lunes, 29 de diciembre de 2008

Equipaje

El día ha amanecido húmedo y gris. Todavía con el eco de los conciertos del fin de semana en el oído preparo el equipaje. Estoy un poco cansado físicamente, han sido días de muchos ensayos y preparativos, pero es un cansancio agradable el que se siente cuando uno ha hecho bien las cosas. Esta noche dormiremos en Zaragoza y mañana emprenderemos viaje hacia el Norte, hacia el mar, hacia ese desconocido año que se avecina. Quién sabe lo que guarda para nosotros.

viernes, 26 de diciembre de 2008

jueves, 25 de diciembre de 2008

Frío en la calle

Me siento muy afortunado de que mis padres vivan. Sé que, como la de mis hijos, se trata de una fortuna pasajera, así que las ocasiones en que nos reunimos trato de disfrutar conscientemente de ella. Preparo unos hermosos gambones a la plancha, mamá fríe en la sartén empanadillas caseras, papá, Maite y los chicos entran y salen de la cocina llevando cosas a la mesa del salón. Afuera, al otro lado del cristal empañado de la galería, los tejados conservan la blancura de la niebla escarchada. Doy la vuelta a los gambones, los espolvoreo de sal gorda, los salpico de aceite de oliva. Ya está puesta la mesa, dice alguien, ¿qué champán saco? ¡El de la terraza está más fresco que el del frigorífico! Y es verdad: hace mucho, muchísimo frío en la calle, el pueblo entero está helado. Nuestros corazones no.

domingo, 21 de diciembre de 2008

El noi de la mare

Què li darem a n'el noi de la mare?
què li darem que li sàpiga bo?
Li darem panses amb unes balances,
Li darem figues amb un paneró.

Què li darem al fillet de Maria?
Què li darem a l'hermós infantó?
Panses i figues i nous i olives,
Panses i figues i mel i mató.

Tan patantam que les figues són verdes,
Tan patantam que ja maduraran.
Si no maduren el dia de Pasqua
Maduraran en el dia de Rams!

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Este es uno de mis villancicos favoritos. La interpretación que he podido encontrar es del Orfeó Catalá. Feliz navidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Cantábrico

Ha helado esta noche y una película blanca cubre todo el paisaje. Los coches que me preceden han abierto una franja seca sobre el asfalto de color azul cantábrico. Sólo faltan dos semanas. Necesito pasear a la orilla del mar.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Jaculatoria

Dejé de fumar hace dos años y medio. No me he cortado el pelo desde abril. Volví a engordar porque dejé de hacer ejercicio y ser abstemio. Cada día admiro más a la gente corriente, héroes de la lucha y la gloria verdaderas, con una admiración inversamente proporcional al asco que me producen, salvo algunas excepciones, intelectuales, escritores, filósofos y obispos en general. Por aquellos no me permitiré, no lo haré, odiar la navidad. Sí me permitiré reírme con mueca de hiena del descalabro de algunos multimillonarios, víctimas de fraudes basados en su codicia insaciable. Este último verano conseguí, después de muchos años intentándolo, dejar de comprar el periódico a diario para pasar a leerlo sólo los fines de semana. No sé muy bien lo que quiero, lo que busco, lo cual a estas alturas de mi vida resulta entre ridículo y patético. Me salva el cariño de algunos que me aman. La música. La exploración.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Miércoles

A este señor le conozco, su cabello ha encanecido y el trazo de la boca se ha transformado en una mueca, viudo sin matrimonio. Yo amo a las madres que acaban de tener un hijo, amo sus cuerpos entumecidos, su piel translúcida, su fortaleza. Oh, no me gusta que usted diga "por favor" constantemente, no, no me gusta: "por favor, por favor, por favor", ¿acaso piensa que voy a atenderle mejor por eso? ¿teme que vaya a tratarle mal por ser marroquí? No, no es necesario suplicar, piense que su actitud nos envilece a los dos. Una anciana de rostro masculino y nariz roja me observa con los brillantes ojos de su juventud.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Leña de almendro

El sábado fui al huerto de mi amigo a recoger leña de almendro. Allí estaban él y su padre de ochenta y un años, quienes, más allá de la generosidad, me habían preparado unos sacos. La mañana era soleada, cristalina, blanca. Estuvimos charlando un rato, cargué la leña en la Picasso y vine a casa. Por la tarde encendí la chimenea con papel de periódico usado. Pronto danzaban las llamas. Puse mi vieja cámara fotográfica sobre la mesa, frente al hogar, y grabé un minuto y medio de vídeo. Me gusta ese crepitar.

Lunes

Me levanto muy tarde, cerca de las doce del mediodía, torpe, pesado, arrepentido. Me asomo a la calle. El cielo es una superficie gris tan lisa y uniforme que parece de otro mundo. Si no fuese por el humo que se eleva de algunas chimeneas pensaría que el pueblo está desierto. ¿Ha caído una bomba de neutrones? ¿Han venido naves extraterrestres mientras dormía y han secuestrado a todos los habitantes de Binéfar? ¿O se trata simplemente del invierno rural, tan distinto al urbano, acercándose?

domingo, 7 de diciembre de 2008

Después del ensayo

A lo que más se parece a veces el ejercicio de la música es al duro trabajo del pico y la pala: repetición y sudor, frustración, paciencia, fe. Primer ensayo de los tres coros que estamos preparando el concierto de navidad con la Orquesta de Cámara de Huesca. Problemas de empaste, típicos cuando se reúnen corales acostumbradas cada una a sus directoras; problemas con la sonoridad de la sala del Palacio de Congresos de Barbastro donde estamos ensayando, cuadrada y de techo muy bajo; problemas con algunas partituras que contienen diferencias entre unos grupos y otros; problemas con los tenores de los tres coros, que definitivamente no tienen su día; etcétera. Sí, yo diría que, en cuanto al ejercicio de la música se refiere, la fe, casi tanto como el pico y la pala, es un elemento absolutamente imprescindible.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Polvo de alas

A las seis de la tarde salgo del trabajo entorpecido por el (polvo de alas) peso de todas las personas con las que he hablado a lo largo del día: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, niños traductores para sus padres extranjeros. Tantas palabras brotando de mi boca hasta quedarme ronco, tantos (compasivos, indiferentes, enternecidos, cínicos, indignados, lujuriosos, melancólicos) pensamientos. A las seis de la tarde salgo de la oficina y ya es de noche. Entro en mi coche, introduzco la llave bajo al volante, arranco el motor y se iluminan los instrumentos de color verde. Nunca deja de sorprenderme la (inevitable) sólida consistencia del vínculo que existe entre todos nosotros, (navegantes) seres humanos. Un vehículo me envía un destello de luces desde atrás, con un gesto de la mano su ocupante me pregunta si voy a dejar libre la plaza de aparcamiento, le digo que sí, pongo en marcha el intermitente, maniobro para salir, (vuelvo a mi casa) me voy.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Expedición

La expedición se detuvo lenta, imperceptiblemente: aquí un explorador de avanzada se demoró más de lo necesario ante el reflejo del atardecer en las nubes, allí un porteador escuchó por vez primera el sonido que producían sus pies en la nieve, ahí las dunas del desierto engulleron clanes enteros, allá otros se perdieron en bosques de bambú.

martes, 25 de noviembre de 2008

Noviembre

Mañana fría de noviembre. ¿Es posible que ya estemos en la última semana? Mientras en el microondas se calienta la leche en la radio advierten de la llegada de una ola de temperaturas glaciales, con nevadas a partir de quinientos metros de altitud. La luz es gris en la calle, gris sobre los tejados de las casas, sobre los coches aparcados junto a la acera. El microondas hace clink.

domingo, 23 de noviembre de 2008

El sueño del erizo

El erizo se envuelve en su nido,
los patos vuelan matemáticamente
hacia el sur en el cielo
y en los tendidos eléctricos
en medio del campo,
como notas musicales y absurdas,
descansan pequeños pájaros negros
cuyo nombre desconozco.

Desde lejos viene la lluvia, desde lejos,
todo el mundo lo sabe.


Mas lo que nadie sabe es
con qué sueña el erizo
que duerme en su nido,
ni cómo es el sur en el cielo,
ni cual el dolor o el gozo
de tantas hojas rojas
sobre la tierra.

Desde lejos viene la lluvia, desde lejos,
y luego vendrá la nieve, tan blanca.

martes, 18 de noviembre de 2008

Que ahí viene

Hace mucho que la noche dio fin a las tareas de las grandes máquinas naranjas y amarillas, que con la llegada de la oscuridad dejaron de desbrozar las rectas franjas de terreno que dentro de algunos meses se convertirán en la autovía que recorreré cada día. A estas horas los trabajadores de chalecos reflectantes descansan en sus casas con sus familias. En la torre de la iglesia de San Pedro dormitan las cigüeñas que decidieron soportar aquí el invierno que ahí viene.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Después del ensayo

Ni la poesía
ni el dibujo
ni la fotografía
ni el cine
ni la gastronomía
ni el sexo
ni la religión
ni la investigación
ni el estudio
ni la medicina
ni la arquitectura
ni la paleontología
ni la novela
ni las playas
ni los prados
ni los caminos del campo,

sólo la música,
ella lo consigue.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Veinte

Por la tarde, a eso de las cuatro, me tumbo en la cama cubierto con una manta. Al cabo de lo que parecen veinte o treinta segundos una voz femenina se abre paso en la oscuridad: Jesús, Jesús, ¿sabes qué hora es? ¡Son casi las siete! Ya voy, ya voy, digo como un niño pequeño, y me doy la vuelta. En mi cerebro es por la mañana, en otro sitio, en otro momento. Vuelvo a caer en un pozo y en seguida, de nuevo: ¡Jesús, son las siete y media! ¿Hasta qué hora vas a dormir la siesta? Abro los ojos. Ella da la luz. La bombilla de uno de los tres brazos de la lámpara del techo está fundida desde hace meses, mañana la sustituiré. La calle está oscura como boca de lobo. Suena el teléfono. Ella desaparece en el pasillo. Escucho su voz que dice: "Soy su mujer, ¿qué desea?", y a continuación: "Verá, es que ya tenemos todos esos seguros, ahora mismo no necesitamos ninguno más. No. No. Se lo agradezco pero no, gracias". Cuelga. ¿Seguro que no es por la mañana? Entonces, ¿cómo se explica esta tremenda erección matutina? ¿Será su voz diciendo: "Soy su mujer, qué desea"? Oh, sí, me excita escucharle decir eso. Poco a poco vuelvo a la realidad y caigo en la cuenta de que Paula está en casa de una amiga y Carlos ha ido a un cumpleaños. Campo libre. En plena trempera matinera a las siete y media de la tarde la llamo por su nombre y le pido que venga. Anteayer cumplimos veinte años de matrimonio. Conozco cada centímetro de su piel. Sé cómo ir despacio y cómo ir deprisa. Es mi mujer. Yo sé lo que deseo ahora.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Compras de ciudad

El sábado por la tarde, cerca de las ocho, sucede: en un centro comercial repleto de miles de congéneres mi sistema límbico se derrumba después de unas cuantas horas de intensa actividad adaptativa: de pronto todos los seres humanos que me rodean me parecen deformes, tarados, escoria de sus moldes, repugnantes monstruos ajenos a su fealdad. Me apoyo en un pilar de falso mármol travertino e intento recuperar la cordura. Mi familia se da cuenta de que no camino entre ellos y regresa a buscarme. Mi mujer me dice que tengo mal aspecto, ¿te encuentras bien? No pasa nada, le digo, me agobia tanta gente, no lo puedo evitar. Mi hija me dice que parezco un paranoico, que siempre me pasa lo mismo en esos sitios (cuando lo que está queriendo y consiguiendo decir es lo siguiente: me estás fastidiando mi día de compras, papá, por favor, compórtate como cualquier otro padre generoso y aguanta). Mi hijo también está harto, lo sé, pero calla con aparente indiferencia porque va detrás de una pieza mayor (que finalmente conseguirá). Vete a casa, me dice mi mujer, tienes mal aspecto, vete a casa y descansa, cuando terminemos te llamamos y vienes a buscarnos, ¿te parece bien? Oh, me parece maravilloso, casi me dan ganas de arrodillarme y besarle los pies. Me alejo de allí lo más rápidamente posible sin que parezca que me persigue la policía. Cuando salgo del aparcamiento subterráneo pulso el botón que baja la ventanilla del coche y dejo que el frescor de la noche de Zaragoza despeje poco a poco mi mente.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Planeta lejano

Desde hace unos días hay nieve en la cordillera. A las ocho de la mañana el sol ilumina las cimas frontalmente en algunos tramos de la carretera, convirtiendo el viaje a Barbastro en una experiencia estética. Sobre los campos de cebada cubiertos de brotes verdes como musgo se eleva un metro o metro y medio de tenue neblina. En los desmontes y barbechos los arbustos de aliaga, que este año crecieron más altos que nunca, se han secado y languidecido hasta transformarse en el decorado de una película de ciencia ficción, vegetación muerta de un planeta lejano. El termómetro del coche señala cinco grados.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Yo no soy bueno

Yo no soy bueno. Cuando se cruzan en mi camino personas que perdieron mi respeto, personas a las que en el pasado vi actuar miserablemente con quienes habían llamado amigas y amigos, personas bajo cuya aparente capa de exquisita educación esconden el cinismo y la arrogancia más despreciables, cuando se cruzan en mi camino ese tipo de personas cambio de acera, y si se empeñan en entrar en mi casa las expulso de ella. A estas alturas de mi vida no pediré perdón por elegir amistades y conocidos. Así de malo soy.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un día histórico

Me levanto con la noticia de que Barack Obama se ha convertido en el primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos de América, y lo ha hecho, como sucedió en las primeras elecciones de José Luis Rodríguez Zapatero en España, con una afluencia masiva de votantes, entre ellos, significativamente, jóvenes y ciudadanos que en otras ocasiones no acudían a las urnas. Tal vez este miércoles otoñal sea una de esas fechas históricas que recordaremos cuando seamos muy mayores ("yo tenía cuarenta y cinco años el día que Obama ganó la elecciones"), sobre todo si cumple con sus promesas de cambio y regeneración en estos tiempos de crisis. El mundo necesita líderes carismáticos, líderes honestos que sean conscientes de los errores que se han cometido. Hoy siento un poco más de esperanza que ayer.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Deshoras

El sonido del agua en los canalones del tejado me despertó a las cinco y media de la madrugada. Fui al frigorífico y bebí zumo de naranja. Llovía furiosamente a la luz de las farolas de la calle. La casa estaba en silencio. Vine al salón y estuve leyendo. Dejó de llover y se levantó el viento. Cuando empezaba a amanecer regresé a la cama. He dormido hasta las once y media. El domingo es oscuro y frío.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Vacas flacas

En medio de la crisis
el frío regresó
con la indiferencia
de las vacas gordas.

Dentro de las casas
vuelan las últimas moscas
de este año veloz:
vivirán dos semanas.

Qué hermoso es el latido
de la arteria en tu cuello.
No quieras saber nada,
no ahora, y bésame.

sábado, 25 de octubre de 2008

Después del ensayo

La navidad comienza muy pronto para los ciudadanos que cantan en un coro: todavía no han guardado las camisas de manga corta cuando ya están entonando Adeste Fideles, Panis Angelicus o White Christmas. En el mío andamos ensayando una misa concierto para el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, y el concierto extraordinario de navidad que este año cantaremos junto a la coral Barbitanya de Barbastro y la coral de Graus, acompañados por la Orquesta de Cámara de Huesca dirigida por Antonio Viñuales. Hay dos o tres piezas nuevas que debemos aprender, algo que me entusiasma porque existen pocas cosas más prodigiosas que asistir al proceso mediante el cual un grupo de personas que desconocían una obra musical la trabajan y estudian y ensayan, bajo la batuta de su directora, hasta hacerla suya, suya para poder compartirla.

Después del ensayo vamos al Chanti a tomar una copa. Bebo un gin-tonic traicionando mi habitual cerveza Voll Damm y el chupito de whisky. Hablamos de religión, de sexo, de internet, de películas, de música. Cuando salimos del bar ha refrescado un poco y subo la cremallera de mi chaqueta de lana. Conduzco de regreso a casa a través de calles estrechas, la luz de los faros del coche iluminando las paredes del laberinto.

jueves, 23 de octubre de 2008

Dientes y uñas

Viaje a Lérida para una visita rutinaria al ortodoncista uruguayo de mi hijo. Nos llevamos una sorpresa cuando nos comunican que Alejandro ya no está porque se ha trasladado a trabajar y vivir en Barcelona. Hace años que le conocemos, también trató la boca de Paula, y su marcha nos disgusta porque era muy simpático, siempre de buen humor, cariñoso con los niños. Resulta extraño que tu médico desaparezca así, de un día para otro, sin despedirse ni nada. En su lugar han contratado a una doctora de aspecto mucho más serio, amable y correcta pero sólo lo justo, sin alegrías ni confianzas. Es catalana. Al revisar la boca de Carlos toca una de sus muelas de leche, que se mueve desde hace días, y sin preguntar ni dar explicaciones rocía la zona con un spray anestésico y la arranca. El paciente de once años, tumbado en la camilla con la boca inmovilizada y abierta de par en par, sólo puede cerrar los ojos y disimular que casi no le ha dolido. Nada grave, aunque Alejandro hubiera hecho alguna broma, hubiera convertido la extracción en una aventura, hubiera dicho con su acento cantarín: "¿Viste? Ya está, fuiste muy valiente, Carlos, jó, qué tío". Su sustituta se levanta, se vuelve hacia mí y en un catalán casi tan cerrado como el que conozco de los años en Gerona me dice que todo va bien, que la auxiliar va a extraerle el aparato del paladar y que nos veremos dentro de un mes. Se va.

"Qué, Carlos, ¿cómo ha ido?", pregunta Yolanda, "¿te ha tratado bien la doctora?". El chico encoge los hombros. Ella sonríe y me guiña un ojo. Al terminar dice: "Carlos, ¿quieres quedarte con la muela?". Él mira la pequeña pieza sanguinolenta y dice que no. Yo le pregunto a Yolanda: "¿Hay quien se las queda?". "Oh, sí, mucha gente guarda los dientes, supongo que les hace gracia, mira, igual por tener un recuerdo o algo". Es entonces cuando de repente, con total claridad, resucita en mi memoria el cajoncito de un reloj de latón de esos adornados de angelotes y rosetones donde mi madre guardaba dientes diminutos. Estaba, todavía está, en la entrada del piso de Zaragoza, a la derecha. Diminutos dientes de sus hijos, algunos míos. El olor del ascensor, el olor de la escalera, de la casa. Los instantes en los que yo, cada vez más mayor, abro ese cajón y miro con fugaz curiosidad las amarillentas cuentas, esos restos paleontológicos. Yolanda tira al cubo de desperdicios la muela de Carlos. Nos despedimos, pagamos en recepción, nos vamos.

Por la noche termino de limpiar en la cocina dos lomos de melva, les arranco con cuidado las espinas de la ventresca, los despego minuciosamente de la piel, mis uñas se ennegrecen de sangre. En la perola ya casi están cocidas las patatas con el sofrito de cebolla, ajos, pimientos verdes, vino blanco y agua. Corto el pescado en dados medianos, apago el fuego y los echo: el marmitako se acabará de hacer él solo en un momento. Mientras mi familia pone la mesa en la cocina yo en el lavabo peleo con la negra sangre de pescado infiltrada en mis uñas. Las cepillo, las cepillo una y otra vez.

lunes, 20 de octubre de 2008

Flor del mundo

A las cuatro y media de la tarde atendí a una joven ecuatoriana de grandes ojos negros y tez pálida. Olía a fritura, a cocina industrial. Venía de trabajar. Flor del mundo. Dulzura.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Somontano

Cada día laborable conduzco ida y vuelta durante unos cuantos kilómetros entre viñedos. Me gusta contemplar cómo las estaciones van dejando su huella en ellos, cómo son podados en invierno hasta dejarlos en limpios esqueletos, cómo aparecen los primeros pámpanos en primavera y luego se convierten en ramas que se cubren de hojas verdes en verano, cómo maduran los primeros racimos de uva, la campaña de la vendimia y después, ahora, en otoño, cómo la espesura se tiñe de amarillo y de rojo en un alarde de belleza ajeno a la belleza y la muerte, mi mirada.



Paseo por los viñedos de Bodegas Laus hoy, de vuelta del trabajo.

domingo, 12 de octubre de 2008

Gran premio

A las seis y media de la mañana me levanto y acudo a despertar a Carlos para ver juntos el Gran Premio de Japón de Fórmula Uno, ignorantes aún de que Fernando Alonso ganará la carrera con su Renault, demostrando lo mucho que ha evolucionado su equipo y que es uno de los mejores pilotos del mundo. Mientras disfrutamos del espectáculo amanece poco a poco.

viernes, 10 de octubre de 2008

De las hojas

La savia
se detiene
lentamente,
milímetro
a milímetro,
en las arterias

de las hojas

que caerán.

lunes, 6 de octubre de 2008

Mermelada de higos

A las nueve de la mañana asisto a un curso de trabajo en Huesca. La voz monocorde del profesor convierte mis neuronas en gelatina. Tengo microdesmayos en los que sin embargo, lo sé, no importa que sea incapaz de recordarlos, sueño. Mis compañeros también lo hacen, puedo reconocerlo en la laxitud de sus mandíbulas, en su respiración suave y acompasada, en sus ojos exageradamente abiertos.

Por la tarde preparo mermelada con unos higos casi condenados al cubo de basura. Extraigo su carne, la pongo en una cazuela con dos cucharadas de azúcar y un poco de zumo de limón y dejo que hierva lentamente durante un rato. Hacer mermelada es lo más fácil del mundo. La de higos está muy buena con queso de sabor fuerte como el que nos gusta en casa.

Apenas escribo nada. No hago ejercicio y he vuelto a engordar. Me estoy dejando el pelo largo a pesar de los rizos. Me gusta el frío pero desde hace unos días me ducho con agua caliente. Por la noche me sirvo un generoso bourbon con hielo y leo libros sobre la segunda guerra mundial.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Nadie lo sabe

Hace exactamente ocho minutos que septiembre terminó. En la calma de la ciudad dormida caen sobre la grava del jardín de mi lugar de trabajo las castañas de indias, abiertas sus cáscaras de púas. Sé que durante estos días los niños del colegio cercano se colarán entre las rejas de la valla para recogerlas, tan ilusionados como ignorantes de su amargor. Al principio, hace años, abría la ventana y les advertía; luego decidí dejar de hacerlo: ¿quién era yo para estropear su exploración, quién era yo para adelantarme al futuro, para adelantarme a la realidad? Mañana cuando salgan del colegio saltarán la verja, incapaces de resistir la tentación de las pulidas castañas, y me limitaré a observarles de reojo y disfrutar de sus gritos de entusiasmo, ¿acaso alguien sabe qué nos traerá octubre?

lunes, 29 de septiembre de 2008

Partita


Partita nº 3 para violín solo, de Johann Sebastian Bach. Nathan Milstein.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Creer

Cuesta creer que fue en este mismo sólido mundo donde se compuso la música que ahora escucho. Cuesta creer que pertenezco a él igual que todos los seres humanos que me precedieron. Pienso en pequeñas iglesias románicas de suelo desgastado por millones de pasos, pienso en flautas construidas con huesos, pienso en restos de batallas, en silenciosas bibliotecas de altos techos artesonados, en senderos de arcilla roja a través de junglas frondosas, en pelucas empolvadas junto a una ventana de Salzburgo, un caballo quieto en un prado, un astronauta, mi padre trabajando en su huerto, la luz de una casa en la noche oscura.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Sean Thornton

Es un hombre inmenso, gordo pero también muy alto, el cabello blanco corto y despeinado hacia adelante como el de un emperador romano. Vestido con un pantalón de pana de color crudo y una camisa de cuadros rojos y amarillos se acerca a mi mesa, me saluda, se sienta y me dice, con un acento definitivamente tan excéntrico como su aspecto, que ha vivido durante más de treinta años en América, a donde emigró en busca de fortuna en mil novecientos setenta. Me dice que viene a solicitar la jubilación, pues se ha informado en internet de que la Seguridad Social española tiene al respecto un convenio bilateral con Estados Unidos. Yo le amplío esa información, le indico en qué consiste el trámite que vamos a iniciar, qué documentos necesitaremos, le confirmo que nosotros nos ocuparemos de enlazar con USA. Él me cuenta que tras divorciarse de su esposa norteamericana regresó a España el año pasado, me cuenta que deseaba volver al pequeño y perdido pueblo de sus padres, a la vieja casa donde nació, que ha reformado. Yo, perplejo, pienso en Sean Thornton. Entonces él dice: "aquí empecé y aquí quiero terminar"

jueves, 18 de septiembre de 2008

Borra pálida

En el horizonte nocturno refulgen los relámpagos, pura fanfarria pues sólo han caído cuatro gotas de polvo durante unos minutos, tan poca cosa que ni siquiera oscureció el pavimento de la calle. Este bochorno me agobia, me transforma en un cónsul desterrado en los confines del imperio. ¿Qué gloria alcanzaré aquí? Ninguna. Los camellos de las caravanas berrean al otro lado de la muralla de adobe que protege la ciudad, inquietos por la tensión de la tormenta que se aleja. La luna es una pálida borra en el espacio estelar.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Paréntesis

Para cenar preparo crema de calabacín y (descongeladas) ventrescas de merluza a la romana con pimientos verdes fritos. En la radio hablan de deporte (algo de la vuelta ciclista a España, algo del comienzo de la liga de fútbol). No la escucho pero me hace compañía (aunque no estoy solo). Cuando regresé del trabajo todavía estaban desmontando algunas atracciones de las ferietas, las más voluminosas (y peligrosas). El frío ha hecho aparición (limpio, ajeno a nuestros sentimientos). Cada otoño (cada día) me parece el primero.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Festiva impunidad

Son las siete y media de la mañana y todavía se escuchan bocinas y música en las ferias. Me pregunto si existirá algún lugar en el mundo donde se permita que las atracciones duren hasta el amanecer. No he podido pegar ojo en toda la noche, y cuando ha sonado el despertador me he puesto en pie como un zombi, absolutamente agotado. Aunque sea fiesta en Binéfar yo debo ir a trabajar a Barbastro. No poder descansar bien es terrible. Asumo que las fiestas y celebraciones eliminen la capacidad de juicio de las personas, de otro modo los feriantes se morirían de hambre, pero me cuesta más aceptar que puedan afectar a los derechos elementales de los ciudadanos con tal impunidad.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Tictac

Los vencejos de mi casa se fueron de improviso, asomándose a la entrada de sus nidos colgantes y dejándose caer. Debió de ser hace varios días, cuando empezaban a escasear los insectos de los que se alimentan. ¿Cómo no me di cuenta de su desaparición en el cielo de las calles, la ausencia de sus vuelos acrobáticos girando y regirando entre los edificios, escandalosos y chillones? ¿Habrán alcanzado ya el estrecho de Gibraltar?

Puedo imaginarlos a estas horas, integrados en una gran bandada, sobrevolando a cientos e incluso miles de metros de altura las luces nocturnas de las ciudades y carreteras; ante ellos, al otro lado del mar, se extiende una oscuridad intacta, no contaminada por la electricidad ni el desarrollo aunque sí por la pobreza y el dolor. Los grandes corazones envían sangre a las alas de guadaña. Cuando atraviesan nubes de plancton aéreo, compuesto de millones de diminutos insectos arrastrados por corrientes cálidas, abren la boca y se alimentan. No se detendrán, volarán valientemente noche y día hasta llegar a su lejano destino, más allá de la invisible línea del ecuador africano.

Ocho o nueve meses después volverán a ponerse en marcha, cruzarán el estrecho, atravesarán casi toda la península ibérica y regresarán a esta calle, justamente a esta y no a otra, para ocupar los nidos donde vivían hasta hace pocos días. Quién seré yo entonces no lo sé. Si estaré vivo, si estaré muerto, si seré mejor o peor que ahora, si habré conseguido volver a adelgazar, si habré descubierto algo, olvidado algo, recuperado algo, no lo sé. Sí sé que estas migraciones, como las olas golpeando en la playa, son el tictac del reloj del mundo.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Días de Normandía

La casa está en una de las cientos de carreteras locales que cruzan la península de Cotentin, en el canal de La Mancha, y soy incapaz de encontrarla, así que aparcamos junto a la iglesia de L'Hommet d'Arthenay, la aldea a cuyo término municipal pertenece, y telefoneamos al señor Humbert Bigot, quien no tarda mucho en venir a buscarnos en su pequeño Peugeot azul. Él nos guía a lo largo de dos o tres kilómetros hasta la que será nuestra residencia durante las próximas dos semanas. Su esposa nos saluda cordialmente y nos enseña las distintas habitaciones, los electrodomésticos, el ajuar, la barbacoa, el jardín trasero, lindante con un campo de manzanos con cuyos frutos elaboran sidra. En el frigorífico han dejado enfriándose dos de sus botellas como amable obsequio de bienvenida.

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He dormido maravillosamente bien. Mientras me dirijo al baño el suelo de madera cruje bajo mi peso. La luz lluviosa de nuestra primera mañana en Normandía se cuela a través de los visillos de las ventanas abuhardilladas del pasillo.

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Aparcamos junto a las dunas cubiertas de hierba y, a través de un sendero de arena, descendemos a la playa. El cielo cubierto convierte el mar en una superficie de aspecto metálico. El aire trae aroma a algas y yodo. En este mismo lugar, hace sesenta y cuatro años, desembarcaron parte de las tropas norteamericanas que liberaron Europa del nazismo. He leído muchos libros sobre ese día, he visto muchas películas. Fue aquí. Caminamos junto a la orilla, cruzándonos con otros grupos de turistas, algunos de ellos alemanes, vestidos, como nosotros, con chubasqueros para la llovizna que cae intermitentemente. Nos dirigimos al museo Memorial UTAH que se construyó en una zona de búnkers, allí se exponen numerosos restos de la batalla: armas, vehículos, uniformes, utensilios que llevaban los combatientes, pertrechos de todo tipo. Como todo el mundo, antes de entrar nos hacemos una fotografía delante de un tanque Sherman en bastante buen estado de conservación. Dentro del museo asistimos a la proyección de imágenes del desembarco. Antes de irme del edificio escribo lo siguiente en un libro de firmas: “Memoria y gloria eterna para los jóvenes norteamericanos que dejaron aquí su vida en defensa de la libertad. Jesús Miramón. España”.

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Saint Lô es una ciudad más grande de lo que yo pensaba. El domingo por la tarde está prácticamente desierta. Caminamos por sus calles llenas de comercios y cafeterías cerrados. Hay una muralla, una iglesia reconstruida (la ciudad fue absolutamente destruida durante la batalla de Normandía), un amplio y tranquilo canal surgido de un cuadro de Monet.

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Normandía huele a pasto fresco, a madera barnizada, a naftalina, a manzanas verdes, a asfalto mojado, a animales de granja, a hierro antiguo, a flores húmedas, a sidra casera, a leche, a bizcochos de mantequilla, a pan recién hecho, a queso, a marisco, a algas en proceso de descomposición, a yodo marino, a densa espesura, a prados silvestres, a paredes de piedra cubiertas de liquen, a sombra, a humo de rastrojos, a nubes perpetuas, a lluvia por la mañana, a sol por la tarde, a noches de verano de sábanas y manta, a Innisfree.

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El día amanece luminoso y soleado. Es increíble cómo la luz puede modificar la sensación que produce una región. Mañana de compras para unos días en la que buscamos productos del país: patés, quesos, carnes, vinos, etcétera. Los precios son más baratos que en España.

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Llegamos a la playa de Gouville, al oeste de la península, cuando ya se retiran los tractores que han estado recolectando moluscos en la zona de marea baja. Los trabajadores viajan de pie en los remolques junto a sacos que emiten un intenso aroma a mar. Paseamos por la orilla adentrándonos en tierra a la sorprendente velocidad a la que sube la marea, tan potente que absorbe el movimiento de las olas convirtiendo el mar en un creciente lago de aspecto mineral. Exceptuando dos pescadores que han instalado sus largas cañas en puntos muy alejados del agua, conocedores de lo que aquí sucede a estas horas, no hay nadie más en la playa. El cielo es gris, mesozoico.

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Aparcamos el coche y nos adentramos entre los árboles del bosque de Cerisy. Sólo se escucha el crujido de las ramas del suelo bajo nuestras suelas. Entre la hierba crecen los helechos y el acebo, y el suelo está levantado aquí y allá por los hocicos de los jabalíes. De pronto el sol ha quedado lejos y hace un poco de frío.

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Después de comer decidimos quedarnos en casa el resto del día. Los adultos dormimos la siesta sin prisa. Por la tarde disfrutamos del jardín, del clima fresco. Cenamos una pizza, queso, paté, embutido. Ah, qué agradable es también no tener planes.

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La arena está cubierta de conchas y restos de algas. En la zona de aguas someras un caballo trotón arrastra un pequeño carruaje de carreras conducido por su entrenador. Una pareja juega con sus dos perros junto a la orilla.

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Me encanta conducir a través de estas carreteras locales de color rosa envueltos por el bocage, el nombre que se les da a los altos y característicos muros de vegetación interrumpidos de vez en cuando por cercas de entrada a prados donde pastan vacas y caballos.

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En uno de los tejados de la iglesia de Ste. Mère Eglise cuelga la figura de un paracaidista de la 82 división aerotransportada, unidad que fue lanzada en la madrugada anterior al día del desembarco. El paracaídas y el maniquí es un homenaje del pueblo a aquellos hombres, así como el recordatorio de una escena real que la película “El día más largo” hizo famosa: uno de los paracaidistas aterrizó directamente sobre el campanario de la iglesia y quedó allí colgado y expuesto a las defensas alemanas. Milagrosamente sobrevivió y en uno de los carteles explicativos que salpican la población leemos que regresó a Ste. Mère Eglise en varias ocasiones. En las fotografías aparece un jubilado de rostro rubicundo. Falleció en 1976.

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Nos sentamos en la terraza de una pequeña crepérie en la plaza de la iglesia de Ste. Marie du Mont, una de las cuidadas y preciosas aldeas que salpican cada pocos kilómetros este territorio. Pedimos gallettes, crepes saladas hechas con trigo sarraceno. La mía tiene huevo, jamón, champiñones en salsa y ensalada. Bebemos sidra y agua. Todo está buenísimo. Cae la tarde. La cuenta asciende a 39 euros. ¿Quién dijo que Francia era un país caro?

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Cherburgo, cuando uno accede desde las zonas rurales del interior, parece una gran ciudad en comparación a las abundantes aldeas y pedanías que por doquier salpican el paisaje normando. La zona del puerto es también la más turística. Desde allí salen y llegan diariamente ferrys que comunican Francia con las relativamente cercanas Irlanda e Inglaterra y el turismo anglosajón campa a sus anchas. Nos topamos con un mercado callejero donde venden verduras, quesos, patés, comida del país. Compramos queso y judías verdes. Luego paseamos a lo largo de los muelles donde se tambalean los mástiles de los barcos allí amarrados. En uno de los malecones se mece la reproducción histórica de un drakar vikingo. El sol brilla con fuerza en el cielo pero no alcanza a hacer calor. Adoro este clima.

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Mi hermana y su familia han venido a pasar unos días con nosotros. Después de su llamada telefónica comunicándonos que ya estaban en Saint Lô he salido a esperarles a la carretera: qué alegría he sentido cuando he visto aparecer su coche, y qué preciosas estaban mis sobrinas. Besos, emoción y abrazos: qué curioso resulta que nos reunamos a tantos kilómetros de casa. A pesar de su cansancio después de un viaje tan largo hemos cenado tranquilamente (láminas de magret de pato asado con rúcula y vinagreta de mostaza, quesos, foie, patés, vinos de Burdeos y Borgoña) y los adultos nos hemos ido a la cama cerca de las dos de la mañana.

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Las niñas y sus primos se apresuran hacia la arena de la playa Omaha para jugar, más allá del feo monumento conmemorativo del desembarco más duro y sangriento de aquel día. Me sucede lo mismo que en la playa UTAH: no puedo evitar conmoverme al pensar en todas las vidas que fueron segadas aquí hace sesenta y cuatro años. Donde se apostaban los nidos de ametralladoras y los cañones hoy se levantan bonitas casas de vacaciones con vistas al mar; en la orilla donde miles de jóvenes fueron abatidos las gaviotas se trasladan de aquí para allá con aire impertinente. Recuerdo un texto maravilloso que expresa algo de lo que siento.

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La excursión a Mont Saint Michael ha sido decepcionante, no por culpa del lugar, ciertamente espectacular y muy bonito, sino por la masificación turística a la que nosotros ocho hemos contribuido. Era tal la muchedumbre que pretendía entrar en la abadía que en un momento dado, cuando estábamos encajonados en la estrecha y única calle de acceso sin poder ir hacia adelante ni hacia atrás, mis sobrinas en los hombros, la sillita plegada contra las piernas para molestar lo menos posible, hemos decidido escapar de allí, lo cual tampoco resultaba fácil. Y cuando hemos llegado al aparcamiento ha sido para participar en un monumental atasco de una hora de duración sólo para salir a la carretera. Conclusión: jamás hay que ir a Mont Saint Michael en agosto.

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La ciudad de Bayeux es limpia y ordenada. En el centro histórico, uno de los pocos del territorio que salió indemne de los bombardeos y enfrentamientos de la liberación, se conservan bonitos edificios de la Edad Media. En las calles que rodean la preciosa catedral de Notre Dame hay muchos restaurantes y terrazas y el aire huele a pan, a queso fundido, a mostaza. Acudimos al museo en el que se expone el tapiz de Bayeux, el famoso lienzo de setenta metros de longitud donde, a través de imágenes cargadas de potencia y de gracia, se nos narra la historia de Guillermo el Conquistador, noble normando que se coronó rey de Inglaterra. Uno de los aspectos más interesantes del tapiz, muy evidente cuando uno se halla ante él, es la información viva y casual que ofrece: ornamentos, armaduras, costumbres, vituallas, barcos, batallas, gestos de hombres y animales. Todos salimos casi tan maravillados de nuestro pequeño viaje temporal al siglo XI como de lo bien que se han portado Celia y Olivia.

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De madrugada se han ido nuestros queridos visitantes. Maite y yo nos hemos levantado para despedirles. La noche estaba oscura. Les esperaba un largo viaje hasta Santander.

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Va a llover, puedo sentirlo en cada rizoma y raíz bajo la hierba, puedo sentirlo sobre mí como siento vuestros pasos en el césped cuidadosamente segado. Os detenéis frente a mi cruz blanca, leéis: "Here rest in honored glory / a comrade in arms / know but the god", a veces hacéis una fotografía, y luego proseguís vuestro camino. No os lo reprocho, hay muchísimas cruces a mi alrededor, casi diez mil camaradas me acompañan. Al principio me dolió ser uno de los pocos que no tenían nombre, aquel obús alemán me deshizo de tal modo que no pudieron identificarme. Ahora ya no me importa: mis padres hace mucho que murieron con la diminuta y permanente esperanza de que yo estuviese vivo, amnésico en Francia, asistido por desconocidos, ingresado en alguna parte, y mis amigos de Brooklyn me olvidaron al cabo de pocos años, ¿qué otra cosa podían hacer con un colega desaparecido en combate a los diecinueve años? Poco a poco, año tras año, fui acostumbrándome a este estado anónimo, vegetal, mineral. Va a llover. Puedo sentirlo en el granito de mi lápida labrada, puedo sentirlo en la corteza de los pinos que crecen tumbados por el viento del mar. Dios conoce mi nombre.

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En los prados que rodean el castillo de Guillermo el Conquistador, en Caen, grupos de jóvenes hacen botellón. El sol brilla tímidamente sobre los tejados de pizarra de la ciudad. Visitamos la catedral de Saint Pierre y damos un paseo por las animadas calles circundantes. Hay muchos comercios, bares y cafeterías. Pasado mañana nos vamos de este país. Sé que es una tontería pero eso me condiciona para disfrutar del día de hoy. Soy estúpido.

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Aparcamos frente a la extensa playa de Coutainville. La marea está baja y la arena brilla bajo las nubes. Caminamos a lo largo del paseo marítimo junto a casas con contraventanas de madera y tejados a dos aguas. Nadie se baña en el mar. Una pareja de jinetes avanza al paso en la zona donde rompen las olas.

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Desayunamos muy temprano y recogemos todo. Arreglamos y limpiamos las habitaciones, vaciamos el lavavajillas, ordenamos las cosas, dejamos todo exactamente como estaba cuando llegamos. En la mesa de la cocina, a modo de obsequio de despedida, coloco a la vista dos botellas de rioja bueno que encargué a mi hermana. A las nueve de la mañana, tal y como quedamos, aparece el matrimonio Bigot. Les damos las gracias, les expresamos lo maravillosamente bien que hemos estado en la casa y les devolvemos las llaves. Au revoir. Adieu.

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Que nunca olvide el sonido
de las ramas del árbol
al otro lado de la carretera,
mecidas por el viento nocturno
de Normandía.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Septiembre

Si tuviese que elegir un mes
escogería septiembre,
lo mismo que si tuviese
que elegir un día
escogería el lunes,
un momento despertar,
un minuto el primero
de cada hora.

Pero si tuviese que elegir
un beso, la lluvia,
la página de un libro,
una hoja de árbol,
sería sin duda la última,
la que cae impasible,
la que pesa lo mismo
que nosotros.

domingo, 31 de agosto de 2008

Exposición

Ayer por la mañana mi familia fue a visitar la Expo. Yo, por prescripción de ellos, que son quienes mejor me conocen, me quedé felizmente en casa. A las diez y cuarto de la noche fui a buscarles a la salida. Ni siquiera la brisa nocturna lograba mitigar la sensación de calor. ¿Qué tal ha ido?, les pregunté. Bien, dijeron, aunque tú no lo hubieras soportado. ¿En serio no lo hubiera soportado? No, papá, hacía demasiado calor, había demasiada gente, había que hacer colas enormes para ver los mejores sitios: vaya, todo lo que más odias en el mundo. Ah, pues entonces he hecho bien en no acompañaros, ¿no os parece? Oh, sí, desde luego que sí, tú te hubieras vuelto loco. ¿Me hubiera vuelto loco? Sí, papá, loco como una cabra.

viernes, 29 de agosto de 2008

Presagios

El otro día, antes de llegar a Nantes, de la parte trasera del coche al que estaba a punto de adelantar se desprendió una bicicleta mal amarrada. Todo sucedió en un instante: el artefacto salió volando y cayó sobre el asfalto justo cuando yo giraba hacia la izquierda, eludiéndolo sin querer.

Hoy, viniendo a Zaragoza, me he cruzado con un perro que trotaba en el carril izquierdo de la autovía de Huesca en dirección contraria al tráfico. Era un animal relativamente grande, un Shar Pei de arrugada y hermosa capa negra. Durante unas milésimas de segundo he contemplado con asombro su figura serena trotando hacia su futuro atropello en mi pasado.

La bicicleta que sale despedida, el perro que se cruza conmigo en la carretera sin tocarme... ¿Me persigue una sombra? ¿Son avisos? ¿Significan algo cuando mi voluntad y mi inteligencia son ajenas a su existencia? Vuelo de aves, hígados del sacrificio, piedras sobre la arena, posos de café, líneas en la palma de las manos.

jueves, 21 de agosto de 2008

Fragilidad

A menudo creemos que poseemos algo: conocimientos, una edad, una familia, bienes materiales, esperanzas, un futuro, algo. Con qué estremecedora y sabia inocencia somos capaces de olvidar nuestra fragilidad.

viernes, 1 de agosto de 2008

Preparativos

La entrada de casa está llena de maletas, bolsas y mochilas. ¿Has puesto los cargadores de los móviles y el Macbook? ¡Paula, piensa que el maletero tiene un volumen limitado! Por la mañana he comprobado las presiones de los neumáticos y los niveles del motor del coche. He preparado las provisiones que tenemos que llevar para la noche del sábado y el domingo entero, lo justo hasta poder comprar el lunes. ¡Ah, y acuérdate también del cargador de las pilas de la cámara de fotos! Los libros que quiero leer. ¿Dónde está la guía de Normandía que compramos en Zaragoza? He programado la ruta en el TomTom. Ahora mismo reposa un arroz negro que acabo de guisar, nunca comemos tan pronto pero la idea consiste en acostarnos pronto para salir a las cuatro de la madrugada, así que hoy todo lo estamos haciendo un par de horas antes. Lo cierto es que estamos un poco alterados, aunque tal vez debería hablar más bien de entusiasmo. Yo, como siempre en estos casos, querría estar ya en la carretera devorando kilómetros, rumbo a lejanos lugares que no conozco.

lunes, 28 de julio de 2008

Colmena

Son las cinco de la mañana cuando despierto en Zaragoza bajo la ventana abierta, a través de la cual entra la silenciosa y fresca brisa que precede al amanecer. No se escucha ruido de tráfico ni sirenas de ambulancia ni sonido alguno de los que caracterizan a las grandes ciudades, tal parecería que estoy en una aldea o en medio del campo. Pero me yergo y contemplo los altos edificios que pueden verse desde el apartamento heredado de mis suegros, bloques en los que a estas horas duermen más personas de las que viven en todo Binéfar. Cuántos años pasé en esta ciudad, la mitad de mi vida, y qué extraña me resulta ahora. He olvidado tantas cosas, es como si parte de mi infancia y mi juventud nunca hubiera existido. Se dice que en la ancianidad se recupera memoria del pasado más remoto, recuerdos que se creían perdidos para siempre. Quién sabe: acaso alcance yo ese momento, ese canto del cisne. Ahora el frescor que echaremos de menos durante el día acaricia los cuerpos de quienes duermen con las ventanas abiertas. En las peores noches veraniegas de Zaragoza había incluso quien sacaba los colchones a las terrazas y balcones. Dentro de un momento la ciudad comenzará a despertar, y la vida que contiene iniciará su zumbido absorto, incesante, dichoso.

martes, 22 de julio de 2008

De príncipes

Por la mañana abro los ojos y en vez de ir a desayunar leo un buen rato recostado en la almohada. Con el cerebro descansado cada frase y cada palabra se deslizan velozmente hasta su interior revelando su significado sin el más mínimo esfuerzo. Qué distinto es leer por la noche: algunas veces, de puro cansancio, debo recapitular y regresar al principio del párrafo para comprender. Pero sucede que ya no sé dormirme sin un libro, aunque sólo alcance a leer una o dos páginas antes de cerrar los ojos.

En la calle hacen ruido los vehículos y las tareas laborales de quienes no están de vacaciones. El aire a estas horas es fresco y se cuela a través de la puerta abierta de la terraza. Oh, yo podría vivir así toda la vida: relajado, sin prisas, sin horarios, leyendo una hora por la mañana antes de desayunar. Incluso me planteo durante unos segundos la posibilidad de jugar a alguna de las múltiples loterías que funcionan en mi país: ¡me conformaría con un premio que me permitiese vivir sin tener que trabajar por obligación! Qué original, ¿verdad? Con qué certeza sabemos que dentro de cada uno de nosotros descansa, apoyado indolentemente en una almohada con un libro en el regazo, paseando junto al mar o asomado al paisaje con una copa en la mano, un espontáneo, auténtico y genuino príncipe.

jueves, 17 de julio de 2008

Relinchos

Schssssssss, hablemos en voz baja porque son las cuatro de la madrugada y no quisiera despertar a nadie. Ya sé que es muy tarde, pero estoy de vacaciones y mañana podré dormir hasta que mi organismo despierte sin ayuda. ¿Qué me ha traído a horas tan intempestivas? La lectura: continúo con Alejandro el macedonio tragando polvo, urdiendo planes, rindiendo ciudades y fortalezas, alejándome de mi casa. Recuerda que respiró el mismo aire que respiramos tú y yo. Recuerda que murió más joven que mi edad. No lloraré de envidia, como dicen que hizo Julio César, al reflexionar sobre lo que Alejandro logró en treinta y tres años. Por alguna razón me es más sencillo imaginar el sabor metálico en el velo del paladar antes de una batalla que la gloria del desfile triunfal. Pero chitón, mejor regresar a las páginas un rato más antes de dormir. La luna brilla sobre el desierto como una moneda de plata. Los caballos relinchan en sueños.

martes, 15 de julio de 2008

Cartografía

El tomate troceado con sal, azúcar, orégano y laurel se confita despacio en el aceite a fuego muy lento. La familia vuelve a estar completa y bien merece una cena de lujo. Coceré brevísimamente unas ventrescas de merluza en agua hirviendo y a continuación las serviré sobre la compota de tomate, acompañadas de una ensalada de lechuga del huerto de unos amigos y una fuente de pepino cortado en bastones sazonados con sal Maldon, pimienta, aceite y vinagre de Módena. No escribo desde hace varios días. Leo, cocino, bebo, duermo, como, pero no escribo. No pasa nada. O sí: pasan los días, uno detrás de otro precipitándose sin remedio, uno detrás de otro sin ser cartografiados. De postre comemos galletas de mantequilla fabricadas en Escocia y adquiridas en Bath. No me da miedo decirlo: son días felices.

viernes, 11 de julio de 2008

Bajo el cielo

Pedaleaba entre viñedos y campos de espárragos cuando la bicicleta resbaló y caí al suelo. Me di un buen susto pero no había nadie, así que en vez de levantarme de un salto como si no hubiera pasado nada me quedé allí, sentado resignadamente en el polvo del camino.

Durante toda la tarde había velado delante de la casa, cerca del puente de la carretera, frente al soto del río Queiles, esperando inútilmente que ella apareciese en la puerta, que se asomase a una ventana. Necesitaba tanto verla. Se llamaba Miren y era de Bilbao. La última vez que habíamos estado juntos había sido el verano anterior. Desde entonces le había escrito muchas cartas, siempre sin contestación. Supe tiempo después que nunca llegó a leerlas porque sus padres las interceptaban. Teníamos catorce o quince años.

A comienzos de Julio, en cuanto nos hubimos instalado en el pueblo para pasar un verano más, fui en bicicleta hasta su portal con la esperanza de que también ella hubiese llegado. El edificio aparecía silencioso y sin vida pero yo no quería rendirme. Incluso fantaseé con la imagen de su familia llegando desde Bilbao en coche mientras yo esperaba sentado en el pretil del puente sobre el río, dispuesto a que ella me viese y me saludase tímidamente con un gesto. Nada de eso sucedió y antes del atardecer levanté la guardia y me fui.

Volvía a casa pedaleando entre viñedos y campos de espárragos cuando la bicicleta resbaló y caí al suelo. Me di un buen susto pero no había nadie que pudiera verme, así que en vez de levantarme de un salto como si no hubiera pasado nada me quedé allí, sentado en el camino, ingenuo, ignorante, observando en silencio cómo giraban las ruedas en el aire, sus radios metálicos dando vueltas bajo el cielo de verano.

jueves, 10 de julio de 2008

Desde Bath

Paula telefonea a las doce y media de la noche desde Bath y nos cuenta que está muy bien, disfrutando muchísimo, conociendo a gente de otros países, "me están pasando un montón de cosas maravillosas", dice. No hablábamos con ella desde el domingo, pero está disfrutando tanto que entendemos que el entusiasmo nos difumine en sus prioridades inmediatas.

Al principio nos costó aceptarlo, la idea -absurda, ahora nos damos cuenta- era que llamase a casa cada día, aunque al final hemos terminado comprendiendo y también recordando cómo éramos nosotros a los quince años, cuando no había nada peor que una familia agobiante.

La echamos de menos y al mismo tiempo somos conscientes de la apasionante aventura que emprende, el mundo entero abierto ante sus ojos y su cerebro. Una historia mil veces repetida. Nuestra pequeña ha iniciado su propia exploración y nuestro papel ha cambiado: ya no es el de llevarla de la mano, darle de comer sentada en las rodillas, contarle cuentos antes de dormir, ahora tenemos otro no menos importante: estar siempre allí donde nos necesite, amarla discretamente durante toda nuestra vida, seguir ayudándola a convertirse en la maravillosa mujer que ya comienza a ser.

martes, 8 de julio de 2008

Seamus Heaney

LA PENÍNSULA

Cuando no tengas nada más que decir, sólo conduce
durante todo el día en torno a la península.
El cielo es alto, como sobre una pista de aterrizaje,
la tierra sin señales, de modo que no llegas

sino pasas de largo, siempre a través del zócalo de una cala.
Al atardecer, los horizontes se beben el mar y la colina,
el campo arado se traga el caserón blanquecino
y te encuentras de nuevo en la oscuridad. Recuerda ahora

la playa vidriosa y el tronco a contraluz,
aquella roca en que las olas se rompen en jirones,
las zancudas forzadas sobre sus propias patas,
islas que se introducen en la niebla,

y vuelve a casa, todavía sin nada que decir
salvo que ahora decodificarías todos los paisajes
así: cosas halladas puras y limpias en sus propias formas,
agua y tierra en su extrema desnudez.

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THE PENINSULA

When you have nothing more to say, just drive
For a day all round the peninsula.
The sky is tall as over a runway,
The land without marks, so you will not arrive

But pass through, though always skirting landfall.
At dusk, horizons drink down sea and hill,
The ploughed field swallows the whitewashed gable
And you're in the dark again. Now recall

The glazed foreshore and silhouetted log,
That rock where breakers shredded into rags,
The leggy birds stilted on their own legs,
Islands riding themselves out into the fog,

And drive back home, still with nothing to say
Except that now you will uncode all landscapes
By this: things founded clean on their own shapes,
Water and ground in their extremity.


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Seamus Heaney,
traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens,
de la antología Campo abierto,
Editorial Visor, Madrid, 2004.

domingo, 6 de julio de 2008

Despojarme

Se arrastran los días calurosos, acumulándose. Odio esta estación que convierte a los seres humanos en animales. Cada lenta hora aniquila algo de mí. Echo de menos el frío, los breves días de invierno que, en vez de sumar, restan. No necesito añadir sino despojarme.

jueves, 3 de julio de 2008

Río Gránico

Regreso del trabajo, como arroz a la cubana, recogemos la mesa, me acuesto un rato, despierto, acudo a refugiarme en el aire acondicionado del salón, abro un libro y antes del alba cruzo el río Gránico para enfrentarme a los persas, al atardecer preparo una coca de tomate natural y atún para cenar, una cazuela de cabezada de lomo de cerdo con pimientos del piquillo para comer mañana, abro una botella de vino de rioja Siglo, suena la radio, el ventilador gira en la cocina.

lunes, 30 de junio de 2008

Triunfo y partida

Horas después del encuentro victorioso cargo el equipaje de mi hija en el coche y partimos hacia Zaragoza, desde donde ella viajará a Inglaterra. Tanto en Binéfar como en Monzón todavía hay gente que celebra ruidosamente el triunfo de España haciendo sonar el cláxon de los coches y ondeando banderas. La carretera nocturna es diferente: un silencioso agujero de gusano que comunica estaciones espaciales. En el aparcamiento del pabellón deportivo Príncipe Felipe esperan otras familias, desconocidas entre sí. Son las tres de la madrugada y la situación trae a mi imaginación escenas de películas apocalípticas, ciudades desiertas, supervivientes esperando ser evacuados. Aparece el autobús y llega el momento de las despedidas, abrazo a Paula, la beso, le digo que disfrute de la experiencia, que practique inglés, que nos llame por teléfono cuando llegue, todas esas cosas. Luego regreso a Binéfar. Son las cuatro y media de la mañana. Pequeñas bestias se apartan de la carretera nacional: una comadreja, un zorrillo al pasar por Barbastro.

viernes, 27 de junio de 2008

Patriotismo

Siempre he intentado resistirme a las emociones colectivas: me dan un poco de miedo, me apabullan, afectan de modo directo al vergonzante solipsismo que padezco. Ayer, sin embargo, viendo la maravillosa segunda parte del partido de fútbol que jugó la selección española en las semifinales de la copa de Europa de naciones, salté del sofá, levanté los brazos, grité: ¡GOOOOOL! sabiéndome acompañado de miles y miles de personas que estaban sintiendo exactamente lo mismo que yo en ese preciso momento, y fue algo emocionante, consolador, patriótico.

jueves, 26 de junio de 2008

Treinta y seis grados

Despierto de la siesta empapado en sudor. El calor derrite mis meninges, anula absolutamente mi imaginación. Me siento incapaz de hacer nada que suponga un esfuerzo. Ni siquiera soy capaz de pensar. Odio estas temperaturas inhumanas.

lunes, 23 de junio de 2008

En la piscina

Primera tarde de piscina en esta temporada. Escojo una tumbona de plástico blanco milagrosamente libre en la zona de sombra, junto a la pequeña tapia que linda con el campo de fútbol, y me tiendo en ella como una morsa. Las instalaciones rebosan de niños, adolescentes y madres. En los altavoces, como cada verano, atronan los éxitos de la Cadena Dial. Carlos y su amigo desaparecen rápidamente rumbo al agua y yo intento leer, esforzándome por abstraerme de la música, los gritos y los cercanos chapuzones. Entre página y página levanto la vista y pienso con qué naturalidad perdemos la vergüenza de la desnudez: durante todo el año cubrimos nuestra ropa interior pero en verano la enseñamos sin ningún pudor. Me acerco al bar, pido una cerveza y regreso a mi tumbona, cuidadosamente señalizada con mi toalla y el libro sobre ella. Pasan los minutos, una hora, dos horas, la gente comienza a levantar sus campamentos y marcharse. Yo todavía no me he bañado, y caigo en la cuenta de que ése es sin duda un síntoma de que me estoy haciendo viejo: ¡sería la primera vez en toda mi vida que paso una tarde en la piscina sin tirarme al agua! Me levanto de la hamaca, me mojo superficialmente bajo la ducha, me aproximo al borde de azulejos azules y me zambullo de cabeza. El agua está deliciosamente fresca y me envuelve mientras desciendo hacia el fondo, luego me dejo reflotar al exterior, hacia el cielo de nubes marrones, y regreso nadando muy despacio hasta la orilla.

miércoles, 18 de junio de 2008

Sedimentos

Salgo a la terraza de arriba vestido con un pantalón corto. Por la tarde hacía calor pero ahora la brisa nocturna estremece la piel de mi espalda con su frescor vivificante. Son las doce: un día termina, otro comienza. No hice gran cosa hoy, nada que cambiase el mundo. Sin embargo respiro bajo el espacio estelar, piso el mismo escenario que acogió a grandes y pequeños hombres. En el idioma natal, en el color de mi piel y mi cabello, en los aromas a los que estoy acostumbrado, en la estructura de mis huesos y los gestos que hago sin darme cuenta me acompañan los muertos, miles, millones de muertos que no son fantasmas sino estratos, sedimentos que me empujan hacia adelante con un afán ajeno a la inteligencia. Bebo un sorbo de whisky y contemplo la pequeña plaza ajardinada junto a la residencia de ancianos. Las farolas revelan en contraluz la orfebrería de las ramas de los árboles. La luna llena se traslada en el cielo negro sobre mi hombro izquierdo.

martes, 17 de junio de 2008

Una pesadilla

Anoche soñé una pesadilla terrible, innombrable. En ella el dolor de la tristeza y la desesperación era tan grande, tan sólido, que casi no podía respirar. Desperté. Me levanté de la cama. Fui a los otros dormitorios. Ellos dormían plácidamente. La angustia comenzó a disolverse mucho más despacio de lo que deseaba.

viernes, 13 de junio de 2008

Vida laboral

Estoy embaraza de mellizos, ¿existe alguna ayuda especial para mí? Tengo las cervicales destrozadas y no puedo trabajar. Mañana comienzo en mi primer empleo y necesito un número de la Seguridad Social. Mi mujer y yo nos vamos de crucero por el Mediterráneo, imagínese, ¡nosotros, que en la vida hemos salido del pueblo! Es un regalo de la hija por las bodas de plata, ¿sabe? Amigo quiere tarjeta médico, sólo pasaporte, no papeles. Con mi pensión no me alcanza ni para comer. Fíjese qué fatalidad, le encontraron el bulto en diciembre y se murió en abril. ¡Niño, deja de tocar los papeles que este señor te va a reñir! Se me ha terminado el paro y no encuentro trabajo. ¿Mi empresa puede negarse a concederme el permiso de paternidad? Ha muerto mi padre y vengo a tramitar la viudedad de mi madre. He recibido una carta donde me reclaman una deuda. Me gustaría saber cuánto cobraría si me jubilase este año. Trabajo en campo muy malo, cuatro euros hora y si llueve no trabajo no cobras. Vengo a asegurarme de que la empresa me ha dado de alta. Voy a abrir un negocio, ¿qué pasos tengo que dar? Doy a luz el mes que viene y me gustaría saber qué trámites debo hacer para cobrar el permiso de maternidad. No entiendo esta carta. Nos vamos a Dublín, ¿tenemos que llevar alguna tarjeta sanitaria especial? Ha llovido mucho pero mis abejas se mueren de hambre. Siempre supe que si tenía una hija se llamaría Violeta.

martes, 10 de junio de 2008

Cantinela

El ruido de la lluvia acaricia mi cerebro. La lluvia que cae sabia, ignorante de la noche y de nosotros. Cantinela del agua estrellándose contra la superficie de las cosas que esperan en la oscuridad. Ventanas encendidas. Coches aparcados en la acera bajo las farolas.

sábado, 7 de junio de 2008

Junio

Vuelvo a recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que separan el huerto de mis padres y mi casa. Los campos que a principios del mes pasado exhibían su verdor de esmeralda son ahora amarillos, y plagados algunos de ellos de amapolas retan con su belleza a nuestra inteligencia: ¿tiene algún significado la emoción que me produce contemplarlos desde el coche? ¿por qué me asombro de su aparición pura y casual si es algo que sucede cada año? No hay demasiado tráfico en la carretera nacional 240. Son las nueve de la tarde y todavía hay luz. También esto ha sucedido muchas veces: Paula y Carlos, tan mayores ya, duermen en los asientos de atrás, puedo contemplarlos en el espejo retrovisor. Maite corrige exámenes a mi lado para aprovechar el tiempo que le falta en la recta final del curso. ¿Cómo es posible que no se maree? Pero siempre ha podido hacerlo, no sé cuántos suspensos y sobresalientes habrá puesto mientras yo conducía a su lado. Espero que la verdura que nos ha dado mi padre no esté dando vueltas en el maletero: acelgas, cogollos de lechuga, cebollas tiernas, calabacines, todo recolectado hace un par de horas. Tres bolsas iguales, una para cada uno de los hijos que viven fuera del pueblo. Mi padre fue encargado de obra hasta su jubilación, profesión evidente al observar su huerto: no creo que exista otro con las calles y ringleras más rectamente trazadas, más pulcro y ordenado, más planificado: da gusto verlo (y comer sus frutos, por supuesto). Hasta su retiro él nunca había trabajado la tierra, y al principio no confiaba demasiado en sus posibilidades, sin embargo, ayudado por hermanos y cuñados que sí sabían, pronto descubrió que en su interior se escondía un hortelano trabajador y cuidadoso. Tal vez en el corazón de todos los hombres buenos duerme un labrador. Conecto las luces del coche aunque todavía se ve bien. Estos son los días más largos del año. Me fijo en el cuentakilómetros: nuestra Picasso ya ha recorrido ciento doce mil kilómetros en cuatro años. Junio. Dentro de nada todos los de mi casa estarán de vacaciones, y aunque yo tenga que ir a trabajar me sentiré un poco como si estuviese también de fiesta. Más tarde sí, en agosto iremos a Normandía y ya me empieza a preocupar la distancia: qué será mejor, ¿salir a las dos o las tres de la madrugada y hacer todo el trayecto de una vez o ir más tranquilos y hacer noche en un hotel por el camino? Ardo en deseos de partir. Incluso ahora, de regreso de una comida familiar, cansado y con el estómago más lleno que de costumbre, me siento feliz conduciendo. Carretera y manta, eso me gusta mucho. Dejamos atrás Barbastro. Hace nada estaban podando las viñas desnudas y mira cómo crecen ahora colmadas de hojas. Qué guapas estaban mis sobrinas pequeñas, ellas son nuestros pámpanos. Y mis hermanos, mi hermana, cada uno con su vida y sus proyectos, mi sangre, mi infancia, mi clan. Viñas, pámpanos, uva, vino, conversación, risas, besos de despedida. Blancos molinos de viento girando a un ritmo constante y poderoso. La gran ciudad de Zaragoza quedando atrás. Campos amarillos de cebada salpicada de amapolas. Los semáforos de Monzón. El canal de Zaidín. Entro en Binéfar, enfilo mi calle. ¿Por qué me asombro? ¿De qué estoy hablando exactamente?

miércoles, 4 de junio de 2008

Algarabía

Duermo con la puerta de la terraza abierta, y a las seis de la mañana, cuando aparecen los primeros rayos de luz, me despierta la caótica algarabía de los pájaros: palomas, tórtolas, vencejos, gorriones, estorninos... ¡todos se ponen a gritar y armar jaleo a la vez como si se hubiesen vuelto locos! Me levanto a cerrar la puerta y vuelvo a acostarme, pero ya no puedo recuperar el sueño.

Es primavera y mi cerebro todavía no ha aprendido a ignorar ese ruido. Cuando llegue el verano y duerma igualmente con la puerta abierta ya no escucharé la bienvenida de los pájaros al nuevo día, mi mente se habrá acostumbrado y, por increíble que parezca en este momento, hará caso omiso a semejante milagro.

domingo, 1 de junio de 2008

Después del concierto

He cantado en Barbastro y mis compañeras de trabajo han venido al concierto, algo que me ha hecho una enorme ilusión (las quiero mucho). Horas antes, en casa, estaba tan nervioso que no podía dormir la siesta. Sólo al vestirme con la ropa de cantar -camisa negra, traje negro, calcetines negros, zapatos negros- he empezado a serenarme: para eso sirven las liturgias. Actuábamos invitados por la coral Barbitanya, magnífica musicalmente y, en lo personal, hospitalaria y generosa como pocas. Tras el concierto nos han invitado a una merienda, y en ella, después de comer y beber, hemos seguido cantando: Gobbo so pare, Tourdion, Rossinyol.

sábado, 31 de mayo de 2008

Cuenta nueva

Cerraré la tapa del ordenador y me levantaré de esta mesa. Iré a la cocina. Beberé un vaso de agua. Iré a mi dormitorio. Me desnudaré. Me meteré en la cama. Cerraré los ojos. Se apagará la noche, las estrellas se apagarán. El universo entero quedará en suspenso. Las olas dejarán de golpear las costas. El tráfico de las grandes ciudades, las unidades de urgencias en los hospitales, los grandes rebaños de ñus, los cocodrilos del río, la estación espacial: todo se detendrá durante unas cuantas horas. Borrón. Frescura de la mañana. Cuenta nueva.

jueves, 29 de mayo de 2008

Sin mirar atrás

Me levanto más temprano de lo normal, me ducho y voy a la cocina. En la pequeña fiambrera de plástico dispongo unos trozos de pechuga de pollo empanada, y encima otros de tortilla de patatas, y sobre ellos una docena de tomates cherry cortados por la mitad. Es nuestro kit clásico para las excursiones del colegio. Más tarde llevo a Carlos a la estación de autobuses, donde ya esperan otros padres y otros niños. Me da un abrazo, da unos pasos, se detiene, regresa, me da un beso y se aleja corriendo hacia sus compañeros, hacia ese otro mundo suyo que no conozco, sin mirar atrás.

lunes, 26 de mayo de 2008

Chuang Tzu

CINCO VARIACIONES SOBRE LAS VIRTUDES DE CHUANG TZU


Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

Cuento chino citado por Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, y vuelto a citar por Enrique Vila-Matas en su libro El viajero más lento.

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PRIMERA VARIACIÓN

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en la escritura. El rey le pidió que escribiera un poema que desvelase el misterio de la existencia humana. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa junto al mar. Pasaron los cinco años y Chuang Tzu aún no había escrito nada, pues se sentía muy solo. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu, “y la prostituta más sabia y hermosa del país”. El rey le concedió otros cinco años y le envió a Wei Ran, la cortesana más bella de toda la nación. Los cinco años siguientes transcurrieron deprisa, pues Chuang y Wei se enamoraron y dedicaron todo ese tiempo a conocerse y saciar su hambre y su sed. Cuando el rey regresó, Chuang Tzu le pidió cinco años más. El rey se los concedió. Durante el último invierno Wei Ran contrajo fiebres y murió. Chuang Tzu se hundió en la desesperación y él mismo estuvo a punto de morir de tristeza. Cuando el rey regresó a la casa junto al mar encontró al poeta en la playa, caminante solitario donde las olas abandonaban perezosas la orilla. Le llamó y Chuang Tzu, al verlo, recogió un palo del suelo y delante de su señor escribió siete palabras sobre la arena húmeda. Antes de que las olas las borrasen suavemente, el rey leyó el poema, y era el poema más hermoso y clarividente que jamás se había escrito. Tras regalarle a Chuang Tzu la casa, el rey se marchó y nunca más volvió por allí.

SEGUNDA VARIACIÓN

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el arte del laúd. El rey le pidió que compusiese para él la música más hermosa, una canción que hablase de la espuma de las olas, de los cerezos en flor, del sonido de la vida crepitando en las hojas de hierba. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. El rey le dio una casa con doce servidores y Chuang Tzu se dedicó a la buena vida durante cuatro años y trescientos sesenta y cuatro días, pues a lo largo de toda su existencia no había conocido otra cosa que pobreza y privaciones. Cuando, al cabo de ese tiempo, el rey se presentó para escuchar la canción, Chuang Tzu había engordado quince kilos y sus dedos eran tan gruesos que apenas podían asir el mástil del laúd. Como quiera que Chuang Tzu no había compuesto una sola nota en esos cinco años, le pidió al rey cinco años más, pero éste se los negó enfadado por el comportamiento de tan orondo artista. Ordenó que lo azotasen y abandonaran en medio del desierto occidental. Allí, al poco de que los guerreros hubieron desaparecido en el horizonte, Chuang Tzu fue atacado y devorado por un grupo de leones, quienes, a pesar de no haber comido nada en una semana, todavía dejaron abundante carroña para hienas, buitres y chacales.

TERCERA VARIACIÓN

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el arte del amor. Tanta fama tenía entre todas las mujeres que la reina, ya casi una anciana, le pidió que le hiciese el amor pues el rey hacía mucho tiempo que no dormía con ella. Chuang Tzu le solicitó que, en el caso de que la reina quedara satisfecha, ésta le regalase el caballo más noble y veloz de las cuadras reales, a lo que la reina accedió. Una tarde de primavera Chuang Tzu se presentó en la puerta convenida, que era secreta y oculta. Allí un guerrero le condujo al dormitorio de la reina. La anciana dama yacía desnuda sobre la sábana de seda, el rostro cubierto de blanca harina de arroz y los labios arrugados pintados de rojo intenso como los de una novia. Chuang Tzu se instaló de pie frente a ella y lentamente se quitó el kimono dejando al descubierto su joven y torneado cuerpo. Después, mientras la reina respiraba agitadamente, se tumbó junto a ella. Ora la pellizcaba con los dientes ora le deslizaba lentamente la punta de la lengua sobre la piel mientras sus manos recorrían aquel cuerpo viejo y delgado que comenzaba a resucitar. Chuang Tzu merecía la fama que le precedía e hizo gozar a la reina cinco veces, cada una de ellas de modo diferente. Tras el último estremecimiento de la mujer Chuang Tzu, agotado, se quedó dormido. Cuando despertó ya era de noche. La reina yacía inmóvil junto a él, todavía con la boca entreabierta y la pintura roja movida alrededor de los labios. Chuang Tzu se dio cuenta de que estaba muerta y, temblando de pánico, se vistió y salió corriendo al patio. Allí el guerrero que le había recibido le esperaba llevando de las riendas el caballo más espléndido que Chuang Tzu hubiera visto jamás. Saltó a la silla y salió al galope de allí, sorteando jardín tras jardín hasta alcanzar la calle, pues todas las puertas se abrían a su paso. A toda velocidad abandonó la ciudad y se perdió en las llanuras. Nunca más volvió a saberse de él.

CUARTA VARIACIÓN

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de la ser diestro con el hacha, el mejor y más rápido verdugo de todo el país. El rey le pidió que, si en alguna ocasión llegaba ese momento, fuese él quien pusiera veloz y limpio fin a su existencia. Chuang Tzu, sabedor de las disputas de los príncipes, le pidió una casa con doce servidores durante el tiempo en que el soberano siguiera siendo su señor. El rey accedió y, a su regreso a la corte, dejó escrito el nombre del afamado artesano. Al cabo de cinco años hubo una revuelta, la sangre tiñó los ríos antes azules, y ejércitos enteros desaparecieron en la hierba, pasto durante meses de los cuervos y los perros. Chuang Tzu fue llamado a la ciudad imperial. El príncipe menor le recibió en la sala de audiencias. “Has vivido durante cinco años en una magnífica casa”, le dijo, “porque mi padre te la cedió hasta hoy, y así está escrito. No seré yo quien le niegue al rey su última voluntad si tal fue su empeño y tu fama tiene motivo”. Chuang Tzu, quien durante cinco años había vivido en la abundancia y, por ello, sin necesidad de practicar su oficio, sintió urgentes deseos de huir de allí, mas no era posible y, además, el rey le esperaba. Escoltado por cuatro soldados fue conducido al patio principal, en medio del cual se alzaba un patíbulo de cedro. El rey le esperaba, altivo y sereno sobre el tablado, mirando con ojos eternos a la muchedumbre. Un chambelán puso en las manos de Chuang Tzu el hacha afilada y éste subió las escaleras. El rey se arrodilló y apartó con sus propias manos la larga coleta. Chuang Tzu levantó hasta su hombro derecho el filo de su oficio y, cerrando los ojos, descargó todo el arte heredado durante cuatro generaciones. Fue tan rápido, tan rotundo, que el gentío no tuvo siquiera tiempo de gritar.

QUINTA VARIACIÓN

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la del anonimato, nada destacaba en su comportamiento o en sus actividades. Vivía una existencia de pescadores heredada de sus antepasados, y dejaba fluir los años intentando no hacer daño a nadie. A lo largo de su vida muchos príncipes y estirpes se sucedieron sin que él tuviese noticias de ellos, pues a la lejana isla donde había nacido sólo llegaban los recaudadores, y éstos, aún con diferentes rostros y estaturas, siempre parecían ser el mismo. A Chuang Tzu le habían sobrevivido siete hijos, cuatro de ellos varones, cuando, a la edad de ochenta y seis años, falleció víctima de un invierno especialmente riguroso. Su esposa le lloró desconsoladamente. Le sobrevivió durante cinco primaveras.

Zaragoza, 3 de mayo de 1996.

viernes, 23 de mayo de 2008

Lejanas fronteras

Ha cesado la lluvia y los pájaros han empezado a trinar como locos con su habitual alegría. A miles de kilómetros de aquí, en Nepal, el cuerpo de un montañero español cuelga para siempre de la helada pared sur del Annapurna (gloria eterna al alpinista suizo Ueli Steck, quien jugándose la vida acudió en su socorro e intentó ayudarle hasta el final). Más al norte, bajo los escombros de ciudades enteras, yacen miles de muertos, y, entre ellos, miles de niños en un país de niños únicos (futuros violinistas únicos, albañiles, agricultores, poetas, enfermeras, camareros, besadores, abrazadores, apicultores únicos).

Ha cesado la lluvia. El sol se asoma, el sol se esconde. Contemplo cómo poco a poco se seca el suelo de la terraza. Las nubes navegan sobre mi casa, ajenas a la existencia de mi especie. Lo sé: todo esto es muy extraño. Nuestro mundo y sus lejanas fronteras. Lo sé.

miércoles, 21 de mayo de 2008

En la cafetería

Al otro lado de la cafetería una pareja discute acaloradamente, o, para ser más preciso, ella discute con el rostro encendido mientras él, de espaldas a mí, escucha encogiendo los hombros a cada rato. La mujer es muy hermosa y su estado de agitación todavía la embellece más. Parece desgranar una larga lista de reproches levantando uno a uno los dedos de las manos, sin dejar de mirar a los ojos a su interlocutor. Qué difícil resulta concentrarme en el periódico, beber a sorbos el café recién hecho, no escuchar, no mirar furtivamente.

domingo, 18 de mayo de 2008

Una excursión

El sábado por la mañana quedamos en Lérida con unos amigos que viven en Reus. Hacía un tiempo magnífico y dimos un paseo por la calle mayor. También visitamos la catedral más antigua, la Seu Vella, situada en la cima del Puig del castell, el punto más alto de toda la ciudad. De la catedral me impresionó el claustro y sus grandes ventanales góticos. Siempre me han gustado mucho los claustros, la paz y el reposo que se respira en ellos. Un grupo de niños y niñas vestidos de primera comunión esperaban silenciosamente junto a la puerta de la iglesia el momento de salir al encuentro de los flashes de las cámaras fotográficas.

Al mediodía fuimos a comer a un restaurante situado en las huertas de árboles frutales que rodean la capital. Pedimos caracoles a la llauna, ensalada de setas, esqueixada de bacalao, jamón ibérico, parrillada de carne... comimos muy bien. Después de los cafés y los chupitos de orujo nos fuimos a caminar por los campos circundantes.

El sol brillaba en el cielo, no hacía demasiado calor, a nuestro alrededor todo era verde y los viejos amigos estábamos juntos. Una perra de color canela salió de una masía y decidió acompañarnos. Trotó mansamente a nuestro lado durante un buen rato.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Columna de humo

Muchas generaciones trabajaron sin desfallecer hasta terminar la máquina definitiva, y, cuando ésta estuvo preparada, la pareja sentimental compuesta por el teniente Sissoko Mansell y la antropóloga Chihiro González entró en ella despidiéndose para siempre del agonizante siglo cincuenta y dos.

El viaje, como los ingenieros habían predicho, duró apenas un segundo, una leve pérdida de consciencia seguida de silencio. Abrieron la escotilla. El cielo no era naranja sino azul. Salieron al exterior. Había una playa. Dunas cubiertas de hierba alta. Había tanto oxígeno en la atmósfera que se sintieron mareados durante unos instantes. Chihiro creyó oír el zumbido de un insecto. El canto de un pájaro entre las ramas del bosque que moría en la arena.

Aunque sabían desde el principio que la máquina era de un solo uso, en una sola dirección, sintieron una punzada de angustia al destruirla y enterrar sus restos. Luego cargaron con sus provisiones y armas y se adentraron en la maleza, rumbo a la solitaria columna de humo que se elevaba al otro lado de las colinas.

Prado verde y florido

Prado verde y florido, fuentes claras,
alegres arboledas y sombrías;
pues veis las penas mías cada hora,
contadlas blandamente a mi pastora;
que, si conmigo es dura,
quizá la ablandará vuestra frescura.

El fresco y manso viento que os alegra
está de mis suspiros inflamado,
y, pues que os ha dañado hasta agora,
pedid vuestro remedio a mi pastora;
que, si conmigo es dura,
quizá la ablandará vuestra frescura.

Francisco Guerrero (1528 - 1599)


Jordi Savall - Hesperion XX

domingo, 11 de mayo de 2008

Un nido de palomas

En uno de las maceteros de obra de la terraza del salón, justo debajo de los nidos colgantes de los vencejos, se ha instalado una pareja de palomas comunes. Esta tarde he comprobado que ya hay dos huevos. Hace tiempo que se secó el arbusto de hortensias y me alegra pensar que otra forma de vida ha ocupado su lugar. En mi casa somos un desastre para las plantas, nunca nos acordamos de regarlas y se mueren o desarrollan mutaciones que les permiten sobrevivir por sí mismas; sin embargo no se nos dan mal los animales salvajes: palomas callejeras, salamanquesas, hormigas, arañas, etcétera.

Ya cuando vinimos a vivir aquí, hace seis o siete años, había un nido de palomas en la jardinera exterior de la ventana de la galería de la cocina. Durante unos segundos tuvimos en cuenta la posibilidad de acabar con él, pero ¿quiénes eramos nosotros para hacer algo así? De hecho, si lo pensábamos bien, las palomas estaban en la casa antes que nosotros. Decidimos darles una oportunidad y la aprovecharon: los pollos nacieron, feos y estrambóticos, engordaron, se cubrieron de plumón, crecieron, desarrollaron las hermosas plumas de los adultos, se fueron volando. Paula y Carlos asistieron a todo el proceso, disfrutaron mucho y pienso que tal vez aprendieron algo, no sé. Esta vez actuaremos del mismo modo, dejaremos que la naturaleza siga su curso. Desde mañana hasta que los pichones se vayan volando.

jueves, 8 de mayo de 2008

Una señora polaca

Por la tarde atiendo a una señora polaca. Tiene cierto aire antiguo, el pelo corto y teñido de rubio, un pantalón de pinzas de color gris que le llega más arriba del ombligo. Trabaja en el campo y sus manos son fuertes, de dedos encallecidos, las uñas cortas y romas. Es educada, amable, pausada. Al sonreír muestra la ausencia del segundo premolar del lado izquierdo de su boca. Cuando termina la consulta se levanta, me da las gracias, le respondo que no hay de qué, sale a la calle. Pienso en Wislawa Szymborska.

Juguetes

Ayer por la mañana me entregaron mi nuevo portátil, un precioso, blanco y flamante MacBook de Apple (vuelvo a casa). También en estas cosas soy un hombre vulgar: me encantan las máquinas, los coches, los ordenadores, las cámaras fotográficas, todos esos juguetes.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Chimpancé

A mis hijos les digo una sola cosa: todo lo que os va a pasar, sea lo que sea, será extraordinario.

Y al decirles la verdad intento abarcar entre los brazos tantos frutos que, como le sucedía a un chimpancé que vi una vez en un documental de televisión, cuando recojo uno se me caen dos o tres, o cuatro, o cinco. Agradecimiento. Curiosidad. Placer. Dolor. Exploración.

martes, 6 de mayo de 2008

Sin título

No sé qué ha sucedido pero el sistema de iluminación de las calles de Binéfar se ha apagado durante un rato, no funcionaba. Sí lo hacía, curiosamente, el de las casas, cuyas ventanas eran las únicas fuentes de luz en medio de la noche. Los cuatro nos hemos asomado a la terraza. Resultaba extraño verlo todo tan oscuro. Yo no llevaba más que un pantalón corto y he sentido frío en la espalda desnuda. En realidad, ahora que ya se ha solucionado, me doy cuenta de que las farolas sólo emiten un fulgor amarillento que baña las fachadas y los muros; parece mentira que tan poca cosa pueda, sin embargo, hacer invisibles la mayoría de las estrellas que salpican el firmamento y que durante el apagón han resucitado, muertas hace millones de años, con tal conmovedor anhelo de eternidad.

domingo, 4 de mayo de 2008

Un puente de mayo

1.

Los habitantes de las grandes ciudades se van a ciudades y pueblos más pequeños. Los habitantes de los pueblos que hacen puente acuden a las ciudades grandes a comprar y comprar y comprar. Las carreteras están colapsadas por lo coches. Ya hace calor. El cielo es azul cielo. Los campos son verdes (levánteme, madre, al salir el sol, fui por los campos verdes a buscar mi amor, fui por los campos verdes a buscar mi amor).

2.

Sé que la idea es ridícula, pero tras varias horas en el centro comercial rodeado de centenares, probablemente miles de seres humanos de rostros desconocidos, envuelto en la música ambiental más abyecta que uno pueda imaginar, asaltado por el zumbido invisible de la electricidad estática que emiten toneladas de plásticos y tejidos, siento ganas de ponerme a gritar como un animal salvaje, gritar y gritar y gritar. Pero Maite y Paula parecen estar pasándoselo bien, de hecho evitan mirarme para que el color cetrino de mi piel y mis ojos hundidos por la miseria no les amargue su día de compras. Oh, misericordia.

3.

Sobre la mesa, bajo el porche, hay costillas y chuletas de cordero a la brasa de sarmientos, salchichas, chistorra, patorrillo, pimientos rojos asados aliñados con ajo crudo picado y aceite de oliva virgen, ensalada de lechuga y cebollas tiernas recién recolectadas, espárragos cocidos, vino Plandenas. En el aire del huerto de mis padres flotan, igual que la nieve, algodonosas semillas de chopo. Celia y Olivia, mis adorables sobrinas pequeñas, van también de aquí para allá, tan ligeras e inocentes como aquellas.

4.

Teresa sale al escenario, saluda inclinándose hacia adelante y se sienta frente al piano de cola. La primera vez que la vi tocar, en el Conservatorio de Monzón, ella debía de tener quince o dieciséis años. Maite me dijo que una alumna suya del instituto daba un concierto de piano y fuimos a verla. Me quedé asombrado, estupefacto. Han pasado diez años, ella estudió la carrera musical con los máximos honores, ganó una importante beca de veinte mil euros que le abrió las puertas de Salzsburgo, está al principio del camino. El concierto de esta tarde ha sido un regalo, un verdadero lujo. Yo sé, si sucede lo que le deseo y sin duda alguna merece, que en años futuros será difícil que encuentre tiempo para tocar para nosotros, en este rincón del mundo.