el anterior. Nos encontrará, como siempre, inermes.

domingo, 6 de marzo de 2011

65

Pensando en Paula cocino borrajas y lomos de lubina al horno. En la residencia de estudiantes en Barcelona come bien pero echa en falta el pescado y, por supuesto, las borrajas, que allí apenas se conocen. Ayer fuimos a mi pueblo a visitar a mis padres y comimos champiñones al ajillo, cogollos de Tudela con anchoas, croquetas caseras, canelones con tomate y, en fin, la típica y sabrosa comida navarra de mi madre para un regimiento. Eran recetas de mi infancia, de mi vida, como imagino que las mías lo son o serán de la infancia de mi hija. Mañana, aprovechando que he podido conseguir albahaca fresca, cocinaré espaguetis con pesto, un plato fácil y rápido que les vuelve locos desde pequeños.


Canelones de atún con tomate, borrajas con patatas, ternasco al horno, alcachofas con almejas, espaguetis con pesto, ensalada de escarola con ajo picado y anchoas, tomates asados con sal gorda y hierbas provenzales, tortilla de patatas, pollo al curry, brócoli al vapor, bacalao al pil-pil, huevos fritos con pimientos de piquillo, merluza rebozada... Entre todas las patrias la de la comida brilla y borbotea con especial intensidad. Ahora mismo no estoy escuchando a Bach, pero si pudiera creer en Dios le agradecería sinceramente haberme ofrecido la oportunidad de convertirme en la patria gastronómica de mis hijos. Jamás imaginé que llegaría tan lejos.

sábado, 5 de marzo de 2011

64

Después del ensayo vamos a tomar una copa al Chanti, que está desierto. La camarera limpia con un paño la cafetera apagada. Pedimos tres gin-tonic y una cerveza y nos sentamos alrededor de una mesa. Hablamos de hombres, de mujeres, de sexo, de amor.

viernes, 4 de marzo de 2011

63

Escuchando la Pasión siento la necesidad de levantarme y buscar un libro en cuya página número setenta y dos aparece la imagen en blanco y negro de una calavera humana. La contemplo mientras la música infiltra mi alma hasta el tuétano. Yo no creo en la existencia de Dios salvo cuando escucho a Bach.

jueves, 3 de marzo de 2011

62

Observo a los peatones que caminan por la calle con gesto aterido. El cielo tiene el aspecto de las grandes nevadas, pero sería muy extraño que nevase en Barbastro a comienzos de marzo. De pie al otro lado del cristal imagino la nieve cayendo, pétalo a pétalo, sobre los almendros en flor.

miércoles, 2 de marzo de 2011

61

En enero de mil novecientos noventa y dos, durante una tormenta en el océano Pacífico, un carguero proveniente de Hong Kong perdió un contenedor lleno de patitos de goma que se abrió liberando su carga. Durante años aquellos juguetes de plástico, construidos para flotar en bañeras infantiles, surcaron los océanos y mares de medio mundo para aparecer finalmente, de vez en cuando, en las playas más remotas. Probablemente en este mismo instante, mientras escribo estas palabras, alguno de esos patitos continúa flotando entre inmensas olas bajo el cielo estrellado, desierto, silencioso.

martes, 1 de marzo de 2011

60

Lo mejor de la floración de los almendros silvestres es que sucede en cualquier lugar, no solamente en las suaves colinas rodeadas de campos labrados o sobre los ribazos cubiertos de romero y tomillo que envuelven los caminos, también en desoladas escombreras, al lado de torres de alta tensión, entre las ruinas de masías abandonadas hace generaciones y junto a oscuros almacenes y silos donde reinan las sombras. Los pequeños almendros florecen en cualquier lugar, y al hacerlo nos ofrecen cierto consuelo, cierta belleza, cierta esperanza imprecisa.

lunes, 28 de febrero de 2011

59

Obras de la autovía entre Huesca y Lérida,  28 de febrero de 2011.

domingo, 27 de febrero de 2011

58

Carlos vuelve de la calle proclamando que tiene un hambre atroz, increíble, alucinante, «una pasada». Dentro de dos meses cumplirá catorce años y está en esa edad en la que nada es capaz de saciarle, de hecho se pasa el día comiendo como si dentro de su cuerpo, extremadamente delgado, zumbase un motor nuclear. Entra en la cocina, se asoma a la luz del horno encendido y grita de gozo al descubrir la empanada de espinacas que vamos a cenar. Carlos es expansivo, alegre, confiado, un ser humano que, a poco que le acompañe la suerte, sabrá ser feliz.

sábado, 26 de febrero de 2011

57

El tiempo ha cambiado, era casi primaveral y en las últimas horas han comenzado a bajar las temperaturas, algo que me hace feliz porque me ha permitido encender el fuego. Cuando salía a por leña me he dado cuenta, una vez más, de lo descuidada que está la terraza. Entre las macetas y el muro había hojarasca de otoño sin barrer, me he agachado para observarla de cerca y he descubierto que en realidad se trataba de todo un nuevo ecosistema en el que incluso habían brotado pequeñas plantas. La naturaleza no repara en si las cosas son basura o no, si tienen sentido o no lo tienen, si significan algo; la naturaleza sólo sabe existir.


viernes, 25 de febrero de 2011

56

Despierto de una siesta de inmersión abisal y decido quedarme quieto sobre la cama sin deshacer, cubierto con una manta liviana. He dormido durante una hora y media y me siento como si acabase de regresar de un lugar muy profundo. Vuelvo a cerrar los ojos pero no encuentro nada, no hay migas de pan en el bosque oscuro. La luz de la tarde se cuela en el dormitorio para que crea en el mundo.

jueves, 24 de febrero de 2011

55

Salgo un momento al exterior y contemplo el paisaje de campos de cebada, olivos y almendros. Alguien me llama desde el interior de la casa. Todo será sencillo. Estamos hablando de amor.

miércoles, 23 de febrero de 2011

54

A veces sueño despierto con lugares donde nunca he estado ni probablemente estaré: los grandes bosques azules de Australia, los prados cuajados de flores de las altas mesetas tibetanas, la banquisa antártica azotada por el viento, el mar de los sargazos, las junglas de Borneo. La culpa la tienen mis padres y su generosidad a la hora de adquirir enciclopedias ilustradas, algo que nunca podré agradecerles bastante. El mero recuerdo de la Enciclopedia Uteha Juventud hace que mi cerebro se estremezca de placer.

martes, 22 de febrero de 2011

53

Se acerca a mi mesa un señor de pelo blanco y bigote rubio que viste un anorak de color rojo de la marca Quechua. Es polaco y casi no sabe hablar español, de modo que a duras penas logro comprender que su mujer ha venido a España a reunirse con él, quien, para mi sorpresa, lleva viviendo aquí nada menos que cinco años. Me cuenta que trabaja en obra civil, «en la montaña, tubos grandes», y tal vez imaginando mis pensamientos me aclara que trabaja con otros polacos, que habla con muy pocos españoles. Yo le digo que su idioma y el mío son muy distintos, muy difíciles el uno para el otro. «Oh, sí», dice, «mucho difícil, distinto, sí», y añade: «también países mucho distintos, allí en Polonia mucho frío, más frío que aquí, allí ahora treinta grados bajo cero y más, aquí mejor». «Ah, pero en verano aquí no se puede vivir de calor, a mí me gusta más el frío», le digo, y nos reímos los dos. Él dice: «lo peor mosquitos, y moscas también, malas las moscas, mí en verano daño aquí», dice, señalándose un punto entre las cejas, allí donde ponen la bala los francotiradores. «¿Le picó una mosca entre los ojos?», le pregunto. «Sí, oh, mucho daño, sí». Y volvemos a reírnos. La situación es un tanto absurda pero nos caemos bien. Mientras acabo de resolver el alta de su esposa como beneficiaria de su cartilla de la Seguridad Social le digo: «España y Polonia son países muy distintos en el clima pero nos parecemos en el carácter, nos gustan los sentimientos». Él me mira extrañado. «Quiero decir que Polonia y España son países de poetas, ¿no cree?». «¿Poetas?», pregunta. «Szymborska, Zagajewski», contesto, sabiendo que mi pronunciación debe de resultarle ridícula. «¡Ah, sí, Wisława Szymborska, premio Nobel, sí! ¿Usted conoce?», dice con expresión divertida, volviendo a sonreír. «Claro, me gusta muchísimo». Entonces él me mira asintiendo con la cabeza sin saber qué decir o hacer. Le doy sus papeles, le explico los trámites que debe realizar y al levantarse de la silla me da la mano y me pregunta: «¿Cómo se llama usted?». «Jesús». «Muchas gracias, señor Jesús, yo diré mi mujer, ella gusta Szymborska como usted, adiós». «Adiós, señor K.», le digo, «¡y buena suerte con las moscas!». Él ríe, me señala con el dedo índice de la mano derecha y se va. Sé por experiencia que las picaduras de tábano duelen muchísimo.

lunes, 21 de febrero de 2011

52

Cuando he salido a la calle llovía débilmente y la tarde comenzaba a languidecer. He llamado a casa para decirles que llegaría un poco más tarde porque me apetecía conducir por la carretera comarcal de Estadilla y Fonz. Creo que durante los treinta y cinco o cuarenta kilómetros de recorrido me he cruzado con dos vehículos: un tractor y una furgoneta. El campo estaba tranquilo, desierto, empapado. He disfrutado tanto que me ha costado casi una hora llegar a Binéfar.


Carretera A-133, 21 de febrero de 2011.

domingo, 20 de febrero de 2011

51

Limpiar anchoas en salazón requiere paciencia: se colocan bajo el agua del grifo, se abren con los dedos, se extrae la espina y se lavan sin prisa. Estas son de La Escala, en Gerona. Vivimos en Bañolas muchos años y la playa más cercana a nuestra casa era precisamente la de Ampurias, junto a La Escala. Algunos domingos de invierno como el de hoy solíamos ir a pasear por allí. Todavía no habían construido las instalaciones de los juegos olímpicos de Barcelona y la estrecha carretera paralela al mar estaba abierta al tráfico. Caminábamos descalzos por la playa desde el hostal Empúries hasta el pequeño y encantador pueblo de Sant Martí, pasando junto al antiguo muro del muelle griego. Si dejo de limpiar anchoas y cierro los ojos puedo volver a sentir la arena fría bajo los pies.

sábado, 19 de febrero de 2011

50

Releo lo que escribo y de repente veo con meridiana claridad que es inútil, un ejercicio absurdo e innecesario, peor aún: complaciente. Una puta mierda. Y sin embargo persisto, persisto una y otra vez. ¿Por qué?

viernes, 18 de febrero de 2011

49

Bebo a sorbos una infusión de salvia y recuerdo cómo sabía hace quince días, cuando recuperé el olfato durante aquella semana voluptuosa. Hasta que el nuevo tratamiento surta efecto tendré que volver a oler, como solía, con la imaginación.

jueves, 17 de febrero de 2011

48

Mientras pedaleo sobre mi bicicleta veo en la televisión las imágenes de un famoso cocinero hablando a las cámaras con una sonrisa en la boca, absolutamente desconocedor de que en pocos minutos morirá de un infarto fulminante. No puedo dejar de observar con atención sus ojos, sus labios en movimiento, tanta fragilidad.

miércoles, 16 de febrero de 2011

47

Me gustan las mujeres que viven en las montañas, su aspecto agreste, sus jerseys de lana, los pantalones de trabajo, las botas de campo, a veces de agua; me gustan sus mejillas sonrosadas, sus ojos brillantes, las manos fuertes, las uñas descuidadas; me gustan porque transmiten una feminidad sin artificio, porque son mujeres distintas, acostumbradas al trabajo físico, el contacto con los animales, los caminos de tierra, la lluvia y la nieve. Algunas veces hablo con ellas en mi lugar de trabajo y, mientras lo hago, imagino cómo debe de ser vivir a su lado, compartir con ellas las labores de las granjas, los cultivos, la cama. Cuando se levantan y se van observo por el ventanal cómo suben a sus cuatro por cuatro, arrancan el motor diésel y emprenden el regreso a lugares que no conozco.

martes, 15 de febrero de 2011

46

Anteayer tuvimos el placer de disfrutar de un maravilloso concierto de piano interpretado por Teresa Vilaplana Maza, hija de la directora de mi coral y en su día compañera en la cuerda de las contraltos. Desde hace ya unos años vive, trabaja y estudia en Salzburgo, ella es la joven estudiante española que aparece en el primer texto que publiqué en Las cinco estaciones en marzo de dos mil siete. Lo mejor de Teresa, una pianista excepcional, no es únicamente su virtuosismo o la delicada sensibilidad con la que interpreta las partituras, lo mejor es algo que se mantiene intacto desde que era alumna de Maite: su personalidad sencilla, natural, tímida y absolutamente ajena, a pesar de sus logros y éxitos, a la petulancia y la megalomanía. Su talento nos regaló la partita BWV 826 en Do menor de Bach, la obra «Cançons i dances» de Mompou, Momentos musicales Op. 94 de Schubert, y de bis la sorpresa, de la que ni siquiera sus más íntimos estaban informados, de tocar unas canciones de Falla con una compañera suya de Salzburgo, María Moros Ballesteros, intérprete de viola venida desde Zaragoza para la ocasión. Fue una bellísima velada que convirtió la tarde del domingo en un verdadero acontecimiento. Enhorabuena.

lunes, 14 de febrero de 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

44

La gente dice: «Yo no leo poesía, soy más de novela". La gente dice: «Hace años que sólo leo ensayos». Mirando revistas atrasadas, uno de mis pasatiempos favoritos en el cuarto de baño, leo que en los altares espontáneos que aparecieron en los andenes después de los terribles atentados de Madrid había, sobre todo, muchísima poesía. La antropóloga dice: Había de todo. Velas, flores, muchos mensajes, tanto a los fallecidos como a los terroristas. Mensajes religiosos y políticos. Y muchísima poesía. La investigadora Paloma Díaz Mas estudió la parte literaria, donde la parte oral se mezcla con la literatura. En un momento de crisis, de muerte sentida socialmente como algo traumático, lo que cuenta es la palabra, el papel de la poesía. La presencia poética en los 70.000 documentos resulta apabullante.

En realidad no se trata de que nos guste o no: sucede que en situaciones extremas la poesía es el único modo de expresar la verdad de lo que sentimos. Es algo que en rigor tiene más que ver con lo que somos que con la literatura o la edición de libros. Hölderlin escribió: «Pleno de méritos, pero es poéticamente / como el hombre habita esta tierra». ¿Cómo habría de ser de otra manera si la vida, el mundo, no es un mérito sino un don?

sábado, 12 de febrero de 2011

43

Abandoné el ensayo del coro a las once y veinte para ir a buscar a mi hija a la estación de autobuses. Apareció arrastrando su enorme maleta azul. Me abrazó riendo, nos besamos, me dijo que estaba agotada. Qué felicidad.

viernes, 11 de febrero de 2011

42

Es curioso cómo nuestros hijos heredan, además de algunos rasgos físicos, nuestras aficiones y mitomanías. Carlos, de trece años, se está convirtiendo poco a poco en un amante del cine como yo. Comenzó el año pasado cuando se enganchó a la serie «The Wire», siguió con John Wayne en Irlanda (El hombre tranquilo) y tras pasar por Stanley Kubrick (La chaqueta metálica) y Akira Kurosawa (Dersu Uzala) ahora está loco con otro de mis ídolos, Clint Eastwood, de quien estos días ha visto «Million dolar baby», «Gran Torino» y «Sin perdón»: de lo bueno lo mejor. Él me pide calidad y yo se la doy, ¿qué otra cosa puedo hacer? Carlos me cuenta que le da rabia no poder hablar de esas películas con sus amigos, me cuenta que si alguna vez ha sacado el tema en una conversación resulta que ninguno las ha visto y le dicen que es un friki. Yo le digo: bienvenido al club.

miércoles, 9 de febrero de 2011

40

Al salir del trabajo voy a una peluquería. Allí una chica desconocida me coloca una bata blanca, me invita a sentarme en una butaca, apoya con suavidad mi cabeza en el hueco del lavadero, empapa mi pelo de agua caliente, lo enjabona y aclara una vez, dos veces, y a continuación me practica un masaje que poco a poco, a medida que sus dedos giran con lentitud presionando con fuerza inesperada el cuero cabelludo, logra disolver la barahúnda de voces que traía de la agencia en el interior de mi cráneo. Al terminar le doy las gracias por el masaje y añado: «lo necesitaba». Ella sonríe con timidez y se aleja, su trabajo ha terminado, será otra persona quien me corte el pelo.

martes, 8 de febrero de 2011

39

Escribir cada día precipita la conversión de estos textos en fósiles: la hoja de helecho más delicada pronto es sepultada por la lluvia o la pisada de un elefante.

lunes, 7 de febrero de 2011

38

Este hombre portugués de sesenta y siete años de edad aparenta sesenta a pesar del pelo gris y el rostro curtido por el sol. Se sienta sonriéndome con franqueza y me dice que está contento porque viene a jubilarse. «Usted no se lo creerá», asegura, «pero jamás en mi vida estuve enfermo». «¿Nunca? ¿Jamás tuvo la gripe o se rompió un hueso?», le pregunto. «Lo que le digo: jamás», responde mirándome sin pestañear, y añade: «Oh, pero no piense que mi vida fue fácil, ah, no, mi vida fue complicada, pude morir muchas veces, desde luego que sí», y calla, durante un instante calla y me mira sin verme, lo sé porque en el iris de sus ojos claros comienzan a agitarse las copas de las palmeras, los pájaros y los monos chillan alertando de la presencia de los soldados, las orugas de los vehículos levantan el polvo de los caminos de Angola, aquel polvo rojo.

domingo, 6 de febrero de 2011

37

A media mañana fui a la sierra a recoger ramas y palos entre los restos de la tala del pinar. Por alguna razón recordé a mis hermanos, de quienes no tenía noticias desde hacía mucho tiempo, así que allí mismo decidí telefonear a los tres. Primero hablé con mi hermano C., quien andaba de excursión en Monrepós con su familia y unos amigos, rodeados de nieve. Después llamé a mi hermana S., a la que sorprendí dando fin a uno de los legendarios desayunos dominicales de su clan; ¡estuvimos hablando durante casi una hora! (ella y mi amigo C. son las dos únicas personas del mundo con quienes soy capaz de estar tanto tiempo al teléfono). A continuación marqué el número de mi hermano J., que estaba plantando árboles en su jardín, exactamente un manzano, un ciruelo, un almendro y un cerezo; me hizo feliz encontrarle animado y de buen humor. Cuando colgué me quedé quieto y escuché el silencio del bosquecillo, roto de vez en cuando por los graznidos de las picarazas. Luego seguí recogiendo leña menuda para encender, no demasiada, sólo la necesaria para dos o tres fines de semana.


sábado, 5 de febrero de 2011

36

Es sábado y me levanto a las siete y cuarto para no perder la cadencia del tratamiento que me está devolviendo poco a poco el olfato. Mi familia duerme, la casa está en silencio y cierro la puerta de la cocina para no despertarles mientras desayuno. Hay muy pocas nubes en el cielo, apenas unos borrones de color rosa pálido a gran altitud. Uno de los muchos aviones que cruzan sobre nosotros deja una estela blanca en dirección al norte e inmediatamente le asigno Barcelona como origen de su vuelo. Ayer telefoneó mi hija. Hace más de un mes que no viene a casa, inmersa en exámenes que todavía no han terminado. Tengo tantas ganas de verla que por un momento la emoción me impide respirar.

viernes, 4 de febrero de 2011

35

El monstruo se acercó al amanecer con una taza humeante entre las manos. Exhalando vapor por la boca contempló nuestro mundo y se preguntó, pensando en sus queridos hibiscos y jazmines, si habríamos sobrevivido a las heladas de estas semanas. Yo no sabría decir si estamos muertas o vivas, aunque se me ocurre que si soy capaz de hacer estas reflexiones será que yo, al menos yo entre mis hermanas, sí estoy viva. El invierno es largo en la oscuridad, y durante algunas de las madrugadas más duras a punto estuve de convertirme en una gota de hielo en lo profundo del hormiguero, pero aquí estoy. El monstruo se ha ido, confiado en que este invierno terrible le haya librado de nosotras. Pobre ignorante, no sabe que llevamos librando esta batalla desde hace millones de años y nunca la hemos perdido.

jueves, 3 de febrero de 2011

34

De pronto he sentido en mi cerebro el aroma del aftershave del hombre que se había sentado al otro lado de mi mesa. Apenas podía creerlo. Mientras giraba hacia el ordenador he acercado disimuladamente la nariz al hombro derecho de mi camisa y sí, era cierto, ahí estaba la fragancia del suavizante. ¿Cómo explicar la felicidad que me ha embargado, las ganas de levantarme y saltar de alegría? Desde ese preciso momento el mundo ha sido absolutamente distinto para mí: más completo, más interesante, más rico. ¿Cómo explicar la emoción de volver a oler las calles, el interior de mi coche, el aire viciado del garaje, la escalera de mi casa?

miércoles, 2 de febrero de 2011

33

Me conmovieron las fosas comunes de guerreros griegos muertos hace dos mil quinientos años, jóvenes que cayeron combatiendo contra los cartagineses en la batalla de Himera, al norte de Sicilia, a finales de septiembre del año 480 antes de Cristo. Algunos de los cuerpos conservaban las puntas de flecha y lanza que habían acabado con ellos. Recordé un epitafio dedicado a los atenienses caídos en la batalla de Queronea un siglo y medio antes: «¡Oh, Tiempo, que ves pasar todos los destinos humanos, dolor y alegría; la suerte a la que hemos sucumbido, anúnciala a la eternidad!»

martes, 1 de febrero de 2011

32

Son las cinco de la mañana y no puedo dormir. No estoy seguro de que haya sido una buena idea hacer frente a mi vieja y crónica rinitis. He comenzado el tratamiento con corticoides, antibióticos y nebulizadores nasales, y mi organismo se resiente, me siento extraño, no estoy acostumbrado a tanta medicación. La primera fase del tratamiento va a durar diez días, ayer fue el primero, y el doctor P., un hombre tal vez demasiado serio y distante, me aseguró que no me ocasionaría ninguna molestia, lo cual no ha resultado cierto del todo. Le daré un voto de confianza, no quiero rendirme tan ridículamente pronto, pero estoy inquieto. Debería intentar dormir un poco. Pronto amanecerá.

lunes, 31 de enero de 2011

31

Salgo de la agencia a las seis y diez de la tarde. La luz ha comenzado a cambiar oscureciendo poco a poco todos los colores. El río Vero, encauzado por el canal de hormigón que lo doma a lo largo de Barbastro, fluye hacia el mar. Subo al coche, arranco el motor, giro el mando de las luces, dejo libre el hueco que ocupaba junto a la acera, y vuelvo a casa.

domingo, 30 de enero de 2011

30

Encuentro un gran consuelo en las llamas del hogar, en su contemplación y también en el sonido que hacen. Es el mismo consuelo que ofrece el repiqueteo de la lluvia o las olas del mar rompiendo una y otra vez en la playa. Ese tipo de consuelo.

sábado, 29 de enero de 2011

29

Después de las copas vuelvo a casa a las tres de la mañana. Ayer estuve toda la tarde en Lérida y al regresar no tuve tiempo de cenar antes de bajar a ensayar, así que ahora me preparo dos huevos fritos que devoro con hambre de lobo en la mesa de la cocina mientras en la radio hablan, a estas horas de la madrugada, de realidades paralelas, de chamanes, del carácter sagrado de la ayahuasca, de viajes cósmicos.

jueves, 27 de enero de 2011

27

Alguien dijo que estaba nevando y todo el mundo miró hacia los ventanales. El runrún del público que esperaba su turno enmudeció. Quienes estaban siendo atendidos dejaron de sentir miedo durante unos segundos. Alguien dijo que era agua nieve, no nieve de verdad.

miércoles, 26 de enero de 2011

26

Salgo del trabajo a las tres y paso a todo correr por el supermercado armado con mi pequeña lista de papel y... ¿qué es esto? ¡Lo han cambiado todo de sitio! Oh, mierda, ahora en vez de tardar diez minutos tardaré quince o veinte y estoy hambriento como un animal porque hoy tampoco he podido comer nada en toda la mañana. Llamo a casa avisando de que tal vez llegue un poco más tarde de lo previsto y me dicen: «Se te escucha muy cansado, déjalo, ya iremos mañana u otro día». «Ah, no, no podría soportar una tercera noche sin mi yogur», contesto con cierto deje de desesperación en mi voz. «Vale, pues lo que quieras, ya llegarás». Cuelgo el teléfono sintiéndome el tipo más tonto del universo y a continuación salgo disparado en busca de los yogures, ¿dónde demonios los han puesto?

martes, 25 de enero de 2011

25

Me gustan estas gélidas mañanas con temperaturas bajo cero, los campos cubiertos de escarcha, la transparencia del aire, los charcos helados, los arbolillos en cuyas ramas más altas algunos pájaros se exponen a los primeros rayos del sol para ahuyentar de sus cuerpos el frío nocturno. ¿Cómo es posible que un gorrión que pesa poco más que un pedazo de pan pueda sobrevivir a noches como estas?

lunes, 24 de enero de 2011

24

En la música el instante verdaderamente sustancial, único, irrepetible, carece de sonido. Es el momento en el que mi directora, de espaldas al público, sonríe sólo para nosotros, levanta las manos siendo absolutamente consciente de que todos estamos concentrados en ella, y con un gesto hace que todo comience. Es también el momento en el que la pieza termina, las notas han expirado y el tiempo parece haberse detenido para siempre antes del estallido de los aplausos.

domingo, 23 de enero de 2011

23

Salgo a la terraza a buscar leña para alimentar el fuego. Dos calles más allá, en otra terraza, un hombre habla por teléfono y el eco de su potente voz africana viaja a través de la noche hasta alcanzar mis oídos. En alguna parte alguien ensaya con una trompeta repitiendo una y otra vez las mismas notas. Lo que debo comprender con claridad es que todo esto es real.

sábado, 22 de enero de 2011

22

Después del ensayo vamos al Chanti a tomar una copa. Junto a la puerta han instalado una estufa exterior para quienes deseen salir a fumar, pero no hay nadie. La luna llena brilla en el cielo nocturno.

viernes, 21 de enero de 2011

21

Me acuesto en la camilla y una chica joven de pelo corto coloca mi cabeza bajo la máquina, me pide que no la mueva, «tampoco para decir sí o no», y la sujeta con una correa. «Cierra los ojos, por favor, y sobre todo no te muevas», dice antes de alejarse. Cierro obedientemente los ojos y escucho los ruidos electrónicos del anillo que comienza a girar y moverse alrededor de mi cráneo. Sé lo que está haciendo: rayos X de múltiples cortes axiales de mi cabeza en tres dimensiones, lo que generará una imagen exacta de huesos y tejidos blandos. Al cabo de pocos minutos termina. La chica de pelo corto, amable y sonriente, me dice que tendré los resultados a partir del miércoles que viene. Salgo a la calle, donde hace mucho frío. Me gustan las ciudades por la mañana, cuando los niños no han salido todavía del colegio. De camino hacia el coche alzo mi rostro a la luz del sol.

jueves, 20 de enero de 2011

20

Por absurdo que parezca, cuando la niebla escampó todo seguía igual: la torre del campanario de la iglesia, la fachada trasera de los edificios sin revocar, el pequeño parque junto al centro de día de la tercera edad, la leña apilada contra la pared. Giré la cabeza a la derecha y advertí que también el vecino que no saluda nunca a nadie seguía allí. Sólo por probar le dije: «Buenas tardes». Me observó brevemente atravesándome con la mirada, no dijo nada y se fue.

miércoles, 19 de enero de 2011

19

El otorrinolaringólogo me ausculta los oídos, la boca, la garganta, y finalmente toma un artefacto parecido a una pistola en forma de aguja de unos veinte centímetros de longitud. «No se preocupe», dice, «voy a hacerle una endoscopia a través de las fosas nasales, no suele doler pero si le molesta indíquemelo». Asiento con un gesto y el doctor procede a introducirme el aparato por la nariz mientras observa una cámara de televisión situada detrás de mí. Cierro los ojos. Los abro. Me doy cuenta de que con mucho cuidado ha introducido la aguja hasta el fondo, de modo que está contemplando el interior de mi cabeza. No estoy seguro de que mis senos paranasales sean un espectáculo muy agradable pero me gustaría poder mirar a mí también.

martes, 18 de enero de 2011

18

Me gusta pensar que cuando escribo sobre mi vida lo estoy haciendo también sobre la tuya. Hablo de comunión, no tiene otro sentido.

domingo, 16 de enero de 2011

16

La leña silba y chisporrotea, me ha costado trabajo que prendiera, empapada de niebla como estaba. Cuando he salido a la terraza no se veía nada en cinco metros a la redonda. Horas antes dormitaba en el sofá mecido por un programa de la televisión sobre el cinturón de Kuiper, y antes de eso, mientras preparaba la fideuá de sepia que nos íbamos a comer, tomábamos en la cocina un vermut consistente en mejillones en escabeche y aceitunas rellenas acompañadas de unas cervezas. Menos mal que por la mañana estuve pedaleando un buen rato sin avanzar un solo milímetro, haciendo trabajar a mi corazón. Sí, la leña silba y chisporrotea al fin. No he puesto mucha, sólo la necesaria para que este domingo se acerque mansamente a la orilla.

sábado, 15 de enero de 2011

15

Antes de despertarlo le contemplo durante unos segundos. Su cabeza de pelo largo ya no se parece demasiado a la que tenía a los cinco años: Piolín dio paso a Alejandro el macedonio. Pronto cumplirá catorce. Quién sabe lo que le traerá el futuro. Expulso de mi pensamiento las nubes oscuras y me dispongo a levantar de la cama al joven conquistador, que gruñirá y remoloneará un rato. Fuera la niebla que nos oculta lo empapa todo.

viernes, 14 de enero de 2011

14

En el sueño me lanzo vestido a una piscina. Me tiro de cabeza, de bomba, hago una voltereta hacia atrás y durante un instante no sé dónde está el cielo y dónde la tierra hasta que de pronto el agua se precipita hacia mí desde arriba. Buceo con los pantalones, la camisa y los zapatos puestos. Salgo a la superficie resoplando. En el exterior hay tumbonas desiertas, el bar con la persiana echada, una manguera sobre el césped. Nado vestido en la piscina y soy feliz.

jueves, 13 de enero de 2011

13

Niebla en la autovía A-22 camino de Barbastro, 13 de enero de 2011.

miércoles, 12 de enero de 2011

12

En mi mesa hay una lámpara de arquitecto metalizada de color gris. En mi mesa hay unas gafas de pasta de color negro. En mi mesa hay un ordenador portátil MacBook de color blanco adquirido el ocho de mayo de dos mil ocho. En mi mesa hay un teléfono de la marca Carrefour de color rojo. En mi mesa hay una botella azul de cristal de la marca de agua mineral Solán de Cabras llena de agua del grifo. En mi mesa hay una taza vacía de la que cuelga un hilo blanco con un pequeño cartón rojo en su extremo donde se lee: «Té rojo Hacendado». En mi mesa hay un vaso de vidrio transparente, y nada más.

martes, 11 de enero de 2011

11

Isabel vende unas mandarinas buenísimas en su frutería, pero lo mejor de todo es que a veces se cuelan hojas frescas del árbol, son muy suaves y de un intenso color verde que da gozo mirar.

lunes, 10 de enero de 2011

10

Día de muchísimo trabajo, con colas de gente mirando con ojos de rigor mortis la espalda de quienes están siendo atendidos. Un paquistaní con su joven esposa recién llegada a España, vestida con un salwar camis, zapatillas deportivas y un chaquetón de paño azul. Un hombre que se ha quedado viudo por segunda vez, la mirada triste, perpleja. Muchas personas a punto de jubilarse, asustadas por la próxima reforma del sistema de pensiones. Madres recién salidas del hospital, embellecidas por el cansancio, la ilusión y las nuevas preocupaciones. Trabajadores que quieren confirmar que han sido dados de alta. La alegría de una señora cuyo marido desapareció en un país sudamericano hace más de veinte años y por fin ha conseguido un certificado judicial de ausencia. Un joven peluquero que se va a vivir con su novio a La Haya.

domingo, 9 de enero de 2011

9

He quedado en el Chanti con un amigo a las cinco y media de esta tarde de domingo. Un poco apurado de tiempo me dirijo hacia allí a través de las calles desiertas y todavía húmedas por la lluvia de la mañana. Me encuentro con José Luis en la acera y entramos juntos al bar. Nos alegramos mucho de vernos, nos alegramos de esa manera fácil y placentera, verdadera, sin ceremonias. Pedimos unas copas y comenzamos a charlar de libros, de música, de fotografía, de literatura, de exploración, de consciencia, de miradas, de carreteras locales, de paisajes, de la luz del sol de invierno sobre el campo justo después del amanecer, del norte, del sur, de internet. Levantamos nuestros vasos a la salud de Nán y le digo a José Luis que me gustaría viajar a Madrid este año, conocer a algunas personas. Quién sabe. Dos mil once no ha hecho más que empezar.

sábado, 8 de enero de 2011

viernes, 7 de enero de 2011

7

En el supermercado una cajera muy guapa suspira y le dice a la compañera de al lado: «¡Qué ganas tenía de que acabasen las navidades!». «¡Y yo!», contesta ésta. «Yo también», dice un señor mientras descarga su compra en la cinta transportadora. «Y yo, hija mía, yo también, que sólo me traen recuerdos tristes», añade la señora que me precede en la fila. Durante un instante presiento que la escena va a convertirse en un musical, pero el instante pasa y nadie canta, nadie baila. El señor a quien tampoco le gusta la navidad introduce en bolsas de plástico los productos que ha adquirido, la compañera de mi cajera se afana en pasar los códigos de barras frente al lector óptico, la señora triste que va delante de mí ya está descargando sus cosas en la cinta y yo, por mi parte, descartado el musical, procedo a disfrutar discretamente de la belleza de la mujer que dentro de poco me saludará y sonreirá con profesionalidad, diciéndome: «Hola».

jueves, 6 de enero de 2011

6

A nuestro regreso encontramos Binéfar envuelto en niebla. Aquí hace bastante más frío que en los lugares donde hemos estado, pero qué agradable es estar en casa, venir a mi mesa con un té caliente entre las manos, escuchar las campanadas de la iglesia de San Pedro, estar solo durante un rato. Así.

miércoles, 5 de enero de 2011

5

Los reyes magos, anticipándose a mañana por la mañana, me han traído esta tarde unos zapatos un poco especiales que andaba buscando hace tiempo. Eso sí, a cambio he debido soportar con estoicismo el atasco causado por su cabalgata a través del centro de Zaragoza. Había centenares, tal vez miles de niños esperando a lo largo del recorrido, por eso he lamentado que se pusiera a llover. Sentado frente al volante con los limpiaparabrisas en funcionamiento he recordado los desfiles de los reyes magos de mi infancia. Lo que más me gustaba eran los caballos de la policía montada. Con el tiempo descubriría que eso era un rasgo de mi personalidad: siempre, en cualquier circunstancia, lo que más me gusta son los caballos.

martes, 4 de enero de 2011

4

La última tarde vamos a dar un paseo por la playa de Berria, en Santoña. La luz se extingue a la velocidad de nuestros pasos sobre la arena húmeda. Mañana cada uno de nosotros volverá a su rutina habitual y, de alguna manera, dos mil once habrá comenzado de verdad.

domingo, 2 de enero de 2011

2

Por la mañana nos acercamos en coche a Laredo, una localidad cuyos encantos originales fueron sepultados en algún momento del siglo pasado por el desarrollismo urbanístico vinculado al veraneo de playa. El día es gris y el paseo marítimo ofrece un aspecto desolado y triste, apenas vencido por los gritos de nuestros niños que corren persiguiéndose. Compramos pan y regresamos a la casona. Qué agradecimiento siente la mirada cuando dejamos atrás los suburbios y la autopista y nos adentramos en la carretera del valle, rodeados de prados, bosques y peñascos de cimas envueltas en niebla.

sábado, 1 de enero de 2011

1

La noche cae temprano entre las montañas. Los faros de un coche aparecen y desaparecen en las curvas de la carretera. El ruido de las ramas de los árboles del bosque se mezcla con el del río que fluye en la oscuridad. En la casa hay luz, hay calor. Me daré la vuelta y entraré allí, lejos de este otro mundo frío.