miércoles, 31 de marzo de 2010

Último día

En estos últimos treinta y un días el tiempo corrió sin prisa, tranquilo, pausado, como si no pasara nada, y sin embargo, al releer las anotaciones diarias, me doy cuenta de que sucedieron más cosas de lo que a primera vista pudiera parecer: pasé la inspección técnica de mi querida Citröen Picasso, llegó a este mundo mi octavo sobrino, releí los maravillosos poemas de Zagajewsky, me apenó la muerte de Miguel Delibes, abrieron un nuevo tramo de la autovía entre Huesca y Lérida, Fernando Alonso ganó su primera carrera con Ferrari, llamé por teléfono a una vieja amiga de Bilbao con la que no hablaba desde hacía muchos meses, escuché el canto de un mirlo, comencé a preparar nuestras vacaciones en Irlanda, hicimos una calçotada en el huerto de mis padres, canté un concierto de música sacra en Barbastro, descubrí un murciélago.

También llovió, dejó de llover, salió el sol, las nubes navegaron en el cielo, se hizo de noche, brilló la luna, volvió a llover, dejó de llover, salió el sol, regresó la primavera siempre joven, lozana, impertérrita.

martes, 30 de marzo de 2010

Trigésimo día

Lo descubrí hace cuatro o cinco días y al principio lo confundí con un solitario y estrambótico pajarillo; luego me di cuenta de que se trataba de un murciélago, un pequeño murciélago no más grande que la palma de mi mano que revoloteaba de aquí para allá haciendo quiebros en el aire del anochecer. Lo estuve observando durante un rato mientras la luz menguaba. En estas fechas todavía no proliferan los insectos, así que me pregunté de qué demonios debía estar alimentándose.

Me gustan los murciélagos. Me gustan los mirlos. Me gustan las salamanquesas y las lagartijas. Me gustan los aviones comunes, las golondrinas, las cigüeñas. Me gustan muchísimo los gorriones, tan comunes y alegres. Todos son compañeros de viaje.

lunes, 29 de marzo de 2010

Vigesimonoveno día

Regreso del concierto muy cansado, de hecho siempre acabamos agotados, sobre todo la directora, que se deja el alma con nosotros. Ya hemos cantado y lo que era un proyecto ahora es un recuerdo. Continúo pensando que me gusta más ensayar que actuar, aunque semejante idea tenga poco sentido para los músicos de verdad. Mientras conducía de regreso a Binéfar la luna llena brillaba en el cielo rodeada por una leve aureola. Uno de mis compañeros ha comentado que tal fenómeno presagiaba viento para mañana. Luego hemos callado durante unos segundos, disfrutando del silencio.

domingo, 28 de marzo de 2010

Vigesimoctavo día

Es agradable cruzar el umbral de la puerta del hogar. Me sirvo una copa, subo a mi guarida, abro la puerta de la terraza y salgo al exterior. Las plantas han despertado al fin en forma de yemas oscuras en las ramas claras de los hibiscos. Atardece. De las nubes superiores se desgajan otras en forma de gasa que se tiñen suavemente con la última luz del sol. Un mirlo, el mismo del otro día, estoy seguro de ello, canta en la misma antena de televisión. Habrá anidado cerca de aquí, tal vez en el pequeño parque de al lado. Qué bueno está el bourbon con hielo. Sí, es agradable estar de vuelta en casa.

viernes, 26 de marzo de 2010

Vigesimosexto día

Los viernes son especiales porque es el día que ensayo con mi coral. Algunas veces lo hago con ilusión y entusiasmo y otras con cierta desgana, cansado después de toda la semana laboral. Y lo cierto es que en más de una ocasión siento la tentación de dejarlo, sobre todo cuando tenemos un concierto a la vista. Después de diez años todavía me desasosiega tener que actuar, el compromiso que supone, y me pregunto qué necesidad tengo de pasar esos malos ratos que no me gustan absolutamente nada ni me hacen feliz. El lunes tenemos concierto y ya llevo varios días nervioso. Hoy es el ensayo preliminar, ese en el que muchas cosas suelen salir mal para que después, delante del público, salgan bien; delante del público, que me da pavor. Amo la música, me gusta mucho cantar, pero no en el escenario: cuando se acerca ese momento decisivo, ese en el que la realidad se convierte en algo sólido e irremediable, sencillamente preferiría no hacerlo.

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Son las doce y media de la noche. Hoy no he ido al Chanti a tomar una copa porque mañana madrugaremos un poco para recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que nos separan del huerto de mis padres. En el maletero llevaremos trescientos calçots que asaremos sobre una brasa de sarmientos. La globalización gastronómica ha llegado a la ribera de Navarra. Por cierto, el ensayo, para no perder la tradición antes de los conciertos, ha sido un poco desastroso. Es una buena señal.

jueves, 25 de marzo de 2010

Vigesimoquinto día

Rápido, corre, escribe algo antes de que el reloj señale las doce de la noche, escribe, por ejemplo: «Rápido, corre, escribe algo antes de que el reloj señale las doce de la noche». Y sobre todo, escúchame bien, sobre todo no te preguntes el motivo de estos juegos, ¿acaso no disfrutas con el puro ejercicio de la voluntad?

miércoles, 24 de marzo de 2010

Vigesimocuarto día

Después de bajar de un árbol
y aprender a caminar
buscándote,
después de pasar
del trópico al hielo
y del hielo al trópico
a través de cuevas y pirámides
y hermosos
jardines
colgantes

te encontré.

Bajo tus ojos la marea
ha ido dejando
playas azules.
Beso la huella de sus olas,
el sencillo misterio
que esperaba mi boca

desde el principio.

martes, 23 de marzo de 2010

Vigesimotercer día

Connemara, Clifden, Kilcolgan, Cong, Castlebar, Mulranny, Louisburgh... Leo los nombres pasando el dedo sobre el mapa y siento un estremecimiento de emoción, hace mucho tiempo que sueño con este viaje. Resulta difícil elegir una casa, son todas tan bonitas, pero ya he seleccionado cinco o seis en los condados de Mayo y Galway, casi todas junto al mar. Este verano, si los viejos dioses celtas no lo impiden, viviremos durante dos semanas en Irlanda. Volveré a Innisfree, donde nunca estuve.

lunes, 22 de marzo de 2010

Vigesimosegundo día

El ruido de la lluvia sobre el cristal de la claraboya me despertó en medio de la noche. Después ese mismo ruido me arrulló hasta volver a dormirme.

sábado, 20 de marzo de 2010

Vigésimo día

Escucho el eco de los jóvenes que pasan la tarde en el pequeño parque de atrás: gritos, risas, protestas. Al mismo tiempo suenan las campanas mecánicas de la iglesia.

viernes, 19 de marzo de 2010

Decimonoveno día

EN LOS ÁRBOLES

En los árboles, en las copas de los árboles, bajo los frondosos
vestidos de hojas, bajo las sotanas del resplandor,
bajo los sentidos, bajo las alas, bajo los cetros,
en los árboles se esconde, respira, vira
la vida callada y soñolienta, esbozo de la eternidad.
Reinos de opulencia crecen en los púlpitos
de los robles. Las ardillas corretean inmóviles
cual pequeños ocasos pelirrojos
bajo los párpados. Los rehenes invisibles
hormiguean bajo las cáscaras de las bellotas,
los esclavos aportan cestas de fruta y plata,
los camellos se mecen como un sabio
árabe sobre un manuscrito, los pozos beben
agua y vinagre, la Europa agria supura como
la savia en la madera, Vermeer pinta
ropajes y luz que no merma.
Bajo la cúpula del circo bailan los tordos.
Slowacki ya vive en París
y juega en la bolsa con tesón. El rico
se escurre por el ojo de una aguja
gimiendo qué suplicio, Sócrates
explica a los buscadores de oro qué es
la mentira, qué es el bien, qué la virtud.
Los remeros reman lentamente. Los navegantes
navegan lentamente. Los huidos de la Insurrección
de Varsovia beben té dulce,
en las ramas se está secando la colada,
alguien pregunta en sueños dónde está mi
patria. El velero verde sujeto en
su ancla herrumbrosa. El coro de almas inmortales
ensaya la cantata de Bach, completamente enmudecido.
Al lado, en un estrecho sofá, duerme fatigado
el capitán Nemo. El pájaro carpintero envía
un telegrama muy urgente anunciando la conquista
de Cartago y la hora del té en Boston.
El armiño no se convierte para nada en lady Macbeth,
en las copas de los árboles no hay
remordimientos. Ícaro naufraga pacientemente.
Dios rebobina la cinta. Las expediciones de castigo
vuelven al cuartel. Viviremos mucho tiempo
en las líneas del arabesco, en el balbuceo
del búho, en el ansia, en el eco
indigente, bajo los frondosos vestidos de las hojas,
en las copas de los árboles, en el aliento de alguien.

Adam Zagajewski.
Traducción de Elzbieta Bortkiewicz.
Poemas escogidos, Pre-Textos, 2005.

jueves, 18 de marzo de 2010

Decimoctavo día

Marzo se precipita suavemente hacia adelante, empujado por su propio peso y por las nubes que anuncian lluvia. Quiero pintar las paredes de la terraza pero estoy esperando que llegue una racha seguida de sol. El mecanismo de riego automático, debido seguramente a las heladas del invierno, pierde agua, así que tendré que desmontarlo y volver a sellarlo. Las plantas permanecen a la espera, aparentemente muertas. Posado en la antena de televisión de mi casa hay un pequeño mirlo. Mientras lo contemplo comienza a cantar alternando breves silbidos repetidos con melodías más largas, rebosantes de armonía y complejidad.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Decimoséptimo día

Llamo por teléfono a mi amiga. Su voz al otro lado es tan suave y preciosa como siempre. Aunque han pasado muchos meses desde la última vez la alegría de saber uno del otro hace que parezca que nos hubiésemos visto ayer. Hablamos y hablamos durante mucho rato, tenemos tantas cosas que contarnos al oído. Cuánto me gusta su voz, cuánto me gustan las palabras que se inventa, esas que sólo dice ella, cuánto me gusta su bondad sin aspavientos, su genuina y absoluta generosidad. Es mezzosoprano, una maestra en todos los sentidos, también en el que ese adjetivo tiene en el mundo de la música y, sobre todo, es una bellísima persona, uno de los mejores descubrimientos de mi vida. Se llama María y la quiero mucho. Creo que siempre la querré.

lunes, 15 de marzo de 2010

Decimoquinto día

Un agricultor me dice que las heladas de estos días han arruinado las almendras, me explica que las flores darán paso a frutos pequeños, negros, quemados por el frío.

domingo, 14 de marzo de 2010

Decimocuarto día

Me levanté cuando ya no podía dormir más, desayuné una tostada de queso Philadelphia con jamón de york y un café con leche, no me afeité y fui a comprar los periódicos y el pan. A eso de las doce preparé la base del arroz al horno: costillas de cerdo ahumadas y adobadas de Ponferrada, judías verdes, cebolla, ajos y tomate natural troceado, todo pochado a fuego lento en la paellera de hierro, así más tarde sólo sería necesario añadir el arroz, darle unas vueltas, verter el caldo de verduras y cocerlo en el horno a doscientos grados durante unos quince minutos. Una vez planificada la comida me senté en el suelo del salón con la espalda apoyada en el sofá y estuve viendo el programa previo a la carrera mientras doblaba calcetines, trapos de cocina, toallas, bragas y calzoncillos de diversos tamaños. Durante la vuelta de reconocimiento me serví una pinta de John Smith extra smooth, Maite sacó unas anchoas con piparras y unas patatas fritas de aperitivo y, de nuevo sentado en el suelo, una costumbre que tengo desde que era un crío, me dispuse a disfrutar del primer Gran Premio de Fernando Alonso en Ferrari, y de su victoria. ¿Hubiera podido imaginar un domingo mejor? ¡Imposible!

sábado, 13 de marzo de 2010

Decimotercer día

Viaje relámpago a Zaragoza. Han abierto al tráfico un nuevo tramo de la autovía en construcción y durante varios kilómetros atravesamos campos inéditos. Para los ojos que vamos a conocer, unos ojos glaucos y pequeños incapaces todavía de centrar la mirada, el mundo entero es, desde el primer grano de arena hasta los últimos cúmulos de galaxias, un territorio virgen.

viernes, 12 de marzo de 2010

Duodécimo día

Hoy ha muerto uno de los mejores escritores de la historia de la literatura española, un destilador del castellano más transparente y honesto, ajeno a la retórica y la prosopopeya, y por mi parte no puedo más que agradecer sus libros, algunos de los cuales leí cuando era apenas un adolescente pasando a formar parte de lo mejor de mi educación sentimental; pero es que yo a Miguel Delibes lo admiraba también por ser al mismo tiempo un señor normal, un hombre de pueblo en el mejor sentido de la palabra, fiel a su mundo, fiel a su mujer fallecida a los cuarenta y ocho años, fiel a su familia, a su amor al campo, fiel incluso a la editorial donde editó la totalidad de sus libros, un escritor insólitamente indiferente, por hombre bueno, por sabio, al aspecto más vanidoso y superficial que muestra a menudo el escenario literario. Que la tierra le sea leve.

jueves, 11 de marzo de 2010

Undécimo día

Marzo me gusta porque contiene la palabra mar.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Décimo día

Hace veinte minutos atravesé la linea que separaba el martes del miércoles, dejando atrás el noveno día de este mes de marzo de dos mil diez y adentrándome en el décimo. Por increíble que parezca no sobrevino un tenue cambio de presión atmosférica, tampoco se escuchó un gong, no se levantó un repentino golpe de viento haciendo flamear la cortina de la terraza, mi corazón no se detuvo durante un instante, no se aceleró. Es así como algo puede morir y algo puede nacer.

martes, 9 de marzo de 2010

Noveno día

AÑOS TREINTA

Años treinta
Aún no estoy
Germina la hierba
Una niña come un helado de fresa
Alguien escucha a Schumann
(el loco Schumann,
el perdido)
Qué suerte,
Aún no estoy
Lo oigo todo

Adam Zagajewski.
Traducción de Xavier Farré.
Tierra de fuego, Acantilado, 2004.

lunes, 8 de marzo de 2010

Octavo día

Una mujer belga se sentó al otro lado de la mesa. Era muy bella. Me miró con sus ojos verdes e hizo algunas preguntas. Su acento extranjero me resultaba tan excitante que me hacía sentir ligeramente incómodo, pero eso era algo, pensé, que ella no podía saber. Una vez la hube informado de las cuestiones que la habían llevado hasta allí hicimos algunos comentarios sobre el tiempo. Me dijo que había nevado copiosamente en Graus, algo infrecuente a estas alturas de marzo. Mientras hablaba me sorprendió el tamaño y aspecto de sus manos, grandes y fuertes como las de un leñador. Hablamos de los almendros en flor, de los verdísimos campos de cebada, hablamos de las inminentes amapolas, que a ella le gustaban tanto como a mí, y me contó que en Bélgica echaban tal cantidad de pesticidas en los campos que casi se habían extinguido. Luego, al darse cuenta de que había otras personas esperando, se levantó, sonrió, me dio las gracias, se despidió y se fue.

domingo, 7 de marzo de 2010

Séptimo día

De pronto recordé aquellas verbenas, su atmósfera vagamente polvorienta, los altos vallados de madera levantados para los encierros.

sábado, 6 de marzo de 2010

Sexto día

Primero fueron Nati y Jesús, y de su unión llegaron a este mundo Jesús, Javier, Carlos y Susana; luego aparecieron Maite, Ana, Concha, Gustavo, y de aquellos gozosos revolcones bajo las sábanas o en la mesa de la cocina vinieron a este planeta Patricia, Paula, Carlos, Javier, Laura, Celia, Olivia, Sofía, Bruno en julio del año pasado y hoy, seis de marzo de dos mil diez, el último miembro del fruto de la aventura que iniciaron Nati y Jesús hace cuarenta y ocho años. Mi nuevo sobrino se llama Diego Miramón y, como quienes le precedieron, ha nacido para ser amado, amado por muchos.

jueves, 4 de marzo de 2010

Cuarto día

Por la mañana fui a pasar la revisión de la ITV al polígono industrial de Barbastro. Delante de mí sólo había un coche. Mientras esperaba mi turno contemplé los montes circundantes, un terreno pelado y sin demasiado interés. Recordé cuando mis padres nos llevaban a campos semejantes a pasar la mañana del domingo, cualquier sitio nos valía para correr y saltar. Una vez, y ahora me invade la duda sobre si sucedió en la realidad o es uno de esos sueños que acaban por ser idénticos a ella, encontramos el fósil de un pez grabado en una lasca de piedra, allí, en el suelo, y lo estuvimos examinando entre nuestras manos infantiles, y después ya no sé qué hicimos con él. Guardo un recuerdo gozoso de aquellos montes áridos donde sólo crecían ralos arbustos, iguales a los que esta mañana contemplaba desde el coche esperando mi turno detrás de un viejo Ford Escort. Tras pasar la inspección sin ningún problema me alejé del taller y me detuve en un apartado aparcamiento de camiones. Salí del coche, abandoné la zona asfaltada y ascendí por la colina. La tierra estaba blanda, cubierta de verdín. Caminé durante cinco o diez minutos hasta alcanzar una pequeña cima desde la que se veía la carretera Nacional 240, unos lejanos viñedos en el valle del río y más allá la ciudad de Barbastro. Respiré el aire húmedo y frío. Me sentí bien. Pensé: «estoy aquí». Luego regresé al polígono industrial, tan feo y posnuclear como cualquier otro, y conduje hasta el trabajo. Llevaba varias horas atendiendo al público cuando me di cuenta de que había barro en mis zapatos y en los bajos de los pantalones.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Tercer día

Anoche me acosté a las doce y diez con la lluvia repiqueteando en el cristal de la claraboya. Por la mañana desperté a las seis y once y estuve un rato con los ojos cerrados y el pensamiento en blanco, vacío, antes de ponerme en marcha. Esta tarde a las cuatro, después de comer, me he tumbado cubierto con una manta y he caído redondo en un pozo profundo. He dormido una hora y he tenido sueños malos, feos, tristes. Al despertar el cielo seguía siendo gris y llovía suavemente.

lunes, 1 de marzo de 2010

Primer día

Lunes y primer día de marzo. Los almendros han florecido de un día para otro como quien dice. Me gustan los silvestres, aquellos que han crecido, esmirriados, en las lindes de los caminos o en medio de un pedregal; sus flores son pequeñas pero laten con el mismo anhelo que las cultivadas. En el trabajo se habla del último terremoto en Chile, con el de Haití todavía tan reciente. ¿Es el fin del mundo? Una chica que ha venido de la montaña dice: «La tierra se está vengando por el maltrato al que la hemos sometido», y yo pienso: «Un momento, un momento, ¿nos estamos volviendo locos?». Me niego a aceptar ese discurso apocalíptico: los florecidos almendros lo niegan, y las cigüeñas, los gorriones, las nubes, la luna llena. Lamento muchísimo las dramáticas consecuencias de los terremotos y las inundaciones, son desastres que siembran dolor, desconcierto, miedo, pero en la corteza de las ramas de algunos árboles ya asoman las yemas nuevas y su deseo de viento y sol.