miércoles, 31 de julio de 2019

Treinta y uno de julio

Último día antes de las vacaciones. Somos una región enorme pero poco poblada, una provincia con muy pocos habitantes y, después de tantos años, el amplio territorio que mi agencia comarcal abarca no impide que haya atendido siquiera una vez a casi todos los usuarios que vienen a preguntarme e informarse. Esto es algo que me encanta, porque así como mi memoria es atroz para casi todo, no lo es para las personas. Es como si, tras tanto tiempo atendiendo al público, mis neuronas espejo se hubieran especializado y me fuese imposible olvidar que el hijo de aquel ganadero era forestal o aquella señora de tal pueblo se cayó de la banqueta descolgando una cortina. Y siempre les sorprende que lo recuerde y, también me doy cuenta, lo agradecen mucho. Imagino que a mí también me sucedería: sentir que no soy un número nada más. Pero no lo hago a propósito, es un "superpoder" adquirido por el uso de ese aspecto concreto de la memoria en mi trabajo diario.

Mañana comienzan mis vacaciones y no estoy exaltado, no salto de felicidad. Estoy tranquilo. La semana que viene la pasaremos en la playa, y el resto entre Barbastro y Zaragoza. Me hace ilusión bucear con mi tubo y mis aletas, más aún si es junto a mi hija que vive tan lejos todo el año; y comprar unas gambas de Palamós en la lonja del puerto, y comer un arroz negro cerca del mar; y dormir mucho, y leer, y escribir este diario, y hacer fotografías y desconectar de la información de la Seguridad Social que cada día ocupa mi cerebro para transmitirla a los demás. Pero no es estrictamente una liberación porque me gusta mucho mi trabajo. Y es ahora, en los albores o pre-albores de mi vida profesional, aunque todavía me quedan algunos años, cuando me doy cuenta de la suerte que tengo. Ni tomar vacaciones es la alegría mayor de mi vida ni regresar será una condena a los infiernos. Soy un ser humano muy afortunado, y no sólo por lo que he contado en esta página de hoy. Lo soy porque me gusta mi trabajo y, sobre todo, porque me siento querido, amado en este mundo que a veces no comprendo del todo, este mundo que exploraré hasta el último momento de mi vida consciente. Ser amado es lo mejor que me ha pasado, me pasa y me pasará jamás, y no encuentro palabras para expresar tanto agradecimiento, tanta felicidad.

martes, 30 de julio de 2019

Treinta de julio

Cinco y veinte de la madrugada.  Estoy despierto desde las tres y media.  No me preocupa más allá de que mañana lo notaré un poco en el trabajo porque no suelo tener insomnio, pero me doy cuenta de lo larga que es la noche. La noche, en su centro, parece interminable.

lunes, 29 de julio de 2019

Veintinueve de julio

He llamado a mi madre porque hoy cumplía ochenta años y, sobre todo, porque la amo. Estaba muy contenta a pesar de su precario estado de salud. Ayer mismo, sin ir más lejos, estuvo en urgencias por un dolor intestinal agudo. Le dijo al médico de urgencias que mañana, por hoy, cumplía ochenta años, y que esperaba cumplirlos. El médico, mucho más joven que sus hijos, se rió. Y ella, a quien con una inyección ya le habían borrado el dolor de la tripa, se rió también. Las cosas, desde el día en el que amanecemos al mundo, comienzan a precipitarse sin remedio hacia su final.

Mientras hablaba con ella su voz vibraba de un modo especial. Estaba tan contenta. Ochenta años. El próximo sábado nos reuniremos todos para celebrarlo en mi pueblo de nacimiento, en Navarra, el pueblo de mis padres y sus padres y los padres de sus padres.

Estaba tan contenta. Hemos conversado un buen rato. Mi madre dice que ya puede morirse tranquila, y, como la conozco, sé que lo dice en serio. Pero ninguno de sus hijos queremos que se muera tal y como está ahora. Y sé lo que acabo de pronunciar en voz alta, soy perfectamente consciente de ello. Todos deberíamos serlo.

Es momento de celebración. Ayer estaba en urgencias y hoy era feliz recibiendo tantas llamadas de teléfono y tantas felicitaciones. Mis padres son una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida, bueno: ellos me trajeron a esta realidad maravillosa y dura a la vez.

De mi padre he intentado heredar, no siempre con éxito, la honestidad extrema, sin titubeos ni dudas, la paciencia, la bondad, la generosidad, saber callar cuando hablar no aporta nada a una discusión, etcétera; de mi madre no he podido evitar el genio inesperado, la rebeldía, el no saber callar cuando las palabras brotan de tu garganta sin filtros, tal vez cierta maravillosa inteligencia de origen puramente natural y una curiosidad abierta a todo, sin prejuicios.

Son, Jesús Miramón y Nati Arcos, tal para cual, complementarios. Y yo soy su hijo, y con los años voy identificando perfectamente su herencia en mí. En mí y en quienes me rodean diariamente. Puedo sentir su herencia en mis hijos, en mis hermanos, incluso en mis sobrinos y sobrinas. Qué milagro.

sábado, 27 de julio de 2019

Veintisiete de julio

No he dormido bien la siesta y lo noto. Me siento cansado pero con ese cansancio placentero, de dejarse ir, de importarme todo una mierda. A veces va bien. Mañana es domingo: orgía.

viernes, 26 de julio de 2019

Veintiséis de julio

Hoy he quedado a comer con cuatro amigas para celebrar la reciente jubilación de una de ellas. Hemos comido un maravilloso arroz caldoso con carabineros en un sitio que no conocía, La esquineta, y me ha gustado mucho. Su cocina está muy por encima del aspecto del restaurante. A menudo pasa al revés. Volveré.

La recién jubilada es una persona muy especial, la trabajadora social del Centro de Salud junto al que trabajamos. Ella y yo, sobre todo en los últimos años, hemos llevado juntos casos complicados de desarraigo, maltrato, enfermedades mentales, etcétera. Mabel, que es como se llama mi compañera y amiga, ha llegado a ir a casa de una persona a sacarla de la cama para llevarla en su propio coche a Huesca frente al tribunal médico de la Seguridad Social. Como a veces decíamos riéndonos, nos preocupamos más nosotros por ellos que ellos por sí mismos, pero es que las enfermedades mentales son así.

Mabel es un ser humano muy especial, con una personalidad fuerte y arrolladora y, sobre todo, con un corazón de tamaño descomunal. Una persona generosa como pocas he conocido. Lleva jubilada desde el uno de julio y ya la echo de menos en casos laborales que me han llegado después. Menos mal que me queda Alodia, la trabajadora social de salud mental del Hospital de Barbastro, otra magnífica profesional. Ella ha heredado conmigo algunos de nuestros expedientes más complicados.

Por nuestras vidas pasan a lo largo de los años, sobre todo cuando van siendo muchos, multitud de seres humanos de quienes poder aprender. A mí Mabel me ha hecho mejor persona, me ha hecho comprender que para colaborar en las situaciones ajenas más problemáticas debemos centrarnos en ayudar, nunca en compadecer; y también en ser duros suavemente cuando hay que serlo, siempre para beneficiar al enfermo, que a veces no acude a las citas, que a menudo no quiere aceptar lo que le sucede aunque ello le conduzca a la pobreza y el pozo más oscuro. Ella removía cielo y tierra y de hecho sacó a mucha gente literalmente de la calle, de debajo de un puente. En eso Sofía, mi compañera, y yo, colaborábamos con ella buscando todas las opciones, descartando unas, apostando por otras y aprendiendo siempre de su entusiasmo y su compromiso con su profesión.

Sí, la voy a echar de menos pero este rincón de Huesca es muy pequeño y seguiremos viéndonos y, sobre todo, sé que si algún día necesito llamarle por teléfono para pedirle una opinión puedo hacerlo sin ningún problema. Te quiero, Mabel, eres maravillosa. Disfruta de tu merecida jubilación. Has hecho mucho bien a muchos y muchas. Un beso enorme.

jueves, 25 de julio de 2019

Veinticinco de julio

Nunca sé lo que voy a escribir. Ahora, por ejemplo, he tecleado todas estas pocas palabras e ignoro las que vendrán a continuación. Porque lo hago en directo. Escribo en la misma página de Blogger, sin filtros ni correcciones previas (las mías siempre son a posteriori).

Me traslado de aire acondicionado en aire acondicionado. Desde el del trabajo al de casa, desde el de casa al del coche, desde el del coche al del supermercado. Soy como un vampiro huyendo de la luz.

Nunca sé cómo voy a terminar mi página del diario. Ladra un perro. Croan las ranas. El ventilador gira en mi dormitorio como la hélice de un hidroavión de los que apagan incendios forestales. Siempre escribo en mi dormitorio, en la pequeña mesa que instalé junto a mi cama, aunque estas noches duerma en el sofá cama del salón, frente al aire acondicionado.

El caso es que nunca sé cómo terminaré el último párrafo, la última frase antes de cerrar el cuaderno, y hoy no va a ser distinto.

miércoles, 24 de julio de 2019

Veinticuatro de julio

Esta mañana el coche de mi hijo Carlos ha amanecido con las dos ruedas del costado derecho, el que daba a la acera, reventadas por una navaja u otro objeto cortante. Ha tenido que venir la grúa, etcétera. "Pero yo no tengo enemigos", me ha dicho, todo "rallado", como dice la gente de su edad. "No te ralles, cariño", le he dicho, "habrá sido algún gamberro, hay gente así". Y le he contado que hace muchos años, antes de que él naciera, cuando su hermana era un bebé, a mí me pasó lo mismo: me pincharon a mala hostia las dos ruedas que daban a la acera. Pero él seguía pensando en quién habría podido ser entre sus conocidos, y por qué. Es un joven de veintidós años relativamente popular, tiene muchos amigos. No podía evitar tratar de dilucidar, según sus palabras, qué cabrón le había podido hacer eso. Porque los coches aparcados tras el suyo no habían sido dañados, eso lo hemos comprobado después. Y yo sufría de verlo así, un poco en bucle, pero enseguida he caído en la cuenta de que, a su edad, a mí me hubiera pasado lo mismo.

Hacerse mayor trae, junto a algunas desventajas obvias, ventajas no tan visibles desde la juventud. Las preferencias. Ha venido la grúa, ha llevado el coche al taller y sólo será dinero. Ruedas nuevas y revisión preiteuve. Las preferencias: no "rallarse" con lo que ya ha sucedido y centrarse en solucionarlo y seguir sonriendo y disfrutando del momento.

Es por eso que no me cambiaría por mi yo de veintidós años ni de casualidad. También con cincuenta y seis años se tienen disgustos y se pasa mal, pero se viven de modo diferente, muy relativo. ¿Qué me quedan? ¿Treinta años con suerte, seguramente menos, muchos menos si mañana aparece alguna enfermedad como las que cada día veo desfilar al otro lado de mi mesa de trabajo?

Pero no he olvidado cómo era yo a los veintidós años y comprendo a mi hijo. Le han rajado las ruedas del coche y no sabe quién ha sido. Le comprendo muy bien. Yo hubiera reaccionado igual. Le costará algunos días, tampoco demasiados, dejarlo estar. Todo está bien.

Leí una vez que los padres no deberíamos impedir que nuestros hijos escalen las ramas de los árboles, sino estar lo suficientemente cerca por si se caen. Algo así.

martes, 23 de julio de 2019

Veintitrés de julio

Hay días que, a pesar del calor, acaban bien, y hoy es uno de ellos. A pesar del calor y a pesar del cansancio que el calor causa en mi cuerpo y mis meninges.

Confieso que la fotografía de Instagram de hoy ha sido hecha para cumplir el compromiso de una cada día, como estos textos diarios, durante este año de nuestro señor de dos mil y diecinueve. Dos botellas de agua metálicas de las que mantienen el líquido frío durante horas, nuestro último descubrimiento. Un pequeño bodegón.

Siempre lo digo pero es verdad, tanto en este diario de intención más o menos literaria como en mi fotografía diaria de Instagram mi objetivo es dar testimonio de una vida común, una vida absolutamente corriente. Siempre me ha fascinado esa posibilidad, y quién más común y corriente que yo, un funcionario de una ciudad pequeña de provincias, diletante, casado, enamorado de su mujer, amante de sus hijos, etcétera.

Lo intento porque disfruto intentándolo. La creatividad requiere voluntad y trabajo, eso es algo que he aprendido con los años. La creatividad, como la felicidad,  es en gran parte voluntad.

lunes, 22 de julio de 2019

Veintidós de julio

En términos políticos, a menudo me encuentro en medio de disparos cruzados. Siempre he sido y sigo sintiéndome de izquierdas, más socialdemócrata -ah, la edad- que otra cosa. Soy antinacionalista; creo que el nacionalismo y la religión, a la que el primero tanto se le parece, son una lacra de la humanidad; y soy partidario de un planeta federal, un mundo de igualdades continentales que hable en nombre de la tierra. Ser esas tres cosas me convierte en radical, en facha y en ingenuo, las tres cosas a la vez. Bueno, es posible que la última me la merezca un poco.

A mi provecta edad me importa poco lo que los demás puedan pensar de mí (a los jóvenes os digo: la edad os hará libres y lo disfrutaréis tanto como yo), pero sigo dando mi opinión, no me callaré nunca. Lo hago tranquilamente casi siempre, y digo que en estos tiempos de PP, Ciudadanos y Vox quiero un gobierno de coalición, el primero en la historia de nuestra democracia, progresista y de izquierdas. Eso voté el veintiocho de abril y eso quiero, no otra cosa.

Si PSOE y UP no se ponen de acuerdo y hay nuevas elecciones preferiré quedarme en casa golpeándome los testículos con dos piedras antes que ir a votar. Ya tuvieron un mandato clarísimo, que se pongan de acuerdo o que se olviden de los viejos rojos como yo.

domingo, 21 de julio de 2019

Veintiuno de julio

Entramos en otra ola de calor aunque los pesados como yo nos vamos aburriendo de quejarnos, algo que quienes nos rodean agradecen enormemente. Sobre todo esas extrañas criaturas a quienes este infierno les parece el buen tiempo, y hay muchas, muchísimas, llenan piscinas y playas, festivales de música, terrazas, no sé, me cuesta entenderlo.

Pero hasta yo me he cansado de quejarme y sólo escribiré una cosa: la vida es algo maravilloso.

sábado, 20 de julio de 2019

Veinte de julio

Yo tenía seis años cuando el ser humano caminó por primera vez sobre la luna o, lo que es lo mismo, pertenezco a la primera generación humana en la que nuestra especie logró viajar más allá de nuestro planeta. A partir de aquel suceso histórico que ahora se conmemora recuerdo una adolescencia donde se vaticinaban nuevos tiempos de avances tecnológicos que no sucedieron, que no han sucedido aún. Colonias lunares, vehículos autónomos, comida de astronautas para todos, una federación planetaria, la exploración de nuevos planetas donde poder vivir, etcétera.

Las cosas han ido más despacio, infinitamente mucho más despacio de lo que cuando tenía quince años leía en revistas e incluso en enciclopedias, pero será verdad que soy optimista porque pienso que seguimos caminando. Más despacio pero existe una vetusta estación espacial internacional girando alrededor de nuestro hogar desde hace mucho tiempo, y hemos enviado a Marte naves del tamaño de coches que van de aquí para allá investigando y tomando muestras. Hemos descubierto agua allí y también en nuestro pequeño satélite que hace que suba y baje la marea en las playas tan lejanas, ay, de esta habitación.

El cambio climático es una amenaza, una realidad actual. Pero el ser humano, su cerebro y, sobre todo, la suma de sus millones de cerebros, tal vez sea capaz, no de revertirlo, algo imposible ya a día de hoy, sino de desarrollar tecnología que compense nuestros errores. Si existe una especie capaz de sobrevivir en el desierto más árido y en el ártico más gélido esa es la nuestra; y si existe una especie capaz de inventar algún sistema tecnológico para expulsar de nuestra atmósfera el CO2, por ejemplo, es la nuestra.

Yo tenía seis años cuando el ser humano pisó por primera vez la superficie de un lugar de nuestra sistema solar distinto al nuestro. Sé que volveremos. Sé que iremos mucho más allá. Sé que yo no lo veré, pero sí, tal vez, lo verán mis tataranietos, o los tataranietos de mis tataranietos o de alguien, quien sea, da igual, pues cada día soy más consciente de que todos, incluso quienes se matan entre sí, somos parientes cercanos. Compartimos este hogar. La vida individual es muy breve. El pesimismo no es una opción para quien sólo es un parpadeo.

viernes, 19 de julio de 2019

Diecinueve de julio

Por la mañana atiendo a un joven de quince años que viene con su tía. Es de Senegal y lleva poco tiempo en España. No tiene pasaporte, no tiene ningún tipo de documentación, sólo una hoja de papel timbrada con dos sellos de la comuna del lugar de donde proviene, escrito en francés. Siente mucho dolor en la muñeca del brazo derecho y, como menor de edad, tiene derecho a asistencia sanitaria gratuita y universal (los menores de edad y mujeres embarazadas lo tienen garantizado en España), aunque debe estar empadronado en Barbastro. Pero sucede que no se puede empadronar en casa de su tía -o supuesta tía, pues no hay modo de acreditar dicho parentesco- porque no tiene ningún documento de identidad donde aparezca su imagen, ni tiene, como menor de edad, ningún documento de tutela o permiso de sus padres senegaleses para viajar fuera del país o cediendo la custodia a su tía. Hablo con tarjetas sanitarias en Huesca: sin un documento que acredite su edad fehacientemente, y el folio que aporta es harto escaso para ello, no se le puede dar asistencia gratuita.  Subo con ellos a ver a la trabajadora social del Centro de Salud. Lo esencial, insisto, es que se le trate y después ya se verá qué sucede con su situación legal. Estamos de acuerdo y será tratado médicamente. Su situación legal, ante la necesidad médica, es secundaria.

Ahora bien: ningún senegalés puede entrar en España sin un pasaporte visado en la aduana. Este joven que lo mismo podría tener quince que veinte años y no habla una palabra de español ni de francés, mira a la ventana que hay tras mi silla de trabajo mientras yo hablo con su tía, que está muy embarazada y suda profusamente. A ella le digo: "Pero sin pasaporte no se puede entrar legalmente en España, ¿su sobrino ha venido en patera? Yo sólo quiero ayudarle, pero necesito saberlo, porque no puede ser que siendo menor de edad no tenga ninguna documentación, ni siquiera el documento de identidad de su país". Ella me mira durante cinco segundos sin decir nada y ya me ha contestado. Vuelvo a observar al joven sentado a su lado. Fuerte, casi atlético, camiseta y pantalones de pitillo, zapatillas deportivas de color naranja. Lo imagino desembarcando en una playa del sur de España con un teléfono y una dirección de Barbastro, en la provincia de Huesca. Es probable que sea su tía de verdad, y ella le enviara dinero para que pudiera venir hasta aquí. ¿Quince años? Aparenta ser más mayor pero en el pequeño papel del ayuntamiento de su pueblo, el único documento que posee, dice que nació en dos mil cuatro.

Y a continuación pienso en el viaje desde Senegal a la costa frente a Europa, las dificultades por las que ha pasado este joven que ahora se deja llevar de aquí para allá por su tía. La travesía. La travesía en el mar con decenas de personas arriesgando su vida. Las olas zarandeando la patera. Tal vez los muertos siendo lanzados al mar. Ese papel envuelto en plástico bien guardado entre su ropa, el que ahora tengo en mis manos. El esfuerzo de su familia en Senegal para reunir el dinero suficiente para pagar a los traficantes el precio para que al menos uno de sus hijos pueda llegar a Europa, exactamente hasta el otro lado de mi mesa.

Pero todo no ha hecho sino empezar. Mientras le miro deja de contemplar el castaño de indias tras mi silla y me mira a los ojos. Los suyos están ligeramente inyectados de sangre. Le digo despacio y sonriendo: "Vamos a ayudarte". Pero no reacciona. No sonríe, no dice nada. Ni siquiera muestra un gesto de tristeza, sólo indiferencia. Su tía dice en perfecto castellano: "Está así desde que llegó".

jueves, 18 de julio de 2019

miércoles, 17 de julio de 2019

Diecisiete de julio

Si escribo es para dar testimonio. No tengo otra ambición. Y lo hago sabiendo que todas estas palabras escritas con tanto cuidado, este testimonio de hombre común y corriente, serán borradas de este mundo por un rápido meteorito gigante, el lento fin del mundo o el olvido de las colonias humanas exteriores, cada vez más autónomas, nuevas especies, tan lejanas de esta noche de calor en la tierra de hoy, de ahora, hace siglos.

martes, 16 de julio de 2019

Dieciséis de julio

Por la mañana fuimos a visitar un rato a mis padres. El próximo veintinueve de julio mi madre cumple ochenta años y el siguiente sábado tres de agosto nos reunimos toda la familia en el restaurante El lechugero de Cascante, en Navarra, mi pueblo y el de mis antepasados. Regentado por mis amigos de veranos adolescentes, Carmelo en sala y Angelines en la cocina, mi familia lo celebramos todo allí, y algo tan bonito como cumplir ochenta años no podía ser una excepción. Se da también el caso de que los fundadores originales del restaurante y hostal, que al principio era una tasca, son amigos íntimos de mis padres desde la infancia hasta hoy.

Mi madre nos ha dicho que le hacía mucha ilusión reunirnos a todos ese día, y entonces yo he recordado que mi iPhone me había enviado el día anterior uno de esos recuerdos que recopila la aplicación de fotografías, y precisamente eran fotografías de mis bisabuelas, mis abuelos y también de mis padres cuando se conocieron, con apenas quince años. Hemos estado viéndolas. A ratos señalaban: este está muerto, esta también, este muerto, este muerto... Yo me partía de risa. Sois unos supervivientes, les he dicho, sabiendo que, como todos, algún día dejarán de serlo. Le he guiñado el ojo a mi padre, que estaba contento de ver a mi madre tan lúcida y tan majica hoy, y le he dicho: Papá, a este paso la mamá no deja vivo a ninguno.

Ha sido un rato agradable. Había fotos maravillosas.  Qué guapos y qué jóvenes eran estos dos seres extraordinarios a los que todavía puedo abrazar y besar y oler.  Y qué poco podían imaginar que tendrían cuatro hijos, tres nueras, un yerno y diez nietos que les quieren, más las parejas de mis sobrinos y sobrinas y mis hijos. La vida creciendo como una enredadera.


lunes, 15 de julio de 2019

Quince de julio

Escucho a Maite hablar con nuestra hija con el manos libres del teléfono en el salón. Sus risas. Paula se ha cortado un poco el pelo (para ellas mucho, yo ni me he dado cuenta en una fotografía que nos ha enviado).

Madre e hija; la primera filóloga y profesora de Lengua y Literatura de secundaria en Barbastro, España, la segunda bióloga molecular y genetista en Bergen, Noruega, hablando de cortes de pelo y otras maravillosas y ligeras cosas mundanas que hacen del mundo un lugar menos denso, menos importante. Las oía reír y mi corazón reía con ellas. Tienen una relación que me fascina. Cuánto me gusta la vida normal, si eso es posible.

domingo, 14 de julio de 2019

Catorce de julio

Hoy no me hemos salido de casa en todo el día. Llovió mucho durante la noche y no ha hecho calor. Hicimos vermut, comimos un lomo a la aragonesa que hice en Barbastro, dormimos la siesta y ¿qué más se puede pedir? Me gusta cuando las cosas son sencillas. Un poco secretas. Ni mucho ni poco. Sin dolor de cabeza, sin sudor, sin tinnitus, sin picor en la piel. Normalidad nada más, eso que a menudo tanto me falta a mí y le sobra a tanta gente. Dentro de un rato cenaremos. La felicidad, lo sé, es esto. No padecer. Dejarse llevar plácidamente y, sobre todo, no salir de casa sin ganas de salir. Oh, qué placer estar aquí todo el día juntos, dormidos, despiertos, dormidos de nuevo.

sábado, 13 de julio de 2019

Trece de julio

Estamos en Zaragoza. La discusión de ayer pertenece al pleistoceno. El cielo sobre esta ciudad que quiero y odio un poco a la vez era gris, bochornoso, un radiador de calor que rebotaba en alquitrán, cemento, cristal y hormigón.

Hace un rato cayeron cuatro gotas que, casi antes de tocar la superficie de este lugar, se evaporaron como si nunca hubieran existido.

Sí, sé que el verano me convierte en un animal esquizofrénico, uno de esos tristes ejemplares de oso polar que caminan repetitivamente de un lado a otro de su espacio en un zoológico muy lejos del Ártico. ¿Qué puedo hacer? Siento dar tanto la brasa, pero es que, si de normal ya no estoy bien del todo, en verano todo se dispara y me vuelvo loco. Loco. Loco. Porque estoy loco. Soy un loco sudando delante de un ventilador escribiendo que está loco.

Sólo una cosa me impide alejarme de la razón pulcra y obsesivamente ordenada con la que intento dar testimonio y escribir cada día de cada día: el amor de la gente que me quiere, que es, para mi sorpresa, mucha. El amor que recibo de los demás y el que siento por personas, libros, películas y música mantienen mis demonios a una distancia más o menos segura del descalabro. Lo sé y nunca lo había confesado tan crudamente.

Ojalá el amor nunca me abandone. No solamente el que doy sino, sobre todo, el que recibo. Es lo que me mantiene en equilibrio. Es lo que alimenta mi esperanza y mi optimismo un poco impostado pero tan deseado y verdadero en realidad. El amor cierto, el del perdón.

viernes, 12 de julio de 2019

Doce de julio

Mi compañera y yo hemos discutido. Hacía tanto tiempo que no lo hacíamos: semanas, meses (es lo que tienen las relaciones de larga duración), que no sé muy bien qué hacer, se me ha olvidado.

Recuerdo que a ella le costaba más hacer borrón y cuenta nueva. Yo soy ligero como pompa de jabón, móvil como pluma al viento, pero a ella le costaba un poco más. Imagino que son cosas que van en el carácter de cada uno.

Sé que pasará. Todo pasa y la amo, y creo que ella también me quiere.

jueves, 11 de julio de 2019

Once de julio

A medida que voy
haciéndome mayor
cierta tranquilidad va
instalándose en
mi manera de experimentar
toda esta locura que
vino a mí sin permiso.

Sé que terminaré el viaje.
Viajaré hasta que
la música se apague,
y también la luz, y
también los sentimientos, y
el tacto y el oído y el olfato,
y el gusto, y la vista y,
sobre todo,
el sexto sentido.

Navegamos hacia
lo desconocido
levemente.

miércoles, 10 de julio de 2019

Diez de julio

Libro muchas batallas a la vez pero todas son pequeñas. Ahora envío una crema con corticoides hacia aquel valle, ahora detengo una columna tras las colinas con cortisona para tranquilizar las cosas en ese sector y permitirles descansar y, a continuación, vuelvo a mi tienda, como un pollo a l'ast con las manos (existen pocos placeres semejantes que puedan hacerse con las manos) y bebo vino directamente de mi cuerno de uro y ordeno a las tropas que no me molesten hasta el amanecer excepto circunstancias de mucha necesidad.

Ser un conquistador es duro, muy duro. Y lo más duro, lo que nadie sabe, es que en realidad me precipito hacia adelante empujado por las circunstancias, no por mi voluntad.

Si realmente fuese tan valiente como creen mis tropas, haría detener la horda y les diría: "Yo lo dejo aquí. Elegid un nuevo general y hacedlo bien, alguien con palabra que cumpla lo que dice, no como en la Hispania de dentro de dos mil años, cuando Pedro Sánchez, presidente del Partido Socialista, se orine en la voluntad de quienes le votarán pensando que hará un gobierno de centro izquierda: amarga decepción. No hagáis lo mismo dos mil años antes. Me voy. No os deseo ni buena ni mala suerte porque, como habéis podido comprobar, puedo ver el futuro. Y ahora dejadme terminar con las manos grasientas mi pollo a l'ast y mi cuerno de uro lleno de vino y miel, dejadme ser feliz antes de desaparecer en las lejanas estepas donde asoman colmillos de mamut en la tierra helada".

Pero no soy realmente tan valiente como creen mis tropas, y los colmillos de mamut asomando de la tierra helada es el recuerdo de un sueño. Nunca viajé tan al norte. Me lo contaron viajeros extranjeros cuando era niño.

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He dormido bien sobre las pieles de lobo. Despierto y salgo al exterior. A lo lejos, en el estuario del mar de plata, columbro el brillo de los mármoles de los templos. Antes de subir a mi caballo tomo mi antidepresivo y los ansiolíticos de cada mañana; un capuchino con pan tostado y aceite de oliva virgen extra: rutinas. Mi ejército me observa expectante. Hoy tengo que conquistar Roma. No puedo, como Pedro Sánchez dentro de muchos siglos, fallar.

martes, 9 de julio de 2019

Nueve de julio

Finalmente por la noche llovió mucho, y al despertar entraba por el balcón la mezcla del aroma de la hierba húmeda que crece junto al río y el cemento y el asfalto de la calle mojados por la lluvia. No sabría decir si era un olor dulzón, antiguo, fresco o cálido, pero era claramente el eco que la lluvia había dejado en mi calle, y me asomé a ella en calzoncillos y lo inspiré con deleite porque lo echaba tanto de menos.

Por desgracia con la luz del sol ya no volvió a llover más, y poco a poco el calor regresó a sus dominios deseoso de vengarse sin piedad de quienes le habíamos traicionado.

lunes, 8 de julio de 2019

Ocho de julio

En los programas que predicen el tiempo meteorológico anunciaron tormentas para hoy y mañana. Todos lo esperábamos con anhelo, así que esta mañana, cuando el cielo se ha puesto negro al otro lado de los ventanales de la Agencia Comarcal de Información de la Seguridad Social de Barbastro, todos nos hemos empezado a ilusionar. Alguno -vale: yo- incluso se ha atrevido a decir: "¡Pero que no sea granizo!", pensando en las viñas esplendorosas y los campos de maíz creciendo centímetro a centímetro cada noche.

Pero, oh, vana ilusión, fueron cuatro gotas que, al contactar con el suelo caliente, convirtió la atmósfera de la calle en una especie de pequeña sauna, y nada más. Nada más. Volvió a salir el sol ante nuestras miradas estupefactas. Nada más. El verano siempre, siempre, siempre es cruel. Y más que lo será. "Que no sea granizo", ¿qué idiota dijo eso?

domingo, 7 de julio de 2019

Siete de julio

El domingo discurre tranquilamente bajo esa distorsión de la luz sobre las carreteras y los edificios que genera el calor extremo. Aunque en mi cubículo contaminador con el aire acondicionado a veintitrés grados me siento como un astronauta a salvo mientras exista energía en la nave.

Por la mañana muy temprano, la única hora en la que se puede salir a caminar seis kilómetros, Maite y yo fuimos a pasear. Hoy no vimos ningún animal salvo las aves que siempre están ahí. Durante unos minutos pensé que volveríamos a ver otro jabalí en el agua huyendo hacia la vegetación de nuestra presencia, una repetición no prevista, un fallo de Matrix, pero no sucedió. Tal vez nuestras vidas son realmente improvisadas.

Ayer por la noche regresó mi hijo Carlos Miramón del campamento más allá de los Llanos del Hospital, en Benasque, una experiencia de montaña organizada desde hace muchísimo tiempo por un hombre extraordinario de Binéfar, Faustino Rami; unos campamentos a los que comenzó acudiendo de niño y ahora, con veintidós años, va para echar una mano si no trabaja. Me gusta que mi hijo ame la montaña y la naturaleza. Me gusta también que los niños y niñas que acuden a esos campamentos le quieran mientras camina montaña arriba con cinco o seis mochilas colgadas de su cuerpo.

El hecho es que anoche regresó de la montaña y quería comer mi comida. Ya sabemos lo que sucede en esos sitios donde comen niños, adolescentes y adultos: comida de rancho, que guste más o menos a todos y que tampoco sea muy cara: salchichas de frankfurt, arroz a la cubana, macarrones con tomate, pollo rebozado, etcétera (creo que por cualquiera de esta comidas moriría ahora mismo, pero ya me comprendéis). Así que hoy ha comido una crema de puerros fría que hice el otro día y un bacalao desalado a la vizcaína con su carne de pimiento choricero y su tomate y sus pimientos y su canesú que estaba para, como ha sucedido, fundirnos media barra de pan. En esta casa nos gusta comer comida de yaya, que decimos. Yo soy un experto cocinero de comida de yayas.

¿Que por qué he hablado de mi hijo y de lo que hemos comido? Porque ha formado parte de este domingo que, sí, lo sé, lo he repetido mil millones de veces y lo haré otra vez: no se repetirá nunca. A menos que exista un repetición extraña, un déjà vu, un fallo del software que rige toda esta experiencia maravillosa y extraña al mismo tiempo. Mañana es lunes. Me gusta tanto mi trabajo que no siento ninguna pena por eso. Pero lo que está sucediendo en el Mediterráneo sí, mucha. Y también indignación.

sábado, 6 de julio de 2019

Seis de julio

Como hace tanto calor esta mañana fuimos a dar nuestro paseo junto al canal a las siete y media de la mañana. A las ocho sorprendimos a un jabalí dándose un baño que, al vernos, salió corriendo y se escondió en la espesura. Estaba allí, a dos metros, y pensé en todas las veces que he visto huellas de jabalí en el barro de los charcos del invierno, y pensé que si estaba viendo a uno es porque hay cien, y los hay, y más de cien, tal vez miles, porque me lo dicen los agricultores, sobre todo los que cultivan maíz. "Si una piara se adueña de un campo cuando vayas a cosechar tendrás un montón de círculos sin una mazorca en condiciones". Porque son muy listos y van cambiando de ubicación. Listos y duros. Una mañana en el trabajo otro agricultor me decía: "Y no sabes lo duros que son, pueden comer todo, hasta veneno, y no les pasa nada. Hasta zapatos viejos tirados por ahí se comen, se lo comen todo y no les pasa nada. No hay animal más duro y resistente que el jabalí", decía.

Ha sido una experiencia bonita. Yo no soy cazador ni tengo una opinión especialmente favorable hacia la caza, aunque reconozco que al no existir depredadores naturales especies como el jabalí se están convirtiendo en una plaga, al menos en este territorio. Pero ha sido bonito ver a un animal verdaderamente salvaje en plenitud de facultades, no muerto, no atropellado, no enfermo, nadando en el canal y saliendo a toda velocidad de él al vernos. No era un ejemplar grande, parecía joven. Tal vez por eso se dejó llevar y siguió actuando a la luz del sol, sin esconderse al amanecer como hacen todos.

Siempre que vamos a caminar por el campo lo hago con los ojos bien abiertos. Normalmente sólo hay aves. Una zona de abejarucos, otra de aviones comunes como los que anidaban en el alero de nuestra casa en Binéfar. Y verderoles, jilgueros (cardelinas las llamamos en Navarra y Aragón), pequeños gorriones moros en pequeñas bandadas jugando con nosotros volando de arbusto en arbusto al ritmo de nuestro paso. Y me gustan mucho los pájaros, sobre todo los pequeños y alegres cuyo canto siempre es superior a su aspecto, pero me ha gustado ver a un gran mamífero. Una vez vimos un zorro que se detuvo, se nos quedó mirando y después siguió su camino al trote, sin correr ni nada.

Este mundo no es nuestro. Lo compartimos. Sólo, como el resto de especies que nos rodean, desde los insectos a las ballenas azules, podemos vivir aquí de modo natural. Respirar el venenoso oxígeno que nos oxida. Soportar los rayos ultravioleta del sol. La gravedad que ha conformado nuestras columnas vertebrales y la presión arterial de la sangre en nuestras venas. Tal vez deberíamos ser conscientes de algo tan simple: cada animal y cada planta, desde el más pequeño a la más grande, son nuestros hermanos. Nosotros somos caníbales y ellos también. Pero somos hermanos. Pertenecemos a este pequeño lugar del universo y, por ahora, sólo aquí podemos vivir y morir en condiciones naturales.

viernes, 5 de julio de 2019

Cinco de julio

Es un poco extraño vivir en una zona relativamente céntrica de la pequeña ciudad y oír el croar de las ranas a través del balcón abierto. La ilusión de vivir en el campo si cierro los ojos.

Hoy he jubilado a una señora que tiene una yegua. La montaba su hija hasta que se emancipó y se fue de casa. Yo sé que los caballos, si no se montan a diario o cada semana, además de engordar se asilvestran, no se dejan domar con facilidad después. Lo hemos comentado. Me ha dicho, "no, la yegua ya es muy vieja y se ha amansado por la edad".

Se ha amansado por la edad. ¿Será cierto eso? Yo siento que me he calmado, a pesar de la ansiedad crónica y la depresión, etcétera. Apenas ya no entro en discusiones porque he aprendido que no se convence a casi nadie de nada. Pero, ¿amansarme? Puede ser. Tendría que preguntárselo a Maite: "Cariño, ¿me he amansado con la edad?". Voy a preguntárselo y ahora vengo.

Ya he vuelto. Se lo he preguntado y me ha dicho que sí. Pregunta resuelta. La señora de Pozán de Vero tenía razón.

Croan las ranas junto al hilo de río que viaja estos días muy lentamente hacia el mar frente a mi casa, y también brilla la luna.

jueves, 4 de julio de 2019

Cuatro de julio

Al otro lado de la línea
está el suave susurro del
aire acondicionado y
mi inminente acercamiento a la cama
para dormir todo lo posible,
lo mejor posible y
lo más lejos posible.

Esta noche me apetece
la expedición que
desde hace años
viaja hacia un planeta
con posibilidades de
convertirse en un nuevo hogar.

Cierro los ojos.
Soñaré con eso.

miércoles, 3 de julio de 2019

Tres de julio

La línea que separa
los días se aproxima
y yo todavía no
he escrito nada. Pero

ahora eso
ya es mentira.

martes, 2 de julio de 2019

Dos de julio

Día raramente tranquilo en el trabajo. Incluso hemos podido hablar entre nosotros y yo salir a la calle para sacar dinero de un cajero automático. La temperatura ha descendido pero no lo suficiente para mí. Ahora, exactamente a las diez veintidós de la noche, hay veintiocho grados. No lo suficiente para mí, que soy feliz cuando todo el mundo tiene frío. Pero lo acepto, lo acepto como acepto mis taras, mis defectos, mis muchos defectos, aunque últimamente intento mejorar algunos de ellos, los más graves que, por vergüenza, no mencionaré aquí.

Como decía, hoy tuvimos un día relativamente tranquilo en la Agencia Comarcal de la Seguridad Social de Barbastro. Tres informadores y una ordenanza (subcontratada, qué vergüenza que la Administración recurra a estas malas prácticas). Se llama María, tiene la edad de mi hijo y es maravillosa, trabajadora, una mirada azul, limpia y sonriente, siempre de buen humor, buena, generosa, un ser humano de los que merece la pena que se crucen en tu camino. Y portera de fútbol, por cierto, en el equipo de Peña Ferranca de Barbastro. Y muy buena portera, según me han dicho. Un amor. Los tres funcionarios que quedamos en el fuerte la queremos mucho. Ojalá esté con nosotros mucho tiempo.

Al final la vida es esto, navegar conociendo paisajes, experiencias vitales, personas, situaciones concretas, cruces de vidas ajenas que dejan un eco y te enseñan o, a veces, desaprenden; cruces de vidas que iluminan la tuya con una luz que nunca hubieras imaginado.

En mi empresa, el Instituto Nacional de la Seguridad Social, hay compañeros que odian la atención al público, que la probaron y no pudieron con ella. Yo no podría hacer otra cosa, y no les critico. Te tiene que gustar, tienes que estudiar constantemente los cambios legislativos vertiginosos que últimamente se nos vienen encima (somos informadores, somos la primera línea), pero, sobre todo, lo más importante de todo para mí: tienes que sentir curiosidad por la naturaleza humana y querer ayudar. Querer ayudar es lo más importante, y, en mi caso concreto, querer conocer y aprender de las experiencias y presencias vitales de quienes se sientan al otro lado de mi mesa.

He tenido problemas derivados de mi trabajo. Estrés. Ansiedad. Gustosamente pago el precio por lo que me devuelve: conocimiento directo y sin filtros de mi propia naturaleza, compasión, paciencia, amor sin sujeto concreto, amor a mi especie, a quienes caminan tranquilamente por la calle sin saber que, con sus pequeños actos cotidianos, que yo conozco porque me los cuentan, son héroes y heroínas de las de verdad. Cuando mañana me levante y vaya a trabajar lo haré agradeciéndolo. Quién sabe qué seres humanos extraordinarios se sentarán frente a mí.

lunes, 1 de julio de 2019

Uno de julio

Suenan petardos. O cohetes, no sé. El barrio donde vivo es el de San Fermín (también es casualidad) y creo que esta semana o la que viene son, lógicamente, las fiestas. Una calle ya la han cerrado para instalar unas ferias de niños con tiovivos y esas cosas.

Quien me conoce sabe que odio las fiestas colectivas, las patronales, las de navidad, las del barrio, las del Pilar: todas. Forma parte de mi carácter, que ya se veía venir en la adolescencia, de viejo gruñón.

Odio las fiestas colectivas, incluidos los festivales de música, etcétera, y nunca entenderé por qué siempre se celebran en verano, cuando más calor hace y la aglomeración de personas intensifica ese calor y convierte la realidad en un infierno de sudor y empujones. Las fiestas deberían celebrarse en invierno. El verano en estas latitudes es incompatible con cualquier actividad que no sea pasiva, solitaria y, mejor que a la sombra, bajo el aire acondicionado.

A menos que estés de vacaciones y junto al mar o en la alta montaña, claro, que actualmente no es mi caso. Y otro petardo, venga. Odio los petardos, asustan a los animales y no sirven más que para molestar a todo el mundo. Sé muy bien dónde metería con un palo los petardos y cohetes de quienes los tiran, incluso podría hacer un dibujo. Oh, misericordia.