Domingo de sol en Zaragoza. Empujo la silla de ruedas donde está sentada mi madre mientras a mi lado caminan mi padre y Maite. Hablan de banquetes y fiestas del pasado, cuando nos reuníamos toda la familia por cualquier excusa; hablan de alegría y celebración de la vida. A nuestro alrededor la gente pasea bajo la luz prodigiosa de este día de febrero.
Observo la blanca cabeza de mamá, el terrible corte de pelo que le perpetraron en el Centro de día a donde acude de lunes a viernes, y vuelvo al sueño de la madrugada pasada. Estábamos en la casa del huerto en el pueblo, o más bien en una mezcla entre esa sala y el comedor del piso de la calle Fita, eso que a menudo sucede en los sueños. Mi madre reía y hablaba y nos miraba a todos sobre la mesa llena de la comida de siempre: mejillones cocidos con su salsa secreta, huevos rellenos, canelones, ensalada de pimientos asados. Estaba sana, brillante, guapísima, habladora, sus ojos negros e inteligentes observándonos a todos, a mis hermanos, a nuestras parejas, a nuestros hijos e hijas. Mi padre estaba a su lado, también contento y feliz. Desde mi silla yo sabía que estaba soñando, era absolutamente consciente de que esa reunión estaba sucediendo mientras dormía, y contemplaba a mi madre deseando que ese momento no terminase nunca. Oh, disfruté tanto de esos minutos u horas. Luego el sueño se disolvió sin aviso ni estridencia ni dolor.
Volvemos a casa por la calle Bilbao, salimos al Paseo de Pamplona y cruzamos el semáforo frente a la antigua Facultad de Medicina. Mi padre y mi mujer hablan de los buenos tiempos sin un atisbo de tristeza, alegrándose de haberlos conocido y disfrutado. Tampoco yo estoy triste, pues puedo recordar el sueño que guardaré para mí. El sol brilla en el cielo sobre los árboles y los edificios y los coches de colores aparcados en la acera. No hay luz más maravillosa que la del sol en invierno.
domingo, 23 de febrero de 2025
Domingo de sol
lunes, 29 de enero de 2024
Y sueño
Buceo en aguas turbias, rodeado de raíces de árboles. Sé que estoy soñando porque puedo respirar. Adivino la selva virginal que existe allí arriba y escucho los sonidos del sonar de los delfines rosados casi ciegos. Todo está bien. No conozco el pasado, no conozco el futuro. No sé si soy una anaconda o la cría diminuta de un pez, y sueño.
lunes, 21 de octubre de 2019
Veintiuno de octubre
He comenzado a pensar en lo que cocinaré para mi familia en nochebuena y navidad. La navidad en sí me da igual, pero me gusta hacer felices, siquiera a través del estómago, a algunas de las personas que más quiero en el mundo. Tengo ideas que no desvelaré salvo cuando llegue el momento. Debo jugar entre la tradición y lo que me gustaría hacer sabiendo que no les gustaría a todos, así que me quedo con la primera. Pero. Ya veremos.
La noche llegó hace ya un buen rato. Dentro de un rato me acostaré, cerraré los ojos y despertaré en otro lugar. Moriré pensando en estas cosas. Tal vez esa sea la religión verdadera: la imaginación.
Impulsado por ella me impulso hacia el cielo, atravesando los apartamentos que hay encima de mí, viendo a la gente cenar, ducharse, cocinando, y atravieso el espacio frío, las nubes a kilómetros de altura, la delgada línea que protege nuestro mundo del espacio donde no podemos vivir con nuestros pulmones, nuestro corazón y nuestro cerebro. Pero como lo estoy imaginando floto allí y miro hacia mi hogar. Azul. Mágico. Nada puede decirse que no haya sido dicho antes.
No existe nada nuevo bajo el sol. Nada puede decirse que no haya sido dicho antes aunque el asombro sea de dimensiones mayores que la primera vez. Sucede en este cuaderno de bitácora. Cuántas veces habré repetido lo mismo, en invierno, en primavera, en verano, en otoño, antes de cocinar en mi casa para la navidad. Todo lo he repetido y repetiré. Poemas, frases, pensamientos. Yo lo sé. Tú lo sabes. Pero cuando los barcos dan la vuelta al mundo una y otra vez es lo que suele suceder. Cada vez existen menos tribus caníbales, menos ballenas blancas dispuestas a hundir nuestra nave, menos paraísos vírgenes expuestos a nuestros inconscientes desmanes.
Cada palabra que escribo sé que la he escrito antes, también frases, también párrafos. Poemas también. No me torturaré por ello. La noche se acerca. Ojalá Morfeo te bendiga con siete horas seguidas de muerte y mañana la rosada aurora te resucite y acompañe lejos del puerto, las velas henchidas de viento favorable, rumbo a tu mejor destino.
domingo, 16 de junio de 2019
Dieciséis de junio
Recuerdo los cuartos delanteros de mi caballo galopando en un camino entre campos de cebada recién cosechados en las afueras de Tudela, Navarra, hace decenas de años. El compás de mi cuerpo sobre la silla, el viento en mi rostro. Se llamaba “Coyote” y era un mil sangres de cabeza grande y noble como él solo. Hace ya mucho tiempo que habrá muerto.
Anoche soñé que volvía a cabalgar. No sé si montaba a “Coyote” o a “Llivia”, la yegua que muchos años después alquilé en el club hípico de Banyoles durante nuestra estancia allí. Cada semana iba dos o tres veces y me perdía con ella entre los bosques. Era tan noble como aquel caballo de mi adolescencia pero rubia y un poco más tranquila.
Amo a los caballos, y sé que subirme encima de ellos tal vez no sea el modo más adecuado de demostrar mi amor, pero hace muchos años que no monto y sigo amándolos igual, así que igual sí es un amor verdadero.
Anoche soñé que galopaba sin apenas luz de luna. Incluso soñando tenía la lucidez suficiente para, sabiendo que estaba soñando, disfrutar de la experiencia como si fuese real, pues todas las sensaciones lo eran. Galopaba despacio a través de los caminos entre viñas y campos de maíz y de cebada que rodean esta pequeña ciudad. De vez en cuando acariciaba el musculoso cuello del animal para que supiera que todo estaba bien. Era tan feliz.
jueves, 13 de junio de 2019
Trece de junio
Nunca sueño con el Sur. Siempre sueño con el Norte. Sé que es absurdo porque todos somos el Sur y el Norte de algo. El Norte de España es el Sur de Europa, e incluso Bergen, la ciudad de Noruega donde vive y trabaja mi hija, es también un Sur.
Si creyese en la reencarnación, una de las poéticas más absurdas que la imaginación humana ha creado, yo debí haber sido un oso cavernario en la última glaciación, antes de que ésta terminase, en su punto álgido. Porque amo el frío. Porque hace años que en ninguna estación me quito las camisetas de manga corta y la única diferencia consiste en ponerme un abrigo al salir a la calle o en no ponérmelo.
Por eso el calentamiento global de nuestro planeta me da tanto miedo. Me da tanto miedo que mi único consuelo, aunque sirva de poco porque tengo miles de millones de nietos y bisnietos, es que mi cuerpo físico no lo sufrirá directamente pues ya habré muerto. Aunque, ¿qué diferencia hay entre sentirlo directamente o imaginarlo? Ninguna. Yo diría más, yo diría que a menudo la imaginación, al menos en mi caso, tiene en mi percepción de la realidad un peso mucho más potente que la realidad -lo cual explica mis enfermedades y mis tratamientos y mis asuntos.
Nunca sueño con el desierto. Nunca sueño con el calor o, sencillamente, mi cerebro, sabio como el de todos, obvia los malos recuerdos arrinconándolos. Mi sueño favorito es el Norte, el frío, los grandes espacios, una cabaña donde Maite no viviría ni loca, caballos, la leña crepitando en el fuego.
martes, 12 de marzo de 2019
Doce de marzo
A menudo encuentro paz en la monotonía. Otras veces no, otras veces me gustaría tener una vida plena de aventuras y acontecimientos inesperados, pero hoy es un día para lo primero: rutina, retiro, tomarme una copa, escribir algunas palabras y luego irme a dormir.
Sé que me estoy haciendo mayor porque yo, que siempre odié dormir pues sentía que me robaba tiempo, ahora amo dormir, tal vez me he dado cuenta de que el tiempo no es nada, y también porque sueño mucho y frecuentemente recuerdo los sueños.
El tiempo de estar despierto y el tiempo de dormir es el mismo, pero en el primero los sucesos suelen ser, hasta cierto punto, previsibles, y en el segundo nunca sabes lo que va a ocurrir, vives en un lugar construido con basura mental, anhelos y viejos recuerdos ya olvidados. De día, en plena vorágine de trabajo, a veces echo de menos ese otro mundo aleatorio.
Cuando cada mañana suena el despertador me da mucha pena porque nunca volveré a visitar el otro lado tal y como lo dejé al abrir los ojos. Me da rabia no poder controlar ese fenómeno, y con eso me quedo.
A lo largo del día el cerebro, pese a mis esfuerzos, va olvidando lo soñado y al acostarme de nuevo, muy cansado como ahora mismo, una nueva historia vuelve a comenzar para no tener nunca un desenlace.
martes, 24 de octubre de 2017
Caballos pequeños
El otro día soñé con un lugar perdido en el Himalaya, un país de inexplorados valles de bosques de bambú y prados de flores en los que pacían caballos de pequeña estatura. No había nada más y yo me acercaba a ellos, que a su vez se acercaban a mí con curiosidad. Les acariciaba las cabezas y los belfos suaves como el terciopelo. En el sueño no había nada más salvo los caballos, yo y un cielo de un color azul muy pálido, casi blanco, entre cumbres de nieves eternas.
viernes, 21 de abril de 2017
Submarino
He abierto los ojos y enseguida he caído en la cuenta de que me había quedado dormido e iba a llegar muy tarde al trabajo, no solamente tarde: terriblemente tarde, horas después, con la agencia llena de gente esperando ser atendida y yo entrando en el local con el pelo aplastado en un lado de la cabeza, casi sin terminar de vestir, el corazón palpitando a mil por hora.
Pero acababa de despertar de la siesta de un viernes de abril, ¡y qué alivio y felicidad he sentido al darme cuenta! He salido al pasillo del submarino y al alcanzar el puente me he asomado al cristal. Los árboles de la otra orilla ya están cubiertos de hojas y los pájaros entraban y salían de su espesura como si no supieran que volaban bajo el mar.
martes, 19 de abril de 2011
109
Yo me acuesto y otro hombre se despierta, se sienta al borde de la cama, se pone en pie, se ducha contemplando la bahía y a continuación se seca el pelo frotando su cabeza con una toalla. Mientras mi cerebro comienza a soltar amarras ese hombre ya ha salido de casa y se dirige a su trabajo. Las montañas azules reflejan la luz del sol y en la radio anuncian cielos despejados.
jueves, 24 de febrero de 2011
lunes, 8 de noviembre de 2010
Borrador
Sueño con una almazara cerca de la playa. En alguna parte hay un campamento de jóvenes. Conozco a unas chicas, hablamos junto al mar. Yo también soy mucho más joven, tal vez adolescente. La Playa. La costa. Casas de pescadores. Una plaza. La prensa comprime las olivas. El aceite virgen cae en un depósito de plástico. Una voz adulta dice detrás de mí: «¡Es extraordinario!».
viernes, 16 de julio de 2010
Sin título
Túmbate en la cama y permite que el aire entre y salga de tu pecho al ritmo de la luna, de pie en medio de la nieve de la antártida o en la orilla calcinada de la costa de los esqueletos. Milímetro a milímetro crecerá tu cabello sobre la almohada, náufrago.
jueves, 20 de mayo de 2010
Guijarros
En medio de la noche caminas sobre la nieve, tus botas rellenas de paja hundiéndose hasta el tobillo en cada paso. Al amanecer el hielo se derrite y crecen los bosques, las ardillas son borrones cobrizos en la corteza de los árboles, las truchas iridiscentes se funden en la corriente del río. Por la tarde disminuye la espesura, se esconden los lagartos y se levanta la tormenta de arena. El anochecer te encuentra en una playa de guijarros, de pie frente al océano. Reúnes leña arrojada por el mar, enciendes una fogata, te acuestas junto al fuego, cierras los ojos, comienzas a caminar sobre la nieve.
jueves, 21 de enero de 2010
Migas de pan
A veces tengo la sensación de que cada día sin escribir se disuelve detrás de mí como si nunca hubiera existido, pero yo no pertenezco a la antigua raza de la época del sueño, no soy uno de los gigantes que salieron del mar para crear el mundo nombrándolo y señalando sus árboles, sus montañas, sus ríos; yo pertenezco a la raza del tiempo veloz, este tiempo que se precipita día y noche, también mientras duermo.
A veces tengo la sensación de que cada día sin escribir es una miga de pan que se ha comido un pájaro. No encontraré el camino de vuelta. Me perderé en el bosque. Desapareceré para siempre.
domingo, 2 de agosto de 2009
Sin título
Entre las sombras del sueño (una cárcel o acaso un cuartel, Europa del Este, edificios de hormigón, largos pasillos, olor a tierra húmeda) se abre paso el zureo de las palomas: uh-úuuuh, uh-úuuuh, uh-uh-úuuuh; y a continuación el chirrido del parloteo de los aviones comunes que anidan en el alero del tejado. Me siento al borde de la cama y trato de recuperar de mi cerebro, antes de que se esfumen, escenas de hace un momento: calles embarradas, absurdos parterres de flores junto a los muros grises, la crueldad indiferente en los ojos del guardián que prohíbe dar sepultura al cadáver de mi hermano... Decido que no quiero recordar más y regreso a la algarabía de los pájaros, a la luz nueva. Es hora de ponerse en pie.
miércoles, 15 de julio de 2009
Siena
Después de comer me tumbo en el sofá, cierro los ojos, e inmediatamente la superficie bajo mi cuerpo se hunde en un agujero blando que, durante unos segundos que parecen minutos que parecen horas, me traslada a una casa de pueblo, una masía rodeada por un muro de color siena, y al otro lado del muro una linea de cipreses recortados contra el cielo blanco. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que el edificio parece estar abandonado. Hay muebles cubiertos por sábanas, polvo en el suelo, telarañas. Hay una doble puerta de estilo modernista que da a un recibidor del que arranca una escalera. Subo en silencio. Creo escuchar unas voces. No tengo miedo porque sé que estoy soñando. Después de un último tramo de peldaños estrechos accedo a la buhardilla. Algunas palomas huyen aleteando a través de los amplios boquetes del techo. Hay excrementos y escombros por todas partes. Una mujer y un hombre me esperan en un rincón, sentados en dos sillas viejas. Me acerco a ellos. La mujer se levanta y me dice: «¿No vas a darme un beso?». Le doy dos, uno en cada mejilla. No la conozco. Es muy guapa. El hombre se levanta, me tiende la mano, sonríe y me dice: «Al fin has llegado». Yo también le sonrío mientras acepto su saludo, antes de despertar.
lunes, 20 de abril de 2009
A veces sueño que
A las cuatro y media de la madrugada desperté en medio de una terrible pesadilla. Fui al lavabo a mear. Bebí agua en el vaso con el que nos enjuagamos la boca después de lavarnos los dientes. Me miré en el espejo. Cabeza de patata. Canas revueltas. Ojos de perro. A veces sueño que mueren personas que amo.
jueves, 5 de febrero de 2009
Párpados blancos
Estoy sentado en una embarcación primitiva, tal vez una canoa, rodeado de personas desconocidas. A mi lado hay una mujer rubia, detrás de mí un hombre mayor, tengo la sensación de que también hay niños. Todos miramos el cielo esperando lo inevitable. Nadie dice nada cuando el sol comienza a crecer hasta cubrir todo el horizonte. El calor de un millón de volcanes evapora el agua del río. La mujer chilla cuando la luz nos arrasa. Cierro los ojos pero ya no existe la oscuridad. Mis párpados son blancos. La muerte suena como el viento.
jueves, 8 de enero de 2009
Viajes en el tiempo
Anoche soñé con extraños viajes temporales donde aparecía una clínica, alguien muy parecido a Francisco de Goya, un maizal, caminos encharcados, una diligencia, un paseo marítimo de suelo enlosado con piezas de cerámica en forma de ondas.
Hoy durante la cena comenzaba en la televisión una película alemana, "El enigma de Jerusalén", tan mala que casi resultaba enternecedora, donde se contaba un viaje temporal a la época de Jesucristo. La historia arranca cuando unos arqueólogos encuentran un esqueleto de dos mil años de antiguedad y, a su lado, el manual de una cámara de vídeo de la marca SONY. Genial.
Siempre me han apasionado los cuentos y películas donde se narran viajes en el tiempo. Las paradojas imposibles, todo eso. Leí cuando era adolescente un relato maravilloso que narraba un futuro donde los condenados por motivos políticos eran sentenciados al martillo, un artefacto que los enviaba al pasado más remoto sin posibilidad de regreso. El protagonista del cuento arribaba a un lugar desolado en el que otros condenados como él sobrevivían a duras penas en un rudimentario campamento junto al mar. La escena que quedó grabada para siempre en mi cerebro es aquella en la que el exiliado se acerca a la orilla y observa perplejo unos trilobites en las aguas someras. Aunque probablemente he idealizado esa historia daría lo que fuera por volver a leerla.
Cuando imagino viajes temporales nunca imagino apariciones espectaculares en medio de la batalla de Waterloo, al pie de la cruz de Cristo o cabalgando en camello junto a Mahoma, no, lo que imagino se parece más a lo que nos sucedería si un globo aerostático nos depositase en un valle recóndito del interior de Papúa Nueva Guinea: es posible que no encontrásemos a nadie, o tal vez sí, y en ese caso en vez de indígenas barrigudos con largas calabazas a modo de estuche peneano nos toparíamos con ciudadanos romanos, con hititas, con campesinos aztecas, con hombres de Neandertal.
martes, 17 de junio de 2008
Una pesadilla
Anoche soñé una pesadilla terrible, innombrable. En ella el dolor de la tristeza y la desesperación era tan grande, tan sólido, que casi no podía respirar. Desperté. Me levanté de la cama. Fui a los otros dormitorios. Ellos dormían plácidamente. La angustia comenzó a disolverse mucho más despacio de lo que deseaba.