jueves, 31 de octubre de 2019

Treinta y uno de octubre

Suena el timbre de la puerta de casa. Al otro lado un grupo de niños, entre ellos una alumna de Maite que vive en nuestro bloque de apartamentos. ¡TRUCO O TRATO! Mi compañera, que ya se lo esperaba, había comprado chucherías y se las da. ¡Te queremos, Maite! Me asomo en el salón con mi aspecto cavernario y todos me saludan con la mano. Ablandan mi cascarrabias corazón.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Treinta de octubre

Ayer por la tarde vino una chica de Binaced junto a un refugiado de Camerún para arreglar algunas cosas. Yo sabía que todos los jóvenes de Binaced estudiaron en Binéfar, donde Maite dio clase. Le dije: "Soy el marido de Maite Puértolas". Su reacción fue tan bonita que me da pudor contarla.

Esta mañana ambas se han puesto en contacto. Voy a decir algo: Maite, como las buenas profesoras, dejó una huella profunda. Me siento tan orgulloso de ella, porque no es la primera vez que me sucede algo semejante. Una buena profesora puede marcarte de por vida, y sé que Maite es de esas. Si supiera lo que estoy escribiendo vendría corriendo a intentar evitar que lo publicase. No podrá. No sabe lo que estoy haciendo en este preciso instante.

El amor también es admiración, respeto, asombro. Lo escribo yo, que llevo con ella desde los diecinueve años y tenemos cincuenta y seis. Es tan maravilloso saber que convives con alguien así.

martes, 29 de octubre de 2019

Veintinueve de octubre

He salido de trabajar a las siete de la tarde pero la luz era la de las ocho de la semana pasada. No sé de quién dependen estos cambios horarios ni si son realmente útiles para ahorrar energía, pero a las siete horas la noche cubría Barbastro como si fuesen las diez o las once. Sé también que cuando he salido estaba reventado, mi cráneo rebosante de voces, rostros, miradas, preguntas, expectativas, miedos, alegría y tristeza.

Antes de regresar a casa he ido a comprar exactamente dos cosas: papel de cocina y arroz integral. Hoy ha sido un día duro, como ayer, con algunas situaciones difíciles de aceptar. Otra vez una mujer mucho más joven que yo ha llorado frente a mí y al darle la mano he sentido todo su dolor en mi alma, atravesándome de arriba abajo. Año tras año, en vez de hacerme más fuerte, me siento más desnudo frente al sufrimiento de los demás. Tal vez ya no sirvo para este trabajo, pero es el que me gusta. No sé. Son rachas. Hay semanas y meses en los que no me veo sometido a estas realidades. Ahora han coincidido dos seguidas. Respiro hondo. No pasa nada. Debo concentrarme en ayudar y eso es todo.

Tal vez muera esta noche o dentro de diez minutos, o, como la madre de otra usuaria que he atendido hoy, a los ciento tres años (yo no apostaría por eso), pero quiero escribir del mejor modo que sepa lo siguiente: la naturaleza humana es tan fuerte como delicada, tan optimista como sensible a la lluvia; somos algo que no puedo dejar de mirar como es imposible no contemplar el fuego de una chimenea, ese baile de luz aparentemente ajeno a la vida.

lunes, 28 de octubre de 2019

Veintiocho de octubre

Querer y ser querido. Siempre he pensado que eso justificaba una vida. A pesar de que ayer tu marido de treinta y seis años muriese de un infarto de miocardio súbito frente a ti y sus hijos pequeños, entre catorce y cuatro años.

No ha sido una reacción profesional, pero se me han escapado unas lágrimas junto a la joven viuda destrozada y su prima, que, oportunamente, hacía de secretaria dura, tragando saliva a cada segundo. Pero cómo lloraba la viuda. La conocía de Barbastro. Aquí todos nos conocemos más o menos. Hoy me ha tocado asistir, como otras veces, a la pena infinita de ver cómo un futuro se truncaba de improviso.

Hace mucho rato que es de noche. Las lluvias pasadas se llevaron las algas putrefactas del río que corre frente a mi casa y ahora el agua fluye transparente y limpia. Nuestro edificio gira lentamente, tan lentamente que no nos damos cuenta, hacia el amanecer que aparecerá por el este. Vive. Carpe diem. Duerme y despierta. En realidad nada importa en serio. Amar y ser amado. Siquiera una vez.

domingo, 27 de octubre de 2019

Veintisiete de octubre

Yo soy muy sensible a los cambios horarios. Todo mi cuerpo sabe que ahora son las siete y veinte, no las seis y veinte. Me costará algunos días, muchos días, acostumbrarme. Es lo que le pasa a todo el mundo, por otra parte. Imagino.

Todavía siento los efectos de la comilona de ayer. Y lo mejor es que en el frigorífico me esperan restos guardados en sus correspondientes tupperware (caldereta y caracoles). Debí engordar dos kilos.

La comida familiar se celebraba por los cumpleaños de mi padre y mi hermano Carlos, ambos en octubre, ochenta y tres y cincuenta años respectivamente (aunque aparentan setenta y cuarenta, los cabrones). Pero todos tuvimos regalo. Mi hermana Susana y nuestro querido cuñado nos regalaron a todos unas camisetas maravillosas. (A mí por otro lado mi cuñada Ana me regaló una taza muy especial que guardaré con mucho cariño). Echamos de menos a nuestros dos hijos, uno en el estrecho de Magallanes, otra volando a Bergen, pero ya somos tantas personas que resulta difícil congregar a todos. Aunque salvo ellos y la novia de nuestro sobrino Javi, un pedazo de pan de casi dos metros de altura, estuvimos todos, incluso Patricia y Marta vinieron desde Briones, en La Rioja.

Y mañana lunes. Y después martes, Y miércoles. Pero esta camiseta mítica la tenemos todos, incluso mis padres, los abuelos, y sus nietos, mis sobrinos, y sus parejas, todos. Y es maravillosa.  Gustavo, Susana, gracias. Tenemos un apellido especial porque somos especiales. ¡Garrote!

De izquierda a derecha: cincuenta y ochenta y tres años.

Carlos Miramón mi hermano y Jesús Miramón mi papá.

Todos hemos recibido una camiseta tan maravillosa como esa.

Mi esperanza reside en que comparto sus genes,
aunque no su maravilloso aspecto.

sábado, 26 de octubre de 2019

Veintiséis de octubre

Conduciendo al anochecer entre Barbastro y Zaragoza nos acompañaba Venus en el cielo. La primera y la última luz en cielo. El lucero del alba y del atardecer. Al salir de la autovía durante el tramo de Huesca ha pasado de estar a mi izquierda a brillar frente a mí ligeramente en la esquina del parabrisas. Venus. El segundo planeta más cercano al sol. No una estrella, no una fuente de energía atómica sino un planeta más o menos como el nuestro, rocoso, sólido. Veía el reflejo de la luz de nuestra estrella en su superficie, no su inexistente radiación. Estas cosas me colocan en mi sitio.

Maite, que está muy acatarrada, dormía en el asiento de al lado. Poco a poco, kilómetro a kilómetro, la noche se apropiaba del mundo. He pensado en nuestro hijo en Chile, en su jet lag; he pensado en nuestra hija en Alicante, que mañana volará a su pequeño apartamento en Bergen, en Noruega. La vida, a nada que te alejas metro y medio, es tan rara. Aunque lo que es importante saber es que, suceda lo suceda, lo hace en un planeta tan real como Venus, que brillaba en la noche mientras los faros de nuestra querida y vieja Picasso iluminaban la carretera. Quién sabe, tal vez la Tierra brilla lejana en la mirada de alguien o algo, muy lejos.

viernes, 25 de octubre de 2019

Veinticinco de octubre

Las calles se convierten en senderos, los arbolillos enjaulados en pequeños bosques domesticados. Han derribado el edificio de la calle Antonio Machado, el viejo edificio donde crecía un níspero. Era un solar codiciado. Ahora se ven paredes de papel de colores y ventanas ciegas. Paso a su lado varias veces al día. Demoliendo el edificio trabaja Kinda, un viejo amigo. Más allá el río al fin se parece a un río de verdad gracias a las lluvias de los últimos días. Yo soy alguien que observa y toma nota. No me importa el fracaso porque hay personas que me aman de verdad.

jueves, 24 de octubre de 2019

Veinticuatro de de octubre

Esta mañana a las seis de la mañana he llevado a Lérida a Carlos Miramón, mi hijo de veintidós años, para que desde allí tomara un tren a Barcelona y desde allí pudiera despegar rumbo a Chile donde Raquel, su novia, está haciendo las prácticas de enfermería.

En este mismo instante vuela sobre el océano. Quince horas de viaje. Hace cuatro días era mi hija aterrizando en Barcelona desde Noruega. Al final fue una riada antes de llegar a Cambrils, en Tarragona, la que le hizo llegar a Alicante, donde se celebraba el Congreso, a las tres de la madrugada.

Es curioso cómo funcionan las cosas. Yo las contemplo y tomo nota, dibujo. Amo, me sorprendo, vuelvo a sorprenderme y amar y observar con toda atención. Si vivir no sirviera para esto, ¿qué sentido tendría?

miércoles, 23 de octubre de 2019

Veintitrés de octubre

Al colgar el teléfono
he roto a llorar.
Ha durado poco.
Me enseñaron a
no hacerlo. El final ha sido
un respirar entrecortado
y después nada.

Sólo esa sensación
de desamparo.

martes, 22 de octubre de 2019

Veintidós de octubre

Ha llovido durante todo el día y, espera, voy a mirar por la ventana: sí, sigue lloviendo a estas horas. Puedo visualizarla en la luz de la farola. Amo la lluvia, no tanto como a la nieve, tan escasa, pero casi. Amo la lluvia tanto como odio el calor, que tanto dura y más durará todavía en el futuro de este hemisferio.

De pronto pienso, no sé por qué, en las pequeñas ermitas románicas que he tenido la oportunidad de visitar durante mi vida. Me gustan mucho. Las piedras solares gastadas por millones de pasos, los siglos atravesándolas sin destruirlas del todo.

Viajamos en el tiempo sin darnos cuenta de que la nave somos nosotros.

lunes, 21 de octubre de 2019

Veintiuno de octubre

He comenzado a pensar en lo que cocinaré para mi familia en nochebuena y navidad. La navidad en sí me da igual, pero me gusta hacer felices, siquiera a través del estómago, a algunas de las personas que más quiero en el mundo. Tengo ideas que no desvelaré salvo cuando llegue el momento. Debo jugar entre la tradición y lo que me gustaría hacer sabiendo que no les gustaría a todos, así que me quedo con la primera. Pero. Ya veremos.

La noche llegó hace ya un buen rato. Dentro de un rato me acostaré, cerraré los ojos y despertaré en otro lugar. Moriré pensando en estas cosas. Tal vez esa sea la religión verdadera: la imaginación.

Impulsado por ella me impulso hacia el cielo, atravesando los apartamentos que hay encima de mí, viendo a la gente cenar, ducharse, cocinando, y atravieso el espacio frío, las nubes a kilómetros de altura, la delgada línea que protege nuestro mundo del espacio donde no podemos vivir con nuestros pulmones, nuestro corazón y nuestro cerebro. Pero como lo estoy imaginando floto allí y miro hacia mi hogar. Azul. Mágico. Nada puede decirse que no haya sido dicho antes.

No existe nada nuevo bajo el sol. Nada puede decirse que no haya sido dicho antes aunque el asombro sea de dimensiones mayores que la primera vez. Sucede en este cuaderno de bitácora. Cuántas veces habré repetido lo mismo, en invierno, en primavera, en verano, en otoño, antes de cocinar en mi casa para la navidad. Todo lo he repetido y repetiré. Poemas, frases, pensamientos. Yo lo sé. Tú lo sabes. Pero cuando los barcos dan la vuelta al mundo una y otra vez es lo que suele suceder. Cada vez existen menos tribus caníbales, menos ballenas blancas dispuestas a hundir nuestra nave, menos paraísos vírgenes expuestos a nuestros inconscientes desmanes.

Cada palabra que escribo sé que la he escrito antes, también frases, también párrafos. Poemas también. No me torturaré por ello. La noche se acerca. Ojalá Morfeo te bendiga con siete horas seguidas de muerte y mañana la rosada aurora te resucite y acompañe lejos del puerto, las velas henchidas de viento favorable, rumbo a tu mejor destino.

domingo, 20 de octubre de 2019

Veinte de octubre

Cada domingo es un treinta
y uno de diciembre.
Cada minuto termina en
el segundo número sesenta.

Y nada se detiene.

sábado, 19 de octubre de 2019

Diecinueve de octubre

Día de absoluto relax. Hemos ido a comprar a un centro comercial y, como quería cocinar un plato de abuela (calamares encebollados) hemos terminado comiendo a las cuatro y media de la tarde. Cuando nuestra hija viene a casa duerme lo que quiere y, como está tan delgada, intento engordarla un poco. Ayer por la noche cociné tortilla de patatas con cebolla, hoy calamares encebollados con una buena ensalada de tomate rosa de Barbastro, y para cenar truchas a la navarra con bacon hechas al horno y patatas fritas al estilo del yayo Antonio, su abuelo materno: poco aceite, muchas patatas y tiempo y sal. Ahora la tengo aquí al lado jugando con la Game Boy que le pusieron los reyes magos hace un montón de años. ¡Todavía funciona! Maite se ha dormido en la tumbona. Dentro de un rato todos dormiremos como troncos. Están pasando muchas cosas en Cataluña, en Siria, en el mundo entero, pero ahora mismo este es mi mundo: Paula juega a mi lado con su Game Boy de cuando era una niña pequeña y mi compañera duerme. Yo escribo mientras me tomo un whisky con hielo. Pronto me acostaré. Mañana será otro día.

viernes, 18 de octubre de 2019

Dieciocho de octubre

Paula ha alcanzado a tiempo el tren corriendo como una loca, los servicios mínimos de los cercanías que comunican el aeropuerto del Prat con la estación de Sants le han hecho llegar más tarde de lo esperado, pero cinco minutos antes de que el tren se pusiera en marcha ha logrado sentarse en su asiento. Ahora duerme en su habitación. Estamos contentos. Estoy contento por haberla podido abrazar y besar.

Pero estoy triste, sigo estando triste, por lo que está pasando en Barcelona. Y sí, sé que en en muchas poblaciones y barrios y lugares de Cataluña no está pasando absolutamente nada. Pero sí están pasando cosas. Las cuatro gatas y gatos que me leéis ya sabéis lo que pienso sobre el nacionalismo y sobre Cataluña.

Todos estamos bien aquí en Aragón, en Zaragoza, también en Barbastro. No soy pacifista, soy una persona pacífica, pero se me ocurren más de dos o tres razones por las que me volvería loco. El nacionalismo nunca será una de ellas. Para mí no. Bona nit.

jueves, 17 de octubre de 2019

Diecisiete de octubre

Suena el despertador del móvil. Le doy al botón que hace que suene más tarde. Escucho a Maite rondar por la casa. Me da igual. Yo quiero dormir un poco más. Finalmente, a la segunda llamada, me levanto de mala gana de la cama. Me miro en el espejo antes de mear. Mi cabello son tres explosiones de la primera guerra mundial. Le doy un beso en la boca a mi compañera desde los diecinueve años, que lleva horas despierta porque ella es así. Me siento en el retrete con el ordenador sobre el bidé que, maravillosamente, está frente a mí. Leo las últimas noticias, vacío mi colon con gran placer mientras las leo, luego pulso el botón, me lavo las manos y comienzo a preparar mi capuchino de cada día. Mientras la cafetera hace su faena me ducho porque no me gustan las bebidas calientes. Después de secarme coloco una rodaja de pan integral del día anterior en la tostadora eléctrica. Me visto. Mojo la tostada con aceite en el capuchino... Oh, no hay mayor placer. me limpio los dientes y salgo a la calle. El aire es fresco, vital, las nubes, a veces, flotan en el cielo a miles de kilómetros de altura.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Dieciséis de octubre

Nuestra hija Paula tiene un congreso en Alicante la semana que viene y, aprovechando la coyuntura, reservó un vuelo y un billete de tren a Zaragoza desde Barcelona pasado mañana, viernes, día de huelga general en medio de todo lo que está pasando. Le dijimos que, aunque perdiese el dinero, cambiase el billete de avión y fuese directamente a Alicante, que ya nos veríamos en Navidad, que el viernes probablemente no podría viajar. Desde Noruega las cosas se ven muy lejos y no nos ha hecho caso. Tiene veintiséis años, la hemos dejado por imposible (lo era con doce). Si no puede venir el viernes vendrá el sábado, y si no el domingo y nos veremos unas horas. No pasa nada.

Ya escribí ayer sobre la violencia. No tengo nada que añadir. Sólo una cosa: sigo amando a Cataluña. Su lengua, su paisaje, su gastronomía, mi mejor amigo es catalán. La amo tanto como odio el nacionalismo, cada vez más. El catalán, el español y el húngaro y el polaco y el ruso y el occidental. Mis ideales de adolescente siguen intactos y sigo pensando en un futuro federal y planetario. Vale, ya podéis dejar de reír a carcajadas. Lo sigo pensando, lo pensaré hasta mi muerte. Todos somos uno, sólo hay que visitar páginas de la NASA y visualizar imágenes de nuestro mundo para comprenderlo. Pero da igual. A mi edad he aprendido, hace ya muchos años, que nunca se convence de nada a nadie.

Hasta ayer estaba inquieto. Ya no. He decidido que ya no. Advertimos a nuestra hija. Se la va a jugar. Lo peor que puede pasar es que no aterrice en Barcelona o, al perder el billete del AVE a Zaragoza, tenga que pasar la noche en el aeropuerto o en la estación ferroviaria. Es una mujer hecha y derecha. No pasa nada.

Es increíble todo lo que está pasando en Cataluña pero no pasa nada. Me hierve la sangre pero no pasa nada. El monstruo que el nacionalismo ha alimentado durante todos estos años se ha despertado pero no pasa nada: pasa todo. Y lo que espero que no pase nunca.

martes, 15 de octubre de 2019

Quince de octubre

Me llamo Jesús Miramón, tengo cincuenta y seis años, y nunca me he pegado con nadie, jamás. No soy capaz de explicarlo, pero en situaciones en las que casi era inevitable siempre salió alguien en mi defensa, alguien que me conocía bien: primero mi hermano gemelo en el colegio, después, en el instituto, un amigo que se sabía casi de memoria el Juan Tenorio y le encantaba pelear a puñetazo limpio. Durante mi servicio militar un chico de Alfaro quiso pegarme pero yo le convencí, hablando, de que semejante posibilidad era algo absurdo, que yo desconocía su nombre y era ridículo que quisiera pegarme sin que él conociera el mío. Me llamó "fantasma" y se alejó sin saber muy bien qué hacer. Acabamos siendo amigos y adoptando una culebra de escalera que encontramos malherida en la pequeña balsa de agua del centro del polvorín de La Rioja donde fui destinado.

Y sí, así es como he llegado a esta provecta edad sin haberme pegado con nadie jamás. Mi hijo de veintidós años ya se ha pegado como dos o tres vidas mías, y ni se inmuta. No sé pegar pero creo que si se diera la situación sabría. Tampoco sabía follar y salió casi solo, mejor a la segunda que a la primera, y mejor a la décima que a la quinta. El instinto está ahí, y sé que podría pelear sin ninguna dignidad y acabar matando a alguien a mordiscos, a patadas, bestialmente. No por un accidente de tráfico, no porque mi vecino hace mucho ruido, no por una bandera ni, menos todavía, por una idea nacional. Sólo se me ocurre una circunstancia: que vinieran a por mi familia, que subieran la escalera frente a la puerta de mi casa dispuestos a violar y asesinar a los míos. Seguramente moriría en el primer segundo -ser un experto en películas bélicas no te convierte en un marine- pero pelearía sin reglas, desesperadamente, del modo más productivo posible.

Sé por qué escribo esto pero no lo quiero decir. Me duele demasiado. Casi puedo oler los incendios en Barcelona. No puedo comprender que personas adultas y formadas puedan haber sido abducidas por el nacionalismo y su paraíso. En los últimos años mi idea inicial que unificaba nacionalismo y religión se ha ido materializando frente a mis ojos y no soy capaz de comprenderlo. La violencia ha comenzado. Es obscena, íntima. Incendian contenedores y aplauden a los bomberos que acuden a apagarlos. Es la distopía, el absurdo absoluto. Es, en mi opinión, la ausencia total de la inteligencia sustituida por un instinto que sale de nuestra casa, pierde el rumbo, y acabará incendiando el primer piso de otra casa donde tal vez colgaba nuestra bandera.

Me llamo Jesús Miramón, tengo cincuenta y seis años y nunca me he pegado con nadie. Jamás. Y al final he dicho, como siempre, lo que no quería decir. Pero sufro cuando contemplo la violencia. Es como observar a través de una cerradura algo que no deberíamos haber visto nunca.

lunes, 14 de octubre de 2019

Catorce de octubre

Los truenos son tan constantes precipitándose unos sobre los otros sin que quepa un mínimo silencio, al tiempo que la lluvia, empujada violentamente por el viento, golpea de manera oblicua las ventanas y los muros de mi edificio, que puedo comprender perfectamente que nuestros antepasados creyesen firmemente, empujados por el miedo, siempre por el miedo, en dioses de los cielos y las altas montañas.

Incluso a mí, un ser humano habitante del siglo veintiuno, presuntamente racional, ateo aunque sensible a lo que me rodea, me alcanza esa tentación: oh, tormenta, deja de rugir como un lobo gigante porque das miedo, es verdad, pero, por favor, no dejes de llover, llueve aunque sea horizontalmente, pero llueve. En este hemisferio mi especie hace muchos siglos que aprendió a construir cuevas artificiales resistentes -a veces más, a veces menos, a veces inútiles- frente a tu ira, pero llueve.

Escucho ahora mismo que te alejas después de unas horas. Los millones de pianos desplomándose sobre las rocas viajan hacia el este junto a su cohorte de fuegos brillantes. Pero no te vayas del todo, déjanos un poco de lluvia, unas horas de lluvia, yo te lo imploro y, como sacrificio, procederé a consumir un vaso de bourbon con hielo que beberé en tu nombre antes de cenar.

domingo, 13 de octubre de 2019

Trece de octubre

Sé indiferente frente a lo que tú le eres indiferente. A la enfermedad, a la naturaleza, a quienes no les importas un pimiento, a lo que no está en tu mano controlar, a la inmensidad de lo que desconoces y te desconoce. Responde con la misma moneda pues morirás igualmente, más tarde o más temprano. Y a quien o qué le eres indiferente le sucederá lo mismo, sea mundano o cósmico.

La indiferencia puede convertirse en algo posible de sentir y hacer, un modo de retar al mundo sin rendirnos, aunque yo todavía no haya encontrado la manera. Persevero en ello. Es una filosofía antigua, la ataraxia, el estoicismo. Aunque yo le añado un poco más de acción, no demasiada, lo que cuesta escribir.

sábado, 12 de octubre de 2019

Doce de octubre

Dicen que lloverá. Yo recuerdo cuando en Zaragoza, durante las fiestas del Pilar, en mi juventud, hacía frío. Esta mañana, paseando junto al canal cerca de Barbastro, espantábamos los insectos a nuestro alrededor y sudábamos. De acuerdo, es cierto, lo sabemos: el cambio climático ya está aquí. Fin de la nota.

Mi próxima intención es dejar de señalar algo tan evidente para centrarme en la vida. Durante el paseo había abundancia de cuervos y tres o cuatro lagartijas han huido a nuestro paso. Sobre nuestras cabezas inmensos cumulonimbus a miles de kilómetros de altura flotaban en ese cielo azul que nuestra hija tanto echa de menos en Noruega. Porque ningún azul es igual a otro como ninguna palabra, incluso la misma, es igual a sí misma pues depende de las que la preceden y las que aparecen a continuación.

Me centro en la absoluta confianza de que quienes vivimos en desiertos y en el ártico sobreviviremos al cambio climático como sobrevivieron nuestros antepasados a las glaciaciones y los cambios climáticos, entonces sólo naturales, que acontecieron en nuestro planeta. No soy capaz de augurar el precio que pagaremos, tanto en vidas como en sufrimiento, pero sobreviviremos y aprenderemos la lección.

Y bueno, lo que queda claro es que en un sólo texto puede afirmarse algo y a la vez negarlo. Escribí hace segundos o minutos que dejaría de señalar algo tan evidente como el cambio climático para terminar hablando nuevamente de ello. Soy así. No os fiéis nunca de mis intenciones. De mí creo que sí podéis hacerlo, soy, en términos generales, una buena persona: ¿pero de mis intenciones o propósitos? No sabría decirlo.

viernes, 11 de octubre de 2019

Once de octubre

He salido del trabajo a las tres menos cuarto saltando las breves escaleras, corriendo y bailando por la acera mientras cantaba una bella canción frente a los (falsos) rostros asombrados de los viandantes.

No es verdad. Es viernes y estaba muy contento de tal dato pero no es verdad. Ojalá poder elegir a veces vivir en un musical. Ojalá poder elegir en qué tipo de género vivir según nuestras necesidades: modo tragedia existencial (no hace falta mucho esfuerzo); modo comedia inteligente (pereza), modo comedia idiota (la mejor); modo película erótica (oh, yes, quiero más); modo documental; modo género bélico (pero hace falta mucha inversión); modo ciencia ficción (hace falta todavía más inversión).

Si lo piensas en serio, el género musical es el más barato. Aunque hace falta música buena y, sobre todo, pertinente. O no, si tu musical es muy malo. Lo bueno de las creaciones malas es que no requieren de calidad, y, al fin y al cabo, la tierra acabará siendo tragada por el sol dentro de unos cuantos miles de millones de años. ¿Quién recordará nada de tu fracaso sísmico? Nadie. Todo desaparecerá junto al Quijote, las pinturas rupestres de Altamira, la música de Bach o Mozart y las recetas de Arzak, por no hablar de los sonetos de Shakespeare o películas como Tiburón. El futuro es un agujero negro.

Dicho esto: es verdad: vivamos el presente y un poco más allá. Es nuestra terapia si no queremos volvernos locos (a menos que seamos religiosos y creamos en la resurrección o la reencarnación -me descojono, sin perdón).

Vivamos el presente, exploremos la isla, el continente, el planeta, el sistema solar, el universo, pero no olvidemos nunca la cosa pequeña que somos y su previsible desaparición. Y no pasa nada, cada vez que parpadeamos desaparecen con toda probabilidad miles de civilizaciones en la inmensidad del cosmos. Algo parpadeará alguna vez por nosotros.

jueves, 10 de octubre de 2019

Diez de octubre

Apenas desciende un hilo del río que debería fluir enjaulado en su canal de hormigón. Las algas de agua dulce son como el largo cabello de una Ofelia eternamente muerta. Los días de esta ciudad de provincias, como el pequeño caudal del río Vero, transcurren lentamente pero sin detenerse nunca. Hoy Malika, una mujer a la que conozco desde hace muchos años, me ha regalado una caja con unos tomates rosa de Barbastro de su huerta absolutamente maravillosos. Estos gestos, que yo siempre que no son necesarios porque simplemente hago mi trabajo, en el fondo me conmueven. Son tan gratuitos, tan de verdad. Malika y su marido recogieron estos tomates, los seleccionaron -estoy seguro porque son perfectos-, los metieron en una caja y pensaron en mí. Cuando me jubile, si todavía vivo para entonces, recordaré estas pequeñas cosas, estas conexiones entre personas tan distintas e iguales al mismo tiempo.

Creo firmemente, desde la privilegiada atalaya que me ofrece mi puesto de trabajo, que el único objetivo político o simplemente de futuro viable para nuestra especie es la comunión entre todos nosotros, que ya existe esporádicamente, que ya se demuestra en catástrofes naturales, que es consustancial a nuestra evolución como seres sociales. Todo lo que vaya en contra de esa comunión sencilla, sin aspavientos, sin señalar con cinismo las diferencias y señalando con fraternidad tantas cosas que nos unen; todo lo que vaya en contra de eso es mi enemigo número uno: el racismo, el clasismo, el nacionalismo -que suele reunir las dos características anteriores-; el desdén por el dolor de los demás, el egoísmo, etcétera: esos son mis enemigos y jamás me cansaré de combatirlos. Jamás.

Los tomates rosa de Malika.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Nueve de octubre

Alguien sopla una trompeta. Nunca la había escuchado desde que vivo aquí. Debe de ser un niño porque se nota que lo hace por primera vez. Es terrible pero maravilloso. De hecho es más maravillo que terrible. Siempre es más maravilloso que terrible.

martes, 8 de octubre de 2019

Ocho de octubre

Carlos, que quiere preparar oposiciones a bombero, ahora que ya ha dejado de trabajar por la noche ha vuelto a ir al gimnasio para ponerse como un toro (las pruebas físicas son muy exigentes) y el viernes se examina, de nuevo, del carnet de camión en población. Maite va la piscina climatizada de Barbastro a hacer también gimnasia en el agua dos días a la semana. Casi comienzo a sentirme mal por gordo y dejado y sedentario. Cuando termine este año de escritura y fotografía diaria me lo plantearé. Jamás en toda mi vida he hecho más deporte que el que se hace de niño corriendo de aquí para allá para descubrir dónde se han escondido tus compañeros de juego. Bueno, he tenido temporadas de bicicleta estática y hasta abdominales, y me encanta pasear por el campo o junto al canal los fines de semana. Pero esas temporadas de bicicleta y abdominales, como vinieron, se fueron.

Hoy hemos comido los tres miembros de la familia por separado. Todos. Ayer dejé hechos unos macarrones con tomate y chorizo. Mi compañera tenía la gimnasia en la piscina a las tres y media, yo volvía al trabajo a las cuatro -los martes atendemos por la tarde de cuatro a siete-, y nuestro hijo ha regresado del gimnasio a las cuatro menos cuarto.

Libertad. Siempre libertad. Los macarrones con tomate y chorizo, por cierto, aunque a los italianos les parezca una herejía, estaban muy buenos. Todavía quedan para mañana. He heredado de mi madre que sólo sé cocinar para ejércitos, siempre sobra. Pero nos lo comemos todo.

Estoy tan cansado mentalmente. Sé que incluso puede ser un agravio comparativo para muchas personas que trabajan más duro y más horas que yo, pero atender público ocho horas es agotador, las agencias de información de la Seguridad Social, sobre todo cuando son comarcarles como la mía, lo tocan todo, tenemos toda la institución en nuestro cerebro y debemos aconsejar e informar sabiendo la responsabilidad que asumimos, que es muchísima. Hay tantos asuntos distintos, tantas consultas diferentes. Aunque ya lo he dicho, ¿qué derecho tengo yo a quejarme por un trabajo que me gusta y que es estable y que me requiere trabajar sólo una tarde a la semana? Ninguno. No es correcto que me queje. Pero estoy tan cansado. Escribo dejándome llevar, improvisando, dejando que mi mente se vacíe un poco de tantas voces, tantos rostros, tantas personas maravillosas en su identidad irrepetible. Buenas noches.

lunes, 7 de octubre de 2019

Siete de octubre

Los lunes son siempre una mezcla de desastre y esperanza: el comienzo de una nueva oportunidad y el final de las breves, brevísimas vacaciones del fin de semana.

Pero todo es mentira. Cada día es una nueva oportunidad y la última, hipotéticamente. Soy idiota y nunca cambiaré, a estas alturas ya no. Aunque sepa que soy idiota. Se ha de reconocer que semejante idiotez tiene su mérito. Sí, lo sé: idiota perdido. Triste mérito pero, como idiota que soy, mérito al fin y al cabo.

domingo, 6 de octubre de 2019

Seis de octubre

Me asomo a la ventana de
la habitación donde escribo y
me siento igual que si
me asomara al ojo de buey de
una embarcación. Domingo por
la tarde. Calma chicha. Mar
de los sargazos.

---

Me asomo a la ventana de la habitación donde escribo y me siento igual que si me asomara al ojo de buey de una embarcación. Domingo por la tarde. Calma chicha. Mar de los sargazos.

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Me asomo a la ventana
de la habitación donde escribo
y me siento igual que
si me asomara al ojo de buey
de una embarcación.

Domingo por la tarde.
Calma chicha.
Mar de los sargazos.

sábado, 5 de octubre de 2019

Cinco de octubre

Sábado por la tarde. Maite, que repite como jefa del departamento de lengua del instituto PORQUE nadie ha querido sustituirla después de dos años, lleva días trabajando sin parar con la programación del curso, a lo que ahora hay que sumar un constipado de la hostia. Yo, como la conozco, ya no digo nada. Ni la lógica baja médica ni su renuncia al puesto son decisiones compatibles con ella. Me callo y ya está.

Hoy cuando volvía de hacer la compra he visto el revuelo de un camión de bomberos, policía local y también la guardia civil porque un coche se había estrellado en una rotonda contra una farola. Me ha parecido ver a la conductora sentada en un pretil del aparcamiento del cementerio rodeada de personas. Ha debido de ser un despiste.

Yo escribo tranquilamente, tengo tiempo libre y este propósito absurdo de dar cuenta diaria de mi navegación. Para los capitanes de barcos no era opcional: los cuadernos de bitácora eran una obligación: había que registrar todo lo sucedido, como lo hago yo voluntariamente y sin surcar las profundidades del océano.

Mi navegación no tiene ninguna importancia, pero forma parte de la historia de este mundo.

viernes, 4 de octubre de 2019

Cuatro de octubre

Yendo a trabajar esta mañana he visto el rastro rectilíneo de un avión en el cielo, a nueve o diez kilómetros sobre mí. Volaba hacia el sur. Hacía frío pero sigo vistiendo como en verano porque sé que cuando salga del trabajo a las tres de la tarde hará calor. Qué agradable sentir frío por la mañana caminando hacia la agencia comarcal de la Seguridad Social en Barbastro. Me he cruzado con dos o tres conocidos. Uno me ha gritado: "¡Valiente!". "¡Tengo un neopreno interno y natural!", le he contestado. Ha sonreído y nos hemos alejado en direcciones contrarias. A veces vivir puede ser así de fácil, y es maravilloso.

jueves, 3 de octubre de 2019

Tres de octubre

Hoy mi padre ha cumplido ochenta y tres años y, como siempre, cuando he hablado con él por teléfono, me ha asombrado y admirado su tranquila consciencia de la realidad. Tal vez he heredado, entre otras muchas cosas, eso de él. Sabe que ya no le queda mucho tiempo de vida pero está volcado en cuidar a mi madre, que tiene una salud mucho peor que la suya. Mi padre es alguien muy especial: tranquilo, callado, pero inasequible al desaliento. En algún sitio leí hace tiempo que en las peores situaciones, si puedes permitírtelo, elige siempre como compañero a quien tenga esperanza. En la guerra y en la paz. La esperanza señala a las personas buenas. Ochenta y tres años y guapo como un actor de Hollyvood, uno de los seres humanos más buenos en el estricto sentido del adjetivo que he conocido en mis cincuenta y seis años de vida, un ejemplo de honestidad para sus hijos y sus nietas y nietos. Se lo he dicho por teléfono pero se lo digo aquí, aunque nunca lo leerá: papá, te quiero.

En la fotografía está junto a mi hermana Susana Miramón, la pequeña de la familia, mi ratoncita (nos llevamos diez años, también llamo así a mi hija). Los dos están tan guapos que me dan ganas de llorar. La foto es de hace pocos días, durante las fiestas del pueblo navarro donde nací. Feliz cumpleaños, papá.


Papá y Susana

miércoles, 2 de octubre de 2019

Dos de octubre

Sigo vistiendo como no debería hacerlo un caballero: sandalias de misionero, bermudas viejísimas y camisetas y camisas de manga corta (según parece llevar camisas de manga corta es una especie de delito de los buenos usos y la elegancia inherentes a quien elegante quiera considerarse, a mí me importa un pimiento). Lo que me preocupa es que siga haciendo calor y el río fluya lentamente frente a mi casa convertido más en un arroyo que en aquel. Uno piensa que su breve vida no será testigo de nada importante ante la inmensidad de la historia, pero en la mía ya he asistido a eventos inimaginables: el fin de la guerra fría, la unificación de Alemania, el nacimiento y victoria entre comillas sobre el islamismo radical y, lo más importante, el acelerado calentamiento global de nuestro planeta. Ayer vi en la prensa una fotografía desgraciadamente bastante frecuente en los últimos años: desprendimientos de enormes pedazos de hielo en el Ártico y en la Antártida. Uno piensa que en su breve estancia en este mundo no será testigo de sucesos terribles y, aunque mi generación sea probablemente una de las pocas que no ha intervenido directamente en una guerra, está asistiendo al acelerado cambio del mundo. La subida del nivel del mar se precipita casi exponencialmente y muchas especies que en nuestra infancia eran abundantes ahora se extinguen a toda velocidad. Yo soy acaso un ser humano que verá desaparecer al tigre, al rinoceronte, incluso a los leones.

Y ni siquiera sé qué sentir. Reciclo como una hormiga antes del impacto de un meteorito, trato de dar ejemplo entre quienes me rodean, escribo en este diminuto lugar de la red, pero ni siquiera sé que sentir. Leí que personas condenadas a muerte pasaban del pánico a la estupefacción, y, después de la estupefacción, a una especie de alejamiento personal de cualquier sentimiento mientras incluso eran conminadas a cavar su propia tumba antes de los disparos. Imagino que son bondadosos recursos de nuestras neuronas para hacernos más fácil el tránsito incluso en las peores circunstancias.

Pero ante lo que se avecina no es un recurso útil pues hace falta reaccionar. Yo, que soy optimista por naturaleza, confío en las generaciones del futuro y, aunque sea en un planeta sin tigres ni rinocerontes en libertad, un planeta con países desaparecidos por el aumento del nivel del mar como ya comienza a suceder en Oceanía, un planeta con procesos de desertificación a los que España es especialmente sensible, confío en esas generaciones, digo, porque siempre son más inteligentes que las anteriores, porque se lo juegan todo. Y no estoy pensando en mis hijos sino en sus tataranietos y en los tataranietos de estos. No le tengo miedo a la muerte, por mi trabajo sé que es algo que sucede cada día. Le tengo rabia porque morirme me impedirá saber qué sucedió al final de todo esto. Esa es la única batalla que perdí desde que comencé a llorar en este mundo.

martes, 1 de octubre de 2019

Uno de octubre

Estoy tan cansado que me iría a la cama ahora mismo. Pero sé que a las cuatro de la mañana me despertaría como un robot y tendría problemas. Debo aguantar despierto al menos hasta las diez y media o las once, y cenar algo: queso, escalivada, pan con tomate, cualquier cosa. No tengo ganas de cocinar.

Maite y yo hemos hecho un video por WhatsApp con Paula en Bergen, Noruega. Por fin ha alquilado un pequeño apartamento a pie de calle después de tantos años alquilando habitación en pisos compartidos. Nos lo ha enseñado: su recibidor de madera donde dejar abrigos y calzado, una sala relativamente grande, el dormitorio, la cocina, el cuarto de baño. Su primera vivienda para ella sola. Estaba agotada por la mudanza pero muy ilusionada. Eso sí, como su casa está a la altura de la acera se pondrá cortinas. En eso se nota que no es noruega. Cuando fuimos a visitarla el verano del año pasado caminábamos por las calles y podíamos ver a través de las ventanas la actividad cotidiana de los habitantes de las casas: un señor leyendo el periódico en la mesa de la cocina mientras su mujer preparaba la cena, etcétera. Ellos no tienen problema alguno porque no saben que los españoles somos unos cotillas que miramos asombrados las vidas de la gente que no tiene ni persianas ni cortinas en sus ventanas. Me sucedió también en Londres. Pero Paula pondrá cortinas. Nos ha dicho: ver pasar sombras junto a la ventana me pone nerviosa. Culturas.

Mi mano derecha está firme como la de una estatua, pero la izquierda me tiembla de un modo extraño. Tengo las cervicales del cuello hechas polvo tras años de rotación entre la pantalla del ordenador, los usuarios, las impresoras y el escáner. Tal vez toque otra tanda de fisioterapia, pero estoy tan harto de médicos... El día termina. Al empezar a escribir pensé que hoy no había pasado nada, pero me doy cuenta de que eso es literalmente imposible, absolutamente imposible si estás vivo.