jueves, 30 de diciembre de 2021

Algo de algo

No lo ignoro todo. No sé nada de nada. Sé algo de algo. Conozco los mismos secretos que tú.

martes, 28 de diciembre de 2021

Todo

Los campos duermen
silenciosos
bajo el cielo
lleno de estrellas.

Eso es todo.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Un viajero

Me he despertado bruscamente en medio de la noche, en la cama. No sé si fuera nieva, hay niebla o ya ha florecido la primavera. He ido a mear, me he lavado las manos y luego he venido aquí a sentarme frente al ordenador. Escribo. Afortunadamente mañana tengo vacaciones y podré seguir durmiendo hasta la hora que quiera. Estoy vivo. Amo y soy amado. No recuerdo qué soñaba. Todo este milagro de mi existencia y la de mis antepasados y la de mis hijos y la del mundo que me rodea me parece a menudo la invención de alguien. Lo que no puede inventarse es mi agradecimiento permanente, a menudo invisible. Estar vivo y en este mundo tan extraño es algo cuyo sentido quizás comprenda en toda su plenitud durante el instante previo a morir, o no. Lo respeto. Sólo soy un viajero. No aspiro a nada más.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Dos mil veintiuno

El año dos mil veintiuno
se precipita cada día
a más velocidad hacia
el diminuto, pequeñísimo,
ojo de la aguja.

Somos los mismos y nunca
somos, exactamente, los mismos.

Amamos la belleza, amamos
el amor, querer, ser queridos,
amamos los viñedos y, al fondo
del horizonte, la nieve en las montañas.

Si alguien me preguntase qué hacer
para mantener este tesoro
le diría: seguir adelante.

Sigue adelante, camina a través
del campo, detente a examinar
las huellas de los jabalíes, las de
garduñas y zorros y
bicicletas de montaña.

Todo acaba y comienza.
Así sucederá.
No de otra manera.

martes, 21 de diciembre de 2021

Consunción

El tiempo me consume poco a poco, me doy cuenta, y lo que más rabia me da es no haber aprendido gran cosa.

Recuerdo que cuando era un preadolescente lleno de dudas me preguntaba si el mundo existía cuando cerraba los ojos, si existían los colores, las formas de las cosas, el universo entero.

De algún modo sigo ahí, en esos doce o trece años, anclado en esa pregunta que siempre me persigue. ¿Qué significa todo esto, todo lo que me rodea? ¿Y por qué? ¿Por qué mi madre tiene la enfermedad de alzheimer sin que yo pueda hacer nada para borrarla, para que no exista? ¿Por qué no puedo evitar la tristeza y la dicha? ¿Por qué no puedo impedir absolutamente nada? ¿Por qué el mundo me impele a todo, a lo que deseé con todas mis fuerzas y también a lo que nunca hubiese elegido?

domingo, 19 de diciembre de 2021

Segismundo

A veces tengo la certera
sensación de que vivo entre
dormido y despierto,
entre ebrio y sobrio,
entre vivo y muerto, entre
este mundo y otro que
no sé cuál es, ni dónde, ni nada.

Conduzco en la carretera
a través de la niebla.
Los campos invisibles podrían ser
el mar o el espacio estelar;
el dibujo infantil de un niño o,
sencillamente, algo que todavía
nadie supo expresar.

Ignoro si estoy volviendo a casa o
me estoy yendo para no regresar.

jueves, 16 de diciembre de 2021

Testimonio

Ayer por la noche caía aguanieve tan liviana que apenas alcanzaba a activar el lavaparabrisas automático del coche. Las luces de freno de los vehículos que circulaban delante de mí brillaban más que las bombillas de navidad en forma de estrella de un lado a otro de las calles. Ya escribí ayer que estaba muy, muy cansado, pero fui a comprar algo de comida a un supermercado antes de volver a casa. Todo parecía un sueño pero no mío, el sueño de alguien, el de otra persona tal vez en el otro extremo del planeta, y esa sensación no me molestaba de ningún modo. Desde muy pequeño siempre contemplé la posibilidad, como hicieron tantísimas personas antes que yo, de que nuestra existencia y nuestra pequeña presencia en este muno no fuesen sino el sueño de alguien o de algo.

El día termina. Me acostaré, cerraré los ojos y soñaré tu existencia, o tal vez la de alguien del futuro que todavía no ha nacido, o la de personas que ya están muertas. No lo sé. Cuando mi cuerpo y mi cerebro caen en esa mullida fosa de arena de playa y plumas de ave del paraíso, ignoro qué sucederá. Incluso ignoro que probablemente no recuerde nada al despertar e iniciar el rápido consumo de mis pilas cada vez más viejas y oxidadas.

Tengo cincuenta y ocho años cumplidos en mayo y me siento joven para seguir intentando comprender y viejo para mantener intacta la curiosidad. Obviamente debo centrarme en la exploración, como lo he hecho siempre, como estos diarios atestiguan, eso es lo que me interesa y me anima a seguir escribiendo, a seguir dando testimonio de mi viaje.

Es muy tarde. Tengo sueño, mucho sueño. Me despido. Hasta mañana, Jesús Miramón. Hasta mañana, mis pocos y queridos lectores. Este es el cuaderno de bitácora de mi navegación, no pretende ser nada más. Gracias. Buenas noches.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Piel de gallina

Hoy ha sido un día muy duro en el trabajo. He atendido casos dramáticos, de desamparo e impotencia ante la realidad de situaciones concretas y el muro legal de la administración donde trabajo a la que se enfrentan. Son casos que me dejan hecho polvo ante la frustración de no haber podido ayudar, atado de pies y manos por decisiones ajenas, muy ajenas y muy por encima de mí. En dos ocasiones me ha costado recuperarme para seguir. Mi corazón no se ha endurecido con los años de profesión sino todo lo contrario, siento cómo a veces se rompe y casi me impide respirar al escuchar a la persona que está al otro lado de mi mesa y la puta mampara de metacrilato.

No todos los días son así, afortunadamente. A menudo atiendo a parejas jóvenes que han tenido su primer hijo y eso me hace feliz, como las jubilaciones, por ejemplo, o las tarjetas sanitarias europeas que me permiten preguntar a dónde van a viajar y hablar de ello, si conozco ese país, si no lo conozco, compartir lo que somos: seres humanos sociales.

Hoy han coincidido al otro lado de mi mesa varios casos muy tristes y desoladores y, a estas horas, antes de acostarme, todavía estoy conmovido esterilmente o, lo que es lo mismo: conmovido para nada salvo compartir su sufrimiento.

Me frustra de un modo más salvaje que cuando comencé, hace tantos años, no poder ayudar más a las personas a las que atiendo. Los muchos años me han hecho, en vez de más duro, más blando, más rebelde, más sensible al dolor ajeno. Y no es una virtud: en mi trabajo es un problema a menudo muy grande porque me impide desarrollarlo con la profesionalidad debida. La piel de gallina y las ganas de llorar y abrazar no me ayudan. Trabajo y vivo con eso.

martes, 14 de diciembre de 2021

Espigas y ceniza

Ayer llamé a Zaragoza y no era un buen día. Mi madre estaba enfadada porque mi padre, de ochenta y cinco años, no le dejaba tener las llaves de casa. Y es que ya se ha ido más de una y dos veces de improviso. En una ocasión en la que yo estaba en la ciudad fui a buscarla a toda velocidad porque papá me llamó, y la encontré caminando por la acera de la calle con la ropa y las zapatillas de andar por casa mientras su marido, como un comando especial, la seguía escondiéndose entre los coches y en los portales de las casas cuando ella se giraba para saber si alguien la vigilaba.

Hoy estaba mejor. La única consecuencia positiva de padecer Alzheimer es que, en ese olvido general, también incluye que ayer no estaba bien y se quería ir de casa y se quería morir, así que cada día es un nuevo comienzo para ella, a veces cada hora, aunque no para su cuidador, a quien intentamos acompañar y cuidar todo lo que podemos.

Todo sigue adelante, día a día. El río Ebro ha crecido y en todas las televisiones advierten de inundaciones históricas que ya han arrasado pueblos, cultivos y caminos. En Zaragoza se estima que la gran avenida suceda esta noche y mañana, aunque ya las orillas que cruzan la ciudad están desbordadas. La naturaleza no comprende ni calcula, sólo sucede y nada más, como en el volcán de La Palma, los tornados de Estados Unidos o los terremotos. Nosotros no somos más que la loma de una colina o la corteza de un árbol ante su empuje, no somos más que los hormigueros de los caminos o la colmena de un árbol sumergido por la crecida. Y, sin embargo, tenemos nuestras minúsculas biografías, nuestros mayúsculos sufrimientos que a la naturaleza y al tiempo les son absolutamente indiferentes.

Y así ha de ser, así debemos aceptarlo por duro que resulte a menudo. La enfermedad de las personas a las que amamos, incluso las de quienes, como en mi caso, me trajeron a este mundo extraño y alienígena hace ya tantos años, para el universo tienen la importancia de un grano de arena en una playa inmensa, como sucede con las grandes obras de arte, los triunfos deportivos o las caricias más tiernas.

Hoy estaba mejor. Escucho su voz y sé al instante qué está pasando, y lo mismo ocurre cuando el teléfono lo descuelga mi padre. Sé, sobre todo trabajando donde trabajo, que el Alzheimer forma parte de la vida de miles y miles de familias como la mía. Sé, aproximadamente, lo que nos espera, pero prefiero no pensar en ello, hago ese esfuerzo y, por ahora, logro ir poco a poco. Ver desaparecer ante tus ojos la inteligencia, la memoria, la sabiduría y el raciocinio de una de las personas a las que más amas en este mundo es duro, pero debemos seguir adelante porque cada mañana, al despertar, somos supervivientes. Porque lo somos, porque fundamentalmente los seres humanos somos eso: supervivientes y mortales, nada más ni nada menos.

Yo también me hago mayor y, sin haber aprendido demasiado, esto sé: el amor es lo más importante, lo que nos da fuerzas para extinguirnos sin arrepentimiento cuando la inundación, o la lava, o el tornado o el terremoto nos convierta en espigas y ceniza que arrastra el viento. Sé que no tiene ningún sentido pero yo, en mi vulgar corazón que recibe y envía sangre cada segundo con precisión mecánica, lo comprendo así. El amor no impide que finalmente seamos nada o menos que nada en el grandioso y absurdo espectáculo del mundo, pero tiene un poder inconmensurable: su dulzura, su consuelo, su verdad casi tan inmensa como el olvido.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Algo comienza a apagarse y algo comienza a encenderse

Normalmente escribo de noche, a veces noche avanzada. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: el resto del tiempo estoy despierto.

No escribo dormido, pero casi. Este momento, justamente antes de cubrirme con la ropa de cama y desvanecerme, es uno de mis favoritos. En mi cabeza algo comienza a apagarse y algo comienza en encenderse. Los dos mundos se acercan y se mezclan. Lo que he visto y su recuerdo; lo que siento ahora y no sentí durante todo el día.

Me acostaré en cuanto termine de escribir este breve texto cuya única ambición muere en él: dar cuenta de algo que existe y no existe al mismo tiempo: este misterio. Buenas noches.

sábado, 11 de diciembre de 2021

Lo es

Desperté un día más en este planeta, en este mundo, e hice lo que debía hacer, las nubes flotaron en el cielo, vi Fórmula 1 en la televisión, cociné, vine a sentarme delante de ti y escribí estas pocas palabras. Sí, sé lo que vas a decirme: qué raro es todo. Lo es.

Partículas de polvo

La belleza de las partículas de polvo flotando en determinadas condiciones de luz frente a la ventana, microscópicos planetas y galaxias en medio de la habitación, mundos efímeros.

Yo canté durante muchos años en un coro piezas musicales de una intensidad extraordinaria, prodigios milagrosos, belleza pura, mil veces más pura que quienes las cantábamos frente al público, sobrecogidos entre la necesaria disciplina de nuestra función y nuestros sentimientos más íntimos. Allí, durante tantos años, accedí a un aprendizaje sobrecogedor y profundo: en la música es más importante el silencio que el sonido, sobre todo cuando se ha emitido la última nota de la obra, esos segundos de silenciosa magia suspendida en el tiempo donde nada importa ni pesa ni pasa antes de los aplausos.

Ahora comprendo que el resto de todo es lo mismo: nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestros actos. El momento inmediato en el que cesan dice claramente qué sucedió, emite su eco, brilla antes de apagarse y desaparecer.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Lanzarote

Quiéreme como si fuese un caballero.

Que tú eres una dama lo saben
los árboles más antiguos del bosque.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Heródoto

En los últimos tiempos las fotografías, las viejas fotografías, siempre están a mano cuando vamos a estar con mi madre. Su enfermedad le permite verlas una y otra vez con el mismo asombro y la misma fascinación, y a veces nos sorprende con reconocimientos faciales que nadie en el mundo podría lograr. Mi compañera, mi mujer, mi amor, se sienta con ella a repasar por enésima vez las imágenes de vidas propias e incluso a veces ajenas, y yo me siento con mi padre en el sofá de enfrente mientras en la televisión dan capítulos de telenovelas turcas.

Es interesante cómo podemos acostumbrarnos casi a cualquier cosa, y más interesante es darse cuenta en vivo, carnalmente, del poder del amor pequeño y grande, del poder de la ternura, los gestos, los besos, los detalles. Cuando yo era un niño mamá me subía la cremallera del abrigo en invierno antes de salir a la calle, esta mañana era yo quien se la subía a ella, mi padre lo hace todos los días.

El amor de verdad, ese que se manifiesta como pareja, como amigo, como padre, como hermano, como compañero de trabajo, es algo físico, escapa y se derrama como leche hirviendo sobre las palabras, sobre todos los poemas y canciones que durante siglos han querido mirarlo de cerca como si pudiese estar quieto e inmóvil alguna vez en alguna parte.

Nada está quieto e inmóvil nunca en ninguna parte. Ni siquiera las viejas fotografías y su testimonio conmovedor. A veces soy yo quien las mira al lado de mi madre. Después de tantas tardes casi me sé de memoria todas las imágenes, pero ella no, y ella es la que nos importa a todos quienes la amamos, y somos muchos porque mi familia es amplia: cuatro hijos, nuestras parejas, diez nietos y nietas, novias y novios. Cuando mi madre o mi padre ríen, y me da igual el motivo, mis pulmones o, lo que es lo mismo, mi alma, se ensancha y disfruta con felicidad del presente como ninguna literatura podría expresarlo. Este es el tesoro de estos días.

Espejo en el espejo

La noche convierte el cristal de la puerta corrediza de la terraza en un espejo. Allí los libros en las estanterías están ordenados al revés y yo soy la copia inversa de alguien tecleando en un ordenador inclinado sobre una mesa baja de color blanco. Sólo unas pocas ventanas todavía encendidas en los edificios lejanos, al otro lado del colegio infantil oculto por la oscuridad, rompen el hechizo: mañana es un día festivo y la mayoría de mis conciudadanos no tendrá que madrugar. Yo tampoco. Nosotros tampoco: el que escribe aquí, el que escribe allí.


lunes, 6 de diciembre de 2021

viernes, 3 de diciembre de 2021

Cavatina

No vuelvo de la guerra. No entro en la ciudad con el uniforme de gala y las medallas, más delgado pero más fuerte que cuando me fui. No hay luces de Navidad ni ventanas encendidas en los edificios. No camino más despacio de lo normal, no tengo miedo, no tiemblo de arriba abajo al acercarme a la puerta de la casa. No temo el jubiloso recibimiento que me espera, no siento pánico del futuro que no merezco, no me rodean los camaradas muertos que me animan y ríen, no sé que ya nunca nada será igual.

martes, 30 de noviembre de 2021

Brújula

Todo está bien, me digo a mí mismo una y otra vez a lo largo de los días. Cuando llueve, cuando una niebla tan suave que ni siquiera merecería llamarse así borra ligeramente las vistas desde la ventana de la cocina. Todo está bien, pienso cuando vuelvo del trabajo bajo el cielo, entre edificios y coches aparcados en las aceras. Nada tiene importancia salvo, tal vez, esta curiosidad viva, efímera, sincera y sin dirección de ningún tipo. No hay brújula porque no existe norte alguno. Todo está bien mientras me quede a ti y a mí algo, un último suspiro o el primero de todos los demás. No hay mucho más que hablar sobre esto.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Telón

Comprendo que lo más inexplicable de la muerte es la desaparición, la extinción de todos los planes y deseos; la repentina ausencia de presencia y olor y ser y estar.

Un ser humano murió dándome la mano. Fue una experiencia que me enriqueció más de lo que nunca hubiera podido imaginar. Él estaba muy enfermo, y mientras sus funciones vitales cesaban poco a poco, aparentemente ajenas a su piadosa inconsciencia, sentí piedad, sentí comunión, asombro y una tristeza que no se parecía exactamente a la tristeza.

Hubo un instante en el que, mientras le hablaba, sentí claramente que dejaba de existir, que su corazón ya no bombeaba sangre ni los pulmones respiraban y de pronto, suavemente, ya no estaba allí. Eso fue todo. Creo que siempre eso es todo.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Hopper

Conduciendo a través de la noche todas las gasolineras parecen cuadros de Hopper. Al final de la carretera, a la izquierda del paisaje en sombras, las nubes reflejan un tenue brillo rojizo. Este es mi planeta. Los kilómetros se deslizan bajo las inmóviles ruedas del coche y la luz de los faros.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Soy el tonto que camina

Soy el tonto que camina por la linde del campo y, cuando esta termina, sigue caminando y pisa la tierra húmeda de los maizales ya cosechados, y luego el suelo calcáreo donde crecen las encinas carrascas; soy el tonto que cruza la estrecha carretera asfaltada de la Confederación Hidrográfica del Ebro junto al canal seco y, después, continúa caminando bajo las nubes en dirección a las montañas donde ayer comenzó a nevar, lejanas y cercanas al mismo tiempo, sensatas y absurdas como la nieve, sensatas y absurdas como yo, que no sé nada de nada.

Ciencia ficción IV

Suena el despertador. Me asomo a la ventana de mi camarote y observo que cada día amanece un poco más pronto. El suelo está mojado y el cielo es gris. Mis neuronas comienzan a trabajar sin daños aparentes tras la efímera hibernación. El viaje continúa.


martes, 23 de noviembre de 2021

Balbucear

Llovía por la mañana cuando me dirigía al trabajo y llueve ahora, ya de noche, a la luz de las farolas en la acera. El río Vero ha aumentado su caudal. Hace tanto tiempo que no escribo que me siento balbucear como quien no ha hablado con otro ser humano durante años y casi ha olvidado cómo se hace.

Los días de Navidad se precipitan hacia nosotros sin piedad a medida que los empleados del ayuntamiento instalan las luces de colores subidos a sus grúas móviles. Odio la Navidad pero la celebraré junto a mis padres y mis hermanos, hijos y sobrinos después del año y medio de restricciones por culpa de la pandemia. A mi madre le gusta mucho y espero que la disfrute sin demasiadas confusiones. Poco a poco nos hemos acostumbrado a su enfermedad, que progresa poco a poco e inexorablemente. Es increíble a lo que podemos acostumbrarnos los humanos. Qué sabia frase aquella que rogaba que dios no nos dé todo lo que podemos soportar, todo lo que somos capaces de aceptar.

Continúa lloviendo mientras escribo estas primeras palabras después de tantos meses sin dejarme llevar por esta dulce marea. Odio la Navidad pero amo la lluvia.

lunes, 31 de mayo de 2021

Deslizamiento

Desde la cama, mientras me dejo deslizar hacia el sueño, escucho el croar de las ranas en el cercano río Vero cuyo caudal, frente a mi edificio, no supera los dos palmos de profundidad. Las ranas croan sin descanso, una y otra vez. Pienso en la posibilidad de levantarme y cerrar la ventana, pero hace calor y quiero seguir deslizándome como el río y el instinto primitivo de las ranas inasequibles a la teoría de la relatividad, a mis intenciones personales, a la presencia de nuestra especie en el mundo.

domingo, 25 de abril de 2021

En medio del bosque

La noche avanza. Nunca deja de hacerlo. Lo hacía antes de mí y lo seguirá haciendo después de mí y mis descendencientes, si llegaran a existir; durante miles de millones de años, si llegaran a existir. Todo está bien. Los volcanes lanzan al cielo lo que la superficie oculta, los polos se funden poco a poco y las cosas cambian. Nadie de entre quienes vivimos ahora estamos fuera de la existencia actual, de la realidad evidente. Somos, como mínimo, testigos. Sé que es increíble. Debo articular, para entenderlo, que es normal. Todo está bien. Trato de comprender y explorar y dibujar un mapa de migas de pan. La noche avanza. Estoy tan cansado. Cerraré los ojos quieto en medio del bosque, como si estuviera soñando.

martes, 20 de abril de 2021

Sin título

Me ha parecido escuchar cuernos de guerra al otro lado del río y la Avenida de la Estación. La noche es oscura. El río podría cruzarlo un niño de cinco años.

jueves, 8 de abril de 2021

Amor

Yo, cuando pienso, hablo o escribo del amor, no pienso en el amor romántico o sexual de una pareja; no pienso en el de una familia: el de los padres hacia los hijos o el de los hijos hacia los padres; ni siquiera pienso en el amor entre amigos, uno de los más verdaderos en mi opinión. Yo, cuando pienso en el amor, pienso en uno que excede mi cuerpo, mi casa y esta pequeña ciudad, un amor que ni siquiera contiene solamente seres humanos sino también animales, paisajes, carreteras, territorios desérticos, bosques primitivos, laderas de nieve. Entre un beso profundo en la boca de mi compañera desde hace tantos años y el tacto en el arco de mi pie desnudo sobre un guijarro de río cerca de la frontera de Francia, más allá de Bielsa, no encuentro ninguna distancia. Porque el amor es vida: las olas del mar rompiendo contra tus piernas en la playa un día gris, el sonido de la lluvia sobre el paraguas, la luz del sol paseando por la calle, el asombro ante las amapolas en un sembrado de cereal, un escarabajo negro cruzando lentamente tu camino, la luna llena en una noche sin nubes, el campo de nubes bajo las alas de un avión, las semillas de un diente de león volando como diminutos paracaídas al soplar sobre su delicada flor redonda.

martes, 23 de marzo de 2021

Cruzados

Piensas que todo puede terminar en cualquier momento, y no sucede. Las cosas de siempre fluyen un día tras otro, y eso significa que vivimos, que estamos vivos, que la muerte todavía no ha aparecido en escena. En el alto cielo azul los escasos aviones de pasajeros dibujan su recta línea blanca de combustible consumido. Me siento al otro lado de mi mesa de trabajo, al otro lado de la mampara de metacrilato que me distancia de las personas, y desfilan rostros de todas las edades y sexos ocultos por mascarillas como la que oculta mi aspecto. De pronto, desde el año pasado, los ojos se han convertido en lo que fueron siempre: hermosas ventanas al interior de nuestros pensamientos, nuestros miedos, nuestras preguntas. Todas las mujeres, independientemente de su edad, son bellas tras la mascarilla, y también ellos. Han venido desde las altas montañas donde cultivan la tierra y crían hermosos terneros; han venido desde el Somontano y sus viñedos, almendros, olivos, cebada, alfalfa, colza; lugares donde fluye el agua y los pastos comienzan a crecer alimentados por el deshielo de la nieve. Al irse suben a sus coches cuatro por cuatro y regresan a sus comarcas de nombres medievales: Sobrarbe, Ribagorza. Yo, al observarles mientras les informo y ayudo lo mejor que puedo, pienso en desiertos y austeras fortalezas templarias. Esas mascarillas los convierten durante un instante en cruzados en Siria y Jerusalén, asesinos y víctimas, sudor y sangre. No puedo evitarlo. En esos ojos sobre la máscarilla veo todo eso y mucho más, su regreso a través del mar, las pesadillas.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Nadadores

Hoy estoy tan absolutamente agotado que me costará dormir, lo sé. Pero en el fondo todos sabemos que estos detalles dan igual porque mañana sonará el despertador y me pondré en marcha otra vez. Mi vida se cruzará con la de decenas de otras personas en momentos especiales de sus vidas, y por eso un poco de la mía se mezclará con las suyas porque no lo puedo evitar. Sigue lloviendo polvo del Sáhara sobre los coches aparcados en la calle mientras vivimos como si algo así no fuese extraordinario, algo poco menos que increíble, un suceso mágico. Pero qué no es mágico. Mi corazón palpita en su nido tras mis costillas. Respiro cada varios segundos. Llueve arena del Sáhara. Durante la noche no canta ningún pájaro. El tiempo cae a través de un agujero negro, cae en silencio sin posibilidad de retroceder, cae esta aventura nuestra tan extraña, tan rara, tan imposible de comprender, esta experiencia sin sentido alguno. Voy a intentar dormir porque mañana me espera un día duro que requerirá de toda mi posible inteligencia, de todo mi probable entusiasmo, de toda mi vocación de servir a los demás. Buenas noches, hermanas y hermanos, lo daré todo por ayudaros. Me pagan por algo que quiero hacer, y me conformo. Si vuelve a llover arena del Sáhara pensad que ha llovido polvo de cocodrilos extinguidos, rebaños de cebras que ya no pastan allí, jirafas, rinocerontes, nadadores en lagos plenos de agua pintados en cuevas del desierto. Todo cambia y todo está unido por un hilo invisible que yo siento en mi corazón. Buenas noches.

domingo, 28 de febrero de 2021

Caballos

Último día de febrero, que es como decir último día de algo que no se sabe bien si es el último o no. Fue gris. Fui feliz -el año de pandemia mundial ha rebajado ampliamente los requisitos para cumplir esa definición. No he salido de casa desde el viernes ni me he duchado, me miro en el espejo y veo a algo parecido a un vagabundo de primera clase. Hoy cociné mucho: lomo a la aragonesa, pastel de brócoli con patatas y migas de bacalao al horno, lentejas, salmón al horno, empanadillas caseras. Ahora es de noche y me voy a acostar. Leeré un rato (El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu, está bien pero no para echar cohetes). Me debo amor a mí mismo, porque lo merezco. No el amor de los demás, que lo tengo en abundancia y me hace muy feliz, sino el mío propio. Este siempre lo he echado de menos. No me quiero como debería. Quiero quererme pero es complicado: conozco todos mis pecados, todos mis errores, todas mi adicciones. Si yo fuera otro me querría como quiero a mis amigos de quienes también conozco todas esas cosas, pero soy yo. Qué injusto. Cerraré los ojos. Hoy quiero soñar con caballos.

martes, 23 de febrero de 2021

Un silencio absolutamente perfecto

He apagado la música y de pronto ha aparecido el acúfeno que me acompaña desde hace muchos años, aunque eso sea el silencio para mí. Una vez leí que era el sonido de mi cerebro, un sonido que en las personas sanas el oído filtra convenientemente, pero no en mi caso. Pienso en el espacio exterior, hay multitud de páginas web que registran su sonido. Todo suena, incluso el vacío estelar. Zumbidos, crujidos, graves sostenidos a través de millones de años luz. Mi viejo acúfeno ya forma parte de mí. Pensé que nunca lo aceptaría, a pesar de lo que me decía mi doctora, pero ella sabía que lo haría: ahora forma parte de mí, soy yo. Dejaré de oírlo cuando muera. Despertaré entonces a un silencio absolutamente perfecto.

martes, 2 de febrero de 2021

Banquisa

Cada mañana atravieso caminando el patio colectivo del bloque de apartamentos donde vivo. Es un patio lo suficientemente grande como para ver el cielo, es tan grande que hay columpios para los niños y bancos y maceteros desaprovechados con tristes proyectos de plantas muertas. La noche se mezcla con el día y camino como si me dirigiese a una pirámide inexplorada. Un avión de pasajeros deja su silenciosa huella blanca en la lejanía de las nubes más altas. Algunos kilómetros más allá está el espacio donde la gravedad no existe y nuestros hermanos y hermanas flotan en el frágil interior de la estación espacial. La superficie de los coches aparcados en la acera de la calle Antonio Machado son una delicada copia de la banquisa de la Antártida. Camino cuesta arriba disfrutando del frío en mi rostro. Llevo un plátano de Canarias en el bolsillo izquierdo de mi abrigo.

sábado, 16 de enero de 2021

El último

La nieve se ha ido derritiendo muy, muy despacio debido al frío de estos días. El frío me hace feliz. Por la noche abro la ventana del dormitorio y duermo a temperaturas bajo cero en mi cálida silueta bajo la funda nórdica de color blanco. Eso me gusta, como me gustan tantas cosas que están a mi alcance.

Aunque todo está a nuestro alcance y, al mismo tiempo, a millones de kilómetros de distancia; a millones de años luz y a milímetros. Tú y yo lo sabemos. La vida es algo muy extraño, muy raro. Que yo esté escribiendo esto. Que tú me leas. Que nuestro planeta gire alrededor del sol mientras la especie a la que pertenecemos lo destruye a una velocidad nunca imaginada.

Pero la belleza inútil permanece. Pienso en el último neanderthal en Gibraltar, frente al mar. Su grupo fue muriendo y hace mucho tiempo que las reuniones de clanes desaparecieron porque ya no aparecía nadie. No recuerda la última vez que vio a alguien como él, pero sabe que seguramente más al norte los habrá a cientos, a miles, como sucedió en el pasado.

El mar golpea en las rocas. En los días claros puede contemplar el atisbo de una tierra lejana donde muere el horizonte. Las olas cubiertas de espuma vienen y se van como lo hicieron y lo harán siempre.

Cierra los ojos y, mientras muere, vienen todos a recibirle: padres, hermanos, hermanas, hijas, hijos, nietos; leones, hienas, rinocerontes, bisontes, conejos, mejillones, el hambre. Dormir tranquilamente al fin, mecido por la inútil belleza del mar azul y las nubes blancas en el cielo, tan blancas.

viernes, 15 de enero de 2021

Campañas

Hoy no fue un día normal. Hoy tampoco. Debo enfrentarme a un monstruo que habita dentro de mí. Lo hice en el pasado y en algunas campañas fui yo el vencedor. Pero siempre regresa, no se rinde, sólo espera su ocasión. Hoy, sin que nadie me viese, ni siquiera la persona más cercana a mí, he llorado cinco o seis veces, ocultándome. Tengo que volver a luchar aunque a menudo siento que me faltan las fuerzas. Voy a acostarme. Cuando duermo duerme también el monstruo y la guerra cesa hasta el amanecer. Estoy tan cansado.

domingo, 10 de enero de 2021

Mirando sonrientes desde las ventanas

La vida, como la nieve, como la muerte, sucede sin esfuerzo, cae y se disuelve sin que nada podamos hacer mirando sonrientes desde las ventanas. Siempre fue así.

martes, 5 de enero de 2021

La vida natural

Hoy es cinco de enero del año dos mil veintiuno, las temperaturas en España han caído considerablemente y se anuncian nevadas abundantes incluso en lugares donde casi nunca nieva. Tras despedirnos de nuestra hija que viajaba de vuelta a Noruega hemos conducido desde Zaragoza hasta Barbastro y todo era igual que siempre, como si todos los días de mi mundo fuesen el mismo día, todos los paisajes el mismo, el cielo azul cubierto de nubes a kilómetros de altitud el mismo, yo y mi mujer a mi lado en el coche corrigiendo trabajos de Lengua y Literatura los mismos, la vida entera la misma. Yo, en estos primeros días del nuevo año, no me siento en absoluto diferente al que era en las postrimerías del año que ya no existe en presente; tengo y siento los mismos defectos y las mismas virtudes. Soy el mismo y, lo más importante: siento que el mundo es exactamente igual que hace una o dos semanas. Y no quiero referirme a la pandemia mundial que asola el mundo y, tú y yo lo sabemos, un día se apagará como los incendios forestales. Me refiero a otra cosa que siento en las tripas, algo que siempre ha existido y existirá. La vida natural, la existencia real y simple y probablemente aburrida, el decurso de los acontecimientos humanos, casi siempre comunes, casi siempre antiguos, fluye sin cambios ni celebraciones ni calendarios. Y este pensamiento no es algo que me incomode sino que me consuela, me conmueve. Disuelve expectativas, disuelve toneladas de peso invisible en mis espaldas. Somos eslabones anónimos en una cadena, pasajeros de vuelos comerciales sobrevolando el mar del norte y sus plataformas petrolíferas bajo las estrellas de la noche, durmiendo.