martes, 29 de octubre de 2019

Veintinueve de octubre

He salido de trabajar a las siete de la tarde pero la luz era la de las ocho de la semana pasada. No sé de quién dependen estos cambios horarios ni si son realmente útiles para ahorrar energía, pero a las siete horas la noche cubría Barbastro como si fuesen las diez o las once. Sé también que cuando he salido estaba reventado, mi cráneo rebosante de voces, rostros, miradas, preguntas, expectativas, miedos, alegría y tristeza.

Antes de regresar a casa he ido a comprar exactamente dos cosas: papel de cocina y arroz integral. Hoy ha sido un día duro, como ayer, con algunas situaciones difíciles de aceptar. Otra vez una mujer mucho más joven que yo ha llorado frente a mí y al darle la mano he sentido todo su dolor en mi alma, atravesándome de arriba abajo. Año tras año, en vez de hacerme más fuerte, me siento más desnudo frente al sufrimiento de los demás. Tal vez ya no sirvo para este trabajo, pero es el que me gusta. No sé. Son rachas. Hay semanas y meses en los que no me veo sometido a estas realidades. Ahora han coincidido dos seguidas. Respiro hondo. No pasa nada. Debo concentrarme en ayudar y eso es todo.

Tal vez muera esta noche o dentro de diez minutos, o, como la madre de otra usuaria que he atendido hoy, a los ciento tres años (yo no apostaría por eso), pero quiero escribir del mejor modo que sepa lo siguiente: la naturaleza humana es tan fuerte como delicada, tan optimista como sensible a la lluvia; somos algo que no puedo dejar de mirar como es imposible no contemplar el fuego de una chimenea, ese baile de luz aparentemente ajeno a la vida.